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domingo, 1 de octubre de 2023

Espinosa Pardo. Historia de un confidente, de Paco López Mengual


..la Transición es una foto feliz de un proceso modélico con el que España asombró al mundo, pasando de manera ejemplar de una dictadura a una democracia. Pero los protagonistas que posan felices en ese retrato triunfal ocultan tras ellos, e impiden que se puedan ver, sucios episodios librados en ciénagas y cloacas, de los que se sirvieron para dulcificar la historia de este país.


La sombra de la Transición Española es alargada. Sus raíces se hunden hasta principio de los años 70, cuando las élites dominantes que comían de la mano del Generalísimo pergeñarían pactos y negociaciones que no resultasen en ruptura real y revolucionaria con el marco legal de la dictadura. Por eso se llama "transición" y no "ruptura". No creerían ustedes que iban el Dios Tritón y sus secuaces a dejar los peces en manos de los pescadores, ¿verdad? Los años posteriores al fallecimiento de Franco se pintaron de una preciosa "democratización" que en realidad amagaba el escudo de impunidad tras el que se refugiaron policías y militares del régimen mientras aseguraban las redes de poder que se perpetuarían en la clandestinidad en los años democráticos venideros. ¿Les suena el nombre de Villarejo, verdad? Sí, una de las figuras de más peso en las cloacas del Estado. Conocemos solo unos pocos nombres, pero me da a mí en la nariz que no son más que la punta de un iceberg de agua turbia. ¿Cuántas ratas pulularon por aquellas cloacas? ¿Cuántas pululan por las actuales, herencia de aquellas?


Andaba el escritor Paco López Mengual escribiendo una novela ambientada en la Transición, Ejecutar a Otto Maier, cuando dos de sus personajes alzaron la voz y, junto a una esquela mortuoria publicada en prensa, resucitaron en él una antigua obsesión nacida en sus años de mozo revolucionario inconformista. Así empezó, casi sin quererlo, a escribir en su mente la obra que acabo de terminar: Espinosa Pardo. Historia de un confidente (La Fea Burguesía, 2022). Nos descubre López Mengual en esta obra la brumosa figura de José Luis Espinosa Pardo, nacido en San Javier, Murcia, en 1926, y fallecido (después de innumerables peripecias) en Murcia capital en 2016. Hijo de exiliados forzosos de la dictadura, su familia se estableció en Argel tras años de estar separados. Allí comenzó a trabajar de carpintero, oficio que ya traía aprendido de Murcia, y a desarrollar fuertes simpatías hacia el movimiento independentista argelino que pugnaba por deshacerse de las cadenas impuestas por la todopoderosa Francia. Tanto simpatizó que llegó a ser uno de sus activos más valiosos. Su nombre se relaciona con el indepententismo canario, con más grupos terroristas, como el FRAP o los GRAPO, pero también con posiciones de relevancia dentro de organizaciones como el PSOE o la UGT, con los servicios de inteligencia españoles y con la Brigada Político Social. Carpintero, terrorista, espía, traidor, traicionado. Espinosa fue un verdadero camaleón trotamundos cuya única lealtad radicaba en seguir vivo. Explosivos, pistolas, maletines cargados de dinero, atracos a entidades bancarias y abrazos de prohombres fueron algunas de las cartas con las que le ganaba continuamente la partida al destino. Hasta el punto de inflexión que cambiaría su suerte: el asesinato frustrado del líder independentista canario Antonio Cubillo a principios de abril del 78. Su nombre salió a la luz junto al apelativo de topo, espía, confidente. Años después moriría en la miseria, solo, como en realidad siempre había vivido. Paco López Mengual apuesta por la no-ficción y nos muestra en esta novela testimonial que, por mucho que traten de camuflar el hedor con perfumes dulces, las cloacas del Estado siempre apestan.


