Esta tarde un poeta cualquiera, un hombre anónimo apunta vuestros gestos y recuerda las voces broncas, el andar pausado, la verdad sencilla y torpe de vuestras palabras] junto al fuego, en las noches de invierno. Y os evoca en silencio.
Ni poeta cualquiera ni anónimo, sino una de las plumas más bellas que ha dado la literatura de nuestra tierra murciana, Pascual García vuelve a encantarme con sus versos en La fatiga y los besos (Ediciones Vitruvio, 2013). En este hermoso poemario, y con un tono similar al que usaría posteriormente en Trabajan con las manos, el autor evoca con su verbo poderoso y brillante, su estilo preciso y elegante, y su música pura y honesta, la vida de los humildes siervos de la tierra, de los jornaleros, de losque viven condenados a «un trabajo de hambre y de miseria» por «unos pocos billetes muy usados». Probablemente se nutra de sus recuerdos de infancia y juventud, de esa memoria en la que se refugia para resarcirse de los agravios de la batalla perdida contra el tiempo.
Contrapone en sus líneas la fatiga diaria del trabajo y las noches de amor y de besos. Nos habla de las miserias de la ardua existencia en el tajo de sol a sol, del tiempo vendimiando «las vides evangélicas/ de un país extraño al que viajamos/ en busca de otro pan y de otro vino» (junto a su familia, pasó alguna temporada de vendimia en Francia), del clima inmisericorde, de los domingos de descanso y de la liturgia familiar que los reúne a todos en torno a una mesa para compartir lo más sagrado, el pan, el amor y la vida.
Sus preciosos versos dan forma al paisaje agridulce de su memoria, repleta de sabores humildes (el vino, las patatas, las migas de pastor), de aromas inolvidables (el humo, la sierra, la harina tostándose), de colores verdes, ocres y terrosos, de los sonidos del viento, de los árboles y del crepitar de la sartén en el fuego. Con imágenes de una dureza desoladora: «Polvo y sudor y sal/ reseca la piel les mana y sangre/ en ocasiones de las manos rotas.» ("Pasan sed"). Con imágenes hermosas y dulces como la miel:
De noche besan y tocan y gimen, sobre la piel de los otros, gozosos de merecer el premio de las manos que acarician, de las bocas que sellan el placer, de los sexos que cierran el río del tiempo, y son de pronto el edén en la tierra, su ventura.
Un poemario magnífico donde, como en otras ocasiones, Pascual García utiliza los cuatro elementos como fuente inagotable de su poesía. El agua escasa en el tajo y soñada como «el océano poderoso, los ríos largos, fuentes de niebla en la demencia de la sed.» La tierra, «la que nos niega el pan, pero nos da/ el trabajo, el sudor y la esperanza.» El fuego «de leña y de leyendas», y el aire «que entra en la boca y es tan puro/ que duele respirarlo muy deprisa.»
Y la luz, «la luz tenebrosa de las ascuas», la que marca el inicio y el final del jornal, y la que entra «por la ventana abierta como una joya». La luz y la verdad de Pascual, inigualables.
Tenemos luz para comer el pan y estamos juntos y damos las gracias.
Es de bien nacido ser agradecido, y por lo tanto, qué mejor manera de comenzar a hablar de Luz para comer el pan (Ediciones Vitruvio, 2002) que dando las gracias a Pascual García, su autor, por haberme regalado la luz de su poesía, quizá no para comer el pan, pero sí para iluminar la penumbra de unos días un tanto extraños. Leer sus versos es mucho más que disfrutar de la lectura. Es perderse por su hermoso paisaje interior y percibir el aroma de los jazmines, el aire fresco de la sierra, la suave fragancia del mar el calma y la leña de un hogar que caldea el espíritu aun en medio de la peor tormenta.
En Luz para comer el pan, Pascual García comienza agradeciendo a la vida por los dones del presente: «Tenemos el pan y el sueño, la vida/ está aquí con nosotros, en el mar/ y en la ventisca de nieve, y en la rosa./ Este es el día de los dones. Gracias/ por todo...» ("El día de los dones"). Carpe diem porque tempus fugit y un día nos hallaremos «llenos del tiempo/ que ya no poseemos,/ porque se nos ha ido así de pronto,/ huido entre las manos y disuelto/ en las lágrimas y en los besos de humo/ que no dimos a nadie.» ("Viaje a este lado del mundo") y nada nos quedará «excepto la memoria, manos/ de niebla en el espacio de la ruina,/ y palabras de humo...» Para protegerse de "Tanta sombra" y del "Dolor del tiempo", Pascual García se refugia en el sabor agridulce del amor: «Porque el amor tiene caminos dulces/ y sendas de piedra y dolor y espinas» ("Todo el amor") y sitúa a este "En el centro del mundo". En "Barro en las manos" recuerda a los héroes de su infancia, a quienes «la fatiga les duerme los ojos de greda y sueño.» La luz de agosto, el fuego conciliador, la ternura de un recién nacido en el hogar, la pasión arrolladora de los amantes... constituyen parte de la prodigiosa ofrenda que Pascual le brinda al lector con su lenguaje y su magia de poeta de raza.
Y, como en la mayoría de ocasiones, siempre hay unos versos que se me quedan enganchados en algún rincón del alma. Pertenecen al poema "Locus amoenus", y con ellos me despido:
En alguna parte del cielo existe un territorio para guardar sueños, un país de mentira donde pasan las cosas importantes cada noche, un pedazo de mundo reservado para nosotros dos que no supimos estar el uno con el otro siempre...
Son estos los versos que
abren “Memoria del paraíso”, primer poema de El invierno en
sus brazos, de Pascual García, publicado en 2001 por el Servicio
de Publicaciones de la Universidad de Murcia y galardonado con el
Premio al Libro Murciano del Año. Son estos los versos que abanderan
una obra que ha vuelto a dejarme una sonrisa en el rostro y un cálido
alboroto en el corazón. Reconoceré, pues, que pasar el invierno, la
primavera, el verano o el otoño en brazos de las letras de este
autor tiene que estar muy cerca de habitar algún paraíso cuyas
llaves únicamente se entregan a quienes gozan de la inmensa fortuna
de leerlo.
El invierno en sus brazos
es la vida en su esencia más pura, con sus luces y sus sombras, sus
alegrías y sus tristezas, sus caras y sus cruces. Por ello, en el
poemario, habitado por la lluvia, el café, la cama, el vino, los
libros y las hermosas liturgias donde bailan piel y besos, coexisten
el tono elegíaco y el celebratorio.
Pascual García se lamenta
por el paso del tiempo que todo lo cambia: «Pasan los días y las
cosas tienen/ un nombre distinto» (“Memoria del Paraíso”). En
sus líneas quisiera parar el continuo girar de las agujas del reloj
que marchita las pieles aunque mantenga intacta su memoria, que se
lleva los labios incandescentes que tatúan besos en el alma y que
nos sitúa irremediablemente “Tan cerca de la muerte”. Para
contrarrestar ese paso del tiempo, busca refugio en su memoria,
acariciando con nostalgia los recuerdos de sus días de infancia,
como en “La memoria y el invierno”, en “In memoriam” (donde
evoca con ternura la imagen de su abuelo) o en “Otra vez la vida”,
donde nos dice: «... y el invierno/ vendrá un día de estos con mi
infancia/ y acercará la nieve y el trabajo/ como un regalo turbio de
la noche.» O se parapeta tras recuerdos de amor, tras las imágenes
deliciosas de «...adolescentes/ que hubieran encontrado su delirio/
y no supieran las palabras justas/ para nombrar el fuego y la ceniza/
y creyeran solo en sus manos dulces/ y en sus labios de arena...»
(“El tiempo se detiene”). Las imágenes con las que el poeta
construye el amor destilan belleza por cada una de sus letras, y
hacen soñar, vaya que si hacen soñar.
Por otro lado, celebra la
vida sin más, «porque vivir es suficiente a veces/ vivir sin un
motivo, abrir la boca/ y respirar el día como un soplo» (“Otra
vez la vida”) y nos transmite sus latidos cuando piensa «... en la
primera luz del mundo,/ nuevamente en tus ojos» (“Cogidos de la
mano”). A pesar de que «Vivimos una edad sin dioses,/ huérfanos
del miedo, iluminados por el rayo,/ pero vencidos por el aguacero...»
y de que «Pasan los años y la vida tiene/ el color de los sueños
incumplidos» (“In memoriam”; de estos versos en concreto aún
estoy deshaciéndome el nudo en la garganta), nos dice que «la vida
nos pasa tan cerca/ que su calor nos alumbra y su fuego/ caldea
nuestras manos.» (“Hechizo”).
