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lunes, 18 de enero de 2021

El secreto de las noches, de Pascual García

Era como si las noches cobijaran el enigma de sus vidas y aquel secreto estuviera todo el rato con ellas...

La noche es el territorio difuso e inmisericorde donde el silencio no tiene cabida. Una vez se apagan las voces y los sonidos del mundo exterior el fragor del estrépito interior invade cada átomo de nuestra existencia mientras el sueño no nos bendice con el olvido transitorio. La noche convoca a nuestros peores enemigos, a nuestros miedos más íntimos y a nuestras sombras más impenitentes. La noche no es más que la huida de la luz y el desvalimiento más absoluto. En El secreto de las noches, Pascual García nos presenta veintiséis radiografías de las entrañas de una noche que se adueña incluso de las horas de luz. 

Un matrimonio atormentado por la pérdida de su hija diez años atrás. El aciago destino de dos amantes clandestinos que ahogan las tardes y el mundo entre besos y alcohol. Una mujer en una bañera deshaciéndose del résped de la ilusión de un amor vespertino dilatado en el tiempo. La muerte, la huida y la locura entre los árboles y el frío. El enigma de una noche de bodas. La dulzura infinita de dormir con la esposa. La ceguera de una madre y el zarpazo de la memoria. El maltrato de una madre alcoholizada. La absoluta soledad de una mujer sin trenes que se le escapen. El infortunio de una mujer barbuda. La locura homicida de una mujer subyugada. La pesadilla de la muerte. El extravío del deseo en la vejez. La soga al cuello. La noche al mediodía en un mundo al revés. Las pesquisas de un inspector. La parca en el fondo de un río. Monotonía conyugal compartida. La enigmática y perturbadora visita de una suegra. La fatalidad de dos cuerpos jóvenes que se aman en el interior de un coche. Un fuego que no cesará jamás. La difusa línea que separa la fe del amor. Una cena inquietante. Caer al vacío en un fin de semana. Un cadáver de mujer en la playa. Descubrir el secreto de las noches. Noches perpetuas que no conceden ni el beneplácito de la duda.

Con su habitual maestría y su verbo lírico, Pascual García nos toca el alma con historias donde lo cotidiano adquiere tintes de mal sueño. Con personajes que configuran una maraña de soledades entremezcladas. Vidas fabricadas con restos de naufragio, condenadas al fracaso y al olvido. Vidas que podrían ser las nuestras.

Y una frase que se me ha quedado dentro: 

"Amamos cuando nos duele lo que podríamos perder."

viernes, 1 de enero de 2021

Monólogo del que reza a la muerte, Pascual García


...ella no bajará, está con Pedro en dormitorio y me ha dicho que la olvides, que las cosas nunca serán como han sido hasta ahora...

Con esas palabras se inaugura el quebranto de una vida. Con esas pocas frases y el trasiego de los días iguales se transforma un hombre en una "bestia humana" de sufrimiento perpetuo y mezquindad patológica. Así se nos define al nonagenario protagonista de Monólogo del que le reza a la muerte, como a un ser que vive recluido en su guarida de soledad autoimpuesta, de dolor añejo que se renueva siempre al alba y al ocaso, de defensa contra aquellos que, según dictamina su paranoia, le desean la muerte. Un anciano que en otra vida fue un muchacho al que su primer amor cambió por la estabilidad del porvenir junto al dinero y al poder. Un rechazo que cercenó cualquier  posibilidad de amor, de luz o de calidez, que desterró toda fibra de humanidad al período anterior al cataclismo y condenó a todo aquel que llegó posteriormente a su vida, esposa e hijos sobre todo, al desprecio, al insulto, a la vejación perenne e infinita de una mente alcoholizada y quebrada por la frustración de lo que no pudo ser. Monólogo del que le reza a la muerte es el soliloquio en bucle de esa alma torturada mientras le reza a la muerte verdadera (personificada al final en el recuerdo de su amada) para que lo redima de la sordidez y la iniquidad del mundo y de los que le rodean.

Pascual García sorprende en esta obra utilizando una construcción gramatical que contribuye en gran medida a la atmósfera opresiva, asfixiante, repetitiva  e incluso fastidiosa del monólogo interior del anciano: ni un punto y aparte en las 187 páginas de la novela, escasísimos puntos y seguidos, y una profusión de comas que, al menos, permiten al lector ir respirando de vez en cuando, y confieren al relato el soniquete de una letanía donde prima la voz que desgrana su desgracia en primera persona sobre la de un narrador omnisciente que aparece de manera inopinada, contribuyendo a la sensación de desasosiego que permea la mente lectora. Una obra donde apenas hay nombres: Pedro (el sujeto cuyo dinero le hurtó a su amor) es mencionado una vez; Sara, la persona que cuida al anciano en su residencia de Los Olmos (mundo exterior hosco, frío y agreste que concuerda a la perfección con el mundo interior del anciano sin nombre) y mano ejecutora de la venganza de los otros en los delirios de su imaginación perturbada; y Dolores, qué nombre tan adecuado para la esposa que no recibió más que desprecio, insultos y golpes. Los demás nombres son irrelevantes, solo importa el dolor y el alivio futuro que traerá la diosa eterna a la que reza sin cesar. Prosa densa, intensa y con momentos líricos sublimes. Otro ejemplo más de la altura literaria de Pascual García. 

