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jueves, 2 de junio de 2022

La noche de los Niños Eternos, de Francisco Javier García Hernández

Quienes me conocen o me siguen ya sabrán que la lectura es una de mis mayores pasiones, y que disfruto de prácticamente todos los géneros literarios. También sabrán que mi debilidad es la literatura fantástica. Es mi principal herramienta de desconexión en estos momentos. Abrir un libro y que desaparezcan los problemas, la rutina, y hasta este calor que ya me está pareciendo insoportable. Hoy les vuelvo a traer narrativa fantástica juvenil –que por fortuna goza cada vez de mejor salud–, con una obra que me ha traído a la memoria (con mucha emoción, por cierto) la fantasía heroica de la entrañable Historia interminable de Michael Ende. Qué quieren que les diga, lo de salvar un mundo mágico me fascina hasta límites indescriptibles.

La obra se titula La noche de los Niños Eternos (Raspabook, 2015) y a su autor, Francisco Javier García Hernández, lo conocí como ilustrador de Las aventuras del piloto Rufus, de Manuel Moyano (también de Raspabook). García Hernández construye en esta novela una historia maravillosa repleta de aventuras, y con un bello mensaje que el lector ya irá intuyendo conforme avanza en la lectura. Nos presenta a Alabilú, el protagonista, un joven duende, en una inquietante noche de tormenta que le cambiará la vida, aunque no será consciente de ello en ese momento. Al día siguiente, la gran familia de Alabilú, al igual que los demás habitantes de La Ladera, se sumergirán en una jornada frenética de preparativos para la Gran Fiesta preludio de la llegada de los esperados Niños Eternos, portadores de un mensaje de vital importancia para la comunidad. Ese mensaje será transmitido a través del Eslabón, cuya elección siempre es un misterio. En esta ocasión, será Alabilú el elegido, por circunstancias completamente opuestas a las deseadas. Los Niños Eternos y el mundo en el que vive están en grave peligros. Seres oscuros y malignos acechan en las sombras dispuestos a acabar con la luz y la bondad e instaurar su reinado de dolor y desesperanza. El valiente Alabilú, junto con su inseparable Búho Kruku (que no es un búho en realidad), Brillúbilla (la reina de las Hadas de la Luz), la Bruja Libélula y otra serie de personajes simpáticos y pintorescos tendrá que involucrarse en una búsqueda arriesgada, sorteando todo tipo de peligros y circunstancias insólitas, que pondrá fin a la siniestra amenaza. Para ello, deberá enfrentarse a las Brujas Negras, los Gatos Aparentes y otra serie de criaturas que intentarán boicotear su complicada misión. Finalmente... Y se habrán pensado que se lo voy a contar. Si quieren saber, pasen y lean, señores.

Reconozco que aunque al principio de la lectura me pareció que La noche de los Niños Eternos era demasiado junior, no tardé en darme cuenta de que estaba equivocada, al engancharme a las pocas páginas. Uno de los alicientes de la obra es la fascinante capacidad imaginativa del autor a la hora de crear criaturas mágicas peculiares, asombrosas, extravagantes e incluso, en ocasiones, disparatadas, que más de una vez te hacen sonreír, y denominarlas de formas divertidas, literales e incluso poéticas. Las descripciones de los escenarios son minuciosas y, sobre todo en lo referente a paisajes naturales, rebosantes de belleza. Su modo de pintar la luz con palabras es sencillamente prodigioso. En resumen, una lectura muy adecuada para juniors de cualquier edad. 

domingo, 9 de enero de 2022

Rosas Negras, de Ginés Cruz Zamora

En general, se considera a las flores como símbolo de la naturaleza en su cénit. Entre ellas, podría decirse que las rosas negras son unas de las flores más llamativas del mundo. Su color suele asociarse siempre con la muerte, la tristeza y el duelo. Si lo piensan detenidamente, encontrarán que la rosa negra es la metáfora perfecta de la existencia humana: vida y muerte, belleza y quebranto, sonrisas y lágrimas se entremezclan en sus pétalos alumbrando un milagro tan precioso como breve.