Y en su alquimia de poeta
destila sus versos con emoción, sencillez, luz y verdad. Ya sé que
siempre me repito con esto, pero es la sensación que tengo: que
Pascual no tiene que inventar sus versos, sino que pasan directamente
del torrente de su sangre al papel. También he descubierto que su
magia le permite conocer de algún modo mi alma y regresar al pasado
para escribir estas líneas (para mí, solo para mí, para que yo los
lea y los relea y los sienta y sienta que son tan verdad como yo
misma): «Usé las palabras y tuve miedo,/ y supe su misterio y su
fragancia,/ sus tinieblas de voces confundidas/ y su luz tenebrosa,
su alboroto/ Dije mi dolor y pronuncié nombres/ de fuego y de
tristeza, caravanas/ de espectros y pesadillas oscuras/ y amé con
ellas y gocé su carne./ Quien ha tocado la vida no puede/ volver
sobre sus pasos/ e ignorar el secreto/ como si nada hubiese
sucedido,/ pues la verdad nos quema como un ascua/ y queda su semilla
en nuestra casa...» (“Las palabras de la vida”)
La poesía de Pascual García
ensancha el alma y nos presta cielos para disfrutarlos aun a
sabiendas de que son ajenos. Leyéndole
Es inevitable comenzar a
hablar de la última obra de Pascual García, Un hombre solo
(La Fea Burguesía, 2021) con los versos, íntegros, de “Pecado
original”, la pieza que, a modo de flecha lacerante, abre este
poemario de exquisita factura y esencia intimísima de un autor que
nos demuestra, ahora más que nunca, que literatura y vida son para
él una misma cosa. Un poemario lleno de dolor, de desgarro, de
recuerdos amargos, pero también de valentía, de resiliencia, de
lucidez y de la brisa limpia de la esperanza.
Pascual García estructura
los sesenta poemas que componen el volumen en tres partes simétricas
(de 20 poemas cada una, aunque quizá los de la primera parte sean
comparativamente más extensos que los dispuestos en las dos
posteriores) que marcarían tres ciclos diferentes en ese calendario
de soledades, penumbras y vacíos que nos presenta como una suerte de
diario de un hombre que recibe de repente el zarpazo de su soledad
sola al entrar en una casa extraña y debe encontrar el camino de
vuelta desde el infierno de las sombras hasta la paz que le otorgue
la luz.
El primer ciclo aparece bajo
el título de “Último anochecer de agosto”. Es la etapa más
cruel, más descarnada de su viaje. En ella, el profundo dolor que lo
atormenta sofoca cualquier sonido procedente del exterior, sumiéndolo
en un silencio feroz solo roto por las notas de Mozart de cuando en
cuando. “Le duele el tiempo que ya no suena”, “las horas han
perdido su música de siempre”, nos cuenta el poeta en “Diario de
un hombre solo” (p.20), y que “las voces que escucha/están en su
cabeza solo”. En el mismo poema, uno de los más representativos
del ciclo, nos confiesa también que la penumbra y la oscuridad le
ganan cada segundo la batalla a la luz: “y la luz se esfuma...”,
“come con la tristeza de la luz caída”. Nos habla de soledad, de
miedo, de destierro (“Nadie en el cuarto de al lado”, p.22). El
tiempo se torna obsesión, como muestran las continuas referencias
temporales a las horas, los días (sobre todo a “Los días
iguales”, p.36-37), el día o la noche, los meses y los años, las
estaciones: “son iguales las horas y los panes/las sábanas de
invierno y el otoño” (p.22). “Que no llegaba nunca”,
“Compañía”, “Desnudos pero ajenos”, “Un lecho de piedra”,
son los títulos de algunos de los poemas que contribuyen a crear y a
perpetuar la atmósfera sombría, cruel y dolorosa de este primer
ciclo, que se abre con “Pecado original” y nos entrega, quizá,
la cifra del sufrimiento del vate: la culpa. No es difícil
averiguarlo cuando se comprueba que el término “culpa” aparece
ni más ni menos que 20 veces a lo largo del poemario, seguido de
“condena” (14 veces), “castigo” (13 veces) y “error”(8
veces). Suerte que la palabra “perdón” aparece 8... Sin embargo,
me gustaría destacar también la honestidad y la valentía del poeta
en los versos iniciales de “El amor no pasa nunca” (p. 25):
“Tengo el amor de mi
mano derecha
porque el amor no pasa
nunca, dice
San Pablo, y en la mañana,
turgente
me saluda mi sexo
solitario
fiel a su cita con mi
mano...”
(Honesto, valiente y
grandioso, sí señor.)
La segunda etapa en su
almanaque de redención la marcan los poemas agrupados bajo el título
de “Mediodía en octubre”. Aquí encontramos ya a un hombre
distinto, doliente aún pero más consciente de sí mismo, gracias a
la reflexión y al diálogo constantes con el pasado, con el
presente, con el amor, y consigo mismo.
“Durante muchos días ha
pensado
el hombre en sí mismo, ha
discutido
con él y con los
espectros que fueron
sus fantasmas nocturnos,
pues estuvo
solo y habló en voz
alta...” (“Sumario”, p.65)
“Fracaso postergado”,
“El poder de las sombras”, “Viene el amor de la memoria”, o
“Brindis”, por seleccionar unos cuantos ejemplos, nos narran ya
un periodo donde el miedo (que también es débil) le va cediendo
paso a la esperanza y al consuelo, y la memoria muta de castigo
doloroso a refugio cálido. Porque “había aprendido a estar en
calma” (“Un año”, p.74-75) y que quizá toda la culpa no fuera
suya (“Absolución”, p.67) y, aunque experimenta aún breves
periodos de zozobra donde no percibe “nada salvo un tiempo vacío y
homicida” (“El buque fantasma”, p.69), ya no es un extraño en
su entorno (“Amanecer”, p.72-73) y ya le pertenece su casa en “La
calle de los hombres libres” (p.78).
El tercer ciclo en su
metamorfosis de hombre solo y triste en hombre solo y libre lo
conforman los poemas auspiciados bajo el epígrafe “Amanece en
diciembre”. Son estos versos ya más dulces, más cálidos,
testigos de la “Travesía” (p. 96-98) del poeta por los mares de
la resiliencia hasta alcanzar las costas de la “Salvación” (p.
94) en el mes de “Diciembre” (p.83-84). El hombre enfoca el
futuro, solo pero libre, con mirada sosegada, pues su proceso de
aprendizaje le ha valido estar ya “reconciliado con su destino y
con su vieja culpa” (“Redención”, p.106), ha alcanzado su
propio “perdón puro” y “ha cambiado el frío de las noches/
por las plazas pobladas de la vida” (“Su perdón puro”, p.85) y
se ha encontrado a sí mismo en su soledad:
“De repente el hombre
encontró su centro
visitó las estancias que
ignoraba,
se internó en novedosos
aposentos
y visitó lugares
apartados.
Fue en esos sitios otro
hombre, nuevo...” (“Otros días”, p.86)
El poeta y el hombre
celebran ya con más ahínco (en realidad nunca dejaron de hacerlo)
el amor y los placeres de la carne (“...pues el amor/ se da a manos
llenas y no lo para/ nada, no es una quimera ni vuelve/ su rostro
dulce a la carne gozosa”, nos dice en “A manos llenas”,
p.91-92). El poemario no podía terminar mejor, y el broche final es
del todo amable y optimista, pues el volumen inicia en el silencio
más descarnado y acaba con la esperanza del poeta mientras “Silba
una canción” (p.113): “es casi primavera y amanece/ y no va solo
porque lleva siempre consigo/ una palabra amable y misteriosa”.
Honestamente, todo un alivio
para el lector que acabe así, ya que durante la primera parte hemos
sufrido junto a Pascual García versos que duelen y desarman (“se
sienta solo/ en su sofá de nadie”, p.20; “y estaba el café
amargo y las tostadas/ sabían a carbón y a noche”, p.28;
“mientras naufraga en un lecho de piedra/ vasto como la mar y
solitario”, p.40) y que el poeta crea sin usar más palabras que
las necesarias. Una verdadera joya de poemario donde el tiempo, la
culpa, el silencio, la luz y la ausencia de ella son los
protagonistas, junto a nuestro estimado autor.
Y para acabar esta entrada tan larga, os dejo uno de los poemas que más ... (a vuestra imaginación lo dejo). Si lo véis desde la versión sencilla para móvil, probablemente no aparezca el vídeo; por eso, aquí os dejo el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=MRY7ChNMTOQ
... siempre un libro me ha hecho compañía, me ha quitado el sueño, me ha devuelto el sueño, me ha ocupado las horas de ocio, de la desgana, de la espera y de la soledad.
Ese secreto a voces nos confiesa Pascual García en "Leer", la suerte de introducción que hace a su obra Algunos libros que leí despacio. En el prólogo de la misma, el catedrático Francisco Javier Díez de Revenga afirma que "para escribir un libro como este hay que estar dotado de una gran capacidad para saber transmitir la emoción ante la obra literaria, y hay que disponer de un estilo personal, de un idioma propio, claro y preciso, a la hora de escribir lo que estas impresiones han supuesto para el autor". Queda claro que a Pascual García le sobra el talento para transmitir su pasión por la literatura, y que su idioma particular se articula en torno a una combinación de aciertos que resultan, por un lado, en la nitidez y en la asequibilidad y, por otro, en la belleza y en la brillantez más irrefutables.
