sábado, 1 de octubre de 2022

La impostora: Cuaderno de traducción de una escritora, de Nuria Barrios

Hay obras que despiertan en mí una curiosidad inmediata, de las que conviene atender pronto. Este ha sido el caso de La impostora: Cuaderno de traducción de una escritora, de Nuria Barrios (Editorial Páginas de Espuma, 2022). Llegó a mis manos por cauces inesperados a la par que bienvenidos y muchas de sus líneas se han convertido para mí en una suerte de epifanía novedosa e íntima. Me ha resultado de lo más grato "leerme" en algunos de los fragmentos, "identificarme" en alguna de las conjeturas, "saberme" partícipe del colectivo de los impostores, protagonista sus páginas a pesar de la invisibilidad que habitualmente lo caracteriza.

Nuria Barrios, doctora en Filosofía, escritora y traductora, en La impostora, acude al ensayo para intentar acotar la maravillosa, enriquecedora y complejísima experiencia que supone la traducción. Los catalizadores de esta necesidad de explicar, claros como el agua. Por un lado, el cataclismo existencial sobrevenido con la pandemia. Por otro, la polémica suscitada por la elección de los traductores de The Hill We Climb de Amanda Gorman, recitado por su autora en enero de 2021 en la toma de posesión de Joe Biden como presidente de Estados Unidos, que desplazó el ejercicio literario e imaginativo como pilar fundamental de la traducción sustituyéndolo por una base de índole totalmente diferente: política identitaria y racial (ay, el doble filo de las redes sociales). Nuria Barrios transforma este ensayo literario en una profunda reflexión ontológica, en un genuino viaje existencial. Transmite (con mucho acierto, a mi juicio) la debacle inicial que significa enfrentarse al comienzo de la traducción de una obra literaria, los bancos de niebla que acompañan a la traductora durante todo el proceso, el sentimiento apátrida de ser extranjera en ambas lenguas y la regresión a esa etapa anterior al dominio de la lengua materna (su expresión «un viaje desde la punta de la lengua a la raíz de la misma» la sintetiza con una eficacia brutal) cuando se comprende un elemento del idioma original pero no se encuentra la equivalencia en el de destino. Expresa con claridad meridiana la necesidad de despojamiento, de extrañamiento y de alienación con respecto a una misma al traducir y, a pesar de llegar al final del viaje sin una definición conclusiva del objeto del ensayo, sí elucida su perpetuo fluir entre la fidelidad al texto y la exégesis traductora. Se afirma como TRADUCTORA MUJER, y escribe en femenino genérico, huyendo del acostumbrado masculino genérico («muy masculino y poco genérico»), como reivindicación contra la capa extra de invisibilidad que envuelve a las mujeres que desempeñan este oficio que, casualmente, somos mayoría. Además, y continuando con la perspectiva de género, cuestiona cuál sería el papel de la mujer en la sociedad actual si la elección de cierto vocablo para traducir, en la Biblia, el término hebreo tezla se hubiera hecho con afán igualitario y no subordinador, ya que Eva podría haber nacido "al costado" de Adán y no de una "costilla" suya. Podría seguir escribiendo sobre La impostora durante muchas líneas más, pues dos lecturas de la obra dan para muchas apreciaciones, pero no quiero resultar cansina, así que lo dejaré aquí, invitándoles a adentrarse en su lectura si les apetece.

Eso sí, me van a permitir que concluya esta entrada con un fragmento del final del ensayo en cuestión. Probablemente se trate de las palabras que más cerca estén de definirme a mí misma: «... la que fui, la que soy y la que seré compartimos una certeza: los libros son nuestra manera fundamental de relacionarnos con los otros y con el mundo. También son mi manera de relacionarme conmigo misma».