Rosas negras (Raspabook, 2017) es el título que Ginés Cruz escogió para la novela que acabó de terminar y que, a decir verdad, me ha dejado con ganas de más. El autor sitúa la trama en el barrio del Molinete de Cartagena, en julio de 1936, poco después de la sublevación militar que diera lugar a la Guerra Civil española. En las primeras páginas, el lector se cuela en el burdel regentado por Caridad la Negra, y allí comienza a tomar contacto con los personajes. Mientras se nos narra la situación en la ciudad portuaria tras el levantamiento, caracterizada básicamente por la falta de información, la ansiedad y la crispación, iremos conociendo también la historia personal de Caridad, de alguna de las prostitutas que trabajan para ella y de otros personajes del barrio. Lucía, que vino a parar a Cartagena en condiciones lamentables y le debe la vida a su patrona, Rosa la Galatea, Juana la Gitana..., el Chipé (delincuente protegido por los potentados cartageneros) así como de ciertos hombres con cargo relevante en la ciudad que deberán enfrentarse a una situación extremadamente difícil de gestionar. La gota que colma el vaso, la muerte de un joven anarquista que, voluntariamente, fue a luchar contra fuerzas sublevadas en Albacete, provoca una revuelta de la izquierda radical que, como en el resto del país, se propone expulsar de la ciudad a la Iglesia y destruir todos sus símbolos. Caridad y sus chicas pondrán en riesgo su vida para impedir, a cualquier precio, la destrucción de la iglesia que acoge a la patrona de la ciudad. ¿Lo conseguirán? Tendrán que leer la novela para averiguarlo.

Además de una historia bien narrada, trenzada con multitud de historias humanas y circunstancias políticas, Ginés Cruz le ofrece al lector en Rosas Negras un magnífico retrato de la Cartagena de los años 30, de sus usos y costumbres, de sus tabúes y sus reglas no escritas. Si desean un ratito agradable de lectura, ya saben, pasen y lean. 

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Aventuras de Rufus, de Manuel Moyano

Es una sensación extraña esta de escribir en Libridinosum sobre la única obra de Manuel Moyano que me quedaba pendiente de leer. Aunque lo he dosificado para que se alargara en el tiempo, el final de la lista ha llegado, y lo ha hecho en forma de relato de aventuras para peques y no tan peques. Aventuras del piloto Rufus (Raspabook, 2017) es una divertida propuesta de narrativa junior que interesará seguro a los espíritus inquietos y soñadores, a las almas viajeras, exploradoras y trotamundos.

En esta ocasión, Manuel Moyano nos presenta a Rufus, un personaje peculiar que ha ejercido un sinfín de oficios, siendo su favorito el de aviador, y ha vivido gran número de aventuras. De entre todas sus peripecias, selecciona cuatro para contárselas al lector, ya advirtiéndole en la "Presentación" de que, por inverosímiles que parezcan, ocurrieron en realidad. Nos narra, por ejemplo, la ocasión en que el motor de su Pawnee se averió, cayendo en medio del mar. Cuando despertó, lo hizo en una isla, no consignada en ningún mapa, donde iban a parar todos los niños y niñas extraviados en el mundo ("La Isla de los Niños Perdidos"). Nos cuenta también la vez en que su amplia experiencia como aviador le granjeó el acceso a uno de los secretos mejor guardados de la historia: lo que se oculta al final del arcoiris ("La Fábrica del Arcoiris"). O cuando creó una empresa de desratización y ayudó al Coronel Cornelius a devolver la calma a la población de Perigallo al desvelar el misterio de las ratas gigantes ("Odisea en el Planeta Basura"). Por último, nos referirá una curiosa historia en la que se vieron involucrados la doctora Doris, el Coronel Cornelius y él mismo y un estrafalario artefacto destinado a la pérdida de peso ("La Máquina de Adelgazar").