Pluma de primera independientemente del género en el que se muestre, y lector avezado, sensible e inteligentísimo, Pascual García nos ofrece en Algunos libros que leí despacio 67 textos críticos en los que analiza de forma rigurosa, precisa y didáctica algunas de las obras que han enriquecido su universo literario. Nos regala, y digo bien, nos regala, porque no hay precio que pueda pagarlo, el privilegio de asomarnos con sus ojos a esas 67 ventanas cuyas vistas conforman el paisaje literario del que se ha nutrido como escritor y como persona. Su catálogo es amplio y variado en género, y contempla autores internacionales como Ismail Kadaré, Vargas Llosa o Benedetti, escritores nacionales de la talla de Muñoz Molina, y literatos de nuestra región de distinta proyección en el ámbito de las letras. Dionisia García, Aurora Saura, su estimado Pedro García Montalvo, Antonio Marín Albalate... y muchos otros nombres componen su particular lista de lecturas apreciadas. Comentar los que más poso me han dejado haría esta entrada interminable, pero no puedo sustraerme de mencionar los dos ventanales luminosos en los que nos ilustra con sus soberbias impresiones sobre Las grietas del infierno y Anillo de Moebius, de Rubén Castillo (es mi debilidad, lo sé, y no pienso disculparme por ello) del que afirma: "es un escritor poderoso, dueño de un mundo narrativo propio, donde la palabra cobra una importancia y una dimensión inusuales...". Ay, esos insólitos momentos donde el placer aparece por partida doble.
Además de deleitarnos con la palabra de Pascual y ampliar nuestros horizontes como lectores, Algunos libros que leí despacio nos ofrece la singular oportunidad de aventurarnos y sacar conclusiones acerca de los aspectos que más motivan a nuestro valioso Pascual. Su afición a la poesía y al verbo lírico no será a estas alturas ninguna sorpresa. A esto podríamos sumar su gusto por lo universal, por lo que huye del terruño, por la reflexión serena y sin aspavientos, por la dialéctica que se establece entre lo novedoso y lo clásico, entre lo elegíaco y lo celebratorio. Su interés por asuntos tan trascendentales como la fugacidad del tiempo y el paraíso perdido de la memoria. Pero, por encima de todo y si no ando muy errada, a Pascual le apasiona que le cuenten el mundo tal como es, sin edulcorarlo ni soslayar las tinieblas, por lo que valora enormemente la honestidad, la verdad literaria.
Sus letras también merecen ser leídas despacio, a sorbitos, ser paladeadas y gozadas con el mayor de los deleites.
...he preferido yo recordar de un
modo fragmentario, desordenado y cercano ese tiempo mágico e
indulgente de la infancia y de la adolescencia, no porque esté de
acuerdo con aquellos que lo califican de paraíso, sino porque en él
se hallan, sin duda, las claves de mi existencia entera, mi estrecha
relación con Moratalla, con el barrio del Castillo y con la calle
Castellar, donde nací hace ya medio siglo. Uno es, de un modo
indefectible, lo que su memoria contiene y lo que alberga su
corazón...
Así, con claridad meridiana, nos
desvela Pascual García, en la página 9 de Años fugitivos.
Crónica personal de Moratalla (Gollarín, 2012) el hilo común
que hilvana el conjunto de los numerosos textos que integran esta
obra. En alguna otra página afirma el escritor que la obra que
tenemos entre manos es una recopilación de artículos periodísticos
publicados en El Noroeste entre 2007 y 2011, pero yo sé que
es algo más, un obsequio de proporciones difícilmente medibles para
aquellos lectores que tengan la fortuna de cruzarse con sus páginas.
Porque, sinceramente, que un autor nos obsequie, ya no solo con su
inmenso talento como escritor y como narrador, sino con uno de sus
bienes más preciados, su memoria y, en definitiva, con su esencia
más genuina, es un regalo que no sé si alcanzaremos a agradecer en
su justa medida.
Asistimos, en Años fugitivos,
de la mano del autor y, lo que es más importante, con sus ojos, a
sus días de niño y de muchacho en las calles estrechas y empinadas
de su Moratalla natal, encuadradas en el hermoso y a la vez hostil
paisaje de la sierra que la rodea. Lo acompañamos con gusto en
muchas de sus primeras veces (los que me conocen saben de la
importancia que para mí tienen las primeras veces): un viaje al
cortijo de los abuelos, el cine, a sus primeras experiencias con
médicos y practicantes, sus clases en los distintos establecimientos
educativos donde cultivó el germen de lo que fue hasta llegar a ser
lo que es hoy, a los tempranos inicios de su carrera de escritor, al
duelo por la muerte de un amigo. Gozamos con él de su memoria
olfativa y gustativa (hasta el punto de que, en ocasiones, hasta las
tripas imaginan con nosotros y rugen cual fieras hambrientas). Nos
aterimos, indefensos, en su memoria del frío y la penumbra.
Conocemos, no sin cierta desazón, las estrecheces de una vida ligada
a la tierra y a la escasez de recursos materiales, y admiramos el
valor de un chiquillo que hizo del esfuerzo y la constancia su ley,
que aceptó estoicamente sus responsabilidades como miembro de la
humilde familia donde había venido al mundo y, aun con llagas en las
manos y cansancio a espuertas, logró subir los peldaños de la
escalera del porvenir diferente con el que siempre había soñado. A
todas estas anécdotas, acontecimientos y costumbres de sus primeros
años y de la tierra donde vio la luz, resulta extremadamente grato
añadir un sinfín de reflexiones, profundas, sinceras, honestas (a
riesgo de aventurarse en el terreno de esa incorrección política en
la que uno incurre a fuerza de decir verdades como puños) sobre
asuntos de lo más trascendental en torno a la condición humana:
amor, sexo, el valor del dinero y del trabajo, inmigración,
educación, y tantos otros que no es posible enumerarlos sin hacer
esta entrada tediosa de más.
En Años fugitivos, y con el
estilo pulcro, conciso, elegante y lírico (a veces irónico,
sarcástico, cáustico incluso) al que ya nos tiene acostumbrados,
Pascual García nos dibuja de manera clara y nítida el contexto
social de un pueblo de raigambre sencilla, pura y tosca, el mapa
cultural de unas gentes y unos años influidos en gran medida por la
sombra penosa y alargada de la guerra, la posguerra y la dictadura en
un entorno rural y remoto, marcados por el afán de supervivencia, la
religión del trabajo con las manos y un agridulce apego a la tierra
y a sus costumbres. Y yo, animal de emociones sin lugar a duda,
contemplo cautivada las siluetas de la geografía sentimental que
bailan a la luz de sus frases. Forman estas un vendaval de verdad que
en ocasiones conmociona al espíritu lector, un torbellino de
honestidad que hace saltar los goznes de la contención y de la
mesura y desboca la emoción. Para muestra, tres botones:
“Mi madre se desliza por la cocina
como un hada buena.” (p.55)
“La casa en la que uno ha nacido y en
la que ha pasado la mejor parte de su vida es un almacén sentimental
de arpegios que, bien temperados, podrían constituir toda una
sinfonía, una armónica pieza de cámara o, en algún caso, un
sencillo y elemental pasodoble.” (p. 56)
“Éramos jóvenes, inocentes y
pobres, pero qué culpa teníamos nosotros, hijos de un hambre
antigua y un empecinado afán de supervivencia.” (p. 63)
En definitiva, se conjugan en esta obra
las joyas, de incalculable valor, de la memoria de Pascual García,
la inteligencia creadora, su asombrosa habilidad en el manejo del
lenguaje, el gusto por lo bien hecho y la exquisita capacidad de
conmover al lector. No me queda más, pues, que rendir mi admiración
ante su mirada inocente de niño de Moratalla, teñida por los
matices de la emoción pero desprovista de cualquier asomo de
idealización edulcorante.
Tantas guerras perdidas. La guerra de cada uno de nosotros y la guerra de todos. También lo que yo hago es una guerra, aunque deba recibir un nombre aún más sucio.
Esta es una de las reflexiones más duras y más verdaderas que, ya hacia el final de la obra, escuchamos desde el interior del protagonista de Solo guerras perdidas (Alfaqueque Ediciones, 2010). Su nombre es Aníbal Salinas, y lo conocimos en Nuncaolvidaré tu nombre como el personaje que, a las puertas de la muerte, regresa a su tierra natal para cumplir con sus dos últimas misiones en la vida.