En esta obra, podemos encontrar a Paco López Mengual como escritor, pero también como personaje. Nos narra la historia y, en capítulos alternos, el backstage de la misma. Se convierte en arquitecto, aparejador y maestro albañil de su propia trama, mostrándole al lector el proceso de investigación, sus elucubraciones, sus dudas. Su materia prima, testimonios de otros personajes (periodistas, políticos) que conocieron de primera mano a Espinosa Pardo hasta que ¡bum!, uno de ellos le informa de que su objeto de investigación continúa respirando a menos de 15 minutos de su casa. Con una tenacidad y una osadía envidiables, el mercero escritor localiza a Espinosa y mantiene con él varias charlas que arrojarán luz (y puede que algo de sombra) a todo lo que se ha dicho y escrito sobre el camaleón Espinosa. Lectura muy recomendable.


viernes, 4 de noviembre de 2022

A la intemperie, de Rosario Guarino Ortega

A la intemperie: a cielo descubierto, sin techo o ni otro reparo alguno. Eso dice el diccionario de la RAE, y así nos quedamos muchos a causa de la pandemia que nos encerró en casa durante lo que pareció una eternidad y nos arrebató la burbuja de seguridad en la que hasta ese momento habíamos vivido. Asimismo, nos robó los besos y el calor de los abrazos de nuestros seres queridos. Vulnerables, indefensos y distanciados nos quedamos. Volver a las calles y reencontrarnos con los nuestros –con las debidas precauciones, claro está– fue un sueño hecho realidad (un sueño surrealista dentro de una realidad más surrealista aún). El verano de 2020, el de los abrazos furtivos que pudieron más que el miedo, ha quedado tatuado en nuestra memoria individual y colectiva y plasmado en las páginas de la obra que acabo de terminar.

De las manos de Rosario Guarino Ortega salieron los textos que, previamente publicados en la sección «Verano sin fin» de La Opinión de Murcia durante aquel estío, componen A la intemperie (La Fea Burguesía, 2021). Tras cautivarnos con sus versos en Palimpsesto azul y Los márgenes del tiempo y enamorarnos del todo en Florida Verba, el alma sensible de su autora llega a nosotros ahora en forma de prosa, con resultado igualmente delicioso. Su pluma serena y tierna dibuja en los relatos de A la intemperie fragmentos del mundo exterior de todos y de su hermoso universo interior. Esboza con mimo los contornos del mar y de las flores que tanto aprecia. Colorea con delicadeza la experiencia de un ocaso visto a través de las ramas del pino carrasco más grande del mundo. Recrea el sabor de una cerveza fresca en compañía de amigos. Diserta sobre las siestas de agosto, «esa hora mágica que el verano parece hurtar a la rutina vital» (p. 59). Posa sus ojos sabios sobre la luna y las referencias literarias y mitológicas asociadas a ella. Tiende puentes hacia el pasado que la impulsan a sobrellevar el presente pandémico y le acarician la memoria. Y lo adereza todo con amor, con ternura, con amistad y con elegancia.

La eterna pasión de Rosario Guarino por el mundo clásico impregna la obra letra a letra: la etimología, Homero, su gran Ovidio o los dioses griegos nos acompañan en la lectura y nos guían como faros en noche de tormenta. Sin embargo, confieso que a mí lo que me ganó ya desde las primeras páginas fue su declaración de amor –abierta y rotunda– a la palabra: «Sin poderlo ni quererlo remediar amo las palabras desde el origen hasta el extremo.» (p. 23); «Y en verdad las palabras abrazan, y dan calor, y sanan, aunque también hieran, y hasta puedan llegar a ser instrumento mortal. Nunca tanto como un silencio» (p. 24). Nada más cierto y más hermoso para mí. Disfrutad sus palabras, paladeadlas y dejad que os inunden.

Será que tienen razón y siempre fui un espíritu rebelde. Por eso es, quizá, que leo el diario de un agosto a principios de un noviembre.

domingo, 11 de septiembre de 2022

Un paseo literario por las calles de Murcia, de Paco López Mengual

«Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias» (Eduardo Galeano)

Comienzo esta entrada con la célebre cita del periodista y escritor uruguayo porque, no sé si será una verdad universal que nos aplique a todos, pero está claro que no podría ser más certera en el caso del escritor-mercero que ostenta la autoría de esta obra, que no es otro que el molinense Paco López Mengual, un exepcional contador de historias que, encima, sabe escribirlas. No es mi afán adularlo (no se me suelen dar bien esas cosas), pero pocos le hacen sombra en ese terreno.

