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lunes, 13 de octubre de 2025

El mundo acabará en viernes, de Manuel Moyano

Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, "Aquel que es, que era y que va a venir", el Todopoderoso. (Apocalipsis 1,8)

La semana pasada, en la presentación de la novela que acabo de terminar que tuvo lugar en la Feria del Libro de Murcia, el entrevistador le hizo al autor dos preguntas que se me quedaron rondando en la cabeza y a las que aún no he conseguido dar respuesta. La primera fue que si pudiera resucitar a un autor y pasar con él/ella una velada, a quién elegiría. No supo bien qué contestar, pero nombró el indisoluble binomio Bukowski-alcohol. Yo, ni idea, en blanco. La segunda cuestión: ¿qué haría, a qué se dedicaría, si supiera que el mundo se acababa el viernes siguiente? Comer, beber, paseos por el monte, familia, dijo él. Yo, más en blanco todavía, y por más vueltas que le doy creo que no seré capaz de hallar una respuesta que me proporcione un mínimo de satisfacción ni de consuelo. Espero no tener que decidir nunca...

El mundo acabará en viernes (Menoscuarto Ediciones, 2025) es el sugerente título de la nueva novela de Manuel Moyano, una sátira sui generi del temido armagedón cristiano escrita de la forma en que solo él podría escribirla. La novela comienza con John Ekaverya, un psiquiatra de Idaho con ancestros vascos que compagina su profesión con la escritura y está a punto de presentar la novela que, según su ego desmedido, le coronará con los laureles del éxito. Ekaverya decide hacerse cargo del paciente de un colega que presenta un extraño delirio, pues habla y actúa como un escritor mundialmente famoso. En Tel Aviv, Myriam Shejav, empleada de una productora audiovisual, acoge en su casa a un individuo, extraño pero bien parecido, mientras está inmersa en los preparativos de un evento musical televisivo que será retransmitido a todo el planeta. En algún lugar de Londres, Mihir Boshu, un fotógrafo siempre a la caza del famoso pero con ínfulas de artista, descubre con asombro a un personaje que de seguro causará un gran revuelo mediático y engrosará las cifras de su cuenta bancaria. Mientras tanto, una criatura con forma de gusano pergeña desde las nubes la criba de justos e injustos según el manual de instrucciones del apocalipsis y otro engendro de igual forma repelente intentará impedirlo apelando a la naturaleza hedonista del ser humano. Una plaga de langostas, volcanes en erupción simultánea, la amenaza de impacto de un meteorito y una pandemia de resurrecciones anuncian que el final está cerca. Si queréis verificar si ponemos el THE END o no, tendréis que leerlo. Vamos, digo yo...

Como siempre, en El mundo acabará en viernes, Moyano hace gala de una prosa como pocas. Ágil, precisa y pluscuamperfecta. Como siempre, su ingenio, su imaginación desbordante y esa mirada que capta matices que a otros pasarían desapercibidos, convierten el bíblico y archiconocido armagedón en novedosa y primera calidad literaria. Esta vez lo hace en una novela coral cuyas variopintas voces enriquecen más si cabe el complejo e inquietante escenario global que la ambienta. Por si fuera poco, hay diálogos absolutamente brillantes, para enmarcar, lo mismo que construir al mandamás supremo en forma de gusano gordo y petulante. No digo más. Leedla y disfrutaréis. Y ahora, después de El evangelio de Judas y esta versión satírica e iconoclasta del Apocalipsis... ¿qué toca, Manuel Moyano?


miércoles, 2 de octubre de 2024

La versión de Judas, de Manuel Moyano


La imaginación es la única arma en la guerra contra la realidad (Lewis Carroll)

Esta lectora desconoce si el lógico, matemático y escritor británico autor de Alicia en el País de las Maravillas acertó de pleno con esta frase y la imaginación es el único camino para vencer la materialidad insustancial que nos rodea. Lo que sí sabe es que es, desde luego, la más potente herramienta con la que hemos sido obsequiados —por esos dioses que se juegan a los dados el universo— para combatir a la grisura corpórea que comanda el batallón de la rutina. Para, en ocasiones, encontrarle el sentido al absurdo en el que nos hallamos inmersos lo sepamos o no. Y si de imaginación hablamos, qué mejor que centrar la mirada en uno de los autores que mejor la ejerce. Tras llenar sus cuadernos de tierra, embadurnarse los zapatos del polvo de innumerables caminos y cruzar fronteras interiores y terrenales, Manuel Moyano regresa con garbo a los senderos de la ficción, y lo hace portando el estandarte de la mejor literatura, para regocijo de sus lectores. 

La versión de Judas (Editorial Talentura, 2024) es hasta la fecha la cuarta colección de relatos de Manuel Moyano, y demuestra una vez más su solvencia en la distancia corta de las letras. Fiel creyente del azar y la aventura apostados tras cualquier esquina, Manuel Moyano selecciona para esta obra diez relatos que probablemente harán regresar al lector a una juventud donde los cuentos eran cuentos y no propaganda. Un avispado can que arrastra a ciudadanos incautos a un macabro sótano. Un tren infinito que surca las ásperas llanuras castellanas a ninguna hora. La utopía de conjurar el olvido en unas cuantas páginas escritas. Una curiosa epopeya al auspicio de un sueño. Un concienzudo cronista con dilemas morales acerca de la historia más reciente. El intrigante fragmento de un selvático diario. Un enigmático individuo acompañado irremediablemente a todas horas. El conflicto de un escritor a un lado y otro de un espejo. Un Judas moderno que traiciona a su Mesías por una ingente cantidad de euros. Y, mi favorito, una sátira donde la estulticia del más alto rango se ocupa en compartimentar la bóveda celeste. Diez relatos sencillamente fascinantes. 

Con su prosa impecable y precisa de relojero suizo, Moyano intercala lo insólito, lo asombroso, entre capas de la sustancia a la que llamamos realidad, obteniendo así relatos tocados por un aura de extrañeza, de inquietud, cuyos finales dejarán al lector perplejo como poco. Destacaría asimismo su sentido del humor, ácido unas veces, irónico, cruel o ambas, otras. Y no me queda más que pediros que en este mundo absurdo donde los tambores de guerra alzan su voz por encima de cualquier atisbo de humanidad o de cordura, huyamos, y hagámoslo a bordo de las mejores letras, por ejemplo, de las que dan vida a esta obra.

martes, 27 de junio de 2023

Polvo en los zapatos, de Manuel Moyano

Nos guste o no reconocerlo, existe cierta fascinación por "espiar" ciertas vidas ajenas, sobre todo si se trata de personas cuyos poros exudan misterio y magnetismo a partes iguales. Contaba la escritora Mónica Rouanet en una cena que en ocasiones, cuando camina, se queda mirando las ventanas de las viviendas y fantasea con lo que cree que ocurre dentro. ¿Quién no lo ha hecho alguna vez? Imaginad ahora que uno de esos seres magnéticos os abre la ventana y os invita a ser testigos de una parte de su existencia. ¿Aprovechariais la oportunidad? Esta lectora lo ha tenido claro, desde luego, y durante unos días se ha convertido en una voyeuse a tiempo parcial de la vida del autor de la obra que acabo de terminar.