Con un estilo sencillo y asequible para los lectores más jóvenes, pero sin renunciar un ápice al marchamo de calidad característico de la prosa de Moyano, en Aventuras de Rufus el autor nos vuelve a demostrar su solvencia como narrador, su versatilidad como escritor y su don para crear magia. Anímense y disfrútenla. No se van a arrepentir. 


martes, 14 de septiembre de 2021

Hijos del Pecado, de Carmen Martínez Pineda

De una manera u otra todos portamos, seamos conscientes de ello o no, heridas en nuestro equipaje de años. Algunas de esas heridas sanan con el paso del tiempo, dejándonos cicatrices que dibujan el mapa secreto de nuestra historia personal. Otras heridas nunca cierran, o cierran solo de manera superficial, supurando humores acibarados que emponzoñan la existencia, la propia y la ajena, y perpetúan el dolor de un pasado que fagocita el presente. Esto último les ocurre a la mayoría de personajes de Hijos del pecado (Raspabook, julio de 2021), de Carmen Martínez Pineda, condenados a cadena perpetua en el cenagal de los recuerdos.

Con pulso firme y una prosa magnífica, Carmen Martínez Pineda nos ofrece en Hijos del pecado la posibilidad de ensamblar, pieza a pieza, capítulo a capítulo, la historia de una familia marcada por el drama. El pistoletazo de salida llega en 1999 con la muerte de Vicente, un discapacitado intelectual de veinticinco años, que deja a su familia al borde del precipicio de la memoria non grata. La autora buceará a partir de ese momento en los recuerdos de sus padres –Candela y Gerardo–, de su abuela Concha y de su hermano Ginés, que se bate a pecho descubierto con sus dos peores enemigos: el remordimiento por la muerte del hermano y su orientación sexual. Enlazará esta trama cercana en el tiempo con otras de los mismos personajes y otros familiares suyos en el levante rural (más concretamente en la huerta de Murcia), remontándose incluso a los últimos años de la Segunda República. Nos irá dibujando por capítulos la historia de la abuela Concha y de su hija Candela, la de la tía Angustias y el tío Herminio, que enmarcarán la trayectoria de la prima Margarita, la de Juan Antonio el Sin dios y Fuensanta de Fanjul. Vidas todas marcadas por la miseria de su entorno rural, por la Guerra Civil y, sobre todo, por el yugo cristiano del pecado, la culpa y el castigo. Almas sepultadas por el lodo de la hipocresía y la doble moral. Pieles tatuadas a fuego por la indecencia. Hiel en los labios y sueños de légamo.

En Hijos del pecado se aprecia un planteamiento diferente en cuanto a estructura temporal, puesto que prescinde de la secuencia cronológica de acontecimientos o del flashback y nos los presenta cual piezas de un rompecabezas que el lector deberá ir colocando en su lugar correspondiente para obtener la panorámica completa de una historia en la que la realidad se disfraza de verdades inventadas.  La forma de narrar de la autora es verdaderamente magnífica (o a mí me lo parece), combinando el lenguaje común de gentes sencillas con una prosa intensa que a menudo roza lo poético. A este respecto, podría citar la forma en que varios de los personajes se refieren eufemísticamente al retraso mental de Vicente. Por ejemplo, en la página 30, la abuela Concha lo define como una criatura «con esa mente de alambrada en la que se enredan las ideas». También podría referirme a la escena cuando una Concha adolescente se mira al espejo en la página 42:«frente al espejo de la palangana que proyectaba su imagen a retazos, bosquejos de un cuerpo en espiral, zigzagueante, como látigo que trina con furia de tempestades». Me dejaría en el tintero sus «pasos de hospicio», sus «dientes temerosos» o sus «lenguas de ventisca», pero es imposible consignar todo lo que me ha parecido maravilloso sin que esta entrada se haga eterna. Os invito a leerla y a disfrutarla tanto como lo he hecho yo. 

domingo, 28 de marzo de 2021

Revolución, Cantabella & Cantabella

 

Poesía es Revolución.

