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sábado, 27 de marzo de 2021

Caliente, Luna Miguel

 


 Una de las preguntas más torpes que yo me hacía al comienzo era esta: ¿de verdad es posible amar a más de una persona?

*

Luego todo cambió: ¿de verdad habéis sido capaces de reprimir vuestro deseo durante tanto tiempo?

 

Estas son algunas de las preguntas que Luna Miguel se hace en Caliente (Lumen, 2021), un ensayo repleto de intimidad y de generosidad (porque casi siempre encontramos alivio en palabras y vivencias ajenas, utilizándolas como espejos donde podríamos vernos reflejados), una obra transformadora y (parcialmente) extrapolable sobre el autoplacer femenino, el amor (en singular o en plural), el deseo y el dolor como sustancias complementarias. 

En Caliente, Luna Miguel empieza contándonos cómo Antonio, padre de su hijo y su pareja (monógama) durante más de diez años, le confiesa un día que se ha enamorado de “alguien más”. En ese momento, la autora cree sufrir un desgarro profundo (de hecho, se refiere al período en que se gestó su transformación como el tiempo “en que creí que se me había roto el corazón”). Ese inmenso dolor transmutó en una especie de libertad recién descubierta, y esa libertad empezó a convertirse en deseo: comenzó a masturbarse como medicina, a adquirir artefactos eróticos y a leer compulsivamente todo lo que iba encontrando acerca del deseo femenino, el poliamor, los tabúes sexuales femeninos, la vulnerabilidad y sobre Eros (“que es, ante todo, el dios trágico”, como afirmaba Georges Bataille). Leyó, sobre todo, a mujeres que escribían sobre mujeres y sus relaciones afectivas, su sexualidad, sus necesidades, sus fantasías, etc. Este es el tema en torno al cual gira Caliente, quedando su experiencia personal y sus reflexiones como trasfondo para escribir sobre feminismo sexual, centrándose en la idea de que la libertad sexual es un ingrediente fundamental de la libertad de la mujer y alejándose de la idea rancia y obsoleta de que cuando una mujer habla de su “vulnerabilidad”, de sus fragilidades, está exhibiéndose. Y, como muestra, muchos botones: Unica Zürn, Anne Carson, Anne Sexton, Annie Ernaux, Brigitte Vasallo, Marvel Moreno, Louise Glück... nos muestran en estas páginas las posibilidades que tenemos de reconstruirnos con los pedazos de otras que se rompieron antes que nosotras, «...para hacer las paces con las mujeres que éramos cuando nos sentíamos excitadas y vulnerables, cuando sin esperarlo comenzamos a repensar el que creíamos que era nuestro inamovible sistema de afectos, cuando nos descubrimos poniendo dirección hacia lo desconocido...»

Luna Miguel nos habla de la masturbación femenina como autoconocimiento, como rebelión frente a los roles que se nos imponen desde las mohosas convenciones del tradicionalismo y el patriarcado, como reivindicación de nuestra autonomía y de nuestra libertad. Nos deja claro que nuestro(s) deseo(s) es/son únicamente nuestros y no debemos rendir cuentas ante nadie (dejando a la monogamia en una posición de clara desventaja frente al poliamor o amor plural). Que no tenemos que pedir permiso ni para disfrutar ni para sentir (entendiendo, claro, que todos los elementos de ese “sistema solar” que ella utiliza como metáfora de la relación afectiva estén de acuerdo, si no lo que tendremos será conflicto). Que las mariposas que nacen en nuestro estómago en un momento determinado no son termitas corrosivas. Que no debemos sentir vergüenza (que es la asesina de nuestro placer) ante nuestras pasiones, nuestras fantasías o nuestras apetencias:

«Quería dejar de ser la chica mala de la historia y salir a la calle con un cartel en el que pudiera leerse: “Esta es mi pasión”. Porque una pasión que no se vive en secreto es una pasión apta para generar vida, una pasión llena de oxígeno, fuerte, natural, duradera. Una pasión que no se vive en secreto es una pasión que tampoco se sufre en silencio, sino que puede verbalizarse, compartirse […] Una pasión que no se vive en secreto mantiene una llama irreductible. Una pasión que no se vive en secreto sustituye la palabra conflicto por la palabra ternura, o tal vez por entusiasmo, o quién sabe si por permanencia.»