Polvo en los zapatos (Menoscuarto Ediciones, 2023). Así se titula la última obra publicada de Manuel Moyano, una recopilación de artículos de su pluma que aparecieron publicados semanalmente en el diario La Opinión durante dos años, de principios de 2018 a principios de 2020. No podría haber escogido mejor título (gracias, Teresa), porque otra cosa no, pero polvo en los zapatos ha debido el autor acumular un par de toneladas (no me sean mal pensados: diferente polvo, diferentes zapatos). Alejado voluntariamente de la ficción, al menos por el momento, Moyano nos ofrece en esta suerte de diario, con el loable objetivo de «plasmar la belleza y variedad del mundo a través de la escritura», fragmentos de su realidad que abarcan el abanico infinito que se extiende desde la cotidianeidad de sus conversaciones, encuentros, lecturas y otros placeres, hasta la excepcionalidad de transitar caminos sitos en tres continentes distintos, pasando por intimidades que descubren a los ojos lectores la vulnerabilidad del afable semidiós de mirada atenta. Viajes de unos cuantos kilómetros en bicicleta o de otros cuantos miles por Marruecos, Escocia, Polonia, Italia o Tailandia, solo o en compañía de Teresa, su esposa. Su inextinguible pasión por el Bob Dylan de los 70 o por Borges. Umbral, Cela y otras curiosidades literarias. El poso de fascinación que en su infancia dejó Félix Rodríguez de la Fuente (fascinación que compartimos, por cierto). Su acervo de conocimientos con respecto a flora y fauna. La mitificación de territorios que a otros ojos no serían más que simples coordenadas en un mapa. Pesadillas con zombies o la invasión de su casa. La preparación de su obra anterior, La Frontera interior. Muertes de familiares o amigos que le han mordido el alma y he leído con un nudo en la garganta. Y yo seguiría escribiendo, porque hablar de Moyano es fabuloso, pero al final será esta entrada más larga que su propio diario.

Lo importante de Moyano, no me cansaré de repetirlo -a riesgo de resultar cansina- no es solo el qué sino el cómo. Su manera de escribir, su forma de contemplar el mundo. Su mirada inquieta que enfoca tanto lo grande como lo pequeño. Su prosa honesta, clara y sosegada. Sus reflexiones profundas y su habilidad para observar el interior del ser humano. Y esa capacidad pasmosa de ilustrar lo que va narrando mediante referencias literarias y/o cinematográficas. En definitiva, Polvo en los zapatos resulta una absoluta delicia para paladear despacio y con calma. No soy de elegir, lo quiero todo, pero esta frase de la parte final del diario se me ha quedado enganchada en alguna rincón de la mente: «Cada uno afronta como puede nuestra singular suerte, la de criaturas pensantes en el inconcebible universo.» 

domingo, 20 de marzo de 2022

La frontera interior. Viaje por Sierra Morena, de Manuel Moyano.

Se me ocurren muchas formas de celebrar la entrada de la primavera (que todo lo altera, ya saben), pero pocas tan reconfortantes como traerles estas torpes líneas en un intento de transmitirles el gozo lector que nace siempre que se tiene la oportunidad de leerlo a ÉL. Así, en mayúscula y negrita, porque no puede ser de otro modo. Magnífico escritor y excelso narrador, Manuel Moyano es inmenso en su grandeza y, entre sus letras, me siento pequeñita y afortunada al mismo tiempo.

Tras La colina del árbol hueco, donde dejó patente que enfoque juvenil y calidad literaria pueden cohabitar en deliciosa armonía, vuelve con La frontera interior. Viaje por Sierra Morena, merecedorísima del XVI Premio Eurostar Hotels de Narrativa de Viajes y publicada por RBA este mismo mes de marzo de 2022. Vuelve Moyano a deleitarnos una vez más con su perspectiva caleidoscópica, su mirada de halcón y su prosa franca y abierta mientras recorre, con su humilde utilitario y su cuaderno ávido de historias, Sierra Morena, la frontera natural entre la meseta castellana y las tierras del sur de España. Sin embargo, y como en sus anteriores propuestas de viaje, sus páginas no se reducen a un mero tratado geográfico poblado de nombres, monumentos e hitos kilométricos. Moyano mezcla geografía, historia, toponimia, etimología y literatura con su habitual y minuciosa atención al detalle, a las gentes, a sus usos y a sus costumbres, con reflexiones personales de profundo calado, con anécdotas no sé si deliberadamente cómicas, pero que hacen sonreír. Desde la jienense Aldeaquemada hasta el Castillo de Noudar, ya en suelo portugués, Manuel Moyano irá desgranando pasos e historias, historias y pasos, gozando del paisaje que se le ofrece a la vista y del buen yantar al paladar, conociendo a autores a los que admira y conversando con ellos (sí, señores, los dioses también tienen favoritos), regalándole al lector episodios históricos poco o nada conocidos y creando alma y magia en los caminos que recorre. Narrándole lo prosaico y lo divino, aunando la energía telúrica de la tierra que pisa y la fuerza viva y hermosa de sus palabras.

En la página 82 de la obra, y refiriéndose a un poeta al que admira y tiene la oportunidad de conocer en persona en este viaje, Moyano afirma: "Más allá de lo que contemplan los ojos de la carne, un poeta tiene el poder de revelarnos el espíritu de un lugar". Debe ser que nuestro autor ha leído mucho a este poeta, porque se le ha contagiado esa maravillosa habilidad de dotar de alma al escenario sobre el que se posan sus ojos. Uno de mis pasajes favoritos, sin duda, es el que relata el martirologio de Miguel Hernández (mi poeta favorito) al intentar huir de España, pero les aseguro que La frontera interior está repleta de relatos tanto o más interesantes que el que cito. No dejen pasar la oportunidad de gozar la experiencia intensa que supone la lectura de esta obra. Aprender mientras se disfruta no tiene precio. 

lunes, 6 de diciembre de 2021

La colina del árbol hueco, de Manuel Moyano

Tener la posibilidad de viajar a lomos de un libro se me antoja siempre una experiencia mágica. Viajar al punto geográfico o al momento histórico que señala con sus palabras un autor en su obra es un aliciente sumamente motivador. Desplazarse a través del recuerdo hasta la propia infancia es si cabe más hermoso todavía.