En esta ocasión, López Mengual nos invita a ponernos calzado cómodo y activar nuestra imaginación para dar Un paseo literario por las calles de Murcia (La Fea Burguesía, 2016) y dejarnos seducir por las historias de su historia, vivas en sus muros y en sus adoquines para todo aquel que quiera leerlas y disfrutarlas. En primer lugar, nos habla de "El árbol de Santo Domingo", un enorme ficus (enorme ahora, claro, pues han pasado más de 120 años desde que fue plantado) situado en la plaza bautizada con el nombre de tan descansado santo gracias a Ricardo Codorniu (personaje interesante este, responsable de la repoblación forestal de ciertas partes del Levante español). ¿Sabían ustedes que este anciano gigante llegó a Murcia como un pequeño esqueje desde Australia oriental? ¿Y que el inocente vegetal cuenta ya con tres muertos en su historial? Además, esa misma plaza donde está ubicado el ficus, la de Santo Domingo, fue testigo del ajusticiamiento público de "Jaime Alfonso el barbudo", un bandolero que sembró el terror en el sureste español durante el siglo XIX (impresiona leer la rapidez con la que pasa uno de villano a héroe y viceversa), y  presenció "El milagro de San Vicente Ferrer" en el siglo XV, cuando el fraile quizá más peculiar de toda la cristiandad pronunció un vehemente sermón que expulsó, según el testimonio de los que allí estuvieron, al maligno de la capital murciana. Si el lector atraviesa el Arco de Santo Domingo llegará a otra hermosa plaza que le narrará, si tiene a bien escucharla, "La maldición del Romea", pronunciada por un fraile loco hace más de siglo y medio al contemplar la exhumación de sus difuntos hermanos de hasta aquel entonces su camposanto para edificar el Teatro Romea (leyenda o no, se siguen tomando ciertas precauciones que eviten que la maldición se cumpla). Fueron los alrededores del teatro maldito por aquel orate los que acogieron los primeros correteos y los juegos infantiles de Don José Echegaray y Don Jacinto Benavente, ambos notables académicos de la Lengua y premios Nobel de Literatura. Por lo que nos cuenta López Mengual, la capital murciana es la única del mundo que puede presumir de tener "Dos premios Nobel de Literatura".  También en los aledaños del Romea, la calle Alfaro, una de las antiguas callejuelas que integraban la Murcia del siglo XVIII, tiene algo que contarnos: "El asombroso caso del caballero cornudo", cuyas astas eran protuberancias reales y no alusión metafórica a infidelidad alguna. Si los lectores continúan paseando por las páginas de esta ilustradora obra, llegarán al antiguo Pórtico de San Antonio, ahora calle Sánchez Madrigal, donde tuvo lugar “El crimen del hostal La Perla", quizá el más popular de los acaecidos en Murcia y el que propició la última ejecución pública realizada en nuestro país. También nos lleva el autor de la mano a conocer el antiguo Café Santos, centro neurálgico de las letras murcianas, donde tantas veces acudiera el grandísimo escritor caravaqueño "Miguel Espinosa" (injustamente ignorado por nuestras instituciones), y a la casa Díaz Cassou, sita en la calle de Santa Teresa, donde una dama de negro se asoma a un balcón acristalado para contemplar la Murcia que la vio nacer y morir demasiado joven, circunstancia que utiliza el autor para explicarle al lector la arraigada creencia murciana en "Las ánimas". Si aún les aguantan los pies y las ganas, sigan paseando hasta la misma puerta del Ayuntamiento, abran bien la mente y empápense de la historia de Antonete Gálvez, una de las figuras más destacadas del republicanismo federal español en el siglo XIX (lean, lean que fuimos los primeros independentistas y que incluso pudimos ser el 51° estado de E.E.U.U). Nuestro paseo finaliza en "La plaza de Santa Catalina" , lugar elegido por "La Santa Inquisición" para sus castigos ejemplares, por el Consejo de Hombres Buenos para sus primeras reuniones y donde se sitúa la vivienda donde nació el célebre actor teatral Julián Romea. El olor a pastel de carne de las calles que rodean la plaza viene acompañado por las andanzas de Charo Baeza, famosa murciana afincada en E.E.U.U.