En definitiva, una obra que me ha hecho reflexionar sobre ciertos temas que, sin poder evitarlo, me inquietan. Que me ha aportado datos que hasta el momento no conocía. ¿Sabíais vosotros que no se realizó un estudio completo de la anatomía del clítoris hasta 1995, y que entonces comenzó a llamársele “la punta del iceberg”? ¿O que los consoladores nacieron como “aliviadores portátiles” de la enfermedad denominada histeria? Que me ha abierto los ojos para enfocar mejor ciertos aspectos sobre mí misma y al tiempo me ha generado un millón de preguntas más de las que tenía antes de comenzar a leerla y ciertas conclusiones que, por supuesto, no dejaré aquí por escrito.

martes, 23 de marzo de 2021

El funeral de Lolita, Luna Miguel


 La gente solía describirlo como un nudo en el estómago. Para Helena era una mala metáfora. Si tuviera una cuerda en la tripa, al menos podría tirar de ella para escapar a algún lugar lejano, o quizá para deslizarse hacia dentro de sí misma y quedarse allí escondida, a oscuras entre las vísceras, calentita y tranquila. Pero no estaba tranquila: aquello en su estómago aleteaba como una polilla alrededor de un fluorescente.

Mientras vuelve del trabajo a casa en autobús, Helena, treintañera, controvertida crítica gastronómica y personaje principal de El funeral de Lolita (de Luna Miguel; Lumen, 2018) recibe un mensaje que hará temblar los cimientos de su vida de escaparate. Rocío, la que fuera su mejor amiga en el instituto y de la que no sabe nada desde que terminó la secundaria, es la portadora de una noticia demoledora para nuestra protagonista: «No sé ni siquiera si estás viva, pero tenía que decírtelo: Roberto ha fallecido esta mañana…» Roberto. Un nombre que ya creía desterrado en el abismo del tiempo. Su gran amor de los 15 años. Su gran dolor de los 15 años. Su primer deseo. Su rabia. Su herida. El hombre con el que mantuvo una relación clandestina cuyas huellas aún no había podido borrar de sus entrañas. El profesor de literatura que la convirtió en su lolita particular. Movida por su instinto y su afán de clausura del pasado, Helena pondrá rumbo a Alcalá de Henares para asistir al funeral, con un enredo en el pelo que irá creciendo progresivamente al compás de los latidos del nudo de su alma. Desde ese mismo momento avanzaremos por las páginas entre dos tiempos. Por un lado, seremos testigos de las vivencias, sensaciones y reflexiones de Helena en el momento actual y, por otro, de los sentimientos, emociones y peripecias de la niña y adolescente que un día fue y que la marcaron hasta convertirla en lo que hoy es. El final, muy metafórico, es un poco surrealista para mi gusto pero, indudablemente, acorde con el título y con el objetivo narrativo.

No entraré a valorar la calidad lingüística de la novela, ya que en realidad es lo que menos me ha importado de la misma. Sí diré que la prosa de Luna Miguel es cruda y directa, el léxico visceral y carnal (a veces bastante escatólogico), y que algunas frases se te clavan en la piel como aguijones impregnados de veneno: «Escribir es complicado cuando solo quieres decir lo que tienes que esconder». Otras simplemente hacen volar la imaginación y evocan una ternura que puede llegar a ser dolorosa: «He ido a la bliblioteca y he encontrado Viaje al fin de la noche, de Louise Ferdinand Céline. He empezado a leerlo y me he dado cuenta de que olía muy bien. ¿Quién lo habría leído antes de dejar este aroma en sus páginas? ¿Uno se puede enamorar de una persona por cómo huelen sus libros? Creo que sí. Aunque a él ya no pueda amarle, todas las noches huelo Lolita.» Brevedad e intensidad son los elementos que caracterizan las secuencias que conforman las dos tramas temporales. El único pasaje extenso es el correspondiente al diario que Helena empezó a escribir justo cuando descubrió la atracción que sentía por su profesor. Al estar escrito también de forma discontinua y sincopada, contribuye a acentuar la sensación de caos interno y aumenta la tensión dramática de la ya intensa exploración intimista que gira en torno al amor, al sexo, al dolor y a la rabia. («¿Cómo se empieza una historia de amor imposible?»)