La colina del árbol hueco, de Manuel Moyano,  publicada en octubre de este mismo año por Alfaqueque Ediciones, me ha transportado a finales de los 80, cuando no contaba en mi haber más que con ocho inviernos y adoraba por igual leer historias de Los cinco o Los siete secretos y jugar en el barrio con mis amigos. Ya en el prólogo el autor nos revela el catalizador que dio lugar a su relato: la inesperada visita del anciano Israel Marmitón y los increíbles acontecimientos que, según él, tuvieron lugar en su niñez. En los capítulos posteriores, descubriremos cómo Nando (alias Cachalote), el miembro más corpulento de la pandilla de Israel, pierde su sombra y cómo, a partir de ahí, el inquietante fenómeno mantiene en vilo a toda la ciudad. El grupo de amigos al completo se embarca entonces, al igual que Peter Pan, en la aventura de recuperar sombras, pero... ¿lo conseguirán? Para averiguarlo, tendrán que adentrarse en las páginas de La colina del árbol hueco (y recuerden, por favor, que la edad es solo un cálculo irrelevante en base a unos números).Las ilustraciones que acompañan al texto, realizadas por Francisco Javier García Hernández, le aportan al conjunto una nota simpática de misterio.

Manteniendo un nivel de lenguaje bastante más que aceptable, Moyano nos invita en esta obra a recuperar la ilusión de cuando éramos aquellos locos bajitos (bueno, algunas seguimos siendo bajitas y locas...) y a recordar. A mí, por ejemplo, me viene a la mente una pandilla de barrio, de la que esta servidora era la única fémina (al igual que Queta), que ideó un plan infalible para descubrir la guarida del Tío Saín y hacerse amigos suyos. Sonrío al acordarme. 

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Aventuras de Rufus, de Manuel Moyano

Es una sensación extraña esta de escribir en Libridinosum sobre la única obra de Manuel Moyano que me quedaba pendiente de leer. Aunque lo he dosificado para que se alargara en el tiempo, el final de la lista ha llegado, y lo ha hecho en forma de relato de aventuras para peques y no tan peques. Aventuras del piloto Rufus (Raspabook, 2017) es una divertida propuesta de narrativa junior que interesará seguro a los espíritus inquietos y soñadores, a las almas viajeras, exploradoras y trotamundos.

En esta ocasión, Manuel Moyano nos presenta a Rufus, un personaje peculiar que ha ejercido un sinfín de oficios, siendo su favorito el de aviador, y ha vivido gran número de aventuras. De entre todas sus peripecias, selecciona cuatro para contárselas al lector, ya advirtiéndole en la "Presentación" de que, por inverosímiles que parezcan, ocurrieron en realidad. Nos narra, por ejemplo, la ocasión en que el motor de su Pawnee se averió, cayendo en medio del mar. Cuando despertó, lo hizo en una isla, no consignada en ningún mapa, donde iban a parar todos los niños y niñas extraviados en el mundo ("La Isla de los Niños Perdidos"). Nos cuenta también la vez en que su amplia experiencia como aviador le granjeó el acceso a uno de los secretos mejor guardados de la historia: lo que se oculta al final del arcoiris ("La Fábrica del Arcoiris"). O cuando creó una empresa de desratización y ayudó al Coronel Cornelius a devolver la calma a la población de Perigallo al desvelar el misterio de las ratas gigantes ("Odisea en el Planeta Basura"). Por último, nos referirá una curiosa historia en la que se vieron involucrados la doctora Doris, el Coronel Cornelius y él mismo y un estrafalario artefacto destinado a la pérdida de peso ("La Máquina de Adelgazar").

Con un estilo sencillo y asequible para los lectores más jóvenes, pero sin renunciar un ápice al marchamo de calidad característico de la prosa de Moyano, en Aventuras de Rufus el autor nos vuelve a demostrar su solvencia como narrador, su versatilidad como escritor y su don para crear magia. Anímense y disfrútenla. No se van a arrepentir. 


martes, 7 de septiembre de 2021

Cuadernos de tierra, de Manuel Moyano

Cuando una madrugada de agosto me alejé de casa caminando por la orilla de cierto río, con intención de llegar hasta su nacimiento en las remotas montañas, no se me pasó por la cabeza que también estaba empezando a escribir un libro.

Así comienza Manuel Moyano su última obra publicada, Cuadernos de Tierra (Menoscuarto, 2020), donde nos relata de forma soberbia las rutas a pie que realizó durante un lustro por diversos parajes del sureste español. Movido por un impulso de soltar el lastre de la vida cotidiana y alcanzar, en sus propias palabras, «un estado mental impreciso», Moyano se echa a los caminos portando únicamente alguna muda, un par de mantas, botellas de agua y la cartera (amén de algún cuaderno cuyas anotaciones fueron el germen de esta obra). Remonta y desciende el curso del Segura, sigue también el trazado del Mula o del Vinalopó, o se adentra en pueblos remotos de las sierras de Albacete (alguno de ellos, por su nombre, podría pasar perfectamente por aldea gala). Pernocta al raso en muchas ocasiones; camina bajo soles crueles de agosto, indiferentes al sufrimiento humano; se baña desnudo en ríos, embalses o en acequias; se alimenta en tabernas o bares que el azar le va cruzando en el camino. A cada paso se aleja de su yo burgués y se reencuentra con su yo primitivo. Salvaje y libre. A veces en condiciones tan deplorables que se le confunde con un vagabundo. Por la pura cabezonería de hacerlo.

En Cuadernos de tierra, la pluma perfecta de Moyano nos dibuja paisajes y experiencias sin filtro. Salen directamente de sus ojos o de su piel y llegan a nosotros sin trucos de artificio. Como lo ve, lo describe; como lo siente, lo expresa. Vuelve a deleitarnos con su mirada de ave rapaz y su forma tan característica de observar y contarnos el mundo. La orografía, flora y fauna de los lugares que recorre pasan ante nuestros ojos como en un documental, complementadas con los usos, costumbres y las gentes de las poblaciones que visita.
Saboreamos de su boca el vino con gaseosa y las carnes que a menudo le sirven de combustible. Casi podemos oler su sudor y sentir su dolor de pies.