Revolución es el golpe del verso

en el hombro del oprimido.

El pueblo es Revolución.

Llenemos las urnas con los poemas

que contienen nuestros gritos.


Así reza el poema XV de Revolución (Raspabook, 2014), obra que aúna dos lenguajes muy diferentes pero absolutamente compatibles: el de la palabra y el de la imagen, el de los versos bellos, sencillos y transparentes de José Cantabella y las vallas publicitarias, con mensajes abrumadores, de Carmen Molina Cantabella, con un objetivo complejo pero muy loable: mostrar su disconformidad con el mundo detestable que les rodea, su preocupación por lo social y por la corrupción política que campa a sus anchas en absolutamente todas las instituciones, adentrándose de lleno en el concepto social del arte y la literatura como “sacudidores de conciencias”.

Nos cuenta Pascual García en el prólogo (magnífico prólogo; no podía ser de otra manera) que la inspiración de los versos de Revolución proviene del 15M, allá por 2011, cuando un grupo de ciudadanos, impulsados por el hastío ante la situación política del momento (deleznable, deplorable), y con la esperanza de generar vientos de cambio y tener alguna posibilidad de futuro, salen a la calle y acampan en las plazas de muchas ciudades españolas, ocupándolas de manera pacífica pero rotunda, “dispuestos a poner en entredicho el sistema”, a hacerse ver y oír, y a provocar cualquier modificación en la escombrera ética de la política española.

En el primer poema, José Cantabella nos cuenta que «Amanece en la ciudad/ tomada por los insurrectos» mientras, en la página contigua, la valla publicitaria nos muestra la imagen de una mujer con los ojos vendados. Así, ese amanecer sería la metáfora perfecta del despertar de la conciencia ciudadana. Sigue, en el segundo poema, contándonos que ese amanecer-despertar es distinto, «y que la luz/ va a cambiar la bella,/ y olvidada ciudad que otros/ han ido saqueando impunemente» (y esa ciudad no es otra que su mítica Recuerdo) y, más adelante que «podremos/ muy pronto, caminar juntos, Revolución,/ por las calles liberadas/ de tu ciudad triunfal.» Indignación, lucha, fraternidad y esperanza pondrán la música a los versos del poeta, que aportarán (al mismo tiempo que la reciben) fuerza a imágenes de ciudadanos transformados en caballos salvajes, obviamente domesticados y atemorizados por los esbirros de los poderosos (imagen titulada “La libertad no es para siempre”), de antidisturbios golpeando a una hilera de pingüinos (titulada “Reformas”) o de ruedas de reconocimiento integradas por “Partidos políticos y otras peligrosas bandas”.

Sin embargo, el componente político y social no es el único presente en la obra, pues muchas de las líneas de la misma nos cuentan una bella historia de amor que discurre paralela a la reivindicación:

«... tú, mi dulce amiga, Revolución, solo puedo susurrar unas breves palabras que como el rumor de ese mar verde de tus ojos, suena así: “Gracias, y te amo tanto”.»

«Revolución, mi dulce amada,/ tienes bellos pensamientos/ entre tus manos blancas...»

Pero, ¿no es el amor la más dulce y fogosa de las revoluciones? ¿Son acaso Revolución y amor una misma cosa?

La Revolución (siempre en mayúscula), el amor (o una combinación de ambos) y la ciudad son los protagonistas reales de esta obra, cuyos hermosos versos se funden en un poderoso abrazo con la iconografía valiente, rebelde, transgresora, de Carmen Molina Cantabella, creando un conjunto donde la belleza, la fuerza y la sensibilidad conquistan, a partes iguales, el espíritu lector.

viernes, 19 de marzo de 2021

Cuando tomábamos café, José Carlos Sanchez


 Huyamos del mundo que no nos comprende,

que nos mira y murmura por la espalda... 