domingo, 20 de diciembre de 2020

Nunca olvidaré tu nombre, de Pascual García

 

Me pregunto qué te ha hecho más daño, si la venganza o el amor.

Habiendo acabado de leer Nunca olvidaré tu nombre, me queda más claro todavía (si es que era posible albergar algún tipo de duda) que Pascual García es un escritor enorme dotado de una pluma increíblemente versátil, que lo mismo nos deleita con sus versos exquisitos, nos ilumina con su ensayo certero o nos deja perplejos con sus relatos. Ahora, por fin, lo conozco en su faceta de novelista y, como siempre me ocurre con él, me queda el poso de una lectura de calidad, completa en todos y cada uno de sus sentidos y que supera con creces mis ya buenas expectativas.

En Nunca olvidaré tu nombre, el lector se encuentra con Aníbal Salinas (que ya debería conocer si ha leído Solo guerras perdidas... pero ay, impaciencia la mía que no he podido esperar a leerlas en orden cronológico), un hombre, un anciano que, a las puertas de la muerte, regresa a Los Olmos, la tierra que le vio nacer, impulsado por dos razones idénticamente tristes e idénticamente desgarradoras. “Había regresado a Los Olmos para ejecutar una venganza y dar término a una antigua y dolorosa historia de amor”. Así de rotundamente nos lo enuncia el narrador en la página 19 de la obra. Vengarse de la persona cuya orden puso fin a la vida de su padre, a pesar de todos los intentos de Aníbal por salvarlo, y cerrar el capítulo de su relación con Elvira, que había quedado en suspenso cuarenta años atrás, al alistarse Aníbal en el bando sublevado cuando estalló la Guerra Civil. Elvira, su amante, una mujer que, por no ser de Aníbal, decidió no ser de nadie más. La que no dejó de esperarlo ni un solo día durante los primeros diez años, la que se convirtió en su viuda sin realmente serlo ni merecerlo. La que, incluso cuarenta años después, provoca en Aníbal ternura y desolación a partes iguales: “Es hermosa como la sensación de haber tocado un sueño con los dedos.” (p. 131). Ambos personajes se convierten, pues, en perfectos símbolos de la funesta época que les había tocado vivir, de las vivencias nefastas que sufrieron en sus carnes todos aquellos que se vieron inmersos en el horror de aquella guerra fratricida. Bendecidos y malditos con un amor que fue al tiempo hermosura y veneno. Impasibles, hastiados, resignados a ellos mismos y a sus circunstancias, a la decrepitud, al tiempo y a las ilusiones perdidas, a la cercanía de la muerte, al vacío de los días, pero capaces aún de emocionarse con el color de unos ojos, con la intensidad de una mirada, con el roce de una piel erosionada por las caricias que no fueron y ya nunca serán. Pascual García embarca a estos personajes en un continuo y melancólico vaivén entre el presente y el pasado lleno de contrastes, de matices y, sobre todo, de un desgarro doloroso, presididos ambos tiempos por una soledad inequívoca, honda y lacerante. “No es que esté solo, es que he nacido para estar solo como si se me hubiera condenado desde el vientre de mi madre.” (p.145)

El autor vuelve a situarnos en un entorno rural, agreste como es Los Olmos (que ya hemos visitado anteriormente en alguno de sus relatos), por lo que la naturaleza tiene presencia propia en la obra: los paisajes de la sierra, el viento arisco que arrastra el aroma del pino y la aliaga, la tierra dura y hosca donde se marchitan los sueños. La historia que cuenta nos llega en dos formas: por un lado mediante la voz del narrador y, por otro, mediante los pensamientos de los personajes, señalados en cursiva a modo de voz en off, lo que dota a la novela de una profundidad y una complejidad que le confieren un atractivo singular. Si añadimos, además, la riqueza de un lenguaje que sugiere tanto como afirma, el resultado no puede ser distinto a excepcional, a lo que ya deberíamos estar acostumbrados cuando de trata de Pascual García. Pero qué bonito es no sentir el peso de la costumbre y seguir abriendo mucho los ojos al leerlo.