Sin embargo, en las páginas de Cuadernos de tierra, el autor no se limita a la descripción geográfica, biológica o antropológica. Manuel Moyano es un experto cazador de historias, un maestro de la peripecia narrativa certero y generoso: olfatea las historias interesantes que se le ponen delante, las rumia durante un tiempo y vuelve al origen a buscar las fuentes que le revelen los entresijos de tramas que parecen ficcionales pero no lo son. Encontraremos así, en cursiva, intercaladas entre ruta y ruta,  la historia de un asesino en serie que cruzó Europa sembrando su camino de cadáveres (y guardándose de paso algún souvenir) para ser detenido casi por casualidad en un pueblecito; o la de un ajusticiamento que, al parecer, de justo tuvo poco; o la de una guarida de nazis en costas levantinas. Y todo narrado como solo él podría hacerlo. Una auténtica delicia literaria, para variar. 

jueves, 19 de agosto de 2021

Los reinos de Otrora, de Manuel Moyano

Dicen que lo bueno si breve, dos veces bueno y, si lo breve que es bueno lo escribe Manuel Moyano, coincidirán conmigo en que entonces resulta infinitamente mejor. Aún así, esta lectora no está del todo de acuerdo con la máxima, y se ha quedado con ganas de más al finalizar Los reinos de Otrora, obra publicada en 2019 por la editorial asturiana Pez de Plata.

En Los reinos de Otrora, Manuel Moyano nos lleva de viaje por una geografía, la del continente Otrora, que mezcla los olores y colores del medievo (o medioevo, como al autor le gusta escribirlo) con los sabores del mito, obteniendo de la mezcla un resultado exquisito. El narrador protagonista de la obra, un sexagenario innombrado, nos cuenta en el Exordio como, siendo muy niño aún, la peste lo dejó huérfano y desamparado y fue a parar a un hospicio. De allí lo rescató, por fortuna, su tío Nicodemo, junto al que vivirá un sinfín de experiencias y aventuras recorriendo el continente, que constituyen la materia prima de los siete relatos dispuestos a continuación y donde el tío Nicodemo, a modo del maestro de los cuentos clásicos, demostrará todo tipo de habilidades sorprendentes y donde interactuarán con personajes y elementos de lo más peculiar. Un rey dispuesto a preservar su estirpe a cualquier precio. Unas flores cuyo aroma provoca la melancolía en quien lo percibe. Un soberano genocida que guarda un tesoro poco común. Individuos de escasa estatura y enorme susceptibilidad. Un pobre diablo enajenado que se piensa caballero. Una posada habitada por un eco caprichoso y enloquecedor. Y, como colofón,  el destino manipulado de un monarca. En todas las aventuras se enfrentan a un dilema moral que ensanchará el conocimiento del narrador protagonista.

Manuel Moyano vuelve a brillar con su sintaxis narrativa perfecta, con su riqueza léxica y utilizando esta vez ciertos términos y estructuras arcaizantes que refuerzan su imaginado medioevo (más de una vez he tenido que usar el diccionario). Y, por supuesto, continúa rindiendo homenaje en la obra a una de sus pasiones, la literatura. Encontramos a Cervantes y su Quijote en el relato del caballero Alamor.  A Lovecraft en el Necronomicon escrito por Abdul Alhazred.  A R. L. Stevenson en la travesía que comparten los protagonistas con un monarca cuya codicia desemboca en enajenación. O a Swift y sus liliputienses en "Un encuentro en Xaor".

Toda una delicia, vamos. El único pero, el término "novela" que aparece en la portada, pero no voy a entrar en eso ahora. 

jueves, 12 de agosto de 2021

Mamíferos que escriben, de Manuel Moyano

Los escritores que realmente consiguen trascender el papel impreso son aquellos que llegan a modificar nuestra percepción de la realidad.
 
Hay afirmaciones con las que un lector puede estar de acuerdo, y hay otras que el lector rubricaría con gotas de su propia sangre. La que encabeza esta entrada es una de estas últimas. Lo cierto es que he disfrutado leyendo a la mayoría de autores que han pasado por mis manos, pero hay tres en concreto (de momento) que han cambiado mi forma de percibir el mundo. Manuel Moyano es, sin duda, uno de ellos. 

Llegando ya al final del listado de sus obras, le ha tocado el turno a Mamíferos que escriben (Newcastle Ediciones, 2018), una obra pequeñita en tamaño pero magnífica en cuanto a las posibilidades de lectura que ofrece: tiene algo de ensayo, algo de cuaderno de viaje, algo de relato y mucho de posibilidad de conocer mejor al autor (al final yo también resultaré ser una lectora fetichista). Según cuenta el propio Moyano en su "Advertencia" inicial, los textos que conforman Mamíferos que escriben fueron concebidos como ensayos para El Kraken, revista literaria con la que colaboró mensualmente durante algún tiempo. Se trata, pues, de un conjunto de textos donde el autor nos muestra, de un modo "personal", en cierto modo "proselitista" pero "iconoclasta" (y así lo asevera él mismo), a los autores que realmente le han dejado huella.

Paul Auster, Lovecraft, Cioran, Bukowski, Bioy Casares, Dylan Thomas, García Lorca, Kipling, Álvaro Cunqueiro y, como no, Cortázar y Borges, junto a Bob Dylan y Stanley Kubrick, son las leyendas (casi mitos) que dan vida a las páginas de Mamíferos que escriben, y Manuel Moyano nos los dibuja cómo solo él podría hacerlo – pues nadie más es poseedor de su mirada de halcón–, de manera sincera y cercana (como si nos lo estuviera contando un amigo), mostrándonos con naturalidad sus luces y sus sombras, sus idiosincrasias, sus momentos de gloria y sus pozos de miseria. Aunando sus vidas y sus obras en un todo de lo más ilustrador. Visitando los lugares donde aún palpita el alma de los sujetos: sus hogares, los cafés que frecuentaban, sus tumbas. Rastros de su gozo quedan aún en la tinta desde la que nos lo narra.

Elegante y sutil, ácido a veces, ingenioso y brillante siempre, Manuel Moyano se reinventa en esta obra para volver a sorprenderme (sí, otra vez, y ya he perdido la cuenta de cuántas van). Todo un lujo viajar con él por cualquier senda, mucho más por las suyas propias. 


sábado, 3 de julio de 2021

La hipótesis Saint-Germain, de Manuel Moyano

«Concatenar hechos disímiles, arroparlos con datos avalados por supuestos científicos y darle a todo ello una apariencia de verosimilitud era algo que se me daba bien, un terreno en el que me movía como pez en el agua» (pág. 173)

Con esas palabras se refiere Daniel Bagao, uno de los dos protagonistas principales de La hipótesis Saint-Germain, a su maestría en las lides de la escritura. Así mismo podríamos referirnos sus lectores a Manuel Moyano: como el gran mago capaz de suspender de modo instantáneo nuestra incredulidad con los trucos de su regia pluma. Obra suya que leo, obra que me deja con la boca abierta y me complica la tarea de dosificar sus obras y espaciarlas en el tiempo.