Con los pies algo cansados de tanto andar y plena conciencia de lo ignorante que era acerca de muchas de las historias que cuenta el autor, acabo este viaje por el espacio y el tiempo de nuestra capital murciana agradecida por un lado y con la curiosidad muy despierta por otro. Procuraré caminar más atenta cuando transite sus calles para ver si a mí también me cuentan algo. 

domingo, 5 de diciembre de 2021

La estancia, de Pedro Brotini

La progresión armónica de las notas de  cuerda del Canon en re mayor de Pachelbel se adueña del ambiente del salón. Al otro lado del cristal de la ventana sopla el viento helado de una fría tarde de diciembre, pero yo siento una agradable calidez en las yemas de los dedos y en los pliegues del alma que solo proporcionan los momentos mágicos. Algún espíritu que me tiene en alta estima (y al que estoy profundamente agradecida) ha decidido hacerme el precioso regalo de disfrutar de las últimas páginas de La estancia, de Pedro Brotini, con el acompañamiento de una de las piezas musicales más hermosas del mundo. Magnífico colofón para una obra que ha acariciado algunas de las fibras más sensibles de mi yo y me ha vuelto a hacer soñar.

En La estancia, publicada en el año 2017 bajo el sello de La Fea Burguesía, Pedro Brotini vuelve a hacer uso de una prosa cuidada, delicada y elegante para hacer al lector partícipe de una historia repleta de emoción, ternura y sueños por cumplir donde queda más que patente su profundo amor por la literatura. En ella, el camino de Irene, una mujer que tuvo que renunciar a sus ilusiones de futuro debido a uno de esos quebrantos que a veces la vida nos depara, se cruza con el de Aurora, una anciana peculiar cuyo objetivo en los años que le restan es ver culminado el propósito de su marido, fallecido hace unos años. Ese propósito conecta la trama en tiempo presente con una línea argumental del pasado, que trasladará al lector al verano de 1816 en Suiza, concretamente a Villa Diodati, donde tuvo lugar una reunión que marcaría un hito en la historia de la literatura. Los asistentes a esa reunión fueron nada más y nada menos que Lord Byron, Percy B. Shelley, Mary Shelley y John Polidori, entre otros. Puede que de ese erudito concilio nacieran dos de las mejores obras literarias que ha conocido la humanidad. El título de una de ellas es célebre en el mundo entero (al lector no le costará demasiado averiguarlo), pero, ¿y la otra? La labor de nuestras protagonistas, Aurora e Irene, será precisamente indagar acerca de esa joya que nunca llegó a ser conocida. El resto... tendrán que leer La Estancia, por supuesto, para averiguarlo.

Dicen que la mitad de una obra la crea el autor, y la otra mitad la aportan los lectores. Siendo así, el resultado de la conjunción de Pedro Brotini y esta lectora es una novela preciosa, de ritmo sosegado y que ha emocionado profundamente a una mujer que un día también fue filóloga y admiradora de las pocas líneas que hasta nosotros han llegado de Polidori, primer padre del vampiro romántico. La dulzura de la narración de Brotini es inmensa y palpable, incluso en los momentos de melancolía y oscuridad. Insisto en que, hasta ahora, es el narrador más dulce que ha pasado por mis manos. Una frase de esta obra me llevo grabada en el corazón, por muchos motivos:

"El mundo necesita a gente que crea en unicornios, Aurora"

Lean La estancia, y ojalá puedan disfrutarla una millonésima parte de lo que lo he hecho yo. 

sábado, 18 de septiembre de 2021

La memoria del barro, de Paco López Mengual

No sé qué tendrá Molina de Segura, pero alberga entre sus calles a un nutrido grupo de autores de primera calidad. Será que aquel supuesto meteorito impregnó la tierra del mejor arte literario y de cuando en cuando sus efluvios permean los espíritus predispuestos a la magia de las letras. Y es que el autor de cuyas obras me propongo disfrutar ahora también es molinense (este de nacimiento). Su nombre, Paco López Mengual. Su profesión, mercero.  Su poder, una habilidad pasmosa para contar historias. He tenido el privilegio de escucharlo contar alguna de viva voz y la experiencia ha resultado francamente cautivadora.