Y, para despedirme, un fragmento que se me ha grabado a fuego, un fragmento que refleja a la perfección la tristeza de los amores que se quedan en palabras:

“Palabras sucias y palabras dulces y palabras de fuego. Voy a tener que recordarlas todas y repetirlas como una oración.” (p. 117)

Aunque, en el improbable caso de que fuese posible, lo más sensato hubiera sido olvidarlas.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

El Intruso, de Pascual García García


 

y no saben que todo yacer para el amor es siempre también un yacer para la muerte...

Herman Bosch

Esa acertadísima cita es la que elige Pascual García como estandarte de su primera obra publicada, allá por 1995, por Los Libros de la Frontera, una colección de trece relatos titulada El Intruso que ya permite al lector reconocer (repito, primera obra publicada) que se encuentra frente a un escritor de raza, frente a una pluma habilidosa de primer nivel y a todos los niveles.

Una carta que anuncia la llegada de un extraño a un hogar destartalado en la ladera de un monte. Un hombre que se aferra con uñas y dientes a la vida en forma de pared pedregosa del pozo donde ha caído. Una mujer ¿enamorada? que llega a Los Olmos para recuperar el cadáver de su ¿amor? asesinado. Un chico que busca a su amigo en una estación de tren con un resultado de lo más insólito. Una velada inolvidable para un matrimonio de clase baja que decide pasar la noche en el pueblo que han visitado. Una viuda que abre la puerta para encontrar a un prófugo de la justicia en estado deplorable. Un anciano armado con una guadaña que vigila a una pareja inmersa en intimidades junto a un almacén en ruinas. Un sujeto que se encuentra con su propia foto en la portada de un diario que lo señala como sospechoso de un crimen cometido la noche anterior. Un marido y un detective desahuciados de la vida por una mujer. Un cincuentón que mantiene durante las tardes estivales encuentros sexuales furtivos con una veinteañera. Una esposa que, tras cinco años de desgraciado matrimonio, decide abandonar el hogar conyugal sito en un paraje de lo más inhóspito. Un médico que no logra reunir el coraje necesario para decir una verdad. Un varón sin experiencia con las mujeres que cae rendido a los pies de una prostituta. Esos son algunos de los integrantes del elenco de personajes que encontrará el lector en El intruso.

A través de estos trece relatos, Pascual García va construyendo un universo luctuoso y descarnado de paisajes hoscos y desabridos, bien localizados en parajes rurales y hostiles o en la atmósfera cargante y mugrienta de cuartuchos, habitaciones de hotel, bares o burdeles. Paisajes que concuerdan a la perfección con el mundo interior inhóspito, desapacible, incómodo, de su galería de personajes: individuos de carácter agreste, trato difícil y gesto adusto, modelados quizá por las inclemencias de su entorno; caracteres cuyo nexo común es la desolación, la desazón existencial, la soledad y la tristeza más miserables; personajes de alma agria y mirada desportillada que se agarran a cualquier atisbo de amor o bondad aunque no sea más que un espejismo en medio del desierto acerbo de sus días. Y el frío, la lluvia, la nieve, el viento, el barro, la humedad siempre presentes. Por fuera y por dentro.

Fuerza expresiva bestial e indudable solvencia narrativa página tras página, mesura y aplomo en cada párrafo hacen de esta lectura una compañía como pocas. Y estas joyas que me quedo para mi colección:

“... cuando el silencio daba paso a la barahúnda del viento y el frío llenaba las habitaciones de una tristeza primitiva...” (El intruso, pág. 24)

“Era, otra vez, la ternura ciega desfalleciendo en un semblante sin rasgos, como si ninguna de sus palabras armonizara con la dureza de un alma separada de los miembros que la cubrían.” (Crisantemos, pág. 46)

“Tenía esa fealdad natural que solo el campo o los lugares solitarios otorgan a ciertas personas.” (Eva, pág. 63).

“... porque muy pocas cosas la habían doblegado, y en su cuerpo perduraban caminos que nadie recorrería, parajes intocables y un último afán, como la sombra del deseo, velado y triste.” (Clara y el fugitivo, pág. 73)

“Pedimos que la verdad nos sea respetada, pero ignoramos de que materia está hecha.” (Luna de miel, pág. 142)


sábado, 17 de octubre de 2020

Escuela de Mandarines, de Miguel Espinosa



… cuando el juicio alcanzó las Cosas Últimas, el corazón olvidó las Primeras

 

Hay viajes que comienzan como un capricho entusiasta y devienen travesías repletas de sorpresas y tesoros por descubrir. Mi periplo por las letras de cierto autor de la tierra se ajusta bastante a ese tipo de aventura. Para aquellos que me han preguntado si es que he interrumpido mi proyecto, la respuesta es un NO rotundo. Ni ha acabado ni espero que acabe nunca. El motivo de apartarme momentáneamente del camino (y ni siquiera es así del todo) es que la siguiente parada era Palabras en el Tiempo, obra que versa sobre Miguel Espinosa, autor desconocido para mí hasta hace pocas semanas. Por sentido común (y cierta curiosidad tras leer algunas publicaciones, no voy a negarlo), me embarqué hace ya unos cuantos días (demasiados, pero trabajo, Feria del Libro y alguna que otra cerveza han impedido acortarlos) en la lectura (¡y qué lectura!) de Escuela de Mandarines, del caravaqueño Espinosa. Ahora que lo he terminado no puedo dejar de preguntarme por qué no he sabido antes de él, por qué no se le publicita desde las instituciones, por qué no se le celebra en esta nuestra región como realmente merece.