Thriller en toda regla, La hipótesis Sant-Germain (Algaida, 2017) nos presenta una atractiva trama en la que se ve implicado Daniel Bagao, director y propietario de Mundo Oculto -una revista relacionada con lo esotérico y lo paranormal con amplia difusión a nivel mundial- cuando Ismael Koblin se cuela en su despacho para desvelarle la identidad actual del enigmático conde de Saint-Germain, supuesto descubridor de la piedra filosofal garante de la inmortalidad. Aunque escéptico, Bagao analiza el posible incremento de ventas de la revista que podría derivarse de la atracción que despierta la figura de Saint-Germain y decide aceptar la propuesta de Koblin. Lo que en un principio iba a ser un simple artículo más de la revista se convierte en catalizador de una cadena de acontecimientos que llevará a los personajes a situaciones límite y desembocará en un final absolutamente inesperado.

De nuevo en primera persona (que le gustan al autor los narradores intradiegéticos), Moyano vuelve a seducirnos con su prosa precisa e impecable en una novela donde brilla especialmente su manejo del tempo narrativo y su construcción de diálogos. Más Moyano, por favor. 






lunes, 28 de junio de 2021

El abismo verde, de Manuel Moyano

Volver a las letras de Manuel Moyano tras un par de semanas leyendo otras cosas es algo así como regresar al paraíso de la excelencia literaria (honestamente, he bajado el ritmo de lectura de sus obras porque quiero dosificar y prolongar al máximo el placer de seguir descubriéndolas). El abismo verde (Menoscuarto Ediciones, 2017) ha supuesto, pues, mi retorno al oasis de la "prosa moyaniana" (perdón), a su precisión y perfección de reloj suizo, a su magnífica elección de adjetivos y a su estilo impecable. 

«Dios somete a pruebas implacables a sus emisarios; por eso acabé apartándome de Él.»

Esas son las primeras palabras del Padrecito, protagonista de esta novela de aventuras narrada en primera persona que nos trae inevitablemente a la memoria a los grandes clásicos del género. Conrad, Stevenson, H. R. Haggard, Wells (entre otros) pueblan sus páginas tanto explícita como implícitamente. En El Abismo verde, encontraremos a un sacerdote asediado por dudas teológicas (las primeras palabras de la novela dan buena cuenta de ello), destinado a guiar las almas de los habitantes de un pequeño poblado sito en mitad de la selva amazónica. Objetivo complicado, pues las ovejas que deberá pastorear son un puñado de leñadores mestizos con el cerebro sofrito en alcohol de caña. Nuestro sacerdote descubrirá con horror a qué tipo de actividad de esparcimiento dedican sus ovejitas los sábados por la noche y decidirá emprender por su cuenta una santa cruzada contra el maligno y sus representantes en la tierra. Hasta aquí puedo contar de la trama. Lo demás lo tendrán que averiguar ustedes si así lo desean.

Moyano vuelve a demostrarnos en El abismo verde su solvencia indiscutible como narrador, atrapando al lector en su telaraña de acción y suspense bien dosificados, salpicados por interesantes reflexiones sobre la fe (religiosa), el pecado, el miedo, el desánimo o el sexo. Maestro es también en la descripción de escenarios y en la creación de atmósferas inquietantes, sin olvidar la minuciosa construcción del perfil psicológico de sus personajes principales. 
En definitiva, Manuel Moyano. No hay mucho más que se pueda añadir salvo que no pierdan la oportunidad y corran a leerlo.

sábado, 12 de junio de 2021

La agenda negra, de Manuel Moyano

Es cierto que ya desde las primeras páginas de El amigo de Kafka –su descripción del ecosistema de la pensión Malabo es simplemente soberbia–tuve claro que leer a Manuel Moyano iba a resultar una experiencia de lo más gratificante. Verdad es también que ya había sido advertida (con mucho acierto, todo hay que decirlo) de la asombrosa calidad literaria de sus obras. Lo que no esperaba de ninguna manera es que fuera capaz de sorprenderme en cada una de ellas, ni imaginaba el poder de atracción que su prosa perfecta terminaría ejerciendo sobre mí.

La agenda negra, publicada por la editorial asturiana Pez de Plata en 2016, es la decimotercera de sus obras que cuentan ya en mi haber lector, y debo reconocer que me ha dejado algo descolocada. En concordancia con su título, la historia narrada en la obra es oscura, rozando el negro. Ulises Roma, la voz que en primera persona relata al lector lo acontecido durante las 154 páginas de la novela, es un hombre que, atormentado por la muerte de su esposa en un fatídico (y estúpido) accidente de tráfico, se deja engullir por un vórtice de caos y autodestrucción a todos los niveles. Una serie de circunstancias provocan que encuentre una agenda de tapas negras y contenido perturbador que lo obligará a relacionarse con una organización secreta de vengadores adeptos a la justicia retributiva y dispuestos a resucitar el obsoleto Código de Hammurabi. Y hasta aquí puedo contar sin destripar nada de la trama...

Un descenso al infierno íntimo donde pulsiones y límites morales y éticos libran sin descanso la batalla más encarnizada narrado con ritmo trepidante y la prosa adictiva de Moyano. Escenas truculentas y giros argumentales sorprendentes mientras el lector transita los luctuosos senderos de la duda: ¿qué es justicia?, ¿qué es venganza? ¿Hobbes o Rousseau? «Quizá la justicia no sea un mito menos fabuloso que la fraternidad o la solidaridad en esta sociedad de lobos», se nos dice en la primera página. Inquietante, desasosegante y adictiva. 

miércoles, 9 de junio de 2021

Noventa libros y un film, de Manuel Moyano

No considero que la lectura sea un vicio, pero tampoco es una virtud.

Esta cita de Harold Bloom es la elegida como pistoletazo de salida de Noventa libros y un film, de Manuel Moyano, publicada en 2016 bajo el sello de MurciaLibro (que, dicho sea de paso, constituye para mí un sello de calidad literaria). Una compilación de reseñas literarias (publicadas entre 2009 y 2011 en Ababol, suplemento cultural del diario La Verdad), ocho prólogos y, como el propio título indica, una simpática crítica cinematográfica, configuran esta obra ecléctica y llena de matices interesantísimos.