Hay obras que atrapan al lector prácticamente desde la primera página y, sin lugar a dudas, Cuando tomábamos café (Raspabook, 2019), de José Carlos Sánchez, es una de ellas. Escrita de forma asequible, dinámica y llena de sensibilidad, y habitada por personajes inolvidables, unos por entrañables y otros por absolutamente despreciables, esta novela constituye, como reza la solapa de la contraportada, "un canto a la libertad hasta las últimas consecuencias".


"Me llamo Sol Pizarro. Igual mi nombre te suena porque enseñó a cocinar en un programa de televisión. Lo que no sabes es que hace tiempo me llamaban Pepita. Llegué a Madrid a mediados de septiembre de 1969...". Así comienza el primer capítulo de Cuando tomábamos café, con la voz en primera persona de Pepita (cuyo verdadero nombre es Sol y a la que el lector cogerá cariño casi desde el primer párrafo) que, alternándose con la de un narrador omnisciente que hará trizas la mullida nube de inocencia en la que vive nuestra chica de pueblo, nos relatará durante algo más de 500 páginas una historia encuadrada en el Madrid de la última etapa del franquismo, una historia de luchas por la libertad, de sueños, de amor(es), de maquinaciones políticas y de la más vil codicia humana, elementos que convergen en torno a un café centenario que fue testigo del idealismo social y la revolución cultural que ya habían germinado en aquella época en las calles de la capital española.


El lector será testigo del crecimiento de Pepita como mujer y como persona, de la vida, inusual en aquella época, de Margarita y Constanza Martos, del desgraciado triángulo amoroso de esta última con Carlos Correas y Adela de la Maza, de los comienzos periodísticos de Pepín, de las maniobras de Adolfo de la Gándara para aumentar sus cuotas de poder, y de muchas otras vivencias que le harán, como mínimo, reflexionar y preguntarse cuánto hemos avanzado desde aquellos tiempos en algunos aspectos.


Destacaría sobre todo la exquisita contextualización (fruto, probablemente, de un proceso exhaustivo de documentación histórica del autor) de la novela, el eficaz engranaje de tramas y subtramas que mantiene la tensión de forma permanente durante todo el relato, la sensibilidad con la que el escritor narra vivencias y sentimientos en momentos convulsos en muchos sentidos y la contundencia con la que plantea la verdadera reivindicación feminista:


"Estoy cansada de que todo el mundo piense que puede aprovecharse o hacer con nosotras lo que quiera porque somos mujeres. Eso se acabó" (p. 155)


Lectura muy recomendable que me ha hecho desear poder robarle horas al sueño para sumergirme entre sus páginas.



martes, 9 de febrero de 2021

Palimpsesto azul, de Rosario Guarino


 

Quiero ver en tus ojos

la alborada,

que con la luz me llegue

tu sonido,

que me tejas de besos

un vestido

y me pinte los labios

tu mirada.

Comienzo con la primera estrofa de “Simbiosis”, el poema que encabeza la obra y que marca, en mi opinión, el significado general del volumen que tenemos entre manos, Palimpsesto azul, de Rosario Guarino, publicado por Raspabook en 2015 en segunda edición. Aunque ya el título da al lector una idea bastante aproximada de a qué se enfrenta. Un palimpsesto no es otra cosa que un manuscrito en el que se ha borrado (raspando o de algún otro modo) el texto original para volver a escribir un texto nuevo. La vida de todos nosotros es ese palimpsesto, en el que borramos (o lo intentamos) experiencias, recuerdos, emociones y los sustituimos por otros conforme van apareciendo. Reconozco que a veces esos acontecimientos, reales o imaginados, dejan una huella perenne en nuestro manuscrito que, por más esfuerzo que pongamos, no somos capaces de eliminar. Palimpsesto azul. El azul es un color imbuido de magia; alude al cielo y al mar; en el Antiguo Egipto era el color de la verdad. En India, representa el amor del Maestro que enseña a los hombres (la piel de Krishna es azul). Para los afortunados gnósticos que pueden ver auras, el amor azul es el más profundo e inmortal de todos. Así, a través de sus bellas palabras (debimos sospecharlo al leer las palabras de Antígona en la cita inicial: “No fui creada para compartir odio, sino amor”), el manuscrito poético de la autora se va reescribiendo con líneas preñadas de (des)amor (al final son lo mismo, solo cambia el resultado), del “más impune de los sentimientos humanos y al mismo tiempo el más ajeno al entendimiento” (no sé si habré leído alguna vez afirmación más cierta). También de amagos de olvido, de tristeza, de melancolía, y de una esperanza voluntariosa. Si esas líneas vienen de la experiencia objetiva o simplemente de la imaginación lo desconozco, pero no se desvían un milímetro del centro de la diana emocional en la que nos convierte la obra, al menos de la mía.