Mi primera aproximación a este autor, como casi siempre, viene de la mano de su primera obra publicada. Se titula La memoria del barro y fue publicada por primera vez en 2005 por Ediciones Las cuatro y diez; nueve años después, en 2014, la reeditaría con mucho acierto La Fea Burguesía. Yo tenía el capricho de leer la primera edición, así que recurrí a la biblioteca y a mediados de esta misma semana ya la tenía entre mis manos.

En La memoria del barro, López Mengual sitúa como eje de la narración una pieza de la imaginería religiosa que tan profusamente floreció en la capital murciana en el s. XVIII. El relato arranca a finales de ese ilustrado siglo, con el encargo de la familia Funes de un Niño Jesús de unas determinadas características al taller de Salzillo. El escultor muleño Roque López (discípulo del afamado artista) se encarga de elaborar la talla, concibiéndola y ejecutándola a imagen y semejanza de uno de los recuerdos más gratos de su infancia, y obteniendo un resultado hasta entonces nunca visto en el campo de la imaginería que fascinará a más de una y a más de uno de los que lo contemplen. En torno a esta talla y su ubicación en la iglesia de Nuestra Señora del  Rosario de Murcia (no la busquen, pues fue reducida a escombros al inicio de la Guerra Civil) girarán dos siglos de historias con las que el autor deleitará al lector, contándolas de una forma que lo atrapará desde el principio. La niña Elena que se enamora del Niño y le promete no casarse con nadie que no se parezca a él. Su posterior boda con trágico desenlace (tragicómico, porque yo me he reído mucho) y el origen de su prometido. La virgen de la regla y el emisario papal. Conquistadores, putas, damas engañadas, procesiones peculiares, bandoleros e incluso piratas conviven en sus páginas junto a sacerdotes, obispos, monaguillos y sacristanes y hasta con el mismísimo Fernando VII. Intentos de ilustración, tramas milagrosas urdidas en pos del beneficio económico y enajenaciones místicas serán algunos de los ingredientes de este compendio de tramas a través de las cuales vislumbraremos la evolución de la sociedad murciana durante dos siglos; constataremos el poder de la rumorología, así como la coexistencia de la devoción sincera, la beatería de postureo y el anticlericalismo más radical en los últimos años de la República. Habrá momentos que acongojen al lector, pero habrá muchos más que lo hagan sonreír e incluso reír a carcajadas, porque la frescura, el desparpajo y la retranca con los que Paco López Mengual relata bien lo merecen.

Conclusión: que he disfrutado mucho con la primera incursión en las letras de López Mengual, que es un narrador excelente que aúna elegancia y sentido del humor, y que me froto las manos al pensar que esta es solo la primera de sus obras, que me quedan bastantes más por disfrutar. 

martes, 27 de abril de 2021

Dietario mágico, Manuel Moyano

 

Leer a Manuel Moyano es quedarse siempre con ganas de más. La tercera etapa en el viaje por sus letras, Dietario mágico (publicado por primera vez en 2002 y reeditado por La Fea Burguesía en 2015) vuelve a dejármelo claro.

En Dietario mágico conocemos a un Manuel Moyano que, allá por el año 2001, armado de bolígrafo, cuaderno y cámara fotográfica (y una agudeza excepcional) se dedicó a recorrer diversos parajes de la Región de Murcia para entrevistar a individuos extraordinarios en cuya naturaleza confluyen lo telúrico y lo mágico (o, al menos, así lo creen ellos y los que les rodean). Iluminados e inspirados por la divinidad, videntes, curanderos, zahoríes y asimilados son, por lo tanto, los personajes que pueblan las páginas de esta obra donde el autor desgrana sus historias, sus vivencias y sus diversas formas de entender el mundo. Personas que poseen un don especial (están absolutamente convencidos de ello) para sanar con la mirada, mediante la imposición de manos, murmurando rezos o conjuros que solo ellos conocen. Seres capaces de ver acontecimientos que aún están por venir. Almas en conexión directa con los dioses. La excéntrica coyuntura entre sociedad moderna y tiniebla ancestral.