Si bien es cierto que, por mi equilibrio mental, he abandonado toda pretensión de elaborar listas de lectura a raíz de lo que los dioses reseñan, he de reconocer que he disfrutado la lectura de esta obra de una manera ciertamente fisgona. Cuando se admira a un autor como esta lectora admira a Manuel Moyano, tener la oportunidad de recorrer las sendas de sus experiencias literarias con obras ajenas es todo un lujo. Ficción, ensayo, textos científicos, clásicos reeditados, novela, relato, microrrelato; todo bajo su mirada peculiar que capta matices que la mayoría de mortales no osaríamos siquiera intuir. Nombres que se repiten a lo largo de las páginas y nos permiten atisbar sus pasiones en estas lides: Borges, siempre Borges; Lovecraft, Poe, Bukowski, Juan Manuel de Prada. Autores que se me han quedado dando vueltas en la mente: Jon Bilbao, Olgoso, Miguel Ángel Hernández (prometo no apuntarlos en ninguna lista).

Con respecto a sus prólogos, destacaría que, siendo joyas literarias per se, cumplen holgadamente con la función que convencionalmente se les asigna: provocar en el posible lector unas ganas (casi irrreprimibles) de perderse entre las páginas a las que preceden. Me ha emocionado especialmente la lectura de "El hombre de Inawaia", preámbulo de la reedición de Mosaico Papú, de Xavier Vergés (Nausícaä, 2007), pues he creído encontrar en el texto el posible germen que dio lugar al Padre Cuballó de El imperio de Yegorov

Y una casualidad grata que la película comentada sea Tiburón, la que más veces habré visto a lo largo de mi vida. La que volvería a ver una y otra vez sin cansarme. Solo escuchar la musiquilla y ya se me eriza la piel. La diferencia es que, en lugar de desarrollar miedo o aversión al mar, a mí me inspiró una insólita querencia por los escualos que, junto a las medusas y los ofidios, son mis animales favoritos.

P.D. Y me van a disculpar el Sr. Bloom y el Sr. Moyano, pero algo de vicio sí que tiene la literatura.

domingo, 6 de junio de 2021

El imperio de Yegorov, de Manuel Moyano

Descubro con asombro que son ya once las obras de Manuel Moyano subrayadas de amarillo en mi lista y marcadas como leídas. Reconozco que este autor dispara y clava su dardo justo en el centro de la diana de uno de los aspectos que más me motiva literariamente hablando: su capacidad de sorprenderme es tanta que me debe haber aumentado el tamaño de los ojos al menos unos milímetros desde que comencé a leerlo. Calculo que, para cuando termine el listado, mi rostro se asemejará bastante al de un personaje de manga.

Tras haber cruzado con él los E.E.U.U en Travesía americana, durante estas últimas horas he viajado de su mano a El imperio de Yegorov (Anagrama, 2014) y la experiencia ha resultado francamente alucinante. Todo en El imperio de Yegorov, desde la portada hasta los agradecimientos, se conjuga de forma magistral para hacer de ella una obra fascinante en todos los sentidos. La trama comienza allá por 1967 en Papúa-Nueva Guinea, con un grupo de expedicionarios japoneses que persiguen el estudio de la desconocida tribu de los hamulai. Una de las integrantes de la expedición contrae una extraña enfermedad que dará lugar a la cadena de acontecimientos que vertebra el argumento de la novela y que desembocará en un mundo perfilado con trazos distópicos que, con toda seguridad, impactará en la mente del lector y lo dejará rumiando las mil y una posibilidades (poco halagüeñas, honestamente) que pudieran derivarse de él. Aborígenes, antropólogos, científicos, maridos abandonados, detectives, periodistas y miembros de la jet set estadounidense se dan cita en las páginas de El imperio de Yegorov a modo de piezas de un puzle que el lector deberá ir encajando para satisfacer la curiosidad que, sin duda alguna, comenzará a experimentar desde las primeras páginas.

Y si no fuera suficiente el magnífico encaje de bolillos argumental, Manuel Moyano lo refuerza con una estructura de once sobre diez, ocultando la voz del narrador entre una serie de documentos dispuestos cronológicamente a modo de texto académico. Anotaciones en diarios, transcripciones de entrevistas, cartas, correos electrónicos y hasta prospectos serán las herramientas con las que el lector construya la realidad de El imperio de Yegorov e intente despejar sus incógnitas. Con este formato, Moyano consigue unos niveles altísimos de verosimilitud y, lo que es más importante aún (en mi modesta opinión, claro está): proporciona un par de potentes alas a la imaginación lectora para que extraiga sus propias conclusiones a partir de la información consignada en las páginas. Todo un acierto, vamos.

Así, ¿quién no va a tener ganas de seguir leyendo a Manuel Moyano?

jueves, 3 de junio de 2021

Travesía americana, de Manuel Moyano

Una de las posibilidades más hermosas que nos regala la literatura es, indudablemente, la de viajar. Trascender las fronteras del tiempo y del espacio, liberarse durante unas horas de las ligaduras que nos atan sin remedio a la minúscula porción del universo que habitamos y sucumbir a los encantos del nuevo entorno que se nos ofrece plasmado en papel. Si encima el guía de nuestro viaje es el narrador perfecto, o sea Manuel Moyano, la experiencia es doblemente placentera.

En Travesía americana (Nausícaä, 2012) el lector acompaña a Manuel Moyano y familia mientras recorren, en el año 2010, los gloriosos y variopintos  Estados Unidos de América de oeste a este durante un mes. Aterrizan un 19 de agosto en el aeropuerto de Atlanta y, a partir de ahí, se lanzan a la aventura a bordo de un Chevrolet gris plateado con matrícula de Alabama (qué americanísimo) y regresarán a España desde Nueva York, tras haber dado un paseíto por Queens. Salvo por la constante preocupación por los neumáticos (al parecer, el asfalto de las carreteras estadounidenses causa estragos en las gomas), el viaje discurre tranquilo y el lector contemplará a través de los ojos de Moyano (compartiendo su asombro, su bendito asombro) los paisajes y a las gentes de San Francisco, de LA, Salt Lake City, Cody, Chicago, y otras diecisiete paradas más.