Ya saben: si gustan, pasen y lean. 

jueves, 15 de septiembre de 2022

Cuentos de miedo para jóvenes valientes, de Paco López Mengual

 


Cuando miro hacia atrás, no me recuerdo como una criatura miedosa. Siempre quise conocer a los monstruos, los vampiros y los fantasmas que aparecían en los libros. Pensaba que tan malos no serían, y casi siempre tenían un punto simpático. Pero, claro, esos eran los de los libros. Otra cosa muy distinta eran esos personajes que aparecían en las historias que nos contaban los adultos para intentar que nos portásemos bien y que luego los niños repetíamos a nuestros amigos y vecinos con un temor reverencial. O las primeras experiencias de quasi-adolescentes en el terreno de lo esotérico (la memoria de las tijeras de Verónica me sigue espantando, la verdad). Lo cierto es que esa rumorología de lo oculto, de lo misterioso, de lo cabalístico, resulta un excelente acicate para la imaginación popular.

Eso debió pensar Paco López Mengual cuando concibió la obra sobre la que versa esta entrada: Cuentos de miedo para jóvenes valientes (Alfaqueque Ediciones, 2020), una colección de quince relatos “reales” donde personajes peculiares y situaciones escabrosas procedentes en su mayoría de la tradición oral estimulan la imaginación y el morbo (aunque no queramos reconocerlo, somos morbosos) del lector y le hacen preguntarse hasta dónde llega el hecho y donde empieza la leyenda urbana. Tumbas vacías y cadáveres desaparecidos, fantasmas de diferente condición (ojo a la estudiante universitaria cuya compañera llevaba fallecida más de dos décadas y a la Dama de Negro que provoca sobresaltos a quienes se acercan a la casa Díaz Cassou) o algún traje de marinerito capaz de erizar el vello al más valiente se combinan en las páginas de esta obra con pinceladas de la vida de un supuesto licántropo, con supervivientes de catalepsia que provocan fulminantes ataques al corazón  e incluso con la siniestra merced de cierto santo. Sin embargo, la historia que realmente resucita mi pavor infantil es, sin duda, la del Tío Saín, único ser –divino o terrenal– capaz de impedirme salir a jugar en la calle a la hora de la siesta y morador de alguna que otra de mis pesadillas.

Quince relatos narrados con la inteligencia, la solvencia y esos trazos de humor que caracterizan a López Mengual y le convierten, a mi humilde parecer, en un mago cuentahistorias. Sepan ustedes que tuve la fortuna de asistir a una presentación de Cuentos de miedo para jóvenes valientes que hizo el autor en la puerta del cementerio de Molina, y les puedo asegurar que, si leídas, las historias provocan cierto repelús, contadas de viva voz (y a las puertas del camposanto) el efecto es ciertamente desasosegante. Ya saben, si gustan ustedes de un ratito de miedo y morbo, pasen y lean.

 


domingo, 11 de septiembre de 2022

Un paseo literario por las calles de Murcia, de Paco López Mengual

«Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias» (Eduardo Galeano)

Comienzo esta entrada con la célebre cita del periodista y escritor uruguayo porque, no sé si será una verdad universal que nos aplique a todos, pero está claro que no podría ser más certera en el caso del escritor-mercero que ostenta la autoría de esta obra, que no es otro que el molinense Paco López Mengual, un exepcional contador de historias que, encima, sabe escribirlas. No es mi afán adularlo (no se me suelen dar bien esas cosas), pero pocos le hacen sombra en ese terreno.

