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jueves, 1 de abril de 2021

La fatiga y los besos, Pascual García

 

Esta tarde un poeta
cualquiera, un hombre anónimo
apunta vuestros gestos y recuerda
las voces broncas, el andar pausado,
la verdad sencilla y torpe de vuestras palabras]
junto al fuego, en las noches de invierno.
Y os evoca en silencio.

Ni poeta cualquiera ni anónimo, sino una de las plumas más bellas que ha dado la literatura de nuestra tierra murciana, Pascual García vuelve a encantarme con sus versos en La fatiga y los besos (Ediciones Vitruvio, 2013). En este hermoso poemario, y con un tono similar al que usaría posteriormente en Trabajan con las manos, el autor evoca con su verbo poderoso y brillante, su estilo preciso y elegante, y su música pura y honesta, la vida de los humildes siervos de la tierra, de los jornaleros, de losque  viven condenados a «un trabajo de hambre y de miseria» por «unos pocos billetes muy usados». Probablemente se nutra de sus recuerdos de infancia y juventud, de esa memoria en la que se refugia para resarcirse de los agravios de la batalla perdida contra el tiempo.

Contrapone en sus líneas la fatiga diaria del trabajo y las noches de amor y de besos. Nos habla de las miserias de la ardua existencia en el tajo de sol a sol, del tiempo vendimiando «las vides evangélicas/ de un país extraño al que viajamos/ en busca de otro pan y de otro vino» (junto a su familia, pasó alguna temporada de vendimia en Francia), del clima inmisericorde, de los domingos de descanso y de la liturgia familiar que los reúne a todos en torno a una mesa para compartir lo más sagrado, el pan, el amor y la vida.

Sus preciosos versos dan forma al paisaje agridulce de su memoria, repleta de  sabores humildes (el vino, las patatas, las migas de pastor), de aromas inolvidables (el humo, la sierra, la harina tostándose), de colores verdes, ocres y terrosos, de los sonidos del viento, de los árboles y del crepitar de la sartén en el fuego. Con imágenes de una dureza desoladora: «Polvo y sudor y sal/ reseca la piel les mana y sangre/ en ocasiones de las manos rotas.» ("Pasan sed"). Con imágenes hermosas y dulces como la miel:

De noche besan y tocan y gimen,
sobre la piel de los otros, gozosos
de merecer el premio de las manos
que acarician, de las bocas que sellan
el placer, de los sexos que cierran
el río del tiempo, y son de pronto
el edén en la tierra, su ventura.

Un poemario magnífico donde, como en otras ocasiones, Pascual García utiliza los cuatro elementos como fuente inagotable de su poesía. El agua escasa en el tajo y soñada como «el océano poderoso, los ríos largos, fuentes de niebla en la demencia de la sed.» La tierra, «la que nos niega el pan, pero nos da/ el trabajo, el sudor y la esperanza.» El fuego «de leña y de leyendas», y el aire «que entra en la boca y es tan puro/ que duele respirarlo muy deprisa.»

Y la luz, «la luz tenebrosa de las ascuas», la que marca el inicio y el final del jornal, y la que entra «por la ventana abierta como una joya».  La luz y la verdad de Pascual, inigualables.

martes, 30 de marzo de 2021

Luz para comer el pan, Pascual García

 

Tenemos luz para comer el pan
y estamos juntos y damos las gracias.

Es de bien nacido ser agradecido, y por lo tanto, qué mejor manera de comenzar a hablar de Luz para comer el pan (Ediciones Vitruvio, 2002) que dando las gracias a Pascual García, su autor, por haberme regalado la luz de su poesía, quizá no para comer el pan, pero sí para iluminar la penumbra de unos días un tanto extraños. Leer sus versos es mucho más que disfrutar de la lectura. Es perderse por su hermoso paisaje interior y percibir el aroma de los jazmines, el aire fresco de la sierra, la suave fragancia del mar el calma y la leña de un hogar que caldea el espíritu aun en medio de la peor tormenta.

En Luz para comer el pan, Pascual García comienza agradeciendo a la vida por los dones del presente: «Tenemos el pan y el sueño, la vida/ está aquí con nosotros, en el mar/ y en la ventisca de nieve, y en la rosa./ Este es el día de los dones. Gracias/ por todo...» ("El día de los dones"). Carpe diem porque tempus fugit y un día nos hallaremos «llenos del tiempo/ que ya no poseemos,/ porque se nos ha ido así de pronto,/ huido entre las manos y disuelto/ en las lágrimas y en los besos de humo/ que no dimos a nadie.» ("Viaje a este lado del mundo") y nada nos quedará «excepto la memoria, manos/ de niebla en el espacio de la ruina,/ y palabras de humo...» Para protegerse de "Tanta sombra" y del "Dolor del tiempo", Pascual García se refugia en el sabor agridulce del amor: «Porque el amor tiene caminos dulces/ y sendas de piedra y dolor y espinas» ("Todo el amor") y sitúa a este "En el centro del mundo". En "Barro en las manos" recuerda a los héroes de su infancia,   a quienes «la fatiga les duerme los ojos de greda y sueño.» La luz de agosto, el fuego conciliador, la ternura de un recién nacido en el hogar, la pasión arrolladora de los amantes... constituyen parte de la prodigiosa ofrenda que Pascual le brinda al lector con su lenguaje y su magia de poeta de raza.

Y, como en la mayoría de ocasiones, siempre hay unos versos que se me quedan enganchados en algún rincón del alma. Pertenecen al poema "Locus amoenus", y con ellos me despido:

En alguna parte del cielo existe
un territorio para guardar sueños,
un país de mentira donde pasan
las cosas importantes cada noche,
un pedazo de mundo reservado
para nosotros dos que no supimos
estar el uno con el otro siempre...

Danza de dragones (Canción de Hielo y Fuego V), de George R.R. Martin

En el inmenso tablero donde el poder se escribe con fuego y sangre, hay historias que no solo leemos. Vivimos en ellas. Las goza...