En esta ocasión, Aníbal vuelve a su comarca de origen, tiempo antes de su vuelta definitiva en Nunca olvidaré tu nombre, para cumplir con la tarea que se le ha encomendado por parte de sus superiores: aniquilar a los escasos miembros de una resistencia que no supone riesgo pero molesta. Conoce el terreno, a sus habitantes y sus modos de vida, por lo que resulta la apuesta más segura para el éxito de la misión. Conforme los pasos de Aníbal lo van guiando a través de senderos y parajes recónditos de la tierra agreste que fue testigo de su juventud (en las sierras que rodean Los Olmos y Puerto Errado, escenarios tan propios del autor), mientras improvisa estrategias, empuña su astra o hunde la navaja en la carne de sus objetivos, su memoria y su alma llena de nadas caminarán las sendas del pasado de manera errática. Rememorará los viajes junto a su padre que anteriormente le llevaron a contemplar los mismos paisajes y los nombres de mujer que una vez le hicieron suponer que el paraíso era, de algún modo, posible. Las recordará con la mente y con la carne, pues volverá a encontrarse con ellas y las poseerá como ya las poseyó en un ayer ya lejano, y serán estos encuentros sexuales el último reducto de su humanidad perdida y de su alma vaciada por el horror de la guerra.
Dureza absoluta y belleza más absoluta todavía (va por ti, maestro) en una narración tensísima que, gracias a la habilidad de Pascual García, el lector podrá disfrutar con los cinco sentidos: escuchará los muelles de las navajas y la percusión de las armas, percibirá el olor de la sangre entremezclada con el aroma del tomillo y la ajedrea, el tacto de las pieles que se encienden, el frío de fuera y el de dentro. Descripciones bellísimas y minuciosas de los escenarios, de sus características y de sus costumbres más arraigadas. A las reflexiones del narrador de unen las propias de los personajes (marcadas en cursiva, y qué cursiva tan poderosa), reflexiones amargas como la hiel que nos permiten vislumbrar lo verdaderamente importante en la prosa de Pascual García: el universo interior luctuoso, torturado, oscuro como la noche, de los personajes que pueblan sus páginas.
Sublime en todo. Mayúsculo en general. Carne y alma de poeta. Pascual García.
"Le parecía mentira tanta belleza en aquel paisaje, tantos hombres emboscados que seguían creyendo en el hombre y, en cambio, él venía a desbaratarlo todo, como un ángel de la muerte. Traía su testamento y su venganza." (p. 79)
Era como si las noches cobijaran el enigma de sus vidas y aquel secreto estuviera todo el rato con ellas...
La noche es el territorio difuso e inmisericorde donde el silencio no tiene cabida. Una vez se apagan las voces y los sonidos del mundo exterior el fragor del estrépito interior invade cada átomo de nuestra existencia mientras el sueño no nos bendice con el olvido transitorio. La noche convoca a nuestros peores enemigos, a nuestros miedos más íntimos y a nuestras sombras más impenitentes. La noche no es más que la huida de la luz y el desvalimiento más absoluto. En El secreto de las noches, Pascual García nos presenta veintiséis radiografías de las entrañas de una noche que se adueña incluso de las horas de luz.
Un matrimonio atormentado por la pérdida de su hija diez años atrás. El aciago destino de dos amantes clandestinos que ahogan las tardes y el mundo entre besos y alcohol. Una mujer en una bañera deshaciéndose del résped de la ilusión de un amor vespertino dilatado en el tiempo. La muerte, la huida y la locura entre los árboles y el frío. El enigma de una noche de bodas. La dulzura infinita de dormir con la esposa. La ceguera de una madre y el zarpazo de la memoria. El maltrato de una madre alcoholizada. La absoluta soledad de una mujer sin trenes que se le escapen. El infortunio de una mujer barbuda. La locura homicida de una mujer subyugada. La pesadilla de la muerte. El extravío del deseo en la vejez. La soga al cuello. La noche al mediodía en un mundo al revés. Las pesquisas de un inspector. La parca en el fondo de un río. Monotonía conyugal compartida. La enigmática y perturbadora visita de una suegra. La fatalidad de dos cuerpos jóvenes que se aman en el interior de un coche. Un fuego que no cesará jamás. La difusa línea que separa la fe del amor. Una cena inquietante. Caer al vacío en un fin de semana. Un cadáver de mujer en la playa. Descubrir el secreto de las noches. Noches perpetuas que no conceden ni el beneplácito de la duda.
Con su habitual maestría y su verbo lírico, Pascual García nos toca el alma con historias donde lo cotidiano adquiere tintes de mal sueño. Con personajes que configuran una maraña de soledades entremezcladas. Vidas fabricadas con restos de naufragio, condenadas al fracaso y al olvido. Vidas que podrían ser las nuestras.
Y una frase que se me ha quedado dentro:
"Amamos cuando nos duele lo que podríamos perder."
He intentado con esta obra agavillar un puñado de hojas sueltas que, de otro modo, tal vez con justicia, se perderían irremediablemente.
Eso dice Pascual García en "A modo de disculpa", introducción a El arte, las palabras y las horas, publicada por los servicios editoriales de la UMU allá por 2014, y a mí no me queda más remedio que, desde la humildad y la honestidad de un corazón lector, tacharle el "tal vez con justicia", porque hubiera sido, precisamente, una verdadera injusticia si no hubieran llegado a manos de los lectores que las disfrutamos y nos deleitamos con ellas.
El arte, las palabras y las horas es un magnífico compendio de críticas, artículos de catálogos, etc. que se fueron publicando a lo largo de tiempo (veinte años llevaba ya regalándole al mundo sus letras) y que se articulan en torno a tres conceptos, que dan título a la obra.
En primer lugar, disfrutamos en la obra de "El Arte", repleto de verbo exquisito para comentar pinturas y a sus autores murcianos. Ha sido una auténtica experiencia, muy agradable y muy recomendable, buscar en Google pinturas y autores, y después dejame guiar por la mano sabia de Pascual y descubrir, a través de sus ojos y su pluma sublime, las ventanas en las acuarelas de Pedro Serna, las joyas naturales de Pedro Cano, la búsqueda de la luz de Cánovas o los colores del tiempo de Ramón Gaya (podría citarlos a todos, tengo unos seis folios de notas, pero me temo que se iba a hacer demasiado largo).
Pasamos después a gozar de "Las Palabras", terreno que domina con indudable maestría, un verdadero e ilustrador obsequio donde el autor expone en una decena de textos la preciosa verdad de que es un hombre modelado a partir del barro de la literatura más hermosa. Puede el lector disfrutar en esta sección de un recorrido por la trayectoria poética de Eloy Sánchez Rosillo, de una disertación sobre la farsa amorosa en Don Quijote, de su experiencia con Cien años de soledad, de un análisis bello y didáctico de las obras de García Montalvo y de la Historia del Eremita (ay, Espinosa).
La tercera columna que sustenta este espléndido monumento es, pues, "Las Horas", donde se tiene la posibilidad de leer a un Pascual García más cercano, más humano y menos, quizá, erudito literario (no mejor, sino distinto) con reflexiones personales sobre elementos variopintos como la primavera ("la estación más cruel"), el adorado invierno de su tierra, sus años universitarios (pisé la misma facultad veinte años después que él, y en un idioma distinto, pero, básicamente, sus recuerdos y los míos no son muy diferentes) o un entretenido paseo por el vapuleo a la institución matrimonial según diversas y paradigmáticas obras literarias.
Un verdadero placer para los ojos lectores (me abstendré por el momento de repetir una vez más lo hermosa que me parece su forma de escribir) poder deleitarnos con un autor que huele "la provocación de los jazmines" y nos deja fragmentos como estos:
"Nosotros somos la primavera y el tiempo, las estaciones todas y la vida. El resto no son más que palabras sin sustancia."
Como ya he dicho alguna
alguna vez, nunca he sido lectora habitual de poesía (sigo
desconociendo el motivo). Podría decirse que casi me he estrenado en
disfrutarla con Pascual García, y es que no es para menos. Acabo
ahora Alimentos de la tierra (Huerga y Fierro Editores, 2008)
y, como ya me ha ocurrido anteriormente tras paladear los versos de
este autor, me quedo con la sensación de haber acariciado un
verdadero tesoro.
Alimentos de la tierra
consta de cuarenta y un poemas, divididos en dos bloques (La Tierra
Nos Pertenece y Sentados a la Mesa), nacidos de la memoria más
íntima del autor, de la que probablemente se nutren el hombre y el
poeta configurando en su conjunto a una persona que despierta sin
duda el interés y la admiración de aquellos que tienen la fortuna
de cruzarse en su camino. Si lo han leído con anterioridad, sabrán
(y si no, ya se lo digo yo) que el poeta nació y creció en tierras
agrestes y hermosas, rodeado de una familia que fue sinónimo de amor
incondicional y conectado de forma inevitable a la bendición y al
castigo de la vida rural. Los recuerdos de aquella vida en aquellos
tiempos son la materia prima preciosa con la que elabora estos
cuarenta y un poemas. Y qué manera de transmitirnos sus vivencias.