Moyano le contará al lector de forma precisa, elegante y salpicada de sus toques de humor, una historia de alojamientos, gastronomía, paisajes, costumbres y personas. Siempre personas: taxistas, recepcionistas, dependientes, camareros, cantantes insufribles, ancianos hoscos o indígenas reconvertidos, son objeto de su atención y su observación minuciosa. Su mirada recoge los grandes monumentos, los lugares míticos, los grandes personajes y leyendas de la historia americana, pero sin perder de vista el pequeño detalle, el color de los sillones de un restaurante, la luz de un atardecer precioso, o la sonrisa coqueta de la camarera que les sirve el desayuno.

Doce mil kilómetros condensados en exactamente ciento dieciocho páginas. Una galería fotográfica que da fe de ciertos momentos, lugares y personajes que aparecen en la obra. Y la narración sin mácula de Manuel Moyano. No me queda más que pedirle que me deje acompañarle también en su próximo viaje, aunque sea en diferido. 

jueves, 20 de mayo de 2021

Teatro de ceniza, Manuel Moyano

Acabar un libro con una gran sonrisa es un acontecimiento de valor incalculable, y así es justamente como he terminado la lectura de Teatro de ceniza, de Manuel Moyano. Circunstancias diversas han provocado que esta semana mi tiempo de lectura se haya reducido de forma drástica pero, afortunadamente, este compendio de microrrelatos ha contribuido (muy agradablemente) a reducir mi desasosiego lector (síndrome de abstinencia o mono lo llaman por ahí). Es la primera vez que me adentro en el microrrelato, y la experiencia ha resultado de lo más gratificante.

Teatro de ceniza (Ed. Menoscuarto, 2011) no es únicamente una colección de microrrelatos. Es también la prueba fehaciente de que Manuel Moyano tiene una extraordinaria capacidad creativa, una forma de narrar IM-PRE-SIO-NAN-TE y una habilidad para la escritura fuera de lo común. La temática de las piezas es amplia y variada: revisita mitos, inventa imperios, expone paradojas teológicas y religiosas, versiona elementos de cuentos tradicionales; propicia que lo irreal, lo insólito, se sienten junto a lo cotidiano a la hora del café; redimensiona el concepto doppelgänger, y nos invita a soñar mientras leemos un libro. En prácticamente todas asoma lo fantástico, lo fabuloso. En ellos, la mente del lector viaja a velocidad vertiginosa entre un escenario geográfico y otro, entre un espacio temporal y otro bien distinto. Sus textos son extraños, inquietantes, y sus finales casi siempre llegan provocando asombro. Tampoco hemos de dejar de lado su sentido del humor, ácido a veces, cruelmente irónico otras.

Y todo ello nos lo cuenta Manuel Moyano de forma magistral, con su lenguaje impecable, con su estilo directo. Con su forma de hacer que el lector perciba claramente que no falta ni sobra una palabra, un punto o una coma. Como un arquitecto de la exactitud. Como un devoto de la precisión. Gran descubrimiento el microrrelato, y mayor descubrimiento aún la pluma de Moyano.

Os dejo aquí uno de los microrrelatos que más me han gustado:

AUTOBÚS

Todos los asientos del autobús estaban libres, pero ella se sentó justo a mi lado. La miré de reojo: no había visto una mujer tan hermosa en toda mi vida. Era indudable que quería algo de mí; sin embargo, no se me ocurría nada que decirle: siempre he sido un poco timorato con el sexo opuesto. Fue ella quien rompió el hielo; me cogió de la mano y, mirándome con aquellos grandes ojos de color turquesa, me preguntó qué hora era. El roce de su piel me hizo enfermar de deseo. Apenas acerté a leer la esfera de mi reloj de pulsera; la voz me temblaba cuando respondí: “Las seis y media”. “Entonces, ya es hora de despertar”, afirmó ella.

lunes, 17 de mayo de 2021

El experimento Wolberg, Manuel Moyano

Dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Sin embargo, no suelo estar yo muy de acuerdo con esa máxima, y mucho menos en lo que a placeres se refiere. Y leer a Manuel Moyano es, lo mire uno por donde lo mire, un verdadero gozo. Por lo tanto, no me hubiese importado lo más mínimo que El experimento Wolberg (Editorial Menoscuarto, 2008) hubiera continuado durante un par de cientos de páginas más, pues ratifica, una vez más, la calidad literaria  con la que este autor agasaja en cada una de sus obras a los lectores.

El experimento Wolberg nos trae de vuelta la  maravillosa ficción de Moyano, en forma de ocho relatos que, aun concebidos con el mundo real como sustrato, abrazan con entusiasmo la injerencia de lo irreal, de lo excepcional, de lo surrealista, arrojando como resultado composiciones armónicas y  bien proporcionadas. Manuel Moyano refleja en sus relatos la condición humana, sus ansias de fortuna, de gloria, de excelsitud, y la ineluctable miseria que conlleva el fin del sueño, el golpe de realidad. Encontramos entre sus páginas a individuos abocados, de una forma u otra, a la tragedia: hombres corrientes que reciben las dádivas de la diosa Fortuna y a continuación experimentan los más crueles de sus reveses. Protecciones milagrosas que dejan en la boca un regusto amargo, malos augurios convertidos en realidad, abducciones que ponen en riesgo trayectorias políticas, coincidencias insólitas que deparan a ciertos personajes futuros prometedores con resultados nefastos, minutos de gloria sustentados por la más abyecta de las mentiras.

Un catálogo de fatalidades salpimentadas por pinceladas del humor tan característico de Manuel Moyano.Ocho relatos deslumbrantes donde la paradoja y la ironía (ya lo dijo en "Bazar", broche final de La memoria de la especie: «La ironía es el humor de los tristes») se alían para dejar flotando en el ambiente el aroma dulzón de la tristeza junto a la posibilidad de continuar imaginando, obra, sin lugar a dudas, de un narrador a todas luces fabuloso.

martes, 11 de mayo de 2021

La coartada del diablo, Manuel Moyano

Finalizo la lectura de la sexta obra de Manuel Moyano con la gratificante sensación de que este autor no va a dejar de sorprenderme. Tras haber saboreado ya dos colecciones de relatos (los borda) y tres obras de ensayo (agradabilísimas), le toca ahora el turno a su primera novela publicada, La coartada del diablo, que llegó a manos de sus primeros lectores en 2007 con el sello de la palentina Menoscuarto.