Si optan por dejar de lado el elemento mágico, siempre podrán disfrutar de la prosa bella, precisa y llena de música de Manuel Moyano; de su mirada peculiar, escéptica a veces, irónica en ocasiones (afirma, en relación a un sanador que alivia los males por teléfono, que Graham Bell “nunca hubiera sospechado tamañas y tan portentosas aplicaciones para su invento”), pero siempre respetuosa. De literatura de primera. Sin embargo, también podrían suspender voluntariamente su posible incredulidad y comenzar a plantearse que quizá lo místico, lo arcano, lo inverosímil en apariencia, se tomen el café en el mismo bar  que ustedes frecuentan. Creer o no creer, esa es la cuestión.

jueves, 11 de febrero de 2021

El sueño del escondite, de Emilio Soler


 

Juego al escondite

con mis amantes,

juego a que me encuentren

y no estoy;

juego a aparecer

cuando no me buscan,

juego a ser, a veces,

quien no soy.

Les presento la primera estrofa de “El sueño del escondite”, uno de los cuarenta y siete poemas que integran El sueño del escondite, del autor Emilio Soler, publicado por La Fea Burguesía en septiembre de 2020.

En los agradecimientos, Emilio Soler nos cuenta que dedica el poemario a todas las mujeres que han estado en su vida, literalmente: “a aquellas que amé y me amaron; a las que no supe amar y tanto me dieron; a aquellas que vieron en mis pupilas parte de ese universo reluciente que buscaban [] A esa mujer que conformaron todas y cada una de ellas”. Es, por tanto, el amor uno de los ingredientes principales de este suculento volumen en el que el poeta se despoja de todo aquello que resta de piel para afuera y sale de su “escondite” (paradójico escondite de tempestad y de calma) desnudo, vulnerable y con el alma por bandera.

No nos muestra en sus líneas la figura de un enamorado gozoso (su “gozo es un pozo/ cubierto de sal) y satisfecho, sino más bien la de un hombre de carne y hueso desvelado por la incertidumbre y la zozobra, azuzado por las sombras de lo que pudo ser y no fue. El poeta convierte su desasosiego y su miedo en nubes negras y en tormenta: “y nada es nada si en el alma/ se avecinan nubes negras” (“Se avecina tormenta”). Canta “a la luna quejosas nanas/ de hambre y cebolla, de mar y sal” (“Escondiendo palabras”) y se refugia en el sueño para deshacerse del frío y de las sombras: “Escribo mejor mientras duermo/ vuelo libre y no estoy despierto” (“Mientras duermo”). Un alma pesarosa por el transcurrir del tiempo que, en “Mayoría de edad” nos dice: “Me hago mayor/ envejezco por momentos”. Una voz poética que traduce su pena y su amargura en un bello y profundo “Llanto oscuro” (quizá el que más he sentido del poemario; será que estoy en horas bajas):

El llanto oscuro que mana

de dentro,

de lo más profundo del alma,

no calla,

aunque no se oiga”


Afortunadamente, entre tantas horas grises despunta de cuando en cuanto una luz jubilosa y le ofrece a su interlocutora, femenina y etérea “Luz y alegría/ de mi lagar;/ néctar libado/ de bienestar” (“Quieres mis versos”). Sueña y se ensueña con preciosas imágenes de “El mar, el mar, el mar...”: “Quietud en movimiento,/ sonoro, dulce, salino”, incluso “En el metro”: “el mar en calma es mi playa”. Con recuerdos de caricias, de besos y de sonrisas. Con serenidad y aplomo diluye su dolor en versos breves de mensaje profundo, ritmo y sonoridad muy agradables. Se redime de sí mismo dejando salir a borbotones su caudal de temores y recuerdos amargos para dejarnos, al final de la obra, un sabor dulce de luminosidad y esperanza:


Pronto, muy pronto volaré

y no podrás alcanzarme.