Pascual García recuerda con los cinco sentidos, revistiendo así
cada uno de los versos de una contundencia y una honestidad (yo la
percibo) impresionantes. Sus remembranzas adquieren la forma de
escenas sencillas repletas de una belleza inconmensurable: una
familia sentada alrededor de una mesa compartiendo los alimentos y el
amor de cada día, los ojos de un niño oteando el cielo límpido de
una mañana de invierno, el abuelo fumando junto a la chimenea. Los
hilos de su memoria vienen acompañados del sonido del viento frío y
el crepitar de la lumbre, y cargados de aromas, sabores y tactos
imposibles de olvidar. Sus letras huelen a olivo, a humo y a pan
recién hecho. Saben a leche caliente y a almendras dulces. Y tienen
el tacto de la tierra áspera, de los dedos rugosos de los héroes
del campo, del agua fresca de las acequias y de la suave piel de su
madre. Precisamente, los versos dedicados a esta última, abundantes
en todo el poemario, destilan ternura a raudales (“Antes de que
amanezca/ me llamará mi madre con su voz/ de ala y susurro”;
“Tengo el olor del pan y de sus manos/ como se tiene una reliquia
sacra”). Dulzura infinita y sobrecogedora también en los poemas
dedicados a la esposa y a los hijos (“y oigo sus palabras aleves,
besos/ inesperados y nos crece el mundo/ en las manos y en los
ojos...”, dice refiriéndose a su hija en el poema “Como la
tierra”). Además, sus referencias al deseo carnal y a los
encuentros sexuales son particularmente deliciosas (“Podrías haber
sido otra, cualquiera/ una mujer hermosa y diferente,/ desnuda en un
cuarto extraño, esperando/ a que llegue el turno de mis manos/ y
ejerzan su honda labor de caricias,/ inéditos el vientre y los dos
pechos,/ e inmarcesibles los muslos...”).
Belleza, sencillez y verdad
conjugadas de forma sublime para dejarnos versos tan hermosos como
estos:
“Sentados a la mesa nos
queremos,/ el pan caliente, el humo de la sopa,/ y a veces llueve en
las ventanas frías.”
“Éramos la piedra, el
frío, la tarde,/ y vivíamos en la calle solos/ como animales sin
dueño, puros/ y echados en el barro de las sombras.”
“... y está el amor
también bajo la mesa,/ entre tus muslos y mis manos, cerca/ de la
verdad.”
Una comienza a leer el
poemario y se da de bruces con una cita de Antonio Muñoz Molina que
el autor escoge, con mucho acierto, para dejar entrever a los ojos
lectores cuál va a ser, a grandes rasgos, el menú del banquete
literario que está a punto de degustar: “Escribir y recordar son
actos de pura rebelión contra el tiempo.” Indefectiblemente, se ha
de concluir que Muñoz Molina tiene razón, pero solo en parte.
Cierto es que la memoria es la diosa que insufla el hálito de vida a
cada uno de los versos del poemario. Asimismo, estaremos de acuerdo
en que recordar es la única arma de la que disponemos para luchar
contra ese tiempo que se nos escapa entre los dedos sin el más
mínimo asomo de piedad. Pero escribir es una cosa, y lo que hace
Pascual García, otra muy distinta. Porque estoy absolutamente
convencida de él no escribió estos versos, sino que, de algún modo
incomprensible para nosotros, la poesía que lleva dentro transformó
su alma en letras y, engarzándolas con mimo, nos dejó a los
lectores esta joya para disfrutarla con el mayor de los deleites.
Pero la vida, esa hecatombe
cotidiana e imparable, ha terminado pasándonos por encima de un modo
despiadado.
En esa frase se podrían muy bien
resumir las idas y venidas, las cuitas y los llantos de los
individuos que habitan las páginas de Hablar durante las comidas
(Aguaclara Libros, 2014), conjunto de cuarenta y un relatos que, en
mi modesta opinión, sitúan a Pascual García como uno de los
mejores escritores y narradores que ha dado nuestra tierra.
Volvemos a encontrarnos en esta obra
con los ya conocidísimos paisajes, íntimos y melancólicos, de Los
Olmos y Puerto Errado como telones de fondo contra los que se
recortan la mayoría de historias, como escenarios propensos a la
aparición de figuras solitarias, desvalidas, destempladas y
desasidas de cualquier atisbo de plenitud o equilibrio emocional.
Terrenos hoscos y agrestes que cobijan almas a las que les falta un
pedazo, curtidas en vientos fríos o soles de justicia.
Cuarenta y un relatos breves, pero no
por ello simples o menos intensos, cuya materia prima principal es la
vida, la humanidad y la cotidianeidad, y, por ende, el amplio abanico
de situaciones, sopresas, misterios, emociones y laberintos que de
las anteriores se desprenden. Ciento sesenta y tres páginas donde el
autor demuestra una vez más su extraordinaria habilidad para
adentrarse en sus personajes y mostrarnos sus resquicios, perfilando
con delicadeza y con extrema pericia su geografía íntima de
sombras, pesares y anhelos. Personajes que caminan por sendas que no
llevan lugar alguno excepto al callejón sin salida de la tristeza
más honda. Hombres y mujeres que duermen, trabajan o leen para
ocultarse del mundo. Amores inéditos, perdidos o presos en brazos
otros; amores que nunca se podrán rozar con la yema de los dedos.
Gente corriente cuyo único refugio es la resignación, la aceptación
de la nada y el dolor cotidianos. Miedos. Heridas. Pozos de
melancolía. La muerte como parte de la vida. Y una nota de ternura
que asoma de vez en cuando en la melodía de miseria y pesadumbre que
empapa del primero al último de los cuentos. Excelente también la
forma en que Pascual García lleva al lector de la mano hacia finales
en su mayoría intuidos pero generadores de desazón y algo similar a
la inquietud. Dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno, y el
dicho se ejemplifica a la perfección en el relato titulado “El
hijo pródigo” donde, con solo una línea, el autor transmite todo
un universo de desasosiego.
Y, para finalizar, como suele ser mi
costumbre, les dejo algunas joyas que me ha regalado la lectura de la
obra:
“La esperanza es la bandera de los
que no poseen nada, y yo me hallaba a la intemperie.” (p. 41)
“Les temíamos a las palabras, sin
duda, porque, en ocasiones, también nombraban la verdad.” (p. 46)
“Nadie alberga más esperanza que el
que ama y no sabe el motivo...” (p. 53)
“... y huye la noche en dirección a
la tristeza, como ya nos tiene acostumbrados.” (p. 72)
“Vivimos en mundos paralelos y
estamos condenados a no encontrarnos jamás.” (p. 93)
“... y callábamos consintiendo noche
tras noche la atroz monotonía de la penumbra.” (p. 96)
“... y a la mujer la sorprendió el
alba llorando con el desconsuelo de quien no entiende un sentimiento
tan elemental como el desprecio o la indiferencia.” (p. 158)
Insisto, cuarenta y un cuentos breves
pero intensos, escritos con maestría y narrados con la solvencia del
que sabe lo que hace.
...ella no bajará, está con Pedro en dormitorio y me ha dicho que la olvides, que las cosas nunca serán como han sido hasta ahora...
Con esas palabras se inaugura el quebranto de una vida. Con esas pocas frases y el trasiego de los días iguales se transforma un hombre en una "bestia humana" de sufrimiento perpetuo y mezquindad patológica. Así se nos define al nonagenario protagonista de Monólogo del que le reza a la muerte, como a un ser que vive recluido en su guarida de soledad autoimpuesta, de dolor añejo que se renueva siempre al alba y al ocaso, de defensa contra aquellos que, según dictamina su paranoia, le desean la muerte. Un anciano que en otra vida fue un muchacho al que su primer amor cambió por la estabilidad del porvenir junto al dinero y al poder. Un rechazo que cercenó cualquier posibilidad de amor, de luz o de calidez, que desterró toda fibra de humanidad al período anterior al cataclismo y condenó a todo aquel que llegó posteriormente a su vida, esposa e hijos sobre todo, al desprecio, al insulto, a la vejación perenne e infinita de una mente alcoholizada y quebrada por la frustración de lo que no pudo ser. Monólogo del que le reza a la muerte es el soliloquio en bucle de esa alma torturada mientras le reza a la muerte verdadera (personificada al final en el recuerdo de su amada) para que lo redima de la sordidez y la iniquidad del mundo y de los que le rodean.