No pretendo desarrollar aquí un análisis académico ni riguroso de la obra pues, en primer lugar, carezco de las herramientas (el análisis poético nunca fue lo mío y la métrica devino tortura) y, además, no creo que aporte mucho en este contexto. Solo quiero plasmar lo que el poemario me sugiere, lo que pienso, lo que experimento, lo que imagino al leerlo por segunda vez. Confieso que, de primeras, anoche lo devoré, tal vez sintiendo demasiado, y esta tarde he vuelto a él con más mesura y he sacado algunas conclusiones. Si volvemos a la cabecera de esta entrada, observaremos que un “quiero” es la palabra que inaugura el primer poema, “Simbiosis” y, si continuamos leyendo, página tras página nos daremos cuenta de que son el verbo “querer”, de forma explícita o implícita, y con el modo imperativo (“quédate”, “no me abandones”, “no me dejes”) los que rigen el poemario. Por un lado, deducimos entonces que nos hallamos ante un anhelo, ante un deseo, ante el ansia de poseer y ser poseído por el otro. Por otro lado, el uso constante del imperativo evoca una inevitable voluntad de la voz poética de amar y de que la amen. Tampoco puede soslayarse la presencia continua de besos, miradas, caricias, pieles y voces añoradas. El amor es a la vez el fuego que le enciende la piel y el alma y la lluvia que se derrama y se filtra hasta sus entrañas. Asistimos a poemas repletos de belleza e intensidad, tanto en los clímax como en los anticlímax, a versos breves (libres, creo, aunque alguno me ha recordado a un soneto), habitados sin duda por la ternura, la candidez y la sensibilidad más femeninas. Percibimos en la obra una mirada íntima y una voz que combina el lenguaje culto (con una profusión de reminiscencias grecolatinas en referencias a poetas, deidades, criaturas mitólogicas, mitos, temas clásicos como el Carpe Diem...) con el coloquial. Coexisten en ella el mundo clásico de Horacio y Ovidio, el mundo mítico de Troya y de Penélope, y el mundo cotidiano de Escarlata O'Hara y Lady Di. Contrastes, matices, connotaciones que enriquecen aún más el tema complejísimo en torno al que giran los versos, crónicas de un olvido anunciado (“Carpe Diem”, p.26-27), de una duda indeleble (“lo que tal vez nunca fue/ ni quizá ya jamás/ podrá llamarse tuyo”) que, sin embargo, ultiman en una línea de esperanza: “tejiendo minutos con horas/ ese nostos que a mí te devuelva”. Reverbera en mis oídos (entiéndase con sinestesia, por favor) la voz de una mujer que ansía que el amor del hombre la haga vibrar de emoción, de pasión en el poema “De carne y piedra” (“cuando logró en el mármol/ sentir latir la sangre/ y sus manos hallaron/ en la materia inerte/ el calor de la vida”, p.29), la entrega total de “Abandono”, la inocencia y el erotismo a un tiempo en “Añoranza”, y la melancolía de una Penélope destinada a la espera eterna en “Ausencia a la luz de la luna” o “La espera”. Galopa el corazón con los versos sencillos y directos de “Pequeños placeres”: “Me gusta que me hables”, “y pensar que me piensas también”, “Me gusta saber que ocurrió y que existes”.