En este excelente ejemplo de novela epistolar, el protagonista busca refugio en Manfraque, una minúscula aldea situada en medio de la nada –"un lugar idóneo para experimentar las propiedades terapéuticas del aburrimiento" (p.41)–, con el objetivo de hallar la paz y el sosiego necesarios para sobreponerse a la dramática muerte de su esposa. Allí conocerá a una serie de personajes de lo más peculiar: a Orellana, el prócer megalómano; al atribulado padre Jambrina y sus vacilaciones teológicas; al extraño doctor Paniagua y sus delirios de grandeza; a su casera, la Coronela y al vegetal Porfirio... Sin embargo, el hallazgo que más le sorprende es el de unos seres horripilantes, deformes y de inteligencia escasa: los bubos, humanos afectados, al parecer, por severas mutaciones genéticas. Nuestro protagonista se verá pronto obligado a abandonar sus pretensiones de tranquilidad y contemplación de la naturaleza a la luz de ciertos acontecimientos, cada vez más escabrosos, que rompen la monótona existencia de Manfraque: actos de vandalismo, profanación de tumbas, fenómenos climatológicos adversos, violaciones, asesinatos, suicidios... ¿Quién será el culpable de estos males? Tendrán que leerla y esperar hasta el mismísimo final, ya que es imposible descubrirlo antes. 

La trama es original y sorprendente, y los personajes están magníficamente construidos; tanto las descripciones de estos como las del entorno rural donde se desenvuelven son absolutamente sensacionales (apenas hay que esforzarse para visualizarlos). La elección de la forma epistolar, acertadísima. Pero el modo de narrar, señores (lo lamento, en el idioma que hablo el masculino incluye al femenino), eso sí que es soberbio. Moyano mima el lenguaje, escoge los adjetivos con precisión de cirujano. Ni le falta ni le sobra. Es, sencillamente, perfecto este narrador de lo insólito. Si aún no han probado a leerlo, ¿a qué esperan?




sábado, 8 de mayo de 2021

La memoria de la especie, Manuel Moyano

Hoy acaricio las últimas horas de un día inusual –empezó de un magnífico azul libidinoso y luego se tiñó de un gris plomizo y monocorde– leyendo las últimas páginas de una obra también inusual, una miscelánea de misceláneas: La memoria de la especie, de Manuel Moyano, publicada por la editorial Xordica en 2005.

Reconozco que tras acabarla he pasado un rato buscando el elemento común que aporte unidad al conjunto de textos que la integran, y me seduce la idea de que ese nexo sea la tragedia, tan propensa a excitar el morbo y la curiosidad de los lectores, pero no estoy del todo convencida. Percibo en el narrador un distanciamiento, una ironía, que me impele a dudarlo una y otra vez. Quizá sea que no existe un nexo común entre los distintos textos que la conforman, y puede que la obra sea un reflejo de las yuxtaposiciones casuales que se dan en el complejo Universo, ese engranaje caótico donde no somos más que microscópicas partículas de petulancia cósmica.

La memoria de la especie se articula en torno a cuatro apartados. El primero, titulado "Plaudite, amici", aglutina una serie de relatos exprés de la vida y, sobre todo, de las postrimerías de ciertos personajes célebres de las más diversas categorías. Cada texto va encabezado por la fecha de la muerte de la celebridad en cuestión, y resulta todo un reto intentar averiguar la identidad del personaje antes de que Moyano escriba su nombre en las líneas finales del texto. En el segundo apartado, "Archivo de atrocidades", el autor demuestra su valentía literaria al transformar acontecimientos extraídos de la sección de sucesos de algún periódico en verso clásico. Horror y lírica se toman de la mano con el único objetivo de provocar la perplejidad del lector. La tercera sección, "Interludio onírico", como su mismo título sugiere, consta de una serie de breves narraciones surrealistas derivadas de ciertos sueños inquietantes que asaltaron en su descanso a la mente creadora. El sueño del peluquero en su propio cuarto de baño me pone directamente la piel de gallina. La sección final es un "Bazar" de reflexiones personales (muchas de ellas relacionadas con el catálogo de dolores que aguijonean los textos precedentes) y aforismos, algunos de los cuales se instalarán en la memoria lectora de forma indefinida. Personalmente, yo me quedo con este: 

"De entre las atrocidades en que es pródigo el Universo, acaso ninguna mayor que nuestra aptitud para la tristeza"

Obra, como he dicho al principio, inusual, diferente a lo que hasta ahora he ido leyendo, pero escrita por Manuel Moyano y rubricada con su propio sello de calidad literaria. Acabar el día leyéndolo a él es, sin duda, de agradecer. 

miércoles, 5 de mayo de 2021

El lobo de Periago, Manuel Moyano

Agotadísima mentalmente por circunstancias varias, huyo de este mundo que ahora mismo no comprendo y me refugio entre las letras de El lobo de Periago (Natursport, 2004) de Manuel Moyano, su tercera obra de corte antropológico (etnológico al menos). Voy leyendo página tras página y desaparece el tiempo. Cuando vengo a darme cuenta, me lo he bebido entero, y se me queda en las manos cierto aroma a melancolía.

El subtítulo de la obra, Historias de la Murcia rural, ya permite al lector intuir que va a pasear con Moyano por parajes remotos (remotísimos, y en su gran mayoría desconocidos para el común de los mortales) y a entablar conversación con individuos de algún modo excepcionales. Y son precisamente esos paisanos, con nombres y apellidos (o apodo) los que van a relatarnos anécdotas, costumbres, geografías y demografías con su verbo idiosincrático y rural (confieso que he tenido que recurrir en varias ocasiones a un diccionario, pues eran muchos los términos que no comprendía), pues así lo quiso el autor para dar un toque si cabe más genuino a la narración. Encontraremos retazos de vidas en completa conexión con la naturaleza, existencias casi aisladas, trabajo arduo a cambio de un pedazo insuficiente de pan. Hallaremos también la alegría del humilde ante las cosas sencillas, y la melancolía del que sabe a ciencia cierta que su modo de vida no tardará en caer en el olvido.

Caminante incansable, Moyano nos ofrece en la última parte de la obra tres magníficos textos (no sé si me recuerdan a Delibes, pero prácticamente con toda seguridad a Cela) donde detalla de manera deliciosa (qué descripciones, por favor) vivencias propias extraídas de sus excursiones a pie.

El lobo de Periago es, pues, además del último lobo que dicen se mató en Murcia, la metáfora perfecta y nostálgica de un mundo que, inevitablemente, se sumirá más pronto que tarde en los abismos del tiempo donde la memoria no llega. Sin embargo, es de agradecer que permanezca eternamente, indeleble, entre las páginas de Manuel Moyano, del cronista de los mundos olvidados.

Fuego y Sangre, de George R.R. Martin

Hay libros que nos acompañan durante un tiempo y otros que parecen despertar algo que llevamos en el alma desde siempre. En mi ...