Cuando abrí el ejemplar (edición de 1974 de LosLibrosDeLa Frontera) y leí las primeras páginas, temí no estar a la altura de semejante obra. Se me mostraba compleja (efectivamente lo es) y esquiva. Cierta persona me aconsejó “dejarme llevar como por un río caudaloso” y que, aunque hubiese cosas que en principio no entendiese, avanzase. Feliz estoy de haber seguido el consejo. Merece la pena cada una de las horas invertidas en la lectura de esta obra inmensa y rica como pocas.

En un ejercicio extraordinario de ejecución literaria y metaliteraria (me gustaría poder preguntarle a alguien cuánto tardó el autor en escribir la novela), Miguel Espinosa nos presenta en Escuela de Mandarines una ucronía política fácilmente extrapolable a cualquier escenario real (pretérito o presente) donde la estructura de poder someta al pueblo, sumiso y aborregado, perpetuándose así por los siglos de los siglos. ¿Y cuándo no ha ocurrido eso? En sus 72 capítulos (introducción y epílogo aparte) con sus correspondientes anotaciones, se nos narra el viaje del personaje principal, el Eremita, que abandona su tierra de las Primeras Cosas, sus orígenes de inocencia, a su Azenaia, a petición de los demiurgos, para convertirse en el mayor enemigo de la Feliz Gobernación (cuyos máximos exponentes son los mandarines), estructura política y social rígida hasta niveles absurdos, dividida en castas y sustentada por el monopolio del lenguaje, el poder y la historia construidos a tal efecto. En su periplo y posterior llegada a la Ciudad, como reo de dos arquetípicos soldados simplones, encontrará nuestro viajero (a medio camino entre Quijote y Gulliver) dispares y variados personajes que perfilarán los diferentes aspectos de esta sociedad ucrónica configurando, en prosa, verso o drama, historias dentro de la historia que le harán reflexionar a él y, de paso, a nosotros lectores, acrecentando así la importancia de nuestra perspectiva. De entre toda la temática presente en la narración (estructura política, sociedad, disidencia como parte de la estructura...), uno de los aspectos que más ha llamado mi atención es cómo enfoca el autor la teología de la ucronía, adscribiendo diferentes dioses particulares, con sus propios cielos diferenciados, a las diferentes castas (original modo de tratar el ya viejo tópico de la subordinación de la religión a los intereses del poder). Digna de mención asimismo es la forma en la que el autor se burla de la soberbia y, en innumerables ocasiones, vacuidad, de las instituciones académicas (los capítulos sobre becarios y oposiciones son cuanto menos hilarantes).

En cuanto al lenguaje de la obra (advertida estaba también), decir rico es decir poco. No los he buscado todos, pero segura estoy de que el autor inventa sus propios términos o, al menos, acepciones de los mismos. Riqueza y variedad de registros, impresionantes digresiones,vocablos casi imposibles, hipérboles omnipresentes (solo vean el uso del tiempo en la novela), simbolismo y alegorías sin par se combinan para mantener al lector con los ojos y la boca bien abiertos. Añadan a eso un sentido del humor a todas luces inteligentísimo (superlativos en los que pareciera que el autor nos guiña un ojo, caricaturas llenas de ingenio y una extensa lista de tratamientos honoríficos de lo más cómico), y el resultado será una obra superlativamente magnífica.

Ya para terminar, hay obras que piden simplemente ganas; otras demandan atención; otras, emoción y mente abierta; algunas pocas lo exigen todo. Escuela de Mandarines es una de estas últimas. Como contrapartida, devuelve con creces todo lo invertido en ella.

Solo me queda recomendarles, si no es mucho abusar de su buena voluntad, leer otra entrada de blog que allá por 2013 se escribió sobre esta novela, una de los motivos principales por los que decidí leerla: https://rubencastillo.blogspot.com/2013/02/historia-del-eremita.html

 

Danza de dragones (Canción de Hielo y Fuego V), de George R.R. Martin

En el inmenso tablero donde el poder se escribe con fuego y sangre, hay historias que no solo leemos. Vivimos en ellas. Las goza...