Surcaré cielos y océanos,

valles y altas montañas,

ríos de limpio cristal

donde lavar mi cara

y contemplar mi reflejo

sin miedo alguno a lo que hay detrás”


Ay, quién pudiese deshacer el miedo, el silencio y la pena en versos tan hermosos como los suyos.



domingo, 31 de enero de 2021

Un hombre solo, de Pascual García

Amó lo prohibido y castigado fue por ello

porque se pagan todos los errores,

los de la carne y los del alma, todos

con soledad y con desprecio,

y ahora, sentado en una silla en el balcón

de la casa solitaria y oscura

donde fue confinado, piensa en ella

y admite su culpa de hombre ciego

que amó lo prohibido

y entregó su paz a cambio.

Es inevitable comenzar a hablar de la última obra de Pascual García, Un hombre solo (La Fea Burguesía, 2021) con los versos, íntegros, de “Pecado original”, la pieza que, a modo de flecha lacerante, abre este poemario de exquisita factura y esencia intimísima de un autor que nos demuestra, ahora más que nunca, que literatura y vida son para él una misma cosa. Un poemario lleno de dolor, de desgarro, de recuerdos amargos, pero también de valentía, de resiliencia, de lucidez y de la brisa limpia de la esperanza.

Pascual García estructura los sesenta poemas que componen el volumen en tres partes simétricas (de 20 poemas cada una, aunque quizá los de la primera parte sean comparativamente más extensos que los dispuestos en las dos posteriores) que marcarían tres ciclos diferentes en ese calendario de soledades, penumbras y vacíos que nos presenta como una suerte de diario de un hombre que recibe de repente el zarpazo de su soledad sola al entrar en una casa extraña y debe encontrar el camino de vuelta desde el infierno de las sombras hasta la paz que le otorgue la luz.

El primer ciclo aparece bajo el título de “Último anochecer de agosto”. Es la etapa más cruel, más descarnada de su viaje. En ella, el profundo dolor que lo atormenta sofoca cualquier sonido procedente del exterior, sumiéndolo en un silencio feroz solo roto por las notas de Mozart de cuando en cuando. “Le duele el tiempo que ya no suena”, “las horas han perdido su música de siempre”, nos cuenta el poeta en “Diario de un hombre solo” (p.20), y que “las voces que escucha/están en su cabeza solo”. En el mismo poema, uno de los más representativos del ciclo, nos confiesa también que la penumbra y la oscuridad le ganan cada segundo la batalla a la luz: “y la luz se esfuma...”, “come con la tristeza de la luz caída”. Nos habla de soledad, de miedo, de destierro (“Nadie en el cuarto de al lado”, p.22). El tiempo se torna obsesión, como muestran las continuas referencias temporales a las horas, los días (sobre todo a “Los días iguales”, p.36-37), el día o la noche, los meses y los años, las estaciones: “son iguales las horas y los panes/las sábanas de invierno y el otoño” (p.22). “Que no llegaba nunca”, “Compañía”, “Desnudos pero ajenos”, “Un lecho de piedra”, son los títulos de algunos de los poemas que contribuyen a crear y a perpetuar la atmósfera sombría, cruel y dolorosa de este primer ciclo, que se abre con “Pecado original” y nos entrega, quizá, la cifra del sufrimiento del vate: la culpa. No es difícil averiguarlo cuando se comprueba que el término “culpa” aparece ni más ni menos que 20 veces a lo largo del poemario, seguido de “condena” (14 veces), “castigo” (13 veces) y “error”(8 veces). Suerte que la palabra “perdón” aparece 8... Sin embargo, me gustaría destacar también la honestidad y la valentía del poeta en los versos iniciales de “El amor no pasa nunca” (p. 25):

“Tengo el amor de mi mano derecha

porque el amor no pasa nunca, dice

San Pablo, y en la mañana, turgente

me saluda mi sexo solitario

fiel a su cita con mi mano...”

(Honesto, valiente y grandioso, sí señor.)