En esta ocasión, López Mengual nos invita a ponernos calzado cómodo y activar nuestra imaginación para dar Un paseo literario por las calles de Murcia (La Fea Burguesía, 2016) y dejarnos seducir por las historias de su historia, vivas en sus muros y en sus adoquines para todo aquel que quiera leerlas y disfrutarlas. En primer lugar, nos habla de "El árbol de Santo Domingo", un enorme ficus (enorme ahora, claro, pues han pasado más de 120 años desde que fue plantado) situado en la plaza bautizada con el nombre de tan descansado santo gracias a Ricardo Codorniu (personaje interesante este, responsable de la repoblación forestal de ciertas partes del Levante español). ¿Sabían ustedes que este anciano gigante llegó a Murcia como un pequeño esqueje desde Australia oriental? ¿Y que el inocente vegetal cuenta ya con tres muertos en su historial? Además, esa misma plaza donde está ubicado el ficus, la de Santo Domingo, fue testigo del ajusticiamiento público de "Jaime Alfonso el barbudo", un bandolero que sembró el terror en el sureste español durante el siglo XIX (impresiona leer la rapidez con la que pasa uno de villano a héroe y viceversa), y  presenció "El milagro de San Vicente Ferrer" en el siglo XV, cuando el fraile quizá más peculiar de toda la cristiandad pronunció un vehemente sermón que expulsó, según el testimonio de los que allí estuvieron, al maligno de la capital murciana. Si el lector atraviesa el Arco de Santo Domingo llegará a otra hermosa plaza que le narrará, si tiene a bien escucharla, "La maldición del Romea", pronunciada por un fraile loco hace más de siglo y medio al contemplar la exhumación de sus difuntos hermanos de hasta aquel entonces su camposanto para edificar el Teatro Romea (leyenda o no, se siguen tomando ciertas precauciones que eviten que la maldición se cumpla). Fueron los alrededores del teatro maldito por aquel orate los que acogieron los primeros correteos y los juegos infantiles de Don José Echegaray y Don Jacinto Benavente, ambos notables académicos de la Lengua y premios Nobel de Literatura. Por lo que nos cuenta López Mengual, la capital murciana es la única del mundo que puede presumir de tener "Dos premios Nobel de Literatura".  También en los aledaños del Romea, la calle Alfaro, una de las antiguas callejuelas que integraban la Murcia del siglo XVIII, tiene algo que contarnos: "El asombroso caso del caballero cornudo", cuyas astas eran protuberancias reales y no alusión metafórica a infidelidad alguna. Si los lectores continúan paseando por las páginas de esta ilustradora obra, llegarán al antiguo Pórtico de San Antonio, ahora calle Sánchez Madrigal, donde tuvo lugar “El crimen del hostal La Perla", quizá el más popular de los acaecidos en Murcia y el que propició la última ejecución pública realizada en nuestro país. También nos lleva el autor de la mano a conocer el antiguo Café Santos, centro neurálgico de las letras murcianas, donde tantas veces acudiera el grandísimo escritor caravaqueño "Miguel Espinosa" (injustamente ignorado por nuestras instituciones), y a la casa Díaz Cassou, sita en la calle de Santa Teresa, donde una dama de negro se asoma a un balcón acristalado para contemplar la Murcia que la vio nacer y morir demasiado joven, circunstancia que utiliza el autor para explicarle al lector la arraigada creencia murciana en "Las ánimas". Si aún les aguantan los pies y las ganas, sigan paseando hasta la misma puerta del Ayuntamiento, abran bien la mente y empápense de la historia de Antonete Gálvez, una de las figuras más destacadas del republicanismo federal español en el siglo XIX (lean, lean que fuimos los primeros independentistas y que incluso pudimos ser el 51° estado de E.E.U.U). Nuestro paseo finaliza en "La plaza de Santa Catalina" , lugar elegido por "La Santa Inquisición" para sus castigos ejemplares, por el Consejo de Hombres Buenos para sus primeras reuniones y donde se sitúa la vivienda donde nació el célebre actor teatral Julián Romea. El olor a pastel de carne de las calles que rodean la plaza viene acompañado por las andanzas de Charo Baeza, famosa murciana afincada en E.E.U.U.

Con los pies algo cansados de tanto andar y plena conciencia de lo ignorante que era acerca de muchas de las historias que cuenta el autor, acabo este viaje por el espacio y el tiempo de nuestra capital murciana agradecida por un lado y con la curiosidad muy despierta por otro. Procuraré caminar más atenta cuando transite sus calles para ver si a mí también me cuentan algo. 

jueves, 8 de septiembre de 2022

El archivo vampiro, de A.A.V.V.

Vuelvo, sí, aunque mientras estoy escribiendo estas letras me cueste creérmelo. Y vuelvo con nada más y nada menos que con otra de mis debilidades literarias: los vampiros. Entre manuscritos innombrables y otros menos, he pasado el verano leyendo The vampire archive (El archivo vampiro), una antología de relatos vampíricos en lengua inglesa editada por Otto Penzler (una autoridad en la materia) y publicada en 2009 por la británica Quercus. Debí comprarla por el año 2010 con poco criterio, puesto que el formato es pesado e incomodísimo. Suerte que gran parte del contenido ha hecho que merezca la pena el esfuerzo, aunque no le perdono no haber podido llevármelo a la cama.