Sin embargo, hay en este volumen un poema para el que no tengo palabras, solo emoción (quizá injustamente) desbocada. Su título es “Figuraciones” y os lo traslado íntegro porque no puedo explicarlo de otro modo:

Fuente de fuego ardiente,

ígnea roca de lava,

mar profundo y oscuro

de insondable misterio,

tanto como la luna,

con su tapiz de estrellas.


Unicornio con alas,

centauro sobre ruedad,

te quieros imposibles,

urdimbres de ceniza.

 

Hermosas imágenes las de esta obra. ¿A quién no le ha temblado el pulso imaginando a dos “amantes abrazados en confusión proteica”?

viernes, 18 de diciembre de 2020

Trabajan con las manos, de Pascual García

“El hombre que trabaja con sus manos

lleva el alma en la punta de los dedos

y cava zanjas en la tierra seca,

poda los árboles de otoño, sueña

con herramientas y suda las horas

que trascurren tan lentas, tan espesas

como el invierno, el frío y la nostalgia.”

 Esas son las primeras líneas de Trabajar con las Manos, poema que, de no ser por la consonante final, daría título a la obra de Pascual García que acabo de terminar. Trabajan con las manos, un hermoso poemario cuyos protagonistas indiscutibles son aquellos que viven, sufren, adoran y trabajan la tierra en busca de sustento, de fe inquebrantable y de armonía con el mundo. Treinta y tres elegantes composiciones que se agrupan en cinco grupos, cada uno de ellos auspiciado por uno de los cinco elementos que bautizan los poemas que inauguran cada una de las secciones: la tierra, que es “fe en la vida y en la sangre y es credo para toda la familia”; el fuego, “que era el espíritu de la cocina todo el invierno hasta la primavera, toda la noche hasta la luz del día”; el aire puro que acaricia “la memoria de una infancia dulce”; el agua, “la sangre que solivianta los campos de cereales”; y la luz, que interrumpe el sueño de los hombres y dispersa las tinieblas inaugurando un nuevo día.

En Trabajan con las manos, Pascual García vuelve a deleitarnos con sus recuerdos de infancia, conectados a la tierra que le vio nacer y crecer y a las personas cuya huella de amor resta indeleble en sus adentros y en los trazos de su prolífica y regia pluma. Son sus versos un himno al aroma de la tierra y sus frutos, a la familia, al amor y a la vida sencillos y sin imposturas, un canto alejado de notas bucólicas e idealistas, una melodía agridulce que surge de las entrañas de la “puerca tierra”, amada y maldita a un tiempo, la que obliga a “sudar como esclavos del sol y de la lluvia”, la que hombres y mujeres “labran juntos y aman juntos con idéntico desprecio” y de la que obtienen difícil recompensa. Hombres y mujeres condenados, desheredados, sin más dios que el fruto de sus fatigas y de sus anhelos. Manos que con esfuerzo cuidan el mundo y, callosas y sumisas, acarician pieles sobre las que, inexorable, discurre el tiempo vaciándolas de vida y de sueños y acercándolas a los negros parajes donde únicamente se salva la memoria.

Un poemario donde el autor, con sus manos y su incuestionable habilidad para moldear climas, paisajes y temperaturas a través de la palabra, nos emociona con escenas sobrias, preñadas de una belleza serena y sencilla. Una obra donde Pascual García comparte con el lector una de sus más preciosas pertenencias, la memoria. 

Me destierro a la memoria,

voy a vivir del recuerdo.

Buscadme, si me os pierdo

En el yermo de la historia. (Miguel de Unamuno)

Danza de dragones (Canción de Hielo y Fuego V), de George R.R. Martin

En el inmenso tablero donde el poder se escribe con fuego y sangre, hay historias que no solo leemos. Vivimos en ellas. Las goza...