Tras muchos meses con la cabeza en las nubes y los ojos puestos en mundos fantásticos tocaba de algún modo regresar a casa y plantar cara a la vida con sus luces y sus sombras. Se acaba el verano y, para esta lectora, el inicio del otoño es siempre época de recogimiento y de nuevos comienzos. Y qué mejor manera de abordar un camino inédito que con la compañía de un libro que llevaba mucho tiempo deseando leer pero que, por algún motivo que desconozco, siempre postponía. Fue la maravillosa reseña de un compañero de un grupo de lectura en Facebook la que me animó a elegirla como mi siguiente lectura, y no sabéis cómo me alegro de haberme decidido a leerla, porque en el plano literario la he disfrutado muchísimo y a nivel emocional ha abierto una puerta que tenía bloqueada desde hace un tiempo.
En Tras las caras del poliedro (Létrame Grupo Editorial, 2023), Istha Nátimo ofrece al lector una preciosa y conmovedora historia tejida con hebras de recuerdos, ausencias, afectos y pequeñas pero profundas huellas que el paso del tiempo no consigue borrar. El argumento comienza cuando Mallén, la protagonista, recibe las llaves de Maison Coursan tras la muerte de su abuela. Sin embargo, no recibe únicamente una casa, sino algo mucho más valioso: un territorio lleno de amor y de memoria. Al cruzar sus puertas, el pasado comienza a despertar y los recuerdos de sus veranos de infancia se mezclan con las historias de quienes habitaron aquel lugar, incluso de aquellos a los que nunca llegó a conocer.
Y es justamente ahí donde radica una de las mayores bellezas de la novela: en su capacidad para mostrarnos que las personas nunca desaparecen del todo mientras alguien conserve su recuerdo. Una voz, un aroma, una canción, un objeto aparentemente insignificante o una habitación pueden convertirse en portales hacia otros tiempos. La memoria se transforma así en un hilo invisible capaz de unir generaciones y de mantener vivos los vínculos incluso cuando la vida ha impuesto la distancia. El título resulta especialmente hermoso como metáfora. Un poliedro tiene muchas caras y, dependiendo de cómo lo miremos, descubrimos una diferente. También las personas somos así: estamos hechos de recuerdos, decisiones, heridas, alegrías, secretos, sueños y relaciones. Nunca somos una única versión de nosotros mismos. Cada persona que nos conoce contempla una de nuestras caras, pero detrás de ella existen muchas otras que quizá permanecen ocultas.
Istha Nátimo, a través de la belleza que otorga la sencillez y la claridad, y a golpe de capítulo breve, construye en Tras las caras del poliedro una novela profundamente sensorial. Los recuerdos aparecen ligados a aquello que permanece en nuestra memoria con una fuerza casi inexplicable: el sabor de algo que comimos en la infancia, el perfume de alguien querido, una melodía que nos devuelve instantáneamente a otro momento de nuestra vida. Pero esta no es solamente una historia sobre el pasado. Es también una invitación a mirar el presente con otros ojos. A afrontar la realidad desde otra perspectiva. Sus personajes nos hablan de la soledad, del amor, de la familia, de la amistad, de las oportunidades que llegan cuando menos las esperamos y de esa necesidad profundamente humana de encontrar sentido a lo vivido. Existe además una hermosísima idea que impregna la novela de principio a fin: que nuestra existencia no está formada únicamente por aquello que hacemos, sino también por las personas a las que tocamos con nuestros actos, nuestros afectos y nuestros recuerdos. Somos, en cierta manera, parte de la historia de quienes nos rodean. Somos la huella que dejamos en sus corazones.
Tras las caras del poliedro es, por eso, una novela para saborear despacio. Para dejar que sus recuerdos llamen a los nuestros. Para detenerse en esos pequeños detalles que quizá parecen insignificantes hasta que comprendemos que, al final, son precisamente ellos los que cimentan una vida. Todos llevamos dentro nuestro propio poliedro. Tenemos caras que mostramos, caras que escondemos y otras que ni siquiera conocemos todavía. Y quizá vivir consista, en buena medida, en atreverse a descubrirlas. Una novela cálida, nostálgica y profundamente humana, que habla de la memoria pero, sobre todo, habla del amor en sus muchas formas: el amor que permanece, el que se transforma, el que se pierde y el que somos capaces de encontrar de nuevo. Y cuando leemos la última letra de la última página, queda una sensación preciosa: la seguridad de que recordar también es una forma de querer. Y de que ninguna vida es solamente la historia que una persona percibe de sí misma, sino todas las historias que los demás conservamos de ella. Os la recomiendo absolutamente.