La infancia es un territorio frágil, un lugar que habitamos por primera vez sin mapas ni brújulas, confiando en quienes nos guían para aprender a nombrar el mundo y, de paso, aprender a nombrarnos a nosotros mismos. Durante esos primeros años, las palabras de nuestros referentes pueden convertirse en verdades que nos acompañen toda la vida; sus silencios, en preguntas sin respuesta, y sus heridas, en sombras que tardaremos años en reconocer como ajenas. Crecemos, cambiamos, construimos nuestra propia identidad, pero hay voces que siguen resonando dentro de nosotros mucho después de que hayan dejado de hablar.
En Gente sin presencia (Bunker Books, 2026), la escritora neerlandesa Jente Posthuma nos invita a adentrarnos en ese territorio íntimo donde la memoria, la familia y la necesidad de comprender a quienes nos precedieron se entrelazan para dar forma a nuestra identidad. Una novela que parte de una idea tan sencilla como perturbadora: ¿qué significa tener presencia? ¿Qué distingue a quienes dejan una huella imborrable de aquellos que parecen atravesar la vida sin conseguir que el mundo repare en ellos? Tras la muerte de su madre, la narradora emprende un viaje hacia el pasado para intentar descifrar a la mujer que fue su referente más determinante. Su madre, una actriz frustrada, inteligente y llena de contradicciones, le transmitió desde niña una particular manera de entender a las personas: existen quienes poseen una presencia capaz de imponerse y permanecer, y quienes parecen condenados a pasar inadvertidos. Aquella distinción terminó convirtiéndose en una idea obsesiva que impregnó la vida familiar. A través de los recuerdos, la protagonista reconstruye una infancia atravesada por el teatro, las mentiras, los amores que no llegaron a buen puerto, la enfermedad y esa inquietante sensación de no encontrar un lugar propio en el mundo. En ese recorrido, comprender a su madre significa también enfrentarse a la herencia emocional que recibió de ella y preguntarse hasta qué punto somos dueños de nuestra propia historia.
Uno de los grandes aciertos de Posthuma reside en su capacidad para explorar las relaciones familiares sin recurrir a explicaciones fáciles ni a personajes idealizados. Las personas que amamos no siempre son capaces de ofrecernos aquello que necesitamos; a veces, quienes deberían enseñarnos a caminar por el mundo nos transmiten, sin saberlo, nuestros primeros miedos. Y, sin embargo, seguimos buscándolos en nuestros recuerdos, intentando comprender sus contradicciones, reconciliándonos con sus errores y con todo aquello que nunca supieron darnos. La autora contempla a sus personajes con una mirada que sabe encontrar ternura en medio de la tristeza y humor en los rincones más inesperados. Su escritura huye de la grandilocuencia para acercarse a las emociones con delicadeza, dejando que sean los pequeños detalles, las contradicciones y los recuerdos aparentemente insignificantes los que revelen la complejidad de los vínculos humanos. Esa combinación de melancolía, ironía y sensibilidad consigue que la historia avance como lo hace la memoria: mediante fragmentos que, poco a poco, van componiendo una imagen más completa, aunque nunca del todo definitiva.
Creo quizá crecer consista también en aprender a mirar de nuevo a quienes nos criaron. Descubrir que detrás de la madre, del padre o de cualquier figura que ocupó un lugar esencial en nuestra infancia existía una persona con sus propios sueños frustrados, sus inseguridades y sus derrotas. Comprenderlo no borra las heridas, pero puede ayudarnos a dejar de confundirlas con nuestra identidad. En ese sentido, la novela de Posthuma habla tanto de la pérdida como de la posibilidad de liberarnos de algunas de las ideas que hemos heredado sin haberlas elegido. Y entonces aparece la pregunta que da sentido a estas páginas: ¿qué significa dejar huella? ¿Es necesario destacar, ser admirados o permanecer en la memoria de los demás para haber existido verdaderamente? Tal vez la presencia no tenga tanto que ver con ocupar un lugar visible como con la manera en que habitamos la vida de quienes nos rodean. Quizá haya personas que nos marquen para siempre sin ser conscientes de ello, del mismo modo que nosotros dejamos pequeños rastros en otros corazones sin llegar a conocer nunca su alcance.
Gente sin presencia es, en definitiva, una novela sobre la memoria familiar, las identidades que construimos a partir de la mirada ajena y la necesidad de encontrar nuestro propio lugar más allá de las expectativas heredadas. Una lectura delicada, humana y llena de matices que nos recuerda que nadie puede explicarse por completo a través de los recuerdos de otra persona y que, a veces, para comprender de dónde venimos, necesitamos aprender a distinguir nuestra propia voz de todas aquellas que nos enseñaron a hablar. He aprendido en sus páginas que tal vez la verdadera huella no consista en ser inolvidables para el mundo, sino en descubrir quiénes somos cuando dejamos de mirarnos únicamente a través de los ojos de los demás. Absolutamente recomendable. Palabra de lectora.