Pascual García sorprende en esta obra utilizando una construcción gramatical que contribuye en gran medida a la atmósfera opresiva, asfixiante, repetitiva e incluso fastidiosa del monólogo interior del anciano: ni un punto y aparte en las 187 páginas de la novela, escasísimos puntos y seguidos, y una profusión de comas que, al menos, permiten al lector ir respirando de vez en cuando, y confieren al relato el soniquete de una letanía donde prima la voz que desgrana su desgracia en primera persona sobre la de un narrador omnisciente que aparece de manera inopinada, contribuyendo a la sensación de desasosiego que permea la mente lectora. Una obra donde apenas hay nombres: Pedro (el sujeto cuyo dinero le hurtó a su amor) es mencionado una vez; Sara, la persona que cuida al anciano en su residencia de Los Olmos (mundo exterior hosco, frío y agreste que concuerda a la perfección con el mundo interior del anciano sin nombre) y mano ejecutora de la venganza de los otros en los delirios de su imaginación perturbada; y Dolores, qué nombre tan adecuado para la esposa que no recibió más que desprecio, insultos y golpes. Los demás nombres son irrelevantes, solo importa el dolor y el alivio futuro que traerá la diosa eterna a la que reza sin cesar. Prosa densa, intensa y con momentos líricos sublimes. Otro ejemplo más de la altura literaria de Pascual García.
La RAE define el desamor
como una falta de amor o de amistad, o como una falta del sentimiento
y afecto que inspiran por lo general ciertas cosas. Sin embargo,
estas definiciones me parecen insuficientes ante uno de los
sentimientos más humanos y más dramáticos, existencialmente
hablando, que pueden experimentarse, bien porque el amor se ha
acabado, bien porque nunca empezará y solo pertenece al territorio
de los sueños.
Pascual García dibuja muy
bien los contornos de esa aflicción en las cincuenta y dos
composiciones que integran Poemas del desamor verdadero,
poemario publicado en el año 2019 y ganador del XV Premio de Poesía
Dionisia García. Trazos finos y precisos esbozados por una pluma
solvente y cargada de una sabiduría que solo puede derivar, a mi
juicio, de un conocimiento profundo y certero de los escenarios
emocionales que con tanta maestría plasma el autor sobre el papel.
Tres son los tiempos que se
conjugan en los versos de Pascual García en torno a la sombra del
desamor. En primer lugar, el pasado remoto de la juventud, el que se
inaugura lleno de luz con los amantes “cogidos de la mano,
juntos/por las calles sencillas de una ciudad pequeña” mientras
gozan de “el purísimo amor de dos criaturas/que creían aún en
las palabras”, un ayer de noches interminables, sábanas y pieles
incendiadas de deseo, besos de miel y sueños de futuro azucarado.
Días pretéritos que se esfumaron “porque los años ganaron la
batalla triste de la pasión y del deseo nuevo” hasta alcanzar un
pasado más reciente, más cercano, donde solo quedaron las cenizas
de aquel amor, y la miel, los sueños y el deseo se tornaron “ruina,
niebla y despojos”, convirtiendo el dulce lecho de sexos ardientes
e inquietos en “la cama amplia e inhóspita de las noches
unánimes”. Soledad, vacío, escarcha y silencios separaron manos,
ojos y fuegos dejando dos almas a la deriva de la costumbre, dos
glaciares inmunes a las caricias, a la ilusión y a la llamada del
placer carnal. Ambos pasados, el dulce y el amargo, se entrelazan en
el tercer tiempo, el presente desgarrado desde el que el poeta
derrama sus lágrimas de tinta, debatiéndose entre gozar de la
caricia de “las manos cálidas y tristes de la memoria” o escapar
del “lodazal del tiempo perdido”. Perdido en el laberinto de los
recuerdos y los anhelos.
Pascual García vuelve a
hilvanar en este poemario imágenes sencillas pero de alta potencia
que conectan con la mente del lector de manera casi instantánea
(¿quién podría no identificarse con ellas en presente o en
pasado?), apoyadas por iteraciones léxicas que refuerzan el tempus
fugit (“un día y otro día y otro día”, “huían los años
y la esperanza”) y embellecen el cajón semántico de la tristeza.
Y nos regala versos de una dureza demoledora, versos que escuecen
como vinagre sobre una herida recién abierta.
“¿qué fue del amor que
nunca se hizo,
dónde está la carne que no
tocamos
y aquellos besos que el
amanecer olvidaba?” (p. 89)
“Se nos fueron las noches
para siempre” (p. 21)
“Yo no fui otra cosa,
amor, más que tú
y anduve con tu nombre entre
mis labios
mientras amanecía...” (p.
23)
“Fuimos naufragio desde el
primer día” (p. 41)
Y muchos otros que leería y
leería por el placer macabro que produce el dolor. Porque el desamor
es también ese viento frío que se cuela por las rendijas del
corazón cuando no hay manera de cerrar la puerta, “por más que
nosotros nos empeñemos en un olvido imposible”.
Irene era, en todo caso, el exceso
que no creyó merecer nunca, y Onofre era casi el hombre que Irene no
hubiese acertado a encontrar ella sola en otros años y en otra
tierra. Y ninguno era lo que hubiese querido ser para el otro.
El fragmento anterior, extraído de la
página 41 de la obra que nos ocupa, es uno de los que quizá mejor
representa el gris deslavazado de la historia de los dos personajes
principales de El orden de la vida, de Pascual García,
publicada en 2018 bajo el sello de Malbec. Onofre, un muchacho
apocado, gordo, manso, a quien la vida ha sonreído en bien pocas
ocasiones, decide cambiar el entorno agreste y serrano de Los Olmos
(paisaje literario al que ya nos tiene habituados Pascual García)
por la atmósfera pesada, monótona y asfixiante de Las Arenas, donde
lo único que brilla es el reflejo del sol sobre el plástico de los
invernaderos acompañado por el fétido aroma de la fruta y verdura
en descomposición, con el objetivo de ganar algo de dinero y, si es
posible, conseguir una mujer, para regresar triunfante y ufano a las
calles que lo vieron crecer y ya lo despreciaron cuando apenas
levantaba unos pocos palmos del suelo. En el almacén donde lo
emplean ve por primera vez a Irene, otra alma truncada y resabiada
con la vida. Inmediatamente, la mujer se convierte para Onofre en “la
sombra de un milagro con el que solo se permitía soñar unos minutos
antes de entrar en el otro sueño, el de su cuerpo descansando del
día y del trabajo” (p. 28). Por ella, Onofre accede a romper las
hasta entonces sagradas barreras de lo lícito y acepta transportes
esporádicos de mercancías ilegales que le reportarán cuantiosos
beneficios monetarios con los que seguir construyendo sus castillos
en el aire. Y el sueño de Irene, contra todo pronóstico, desemboca
en una historia de (des)amor (por llamarlo de algún modo) en la que
ambos personajes compartirán un sinsabor tras otro, degustarán
hieles en lugar de pieles, se irán hundiendo cada vez más en el
lodo de su anodina existencia, e incluso tendrán una hija que se
convertirá en el pilar fundamental de la vida de Onofre y que
acabará por distanciar aún más a la pareja. Hasta que un día,
asediado por el hastío, el infortunio, el vacío y la posibilidad de
volver a Los Olmos con el rabo entre las piernas, Onofre decide que
la única solución viable es apretar, con el dedo gordo del pie, el
gatillo de su propia escopeta, y acabar por fin con todo.
Así, con la muerte como dueña y
señora del páramo gris de la existencia, como anestesia contra el
dolor para unos y sorbo de acíbar para otros, inicia Pascual García
El orden de la vida, una polifonía perfectamente orquestada
por la pluma del autor. Por un lado, la voz del narrador nos desgrana
una trama turbia de nadas, de nadies, de ceros a la izquierda que
acaban pagando el precio de sus decisiones erróneas. Por otro, la
voz interior de los personajes, señalada en cursiva, que aporta una
profundización psicológica en los caracteres que densifica,
tensiona o dramatiza aun más si cabe el trenzado argumental. Y, como
colofón, el lamento de Antonia, la madre, en soliloquio, las notas
amargas de un corazón que sigue latiendo a pesar de que se le ha
muerto el alma.
El orden de la vida vuelto del revés
al ritmo de la prolepsis gris ceniza y la analepsis expiatoria
(Pascual García nos hace viajar constantemente entre el presente, el
pasado y el futuro del pasado dotando al relato de una intensidad
tremenda) y bordado por una impresionante riqueza léxica que es ya
marca identificativa de las letras del autor. Y un lenguaje
profundamente lírico que señala sin duda su vocación de poeta.
Volvemos, con estos versos, al terreno
de la poesía de Pascual García, terreno donde fulge de manera
excepcional un autor sensible y, a mis ojos, honesto cuando se trata
de emociones y sentimientos. Aniversario en París, la obra
que nos ocupa, se compone de veintiocho poemas, que podrían leerse
como uno solo pero también ser apreciados en su compleja
individualidad, y nos lleva de la mano, junto al poeta y su esposa, a
un viaje de aniversario a la ciudad de la luz y el amor por
antonomasia. Asistimos junto a ellos a un reencuentro que es al mismo
tiempo una despedida, a los últimos instantes de un amor que se fue
diluyendo en los días, en los años, en la costumbre. A un
armisticio que las agujas del reloj transformarán en clausura, como
parece anunciar el poeta al encabezar el poemario con la DESPEDIDA y
usando el ENCUENTRO como cierre.