Lo que me importa de verdad es que tras terminar de leer sus algo menos de 200 páginas, me siento incómoda. Incómoda por la complejidad del personaje central, Helena, a caballo entre la lolita perversa y seductora de algunas escenas y la víctima del abuso de poder de un profesor en otras. Un personaje que detesta la carne pero que, paradójicamente, la devora cruda cuando está enfadada con el mundo. La pasión por la comida y por el sexo parecen los únicos motores de su vida. Sin duda, el relato de Luna Miguel nos saca de nuestra zona de confort de blancos y negros y nos hace bucear a pulmón por las revueltas aguas del gris más turbio. No ahondaré aquí en temas tales como la pederastia o el abuso sexual, pues no está en mi interés soliviantar sensibilidades ni dar mi opinión sobre aspectos que, a mi juicio y siempre corriendo el riesgo de deslizarme por los márgenes de lo políticamente incorrectísimo, no quedan claros del todo.

¿Quién atrajo a quién? ¿Quién manipuló a quién? Les invito a leer la obra y a sacar sus propias conclusiones, aunque quizá sea más importante que perciban la desesperación vital, la soledad y el caos de un personaje que organiza sus recuerdos por aromas y sabores.


sábado, 13 de marzo de 2021

Prosa completa, Alejandra Pizarnik

Las palabras no son bebidas por el viento, es una mentira aquello de que las palabras son polvo, ojalá lo fuesen, así yo no haría ahora plegarias de loca inminente que sueña con súbitas desapariciones, migraciones, invisibilidades.

Es indudable que Alejandra Pizarnik es una fiel devota del lenguaje, de su poder, de su capacidad transgresora para darle nombre a la realidad y subvertirla. Bucea permanentemente en las aguas de una «escritura densa y llena de peligros a causa de su diafanidad excesiva». En la obra que nos ocupa, Prosa completa (Lumen, 2015), se nos ofrece por vez primera una recopilación de todos los textos en prosa de la autora argentina, muchos de ellos inéditos, estructurados en cinco apartados: relatos, humor, teatro, artículos y ensayos y, por último, prólogos y reportajes. En los primeros tres apartados el lector encontrará, inevitablemente, correspondencias entre la prosa y la obra poética de la autora. Por un lado, hallará elementos y motivos recurrentes entre ambas: jardines, bosques, jaulas, pájaros, barcos, mares, espejos, la palabra, el silencio, la infancia, la muerte... Por otro lado, descubrirá sin mucho esfuerzo la simbología de los colores y la plasticidad visual característicamente pizarkianas. Asimismo, percibirá los sentimientos de soledad, melancolía y aislamiento que impregnan cada una de las letras de Alejandra.

En la sección de relatos, dotados en su gran mayoría de un inequívoco cariz poético y bastante cercanos a los textos de sus diarios, Alejandra Pizarnik yuxtapone y superpone cuadros de una hermosura extraña, alitera con frecuencia musicalidades reveladoras o nos asombra con versos surrealistas que no pierden un ápice de frescura (“Cuando estalla el aro de fuego verde vivamente abrazado al aro de fuego azul”; “Yo intento evocar la lluvia o el llanto”). Los relatos protagonizados por la niña, la muerte y la muñeca (caracteres bastante recurrentes), como “Devoción”, “La muñeca abrió los ojos” y “A tiempo y no” son de una belleza mágica. A pie de página se nos informa de que el texto titulado “A tiempo y no” se escribió con la idea de integrarlo en un libro que Pizarnik tenía la intención de escribir como homenaje a Alicia en el país de las maravillas, obra admirada profundamente por la argentina. Esa devoción por la historia de L. Carroll centra también la narración de “El hombre del antifaz azul” donde, en lugar del célebre conejo blanco, un hombrecillo con antifaz azul va de un lado a otro exclamando: “Los años pasan, voy a llegar tarde”, mientras consulta la hora en una pistola en vez de en un reloj de bolsillo. “Las uniones posibles” es un texto bellísimo, posiblemente uno de los más bellos y desconcertantes que haya escrito la autora: “Amor mío, dentro de las manos y de los ojos y del sexo bulle la más fiera nostalgia de ángeles, dentro de los gemidos y de los gritos hay un querer lo otro que no es otro, que no es nada”.