1064 páginas (a las que hay que añadir otras pocas más de referencias bibliográficas) y 85 piezas constituyen la tentadora selección de Otto Penzler para explorar los distintos enfoques de la literatura vampírica. En primer lugar, os diré que casi todo lo que creáis saber sobre los vampiros es cierto. O no. Tratar de entender el mito del vampirismo sería equiparable a intentar comprender el concepto de Dios. Todo depende de la cultura, de la época y de la capacidad imaginativa y credulidad individual. En el mundo occidental contemporáneo, el concepto de vampiro que aceptamos coincide con el personaje de la novela icónica victoriana de Bram Stoker: Drácula. Para la mayoría de lectores y cinéfilos, un vampiro es una criatura inmortal que bebe sangre y ostenta poderes sobrenaturales, capaz de adoptar otras formas presentes en la naturaleza: murciélago, lobo, o algún otro animal. Duerme durante las horas diurnas, normalmente en un ataúd o una tumba, y se despierta al anochecer para dar caza a sus víctimas mordiéndoles el cuello. Hasta ahí ya lo sabíais, ¿verdad? Pues yo he estado indagando sobre el mito del vampirismo, y soy consciente de que ni en dos vidas podría empaparme de todo... Si nos centramos en el campo de la literatura, si bien es cierto que Drácula es la historia de vampiros más conocida, no es la primera, pues fue antecedida por El vampiro de John Polidori en 1816, aunque lamentablemente su lectura no suele ser habitual en estos días.

En El archivo vampiro, Otto Penzler selecciona multitud de relatos en la línea de Drácula y el vampiro de Polidori: criaturas de la noche escondidas en castillos, panteones o sepulturas que atacan a nuestros pobres e incautos protagonistas. Abundan también las femmes fatales, hermosas, hermosísimas, que seducen a sus víctimas para luego hincarles el diente. Aunque la mayoría de las piezas son en prosa, también inspiró la figura del vampiro poemas como, por ejemplo, "La novia de Corinto" de Goethe, "El Giaour" de Lord Byron (de corte oriental) y "La bella dama sin piedad: una balada", de John Keats. De entre todos los relatos, mi favorito es, sin duda, "Carmilla" (1870) de Sheridan Le Fanu, protagonizado por una vampiresa lesbiana con la habilidad de convertise en un gato gigante (me encanta imaginar cómo debió de escandalizar en su día a los lectores victorianos). Tampoco son nada desdeñable las contribuciones a la antología del propio Bram Stoker, de Lovecraft, D. H. Lawrence, Zelazny, Harlan Ellison, Clive Barker, Anne Rice o incluso Stephen King, entre muchos otros, más o menos conocidos. Destacaría el enfoque metafísico de E. A. Poe y su hermosa "Ligeia". O el personaje atrapado en la narrativa de un libro maldito encontrado al azar en la estantería de un anticuario ("Revelaciones en negro", de Carl Jacobi). O la tensión, el miedo y la locura que desprenden las páginas de "El horror del Castillo de Chilton", de Joseph Payne Brennan. Quizá también la intriga omnipresente en "La habitación de la torre" de E. F. Benson. Y el vampirismo psíquico en "El parásito" de Arthur Conan Doyle. Incluso nuestro apreciado Sherlock Holmes y su insuperable Watson se asoman a nuestra antología para investigar un peculiar caso de vampirismo ("La aventura del vampiro de Sussex" , Conan Doyle). Como original, señalaría "La historia de Chugoro", de Lafcadio Hearn, en la que una bella vampiresa (para variar), que resulta ser una mujer rana, arrastra cada noche a du presa bajo las aguas de un gran río.

Podría seguir escribiendo, pues la mayoría de piezas de la antología han resultado más que interesantes, pero como ni vosotros ni yo somos inmortales (¡maldición!), lo dejaré aquí por ahora. Quien sabe si continúe otro día. Ya saben, si les interesa, pasen y lean, pero sean más inteligentes que yo al elegir el formato.




martes, 5 de julio de 2022

Nada importante, de Mónica Rouanet

Calladita estás más guapa. Las mujeres, ver, oir, y callar. Así no se comporta una señorita. Con esa actitud, no vas a encontrar nunca un hombre que te aguante. Te vas a quedar para vestir santos. Podría llenar páginas y páginas con las lindezas que durante siglos han escuchado (y, lamentablemente, siguen escuchando) un alto porcentaje de mujeres. El simple hecho de nacer con dos cromosomas X sitúa a aproximadamente el 50% de la población mundial en una clara situación de desventaja con respecto a la otra mitad, es decir, el colectivo XY. Esposas, madres, sumisas, sujetas a cánones estéticos ridículos y lastradas por la desigualdad atávica de pertenecer al sexo débil. Susceptibles de sufrir acoso, agresión y violencia en cualquier entorno. Sin embargo, ciertos sectores enfermos y reaccionarios se empeñan en proclamar que todo lo anterior no existe, que es fruto únicamente de degeneradas y maquiavélicas mentes feministas. Por lo tanto, sigue siendo necesario –muy necesario, extremadamente necesario– visibilizar a todos los niveles el nefasto panorama al que nos seguimos enfrentando las mujeres en pleno siglo XXI. Y qué mejor arma para hacerlo visible, debió de pensar Mónica Rouanet un día, que la palabra escrita. Nada importante es el título de la novela donde Rouanet explora y expone con claridad meridiana la situación a la que se enfrentan ciertos personajes femeninos y las actitudes de ciertos personajes masculinos en torno a un episodio de violencia machista.

La primera parte de la trama de Nada importante (Roca Editorial, 2022) arranca en Madrid a principios de 1991. Minerva, una joven estudiante de Psicología, es hallada al borde de la muerte en un callejón oscuro por un tipo que pasea a su perro de madrugada. Junto a ella, el cadáver de su presunto agresor, su exnovio. Sota, caballo y rey: crimen pasional indiscutible. Contra todo pronóstico, el objetivo del verdugo no se cumple, y Minerva sobrevive. Totalmente amnésica, sí, pero viva. El inspector Campos (machista recalcitrante) y la agente Parrondo intentarán que la víctima declare, para poder cerrar un caso que está claro como el agua.  Julio Amaya, periodista de profesión convertido en tertuliano de la telebasura más amarillista, buscará la forma de recuperar su antigua gloria ofreciendo a la audiencia los detalles más morbosos del caso y, para ello, tendrá que utilizar un infiltrado. La doctora Fuentes, feminista convencida, ayudará a Minerva en su proceso de recuperación. Sagrario, la madre de la víctima, dejará su pueblo en la costa levantina para estar al lado de su hija que no la recuerda. En uno de sus muchos días en el hospital, trabará amistad con Fran, un personaje que será, más adelante, clave en la trama. Sin embargo, y sin que nadie sospeche lo más mínimo, el verdadero agresor de Minerva (no era el exnovio, eso ya nos lo dejan claro al principio de la obra) se oculta en las sombras temeroso de que esta recupere la memoria, e irá introduciéndose en su círculo más íntimo para tenerla bajo su control. Mientras tanto, irá narrándole al lector, en primera persona, el por qué y el cómo de lo que él mismo denomina sus "autoencargos". La segunda parte de la novela supone un salto considerable en el tiempo, pues nos sitúa a finales de febrero de 2020, al principio de la pandemia, a las puertas del confinamiento. Minerva nos cuenta que decidió volver a Madrid, huyendo de las miradas chismosas y reprobadoras de su pueblo, buscando el anonimato que garantiza la gran ciudad. Ha comprado el piso donde vivía cuando fue agredida, y trata de llevar una vida normativa a pesar de los vacíos. Ante el cada vez más inminente confinamiento que se cierne sobre ellos, decide quedar con sus amigos, Fran y Manuel, y al final de la noche les desvela una gran noticia: más de 30 años después, ha empezado a recordar. A partir de ahí... No querrán que se lo cuente yo todo, ¿no? Si quieren saber, tendrán que leer.

Mónica Rouanet lo borda en Nada importante. Construye a los personajes de forma magistral, profundizando tanto en ellos y manejando su psicología hasta tal punto que el lector llega a pensar que son reales. Sin ahondar en lo escabroso, no escatima en detalles. La tensión dramática está presente desde la primera hasta la última página mientras intentamos averiguar quién es en realidad el agresor, mientras deseamos que se atragante el señor inspector de policía, que se vaya al carajo el periodista de tres al cuarto, que Minerva recupere la memoria. Las reflexiones de los personajes femeninos son a ratos puñetazos en la boca del estómago; otros, reminiscencias de un pasado que a más de una nos gustaría olvidar. Por si no lo habían captado ya, lectura absolutamente recomendable. Gracias, Mónica, por usar la palabra como arma. 

sábado, 2 de julio de 2022

El destino del agua, de Mikael Cantalapiedra

Llevo un rato dándole vueltas a cómo clasificar, en términos de género, la obra que acabo de terminar, y lo cierto es que ni me acerco a conseguirlo (también es verdad que no entiendo a qué viene ahora este afán clasificatorio, si a mí siempre me ha importado un pimiento, pero reconozco que esta obra me ha generado una cierta inquietud, una extraña necesidad de etiquetarla). Lo único que tengo claro es que se trata de literatura fantástica y que lo más probable es que no encaje en ninguno de los subgéneros estipulados hasta el momento (y, mientras escribo esto, sigo preguntándome: ¿eso qué más dará?). Mucho de fantasía alegórica, un poco de épica o epopeya, algo de gótica con sus fantasmas, sus ángeles y sus demonios, y magia y poderes a muchos niveles, y todo interfiriendo en el mundo real. En definitiva, un crisol de elementos que la sitúa como el enfoque menos ortodoxo y más original hacia la fantasía que he leído hasta la fecha. Y, como ya sabréis de sobra, me encanta que me sorprendan y me rompan los esquemas.

La obra en cuestión se titula El destino del agua y vio la luz bajo el sello de Ediciones Arcanas a finales de 2018. Su autor, Mikael Cantalapiedra, sitúa al lector desde la primera página en un escenario interdimensional donde las posibilidades son absolutamente infinitas. El relato comienza en la constelación de Piscis, sumida en la anarquía desde hace milenios, desde la partida de su Señora, Gota de Lluvia. Helena, una de las hijas del agua, decide bajar a la Tierra, convencida de que allí la encontrará y evitará así el cumplimiento de la profecía que augura la segunda destrucción de la vida en el universo. Una vez en el planeta azul, tendrá que unir sus fuerzas con las de otros cuatro seres con poderes extraordinarios: Julien, un niño terrestre que es en realidad un árcade que trata de regresar a su mundo; el mago Calen y su inseparable fantasma Danielle, cuyo objetivo es exterminar al demonio Samael; y Jack, el hombre-guepardo que busca desesperadamente a su amada felina. Juntos tendrán que enfrentarse a los Hijos del Vacío y su cohorte de esbirros, una serie de criaturas con habilidades asombrosas cuyo fin es... Y habrán pensado que se lo iba a contar todo. Pues no. Tendrán que leerlo si quieren saciar su curiosidad.

Ocho mundos separados a conciencia por los poderes superiores que manejan los hilos y, sin embargo, aquejados del mismo mal: la ambición desmedida que todo lo corrompe. Sorpresas y traiciones interdimensionales. Dudas y preguntas que quebrantan credos. La pureza y la inocencia frente a la depravación moral. El amor que todo lo puede y el agua generadora de vida. Esos son algunos de los elementos que intervienen en la receta del autor para conseguir una obra original narrada con solvencia, construida con una prosa bastante más que aceptable. En El destino del agua, Mikael Cantalapiedra combina de manera hábil los recursos de la mitología, el folklore, diferentes creencias religiosas y una imaginación desbordante para tejer una telaraña donde fantasía y realidad constituyen una sinergia indisoluble que captará, sin duda, la atención del lector desde el principio. ¿Se la van a perder? 

martes, 14 de junio de 2022

La rosa de los cuatro estados II. Lágrimas de fuego, de Amador Peña

Ya habré escrito alguna vez (seguro) en este blog que sé que algo me gusta realmente cuando quiero más. Hay historias y personajes que pasan por nuestras vidas lectoras sin pena ni gloria, que no nos demandan más allá de lo leído hasta el momento de finalizarlas. Otros, sin embargo,   nos cautivan tanto y espolean de tal modo nuestra curiosidad que necesitamos –irremediablemente– avanzar en ellos hasta conocer el desenlace de desenlaces. Si encima son sagas que constan de más de dos títulos (y no nos percatamos antes de empezar a leerlas) nos obligan a ejercitar la virtud de la paciencia. Y en esas me hallo yo, metafóricamente mordiéndome las uñas, deseando saber qué les ocurre a Lulcio y a sus compañeros de viaje en su intento de salvar el Viejo Elion.

Acabo de leer la última página de La rosa de los cuatro estados II. Lágrimas de fuego (Ediciones Arcanas, 2019), de Amador Peña, y ya me pregunto cuándo (¡¡¿CUÁNDO?!!) se publicará el siguiente título de la saga. Tras el final –esperanzador por un lado, inquietante por otro– de la primera entrega (ver entrada anterior del blog), nos encontramos a un Lulcio más crecido, más maduro, capaz ya de tomar ciertas decisiones. Con uno de sus compañeros herido de gravedad en el Bosque de Cromos, y otro escindido del grupo con la intención de encontrar aliados que les aporten número y fuerza en su lucha, lo que conciben como una separación momentánea (para intentar salvar la vida del herido) deriva hacia el desastre. Lulcio y su tío Lesmes son capturados por los perseverantes grecos, que los conducen hacia la fortaleza de Aktum. Irineo queda al cuidado de Ercilia y de sus nuevas hermanas las sirenas, que arriesgarán su eterna belleza por ayudarlos en su misión. El hechicero Gerclass y el leñador Lizauro seguirán el rastro de Lulcio y Lesmes para rescatarlos, hasta darse de bruces con una amenaza que los hace desistir en su empeño y encaminarse hacia el desierto de Barum en busca de Evelio, el segundo de los Prestél que duerme bajo el hechizo de Aktum. Mientras tanto, el cazador Delio sufrirá lo indecible para recabar el apoyo de los francos, cuyo objetivo es acabar con los cuatro Prestél y poner fin así a los poderes del hechicero malvado. En el lado oscuro tampoco marchan muy bien las cosas: Lulcio se esfuma de su prisión con inesperada compañía, mientras una figura enormemente poderosa le recuerda a Aktum que debe restaurar el equilibrio del Viejo Elion si quiere continuar su proyecto. Para colmo de males, la maldición de Prisca (la madre de Aktum) es cada vez más evidente e incontrolable. ¿Quieren saber más? Pues ya saben, léanlo.

Una trama muy sólida, unos personajes bien construidos que se definen tanto por sus acciones en el presente como por sus vivencias en el pasado, y hasta un par de dragones son algunos de los alicientes para embarcarse en esta aventura de espada y brujería. Además, en esta entrega, aparte de magia, batallas y criaturas fantásticas, tenemos nuevos elementos que aderezan la intriga. Por un lado, la interacción de Lulcio con jóvenes de sus edad que lo colocará en una posición de liderazgo. Por otro, esa emoción indefinible que surge de un primer beso, de una primera complicidad. Esa que nos aloja bellos insectos en el estómago y nos impulsa a acciones descabelladas o ilógicas. ¿Sabrían ustedes ponerle nombre? 

La impostora: Cuaderno de traducción de una escritora, de Nuria Barrios

Hay obras que despiertan en mí una curiosidad inmediata, de las que conviene atender pronto. Este ha sido el caso de La imposto...