La segunda etapa en su almanaque de redención la marcan los poemas agrupados bajo el título de “Mediodía en octubre”. Aquí encontramos ya a un hombre distinto, doliente aún pero más consciente de sí mismo, gracias a la reflexión y al diálogo constantes con el pasado, con el presente, con el amor, y consigo mismo.

“Durante muchos días ha pensado

el hombre en sí mismo, ha discutido

con él y con los espectros que fueron

sus fantasmas nocturnos, pues estuvo

solo y habló en voz alta...” (“Sumario”, p.65)

“Fracaso postergado”, “El poder de las sombras”, “Viene el amor de la memoria”, o “Brindis”, por seleccionar unos cuantos ejemplos, nos narran ya un periodo donde el miedo (que también es débil) le va cediendo paso a la esperanza y al consuelo, y la memoria muta de castigo doloroso a refugio cálido. Porque “había aprendido a estar en calma” (“Un año”, p.74-75) y que quizá toda la culpa no fuera suya (“Absolución”, p.67) y, aunque experimenta aún breves periodos de zozobra donde no percibe “nada salvo un tiempo vacío y homicida” (“El buque fantasma”, p.69), ya no es un extraño en su entorno (“Amanecer”, p.72-73) y ya le pertenece su casa en “La calle de los hombres libres” (p.78).

El tercer ciclo en su metamorfosis de hombre solo y triste en hombre solo y libre lo conforman los poemas auspiciados bajo el epígrafe “Amanece en diciembre”. Son estos versos ya más dulces, más cálidos, testigos de la “Travesía” (p. 96-98) del poeta por los mares de la resiliencia hasta alcanzar las costas de la “Salvación” (p. 94) en el mes de “Diciembre” (p.83-84). El hombre enfoca el futuro, solo pero libre, con mirada sosegada, pues su proceso de aprendizaje le ha valido estar ya “reconciliado con su destino y con su vieja culpa” (“Redención”, p.106), ha alcanzado su propio “perdón puro” y “ha cambiado el frío de las noches/ por las plazas pobladas de la vida” (“Su perdón puro”, p.85) y se ha encontrado a sí mismo en su soledad:

“De repente el hombre encontró su centro

visitó las estancias que ignoraba,

se internó en novedosos aposentos

y visitó lugares apartados.

Fue en esos sitios otro hombre, nuevo...” (“Otros días”, p.86)

El poeta y el hombre celebran ya con más ahínco (en realidad nunca dejaron de hacerlo) el amor y los placeres de la carne (“...pues el amor/ se da a manos llenas y no lo para/ nada, no es una quimera ni vuelve/ su rostro dulce a la carne gozosa”, nos dice en “A manos llenas”, p.91-92). El poemario no podía terminar mejor, y el broche final es del todo amable y optimista, pues el volumen inicia en el silencio más descarnado y acaba con la esperanza del poeta mientras “Silba una canción” (p.113): “es casi primavera y amanece/ y no va solo porque lleva siempre consigo/ una palabra amable y misteriosa”.

Honestamente, todo un alivio para el lector que acabe así, ya que durante la primera parte hemos sufrido junto a Pascual García versos que duelen y desarman (“se sienta solo/ en su sofá de nadie”, p.20; “y estaba el café amargo y las tostadas/ sabían a carbón y a noche”, p.28; “mientras naufraga en un lecho de piedra/ vasto como la mar y solitario”, p.40) y que el poeta crea sin usar más palabras que las necesarias. Una verdadera joya de poemario donde el tiempo, la culpa, el silencio, la luz y la ausencia de ella son los protagonistas, junto a nuestro estimado autor. 

Y para acabar esta entrada tan larga, os dejo uno de los poemas que más ... (a vuestra imaginación lo dejo). Si lo véis desde la versión sencilla para móvil, probablemente no aparezca el vídeo; por eso, aquí os dejo el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=MRY7ChNMTOQ




 

 






Danza de dragones (Canción de Hielo y Fuego V), de George R.R. Martin

En el inmenso tablero donde el poder se escribe con fuego y sangre, hay historias que no solo leemos. Vivimos en ellas. Las goza...