En cuanto al apartado de los textos de humor, lo he encontrado insufrible. En ellos todo es exploración, innovación lingüística e intención transgresora. Sus personajes son pura y exclusivamente verbales y carecen de entidad fuera del lenguaje mismo, lo que los convierte en grotescos y absurdos hasta el extremo. Si bien es cierto que el motor de la escritura de Pizarnik es exaltar los poderes del lenguaje, la escritura de estos textos es tan idiosincrática que roza los límites de lo críptico. Consiste básicamente en un vapuleo explícito del lenguaje convencional con tintes de orgía anagramática y produce aburrimiento como mínimo, cuando no enfado por la pérdida de tiempo. Personalmente, no entiendo el humor de Pizarnik (solo he sonreído en un par de ocasiones, como por ejemplo cuando escrible “no hay pan que por miel no venga”) y el esfuerzo de intentar descifrarlos (sin resultado) ha sido demasiado costoso. Eso sí, son tremendamente eróticos. Lo único que he logrado comprender de estos textos han sido las alusiones (veladas o sin velar) a genitales, culos y tetas.

La tercera parte de la obra la constituye la única pieza de teatro que escribió Alejandra, titulada “Los perturbados entre lilas”, y podría encuadrarse, sin mayor pena ni gloria, dentro del denominado teatro del absurdo. En ella no queda más remedio que observar un permanente cuestionamiento del lenguaje como medio de comunicación (de una forma cansina, muy cansina) y la búsqueda de una trascendencia en ocasiones cargante hasta decir basta.

Los artículos y ensayos son más interesantes, dado el tono nostálgico y poético con el que la autora se acerca a las obras literarias de otros escritores, en su mayoría argentinos: Cortázar, Octavio Paz, André Breton, H. Bustos Domecq (pseudónimo del compendio Borges-Bioy Casares). Escribe sobre ellos desde su punto de vista de creadora, por lo que estos textos resultan una enriquecedora fuente de luz sobre la propia escritura de la argentina. Quizá los más interesantes de entre estos sean los dedicados a Bustos Domecq y, especialmente, a Cortázar (una entiende mejor ahora esa complicidad entre Pizarnik y Cortázar, el hecho de que ella se identificase con la Maga de Rayuela, y las palabras que Julio le dedica en una de sus últimas cartas, que Pizarnik leyó pocos días antes de morir: “Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo”). Pero claro, los dioses son los dioses y siempre son interesantes.

Por último, las entrevistas y reportajes que Pizarnik escribió para varias revistas, si bien no tienen, a mi gusto, excesivo valor literario, sí poseerían cierto valor histórico (ciertamente relacionado con la causa feminista y el sentir de una mujer-escritora de su época) y, sobre todo, filosófico:

¿no sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?”

Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.

En definitiva, una lectura que se ha quedado muy por debajo de mis expectativas (demasiado altas por haber leído en primer lugar sus diarios y su poesía). Una lectura que, exceptuando el apartado de relatos y los textos sobre Cortázar y Bustos Domecq, solo me ha provocado aburrimiento, irritación, y la sensación de haber perdido el tiempo. Bastante decepcionante, pero no podía ser de otra manera en una semana en que la decepción parece ser la protagonista una vez más.

domingo, 7 de marzo de 2021

Poesía completa, Alejandra Pizarnik


 YO SOY...


mis alas?

dos p   pétalos podridos


mi razón

copitas de vino agrio


mi vida?

vacío bien pensado


mi cuerpo?

un tajo en la silla


mi vaivén?

un gong infantil


mi rostro?

un cero disimulado


mis ojos?

ah! trozos de infinito

Entrar en los versos de Alejandra Pizarnik es acceder, sin duda, a un universo complejo y oscuro, contemplar el paisaje luctuoso de un alma atormentada, poseedora de una intensidad y de una sensibilidad extraordinarias. Después de leer sus Diarios ya lo intuía, y la lectura y relectura de su Poesía Completa (Lumen, 2016) me lo ha confirmado. Leerla es caminar por las sendas de un “universo otro” y de un “lenguaje otro” (tal y como ella misma los definía en sus diarios) generados por la autora y que conquistan por completo al lector si este se deja llevar. Es acompañar a la siempre angustiada Alejandra en la búsqueda constante de su identidad, en la construcción permanente de su subjetividad, con el indefectible resultado de un vacