miércoles, 14 de octubre de 2026

No fue un bolero de amor, de Miquel Sanchis

Hay lacras sociales que, por mucho que avancemos como sociedad, siguen proyectando su sombra sobre la vida de miles de mujeres. La violencia machista es una de las más dolorosas, una herida que no siempre deja marcas visibles, pero que va desgastando la autoestima, apagando la voz y robando, poco a poco, la libertad. Detrás de muchas puertas cerradas se esconden historias de miedo, de silencios impuestos, de afectos confundidos con posesión y de mujeres que, en algún momento, llegaron a creer que aquello que las hacía sufrir también era amor. Por eso, la literatura se convierte en una herramienta imprescindible para mirar de frente esta realidad, para poner palabras a lo que tantas veces se calla y para recordarnos que ningún amor verdadero debería exigirnos renunciar a nosotros mismos. Por eso quiero decir gracias, profundas e infinitas, al autor de la novela que acabo de terminar.

No fue un bolero de amor (2021), de Miquel Sanchis, nos invita a adentrarnos en uno de esos territorios emocionales donde el amor y el dolor parecen confundirse, donde las palabras adquieren el peso de las heridas y donde lo que se cuenta importa tanto como la manera de contarlo. Porque hay historias que no necesitan levantar la voz para estremecernos; basta con acercarnos a ellas, escuchar lo que tienen que decirnos y permitir que sus silencios nos interpelen. En esta novela, Miquel nos habla de una relación que no comenzó con miedo, sino con ilusión. Todo parece suceder de manera casi imperceptible: pequeños gestos, actitudes que se disfrazan de preocupación, límites que van desapareciendo y una libertad que se estrecha sin que apenas nos demos cuenta. Hasta que un día descubrimos que aquello que parecía amor empieza a convertirse en una prisión. El autor nos acerca a la historia de una mujer que se ve atrapada, poco a poco, en una relación marcada por el maltrato. Ni nombre tiene hasta el final. Lo que inicialmente puede parecer una situación cotidiana va transformándose en una espiral de aislamiento, anulación y sufrimiento. La protagonista se adentra en una realidad cada vez más oscura, en la que el miedo termina por condicionar su existencia y en la que recuperar su propia voz se convierte en una necesidad vital. No fue un bolero de amor no es únicamente una historia sobre el dolor, sino también una invitación a reconocer las señales de las relaciones tóxicas, a comprender cómo puede desarrollarse la violencia de manera gradual y a cuestionar esa peligrosa idealización del amor que, en ocasiones, nos lleva a confundir la dependencia con la entrega y el control con la preocupación. La pregunta que duerme bajo el título es tan sencilla como estremecedora: ¿podrá esa mujer mirar atrás y contar su historia, reivindicando finalmente que aquello que vivió no fue una canción de amor, sino una experiencia que nunca debió sufrir?

Uno de los aspectos más interesantes de la novela radica en su forma narrativa. Sanchis apuesta por una narración en primera persona en la que la protagonista se dirige directamente al un interlocutor cuya voz no leemos, y que podría solaparse con la figura del lector. Esta elección crea una cercanía extraordinaria. No contemplamos los acontecimientos desde una distancia segura, ni recibimos los hechos a través de una voz ajena que nos los explica desde fuera. Nos situamos ante alguien que nos habla, que nos introduce en su mundo y que nos hace partícipes de sus recuerdos, sus emociones y sus reflexiones. La lectura adquiere así una intimidad casi confesional, como si cada página nos acercara un poco más a una experiencia que, por dolorosa que resulte, merece ser comprendida. En una novela que aborda el maltrato, la voz narrativa adquiere una dimensión especial. Hablar puede significar recuperar una parcela de libertad, ordenar los recuerdos, comprender lo sucedido y atreverse a nombrar aquello que durante demasiado tiempo permaneció oculto. Esa forma directa de narrar intensifica la empatía y nos recuerda que detrás de cada historia de maltrato hay una persona, una identidad y una vida que no pueden reducirse al sufrimiento padecido. Además, el título de la novela encierra una poderosa contradicción. Un bolero nos remite a la música, a la pasión, a la nostalgia y a esas historias sentimentales que parecen destinadas a permanecer en la memoria. Sin embargo, aquí la música del amor se quiebra ante una realidad mucho más amarga. ¿Qué sucede cuando una relación deja de ser un lugar seguro? ¿Qué ocurre cuando los gestos que parecían expresar cariño terminan convirtiéndose en instrumentos de control? ¿Cómo se reconstruye una misma cuando el sufrimiento ha ido ocupando el espacio que antes pertenecía a los sueños? El amor no debería exigir miedo, ni aislamiento, ni renuncias que nos despojen de nuestra identidad. Tampoco debería convertir la vida compartida en un territorio donde una persona ejerce poder sobre otra. Por eso, una de las reflexiones más necesarias que suscita esta historia es la importancia de distinguir el amor de la dependencia, la entrega de la anulación y los celos del cuidado. El maltrato no es una manifestación desmedida de la pasión, ni una tragedia romántica que el tiempo pueda embellecer. Es una forma de violencia que debe ser reconocida, denunciada y combatida. Y la literatura, cuando se atreve a explorar estas realidades, contribuye a romper los silencios que las mantienen ocultas. No fue un bolero de amor es una invitación a mirar de frente una realidad dolorosa y a preguntarnos cuántas veces hemos confundido, como sociedad, el sufrimiento con una prueba de amor o la renuncia personal con una forma de entrega. Como mujer, gracias, Miquel.


lunes, 12 de octubre de 2026

Los ojos del cielo (Hijos de Teluria III), de Alberto Guaita Tello

Nunca resulta sencillo despedirnos de un universo que nos ha acompañado durante muchas páginas. Cuesta cerrar la puerta a esos lugares que hemos aprendido a habitar con la imaginación, dejar atrás a unos personajes que, de algún modo, se han convertido en compañeros de viaje y aceptar que una saga llega a su final. Y es que hay historias que no terminan cuando llegamos a la última página: permanecen en nosotros, como una luz que se resiste a apagarse, como el eco de una voz que todavía tiene algo que contarnos. Y esperemos que así sea durante mucho tiempo, porque me resisto a abandonarlos del todo.

Los ojos del cielo ( Ediciones Km 0, 2026), última entrega de la saga Hijos de Teluria, nos invita a regresar a ese universo fantástico que Alberto Guaita Tello ha ido construyendo, un mundo en el que la realidad y lo extraordinario se entrelazan y donde los destinos individuales forman parte de una historia mucho más grande. Tras el camino abierto por Los ojos del mar y continuado en Los ojos del desierto, esta última etapa nos recuerda que las grandes aventuras no solo se miden por los peligros que afrontan sus protagonistas, sino también por todo aquello que están dispuestos a arriesgar, proteger y amar. En Los ojos del cielo, una oscura amenaza se cierne sobre Teluria, sus territorios y la Tierra. Los tenebrosos Duales y su octaedro han irrumpido en estos mundos con la intención de saldar una deuda ancestral y recuperar un poder que podría someterlo todo a su voluntad. A bordo de La Casa de Todos, Etienne y Ciel descubren una inquietante verdad sobre sus orígenes. Tras las huellas del anillo de Turj, emprenden un peligroso recorrido por distintos planetas en busca de los Sagrados Mellizos, en una carrera contrarreloj de la que depende mucho más que su propio destino. Mientras tanto, en la Tierra, Lión y Fanya viajan hasta el lago Nyos para investigar la aterradora criatura que ha emergido de sus aguas. Malaam, por su parte, debe escapar de quienes buscan vengarse de él. Al mismo tiempo, en las profundidades de Teluria, una Fanya rejuvenecida intenta reunirse con Sharduk, mientras La Voz prepara a sus tropas para asaltar el último refugio del general Lucas. Los destinos de tres mundos vuelven a entrelazarse en una lucha marcada por secretos, antiguas heridas y fuerzas capaces de cambiarlo todo. En esta entrega final de la trilogía Hijos de Teluria, Alberto Guaita Tello conduce a sus personajes hacia un desenlace épico en el que las piezas de una historia extraordinaria deberán encajar antes de que la oscuridad lo devore todo.

Del mar al desierto, y ahora bajo la inmensidad del cielo, cada escenario parece guardar sus propios secretos y cada paso nos acerca un poco más al destino de quienes han dado vida a esta historia. La fantasía se convierte así en un territorio para explorar emociones muy humanas: la esperanza frente a la incertidumbre, la fuerza de los vínculos, el peso de las decisiones y esa necesidad de seguir adelante incluso cuando el horizonte parece imposible de alcanzar. ¿Y sabéis qué? Que, en el fondo, las obras que nos emocionan hablan también de nosotros. De nuestras despedidas, de las batallas que libramos en silencio y de la huella que dejan en nuestra vida las personas —reales o imaginarias— con las que hemos compartido un trecho del camino. Llegar al final de una historia es cerrar un libro, sí, pero también abrir un pequeño espacio en la memoria para conservar todo lo que nos ha regalado. Tal vez sea esa la verdadera magia de la literatura: permitirnos abandonar un mundo sin perderlo del todo, porque algo de él se queda para siempre entre nuestras páginas favoritas. Con Los ojos del cielo, Alberto Guaita nos provoca a mirar hacia ese horizonte donde toda despedida guarda un último destello de belleza. Y es que algunas personas, o algunos universos literarios, no desaparecen cuando dejamos de leerlos: siguen brillando dentro de nosotros, como estrellas a las que siempre podemos regresar.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Los Ojos del Desierto (Hijos de Teluria II), de Alberto Guaita Tello


Hay historias que nacen del mar y otras que parecen brotar de la arena. En Los ojos del mar, Alberto Guaita Tello nos llevaba a territorios donde la fantasía, la ciencia ficción y las experiencias vividas en África se entrelazaban para hablarnos de la capacidad humana de imaginar otros mundos. En la segunda entrega de la saga Hijos de Teluria, el autor vuelve a mirar hacia ese continente, pero esta vez lo hace desde la inmensidad, el silencio y el misterio del desierto. Puede que sea precisamente eso lo que hace tan especial esta novela: que detrás de la aventura hay también una mirada profundamente humana. 

Los ojos del desierto (Alberto Guaita, 2024) comienza con los mellizos Ciel y Etienne llegando a Teluria junto a su padre, Sharduk, tras atravesar una misteriosa puerta de sangre. Lo que encuentran al otro lado dista mucho de ser el refugio que esperaban: para sobrevivir, deberán enfrentarse a las peligrosas dunas azules de la Llanura del Lamento. En otro lugar, Fanya recupera la conciencia después de haber sido sepultada viva. Atrapada en un oscuro y aterrador laberinto, tendrá que encontrar la manera de escapar y recuperar su libertad. Mientras tanto, una poderosa entidad conocida como la Voz extiende su dominio sobre Teluria. Frente a ella se encuentran los generales Lucas y Turj, que continúan resistiendo desde la Fortaleza Azul después de la caída de Lática.En Douala, la amenaza adopta otra forma. Una figura misteriosa movida por la venganza está acabando con los miembros de una antigua hermandad de brujos. Lión, un detective tribal, deberá investigar estos desconcertantes crímenes acompañado por una enigmática curandera. A medida que las distintas historias avanzan, un antiguo y extraordinario artefacto terminará conectando los destinos de todos ellos, uniendo los acontecimientos que tienen lugar en Teluria con los que suceden en la Tierra.

Los ojos del desierto nos vuelve a sumergir en un viaje en el que realidad y fantasía terminan difuminando sus fronteras. El desierto se convierte mucho más que en un escenario: es un espacio de descubrimiento, de encuentros inesperados y de secretos que permanecen ocultos hasta que alguien se atreve a buscarlos. A medida que avanza la historia, sus protagonistas deberán enfrentarse a situaciones que pondrán a prueba sus certezas y les obligarán a mirar más allá de aquello que creían conocer. La novela construye así una aventura llena de imaginación, pero también de emociones. Hay lugares que parecen imposibles, acontecimientos que desafían la lógica y una constante sensación de estar caminando hacia algo que todavía no comprendemos del todo. Uno de los mayores atractivos de Alberto Guaita Tello es precisamente su capacidad para convertir sus experiencias y conocimientos de África en materia literaria y su habilidad para trasladar emociones al negro sobre blanco y, de ahí, al lector. El paisaje no aparece como una simple postal exótica, sino como un territorio vivo, cargado de historia, misterio y posibilidades. Y en medio de todo ello están los ojos que dan título a la obra: una imagen que invita a pensar en aquello que vemos y, sobre todo, en aquello que todavía no somos capaces de ver. 

Los ojos del desierto es, en definitiva, una invitación a dejarse llevar por una historia donde la aventura camina de la mano de la fantasía y donde cada descubrimiento abre una nueva puerta. Una novela para quienes disfrutan perdiéndose en territorios desconocidos y para quienes todavía creen que, al otro lado de lo que conocemos, puede existir un mundo extraordinario.Porque algunas historias no solo nos llevan a otros lugares. También consiguen que, al regresar, miremos el nuestro con otros ojos. 

lunes, 21 de septiembre de 2026

Los ojos del mar (Hijos de Teluria, I) , de Alberto Guaita Tello (RELECTURA)


Existen historias que parecen nacer tanto de la imaginación como de los recuerdos. La novela que acabo de terminar pertenece a ambos mundos. Su autor construye una historia en la que la fantasía, la ciencia ficción y sus vivencias africanas se dan la mano para crear un universo tan extraño como fascinante. Su infancia en Camerún, el contacto con sus paisajes, sus gentes, sus costumbres y la tradición oral africana dejan una huella evidente en una obra que parece surgir de una antigua leyenda contada al calor de una hoguera, pero que, poco a poco, abre una puerta hacia otros mundos.

La historia de Los ojos del mar (tercera edición, 2024) de Alberto Guaita Tello comienza en la costa de Camerún, a principios de los años setenta. Fanya y su abuela Simone, curandera del poblado, encuentran cerca de la orilla a una misteriosa criatura herida que ha llegado desde el mar. Simone cree reconocer en ella a un mamiwata, un espíritu de las aguas. Pero aquel extraño ser, llamado Sharduk, no procede simplemente de las profundidades del océano: pertenece a Teluria, un mundo diferente al nuestro, al que se puede acceder a través de unas misteriosas zonas de cruce. Mientras Fanya y Sharduk se conocen y entre ambos nace un vínculo que desafía las diferencias entre sus dos mundos, el lector comienza a descubrir una realidad mucho más compleja. Sharduk tendrá que regresar a Teluria, dejando atrás una promesa y una historia de amor que deberá enfrentarse al tiempo, a las distancias y a las circunstancias. A partir de ahí, la novela se convierte en un viaje por dos universos conectados por el misterio, mientras sus personajes deben enfrentarse a prejuicios, conflictos, enemigos y secretos que pondrán en peligro sus vidas.

Uno de los mayores atractivos de Los ojos del mar es precisamente esa mezcla de mundos. Por un lado está el África de las tradiciones, las creencias, la naturaleza y la sabiduría transmitida de generación en generación; por otro, Teluria nos conduce hacia un territorio donde aparecen elementos tecnológicos y conceptos propios de la ciencia ficción. La novela consigue así que magia y tecnología convivan sin que ninguna de las dos termine de borrar a la otra. Sin embargo, Los ojos del mar no es solamente una aventura fantástica. Bajo sus elementos imaginarios aparecen también temas muy humanos: el amor, la familia, los prejuicios, la guerra, las desigualdades, las creencias y la preocupación por la destrucción del medio ambiente. Tal vez ahí radique uno de los encantos de esta historia: en que, mientras nos invita a viajar hasta un mundo imposible, continúa hablándonos del nuestro.

La novela tiene además una marcada vocación de aventura. Sus numerosos personajes, sus cambios de escenario y una narración que va descubriendo progresivamente las distintas piezas de la historia hacen que el lector tenga que dejarse llevar por el misterio. Al principio puede resultar necesario familiarizarse con los nombres, las culturas y las reglas de ese universo, pero poco a poco todas esas piezas empiezan a encajar. Alberto Guaita Tello escribe desde un territorio muy personal, construido a partir de la imaginación pero también de sus propias experiencias africanas. Y eso hace que África no sea simplemente un decorado exótico: se convierte en una parte esencial de la identidad de la novela. La selva, el mar, las tradiciones y las leyendas parecen respirar dentro de sus páginas. Los ojos del mar es, en definitiva, una puerta entre dos mundos. Una novela que comienza junto al océano y termina llevándonos mucho más lejos; que mezcla la magia de las antiguas historias africanas con la imaginación de la ciencia ficción; y que nos recuerda que, a veces, los lugares más extraordinarios no están en otro planeta, sino al otro lado de una historia. Porque hay mares que separan mundos… y otros que sirven para unirlos. 🌊📖✨

sábado, 19 de septiembre de 2026

Han cantado bingo, de Lana Corujo

Existen lugares que no necesitan ser nombrados para reconocerse. Basta con hablar de volcanes, de tierra negra, de viento, de silencio y de ese paisaje áspero y hermoso que parece guardar bajo su superficie historias que esperan ser descubiertas. Lanzarote es uno de esos lugares que sabe contar historias. Una isla que puede parecer lunar, inmóvil y silenciosa, pero que en la obra que he acabado hace un rato adquiere voz propia y termina convirtiéndose casi en un personaje más de la novela.

Es precisamente allí donde se ambienta Han cantado bingo (Reservoir Books, 2025), de Lana Corujo: en una Lanzarote alejada de la postal turística, del sol y de la imagen paradisíaca. Un rincón más íntimo, más oscuro y más humano. Una isla que observa a dos hermanas mientras crecen entre juegos infantiles, vínculos familiares, silencios, heridas y recuerdos que, con el paso de los años, irán adquiriendo nuevos significados.

Si hay algo que sorprende especialmente en esta novela es la manera de narrarla, ya que su autora no parece querer llevarnos de la mano por una historia convencional. Al contrario: nos invita a montar las piezas de un pequeño rompecabezas. Los capítulos aparecen asociados a diferentes edades de la protagonista y la narración avanza y retrocede en el tiempo, como lo hace la memoria cuando intenta reconstruir aquello que sucedió. El resultado es una estructura fragmentaria, juguetona y profundamente original. En ese apecto cobra sentido el bingo del título: las edades funcionan como los números de un cartón y cada fragmento va ocupando su lugar hasta que, poco a poco, comprendemos el dibujo completo. Sin embargo, la originalidad de Corujo no radica exclusivamente en la estructura. También está en su propia forma de escribir. La autora juega con la tipografía y convierte la manera de presentar los diálogos en una parte esencial del significado: cursivas, subrayados y corchetes no son un simple recurso estético, sino que reflejan distintas formas de relacionarse con los demás, con la memoria y con aquello que cuesta decir. Así, la escritura adquiere un claro matiz de plasticidad, algo que no resulta extraño en una autora que también es ilustradora. Las imágenes, los símbolos y las metáforas parecen surgir de manera natural, como si Corujo dibujara con palabras. Ella misma ha explicado que los simbolismos forman parte de su manera de contar y que quiso establecer un paralelismo entre el paisaje de Lanzarote y el paisaje emocional de la familia.

Debajo de esa apariencia de juego hay una historia mucho más profunda: la infancia, la relación entre hermanas, la culpa, el miedo, el duelo, los secretos familiares y esas heridas que permanecen cuando creemos que ya forman parte del pasado. Lo interesante es que Lana Corujo consigue hablar de dolor sin convertir la novela en un relato pesado. Hay extrañeza, imaginación, poesía e incluso cierta magia. La mirada infantil transforma la realidad y hace que lo cotidiano pueda convivir con lo fantástico, mientras Lanzarote permanece al fondo, inmensa y silenciosa. Han cantado bingo es, en definitiva, una novela breve pero llena de capas; una historia que se construye a saltos, como los recuerdos, y que encuentra en su forma de narrar una de sus mayores virtudes. Lana Corujo escribe como quien juega con las palabras, las imágenes y el tiempo. Y quizá ahí esté la magia de esta novela: en que, cuando finalmente todas las piezas parecen encajar, descubrimos que no solo hemos leído una historia sobre una familia y una isla, sino que hemos recorrido un pequeño laberinto de memoria, infancia y emociones. 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Te receto un gato, de Syou Ishida

Está más que comprobado que convivir con un gato puede aportar compañía, reducir la sensación de soledad y ayudarnos a desconectar del estrés cotidiano. Tal vez por eso quienes compartimos nuestra vida con alguno (yo vivo con 3) sabemos que, aunque no puedan solucionar nuestros problemas, tienen la extraña y maravillosa habilidad de hacer que el mundo parezca un poquito más llevadero. A veces basta un ronroneo, una mirada o ese gesto aparentemente indiferente con el que se acomodan a nuestro lado para recordarnos que no estamos solos y aliviar casi siempre el peso de la vida. Precisamente sobre ese poder sanador de los gatos está construida la obra que acabo de terminar.

Te receto un gato (Planeta, 2025), de Syou Ishida, es una novela tan particular como entrañable.

Al este de la calle Takoyakushi, al sur de la calle Tominokoji, al oeste de la calle Rokkaku, al norte de Fuyacho, en el barrio de Nakagyo, Kioto, está situada la Clínica Kokoro (uno de los significados de "kokoro" en japonés es corazón), un lugar rodeado de misterio al que no parece llegar cualquiera, sino solo aquellas personas que, de una manera u otra, necesitan encontrarlo. Allí, el peculiar doctor Nike y su no menos peculiar enfermera Chitose ofrecen un tratamiento que desconcertaría a cualquier médico convencional: en lugar de pastillas, terapias o recetas tradicionales, prescriben gatos. A la clínica llegan personas cargadas con problemas muy diferentes: alguien que padece estrés laboral y encima después es despedido, otro necesita recuperar la calma en medio de las dificultades laborales y familiares, una madre que debe volver a conectar con su hija, una mujer atrapada por su propio perfeccionismo o alguien que intenta sobrellevar una pérdida. Cada una recibe un gato diferente, aparentemente elegido de una manera tan extraña como incomprensible. Y será precisamente la convivencia con esos animales la que les obligará a mirar de otra manera aquello que les ocurre. El punto de la novela es que los gatos no funcionan simplemente como una solución mágica a los problemas, sino como catalizadores. Su presencia hace que los personajes se detengan, observen, analicen, cambien determinadas perspectivas y vuelvan a conectar con aspectos de sí mismos que habían quedado olvidados.

Ishida escribe con una prosa sencilla, delicada y cercana, acompañada de pequeños toques de humor que aligeran incluso los momentos más emotivos. Sin embargo, para un lector occidental puede haber momentos en los que resulte necesario detenerse un poco más. La novela está profundamente impregnada de la cultura japonesa y de una manera de entender las relaciones, el trabajo, la familia, las obligaciones sociales y las emociones que no siempre coincide con nuestra perspectiva occidental. Esa distancia cultural puede hacer que determinadas situaciones o comportamientos nos resulten extraños o difíciles de interpretar al principio, pero también constituye uno de los atractivos de la lectura: nos permite asomarnos, a través de una historia aparentemente sencilla, a otra forma de comprender la vida cotidiana. Te receto un gato es un claro ejemplo de realismo mágico, ya que la autora introduce lo extraordinario dentro de un escenario absolutamente cotidiano sin necesidad de explicarlo todo. Una clínica que parece aparecer solamente ante quienes la necesitan, unas recetas imposibles y unos gatos que adquieren una dimensión casi simbólica conviven con personas normales, problemas reconocibles y espacios reales de Kioto. Lo mágico no rompe la realidad: se instala en ella con naturalidad. Esa mezcla entre lo cotidiano, lo fantástico y ciertos momentos de humor absurdo proporciona a la novela una atmósfera muy particular. Sin embargo, quizá la verdadera magia de Te receto un gato esté en algo mucho más sencillo: en recordarnos que no siempre necesitamos grandes respuestas para empezar a sentirnos mejor. A veces necesitamos compañía. A veces necesitamos parar. A veces necesitamos que alguien nos ayude a mirar nuestros problemas desde otro lugar. Y, quién sabe, quizá en alguna ocasión lo que necesitamos sea simplemente un gato. Una novela tierna, luminosa y peculiar, que habla de la soledad, las pérdidas, el estrés, las relaciones humanas y la necesidad de encontrar pequeños refugios en medio de la vida cotidiana. Una historia que, como sus protagonistas, quizá no pretenda curarnos, pero sí acompañarnos durante un rato. Porque hay libros que entretienen, libros que emocionan y libros que nos hacen pensar. Y luego están esos libros que, como un gato, simplemente se acomodan a nuestro lado y nos hacen sentir un poco mejor.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Crucigramista busca amigos con fobias, de Gema Tacón


Hay novelas que nacen de una idea genial y otras que parecen surgir de una conversación delirante —quizá bajo el influjo de alguna sustancia prohibida o directamente a causa de alguna suerte de enajenación mental— a altas horas de la madrugada. La que yo acabo de terminar pertenece clara y nítidamente a la segunda categoría… y ahí reside precisamente buena parte de su encanto. Cuando digo que su autora no me puede sorprender más, siempre me acabo equivocando, así que ya no lo digo más.

Crucigramista busca amigos con fobias es, hasta la fecha, la última novela publicada por la incombustible gaditana Gema Tacón, es decir, otra de sus maravillosas locuras. La historia comienza cuando la protagonista, Rita, cuyo objetivo vital consistía en dedicarse tranquilamente a diseñar crucigramas junto a Bartolo, su inseparable cactus, descubre que la vida alberga otros planes para ella. Planes que serán los mismos para Paco, un policía en situación laboral complicada por acontecimientos del pasado que busca de algún modo redimirse aunque sea de cara a la galería. Ambos terminan participando en una peculiar terapia en una isla, rodeados de un grupo de personas tan singulares (o más) como ellos. Lo que comienza como una experiencia destinada a ayudarles a enfrentarse a sus problemas pronto adquiere un matiz mucho más inquietante. Secretos, misterios, pruebas cada vez más desconcertantes y un juego de pistas en el que los crucigramas adquieren una importancia inesperada les llevarán a aliarse con otros usuarios de la isla si quieren salir de allí. A partir de ahí ya no cuento más, solo que con estos elementos Gema Tacón construye una historia en la que misterio, tensión psicológica y humor negro se dan la mano, mientras el lector intenta descubrir qué está sucediendo realmente y quién mueve los hilos.

Me sorprende que continúe sorprendiéndome la capacidad de Gema Tacón para imaginar disparates y dotarlos de verosimilitud (ya, ya sé que en ocasiones la realidad supera con creces a la ficción). Situaciones absurdas, personajes peculiares, ocurrencias inesperadas y una sucesión de ideas que parecen competir entre sí para ver cuál consigue sacarte antes una carcajada. La autora demuestra una imaginación desbordante y, sobre todo, un enorme talento para llevar lo absurdo hasta sus últimas consecuencias sin perder nunca el hilo de la historia. Qué decir de su humor negro, que se pasea por todas las páginas de la novela con absoluta naturalidad. Aquí hay situaciones que, vistas desde la distancia, quizá deberían provocar preocupación… pero que, gracias a la forma en que están planteadas, terminan provocando una sonrisa, cuando no una carcajada directamente. Tacón juega con lo incómodo, lo macabro y lo políticamente incorrecto y consigue convertirlo en materia prima para una historia tremendamente divertida. Sin embargo, detrás de todos esos disparates también hay personajes y emociones, y rayitos de ternura que dejan al lector noqueado, porque creo que el humor suele funcionar bien cuando de alguna forma nos permite reconocer algo de nosotros mismos en medio del caos. Y esta novela tiene mucho de eso: de reírse de nuestras rarezas, de nuestras obsesiones y de esas pequeñas fobias que, en mayor o menor medida, todos cargamos a cuestas.

Leer a Gema Tacón es asumir que cualquier situación puede acabar tomando un rumbo completamente insólito. Y quizá lo mejor sea precisamente eso: no intentar adivinar qué ocurrirá después, sino dejarse llevar por la imaginación de una autora que parece no tener miedo a ninguna idea por disparatada que sea. Crucigramista busca amigos con fobias es una novela original, irreverente, divertida y deliciosamente negra, perfecta para quienes disfrutan del humor sin demasiados remilgos y de esas historias que consiguen sorprenderte cuando menos te lo esperas. ¿Recomendable? Totalmente.

No fue un bolero de amor, de Miquel Sanchis

Hay lacras sociales que, por mucho que avancemos como sociedad, siguen proyectando su sombra sobre la vida de miles de mujeres. ...