“Este es un viaje
para rescatarnos
de todos los días
en que no fuimos” (p. 23)
“Este es el viaje
que nos consolará de todo,
el viaje del amor y
de los besos
que no dimos, que se
esfumaron raudos” (p.31)
“París nos ha
ofrecido un armisticio
y hemos hecho las
paces” (p.45)
París se convierte
así, en el universo del poeta y de su amada, en un lugar que solo
será suyo unos pocos días, un lugar donde no tendrán cabida el
hastío, la indiferencia, el deterioro, la erosión o el desamor. En
aquella ciudad mágica únicamente existen la felicidad, la
hermosura, las almas enamoradas de los primeros momentos. Pero entre
sus grandes avenidas, los museos, el champán, la lluvia, los besos y
el sexo dulce asomarán indicios claros del irreversible fin:
“Debo decirte que
eras muy hermosa
y que yo estaba muy
enamorado.” (p.55)
Hasta llegar a la
última línea del último poema, el doloroso y “último abrazo de
despedida”.
Veintiocho poemas
intimísimos, impregnados de una sensibilidad sobrecogedora, que se
adentran en el territorio de los sentimientos y las emociones de
forma profunda y conmovedora, a través de la maraña de sensaciones,
dudas, recuerdos, sufrimientos y deseos expresados por la voz del
poeta que provocan sin duda la empatía del lector. Incluso la
descripción de los paisajes y el clima, como viene siendo típico en
las obras de Pascual, contribuyen a esa atmósfera ambigua, de notas
agridulces, que configura el tono predominante del poemario. Versos
cuidados, lenguaje nítido pero imágenes y metáforas extremadamente
sugerentes para dibujar la cualidad destructora del discurrir del
tiempo y el deseo de detener su avance, la lluvia y las lágrimas en
silencio por los sueños que no llegaron a ser, el anhelo de pieles
en fugaz reencuentro.
Ay, el amor, ese
sentimiento hermoso y terrible que provoca que el suelo tiemble bajo
tus pies, esa criatura salvaje y caprichosa a la que todas las
voluntades le son ajenas, capaz de elevarte hasta el más azul de los
cielos o hacerte descender al más oscuro de los infiernos. Qué
triste cuando se apaga o pierde la purpurina...
Me pregunto qué te ha hecho más
daño, si la venganza o el amor.
Habiendo acabado de leer Nunca
olvidaré tu nombre, me queda más claro todavía (si es que era
posible albergar algún tipo de duda) que Pascual García es un
escritor enorme dotado de una pluma increíblemente versátil, que lo
mismo nos deleita con sus versos exquisitos, nos ilumina con su
ensayo certero o nos deja perplejos con sus relatos. Ahora, por fin,
lo conozco en su faceta de novelista y, como siempre me ocurre con
él, me queda el poso de una lectura de calidad, completa en todos y
cada uno de sus sentidos y que supera con creces mis ya buenas
expectativas.
En Nunca olvidaré tu nombre, el
lector se encuentra con Aníbal Salinas (que ya debería conocer si
ha leído Solo guerras perdidas... pero ay, impaciencia la mía
que no he podido esperar a leerlas en orden cronológico), un hombre,
un anciano que, a las puertas de la muerte, regresa a Los Olmos, la
tierra que le vio nacer, impulsado por dos razones idénticamente
tristes e idénticamente desgarradoras. “Había regresado a Los
Olmos para ejecutar una venganza y dar término a una antigua y
dolorosa historia de amor”. Así de rotundamente nos lo enuncia el
narrador en la página 19 de la obra. Vengarse de la persona cuya
orden puso fin a la vida de su padre, a pesar de todos los intentos
de Aníbal por salvarlo, y cerrar el capítulo de su relación con
Elvira, que había quedado en suspenso cuarenta años atrás, al
alistarse Aníbal en el bando sublevado cuando estalló la Guerra
Civil. Elvira, su amante, una mujer que, por no ser de Aníbal,
decidió no ser de nadie más. La que no dejó de esperarlo ni un
solo día durante los primeros diez años, la que se convirtió en su
viuda sin realmente serlo ni merecerlo. La que, incluso cuarenta años
después, provoca en Aníbal ternura y desolación a partes iguales:
“Es hermosa como la sensación de haber tocado un sueño con los
dedos.” (p. 131). Ambos personajes se convierten, pues, en
perfectos símbolos de la funesta época que les había tocado vivir,
de las vivencias nefastas que sufrieron en sus carnes todos aquellos
que se vieron inmersos en el horror de aquella guerra fratricida.
Bendecidos y malditos con un amor que fue al tiempo hermosura y
veneno. Impasibles, hastiados, resignados a ellos mismos y a sus
circunstancias, a la decrepitud, al tiempo y a las ilusiones
perdidas, a la cercanía de la muerte, al vacío de los días, pero
capaces aún de emocionarse con el color de unos ojos, con la
intensidad de una mirada, con el roce de una piel erosionada por las
caricias que no fueron y ya nunca serán. Pascual García embarca a
estos personajes en un continuo y melancólico vaivén entre el
presente y el pasado lleno de contrastes, de matices y, sobre todo,
de un desgarro doloroso, presididos ambos tiempos por una soledad
inequívoca, honda y lacerante. “No es que esté solo, es que he
nacido para estar solo como si se me hubiera condenado desde el
vientre de mi madre.” (p.145)
El autor vuelve a situarnos en un
entorno rural, agreste como es Los Olmos (que ya hemos visitado
anteriormente en alguno de sus relatos), por lo que la naturaleza
tiene presencia propia en la obra: los paisajes de la sierra, el
viento arisco que arrastra el aroma del pino y la aliaga, la tierra
dura y hosca donde se marchitan los sueños. La historia que cuenta
nos llega en dos formas: por un lado mediante la voz del narrador y,
por otro, mediante los pensamientos de los personajes, señalados en
cursiva a modo de voz en off, lo que dota a la novela de una
profundidad y una complejidad que le confieren un atractivo singular.
Si añadimos, además, la riqueza de un lenguaje que sugiere tanto
como afirma, el resultado no puede ser distinto a excepcional, a lo
que ya deberíamos estar acostumbrados cuando de trata de Pascual
García. Pero qué bonito es no sentir el peso de la costumbre y
seguir abriendo mucho los ojos al leerlo.
Y, para despedirme, un fragmento que se
me ha grabado a fuego, un fragmento que refleja a la perfección la
tristeza de los amores que se quedan en palabras:
“Palabras sucias y palabras dulces y
palabras de fuego. Voy a tener que recordarlas todas y repetirlas
como una oración.” (p. 117)
Aunque, en el improbable caso de que fuese posible, lo más sensato hubiera sido olvidarlas.
Esas son las primeras líneas de Trabajar con las Manos, poema que, de no ser por la consonante
final, daría título a la obra de Pascual García que acabo de terminar. Trabajan con las manos, un hermoso
poemario cuyos protagonistas indiscutibles son aquellos que viven, sufren, adoran
y trabajan la tierra en busca de sustento, de fe inquebrantable y de armonía
con el mundo. Treinta y tres elegantes composiciones que se agrupan en cinco
grupos, cada uno de ellos auspiciado por uno de los cinco elementos que
bautizan los poemas que inauguran cada una de las secciones: la tierra, que es “fe en la vida y en la
sangre y es credo para toda la familia”; el fuego, “que era el espíritu de la cocina todo el invierno hasta la
primavera, toda la noche hasta la luz del día”; el aire puro que acaricia “la memoria de una infancia dulce”; el agua, “la sangre que solivianta los
campos de cereales”; y la luz, que
interrumpe el sueño de los hombres y dispersa las tinieblas inaugurando un
nuevo día.
En Trabajan con las
manos, Pascual García vuelve a deleitarnos con sus recuerdos de infancia,
conectados a la tierra que le vio nacer y crecer y a las personas cuya huella
de amor resta indeleble en sus adentros y en los trazos de su prolífica y regia
pluma. Son sus versos un himno al aroma de la tierra y sus frutos, a la
familia, al amor y a la vida sencillos y sin imposturas, un canto alejado de
notas bucólicas e idealistas, una melodía agridulce que surge de las entrañas de
la “puerca tierra”, amada y maldita a un tiempo, la que obliga a “sudar como
esclavos del sol y de la lluvia”, la que hombres y mujeres “labran juntos y
aman juntos con idéntico desprecio” y de la que obtienen difícil recompensa.
Hombres y mujeres condenados, desheredados, sin más dios que el fruto de sus
fatigas y de sus anhelos. Manos que con esfuerzo cuidan el mundo y, callosas y sumisas,
acarician pieles sobre las que, inexorable, discurre el tiempo vaciándolas de
vida y de sueños y acercándolas a los negros parajes donde únicamente se salva
la memoria.
Un poemario donde el autor, con sus manos y su incuestionable
habilidad para moldear climas, paisajes y temperaturas a través de la palabra, nos
emociona con escenas sobrias, preñadas de una belleza serena y sencilla. Una
obra donde Pascual García comparte con el lector una de sus más preciosas
pertenencias, la memoria.
Sucede que, en ocasiones, la vida nos
obsequia con guiños amables tales como el aroma de un café recién
hecho, un arcoiris después de la tormenta, un abrazo de primavera
que rompe el gris del invierno, o la posibilidad de llenarse los ojos
con las letras de nuestro Pascual García. El momento justo anterior
a sentarse con una de sus obras entre las manos supone una brisa de
expectativa gozosa que jamás se ve defraudada y un manantial de
sosiego en medio del inestable mar de turbulencias que acompaña a
esta lectora estos días.
En El lugar de la escritura
vuelvo a leerlo tal y como lo conocí, escribiendo, certero y
generoso, sobre las obras de otros autores a los que tiene en gran
consideración. Autores y obras de acá, de allá o de más allá
todavía que, por un motivo o por otro, han conquistado los ojos y el
alma de un lector voraz, experimentado, detallista como pocos y dueño
de una exquisita sensibilidad literaria que impregna cada uno de sus
comentarios. Dice de él Rubén Castillo (otro de los moradores del
Olimpo, cuya sapiencia literaria y su extrema generosidad a la hora
de compartirla con los demás en su blog y en sus redes me siguen
maravillando día tras día) en la presentación de la obra: “Dicen
los papeles que Pascual García es profesor de literatura, y es una
gran verdad; pero no porque enseñe esa materia (lo cual hacen
muchos, entre la modorra y el funcionariado), sino porque la profesa,
porque la vive como una religión, como un bálsamo, como un
arbotante para el alma. De ahí que pertenezca a la estirpe, gozosa y
reducidísima, de quienes abren, atesoran y beben los libros con
unción.” Y no podría ser más cierto. Pascual García es, sin
lugar a dudas, en el lugar donde anidan la escritura y la lectura más
vocacionales, una figura regia que ilumina y enriquece nuestros
conocimientos (pequeñitos en mi caso) en relación a las obras de
Miguel Espinosa, de su venerado Pedro García Montalvo, de José Luis
Castillo-Puche, Rubén Castillo (no diré nada de los comentarios de
Pascual acerca de una de mis obras preferidas para que no me otorguen
el puesto de honor en el podium de los cansinos), sobre los Coños
de Juan Manuel de Prada, la excelencia de Muñoz Molina, Delibes y
otros tantos autores a los que comenta con sabiduría, con aplomo,
con agradecimiento y admiración encomiables, como si los contemplase
con los ojos de un niño que experimenta por vez primera la belleza
de una puesta de sol o una inopinada lluvia de estrellas.
Además de brillante escritor y
apasionado y generoso lector, resulta tremendamente didáctico y
esclarecedor (ay, las haches de Cortázar, cuántos quebraderos de
cabeza me habrán procurado). Resumiendo, Pascual García es todo un
diamante (y no precisamente en bruto) de incalculable valor. Vuelve a
aumentar la lista de mis lecturas pendientes (incluyendo relecturas)
para poder disfrutarlas con la nueva luz que me ha regalado él.
Confieso no ser lectora
habitual de poesía (desconozco el motivo), aunque últimamente lo
cierto es que algunos versos me atraen bastante. Será que estoy
cambiando, o será que algunos autores son atractivos escriban lo que
escriban. Este es uno de esos casos y, ya puestos a confesar, diré
que lo he leído dos veces en su totalidad, y más de diez veces
algunos versos que aún recuerdo mientras escribo estas líneas.
“...Son ceniza y veneno.
Presumen el error
de otro aroma imposible...”
(p. 21)
Fábula del tiempo,
así se titula el primer y delicioso libro de poemas de Pascual
García, publicado en 1999 por el Servicio de Publicaciones de la
Universidad de Murcia.
En “El fracaso de la
oscuridad”, breve pero bellísima introducción al poemario, se nos
presenta a un escritor, “junto a la ventana por donde entra la
última luz del Invierno” (p. 11; muy apropiado su invierno con
mayúscula), inmerso en la tarea de plasmar sobre el papel “la
fábula de un tiempo breve como la vida” (p. 11).
Es, pues, esta obra un
precioso bordado donde priman los hilos ocres de la memoria junto al
blanco invernal de los paisajes de una tierra sufrida, amada y
añorada. Un tapiz de primera calidad donde se entretejen los
recuerdos de infancia, los amores de ayer, la melancolía, la certeza
de que “nada queda de los días salvo el miedo” (p. 34) y el
aroma de los pinos, la nieve y el cierzo de los parajes gélidos de
su niñez y su juventud. Versos colmados de belleza y emotividad,
especialmente los vinculados al amor del autor por sus padres y por
la tierra que le vio nacer, cuya profundidad queda palpablemente
manifiesta en el poema “Volver” (p. 35-37), el más largo del
poemario, donde fulgen con un brillo particular, a mis ojos, estas
líneas:
“Es tarde en la cocina. El
viento muerde
en las ventanas y arden los
troncos
que mi padre ha cortado con
paciencia.
Viene su voz de lejos y
huele a fruta
y almendras...”
“... como si el nuevo aire
del invierno
acercara las palabras
antiguas
y sus labios repitieran
fugaces
los menudos deseos
incumplidos,
pero también la dicha de
tener
tan cerca al niño que
criaron, al hombre
que los mira con ternura y
respeto.”
“Con doloroso afán
tocan mis pies la tierra que
he perdido.”
Un gozo para los ojos
lectores, como todo lo que hasta ahora he leído de Pascual García.
Nada mejor que la fantasía del ser humano para edificar siniestras mazmorras y castigos sin nombre. El vaticinio de lo infausto es anterior a la tragedia, pero es, por desgracia, más real.
Leo la última línea de esta obra con la profunda certeza de haber disfrutado, y mucho, de algo enorme. Todos los días amor, una colección de nueve relatos que constituyen, sin duda, otra prueba más de la altura literaria en la que se sitúa la mente creadora que los pergeñó y la pluma que los hizo ver la luz.
Un matrimonio que goza de la comodidad de un amor perfecto hasta que la chispa en los ojos de la esposa se torna velo melancólico. Otra pareja que disfruta de unas vacaciones rodeados de naturaleza hasta que unos pasos, unos gruñidos, unas sombras, emergen de algún lugar en la noche coincidiendo con la salida de la luna. Una mente hastiada que narra la historia de un pasado oscuro en compañía del frío y del silencio que obsequia la muerte mientras los pies que la transportan caminan exánimes hacia la antesala prometida a la que no se arriba jamás. El susurro en sepia de unos antiguos inquilinos que acabará gobernado las noches y los días de los nuevos propietarios de una casa. Una carta anónima de confesión que cumple el último deseo de un condenado a muerte. Un ángel de amor de corta edad y su Ángel Custodio que despierta entre sangre tras la última noche que pasa junto a ella. Un viaje cuyo final se desconoce pero se ansía, alentado por el odio, la rabia y un amor que perdura más allá de todo pronóstico. Una vida convertida en un continuo de desgracias al bajar una escalera y pisar sin querer la cola de un gato que dormita tranquilamente en uno de los rellanos. Dos hombres y dos mujeres embarcados en una excursión a un lugar recóndito que se enfrentan a un desolador destino muy distinto al esperado.
Nueve cuentos donde el autor disecciona con extremada pericia el miedo, la decepción, el desvalimiento y la orfandad de protección que sufren sus personajes frente a los caprichos el inmanejable azar. Nueve relatos cuyos verdaderos protagonistas son el amor, la muerte, o ambos unidos de la mano, tocados con un velo de enigma, de misterio, que cautiva a los ojos lectores prácticamente desde el primer párrafo. Vástagos de un narrador excepcional que domina a su antojo las posibilidades del lenguaje, dotándolo de una sensacional fuerza expresiva que impregna cada una de las páginas. Y el frío, tan presente y tan bien plasmado en la atmósfera narrativa.
Y acabo, como casi siempre, dejándoles algunos de los fragmentos que, por un motivo o por otro (cosas del alma en su mayoría) me han dejado una huella más profunda:
"Bajo sus pies temblaba el universo y los días agonizaban efímeros." (Todos los días amor, pág. 14)
"Sus habitantes habían dejado en el aire la vida finísima que respiramos en los sueños." (Compraventa, pág. 49)
"Las palabras de la verdad contienen a veces una ponzoña de fatales consecuencias." (Toda la verdad, pág. 67)
"... ya ve usted que las cosas no siempre salen como debieran, que algo se tuerce en nuestro camino y nos queda solo la amargura para después, para los días en que el recuerdo trae su imagen de nuevo..." (Dolly, pág. 73)
"La memoria es el único equipaje que nos queda." (El viaje concluido, pág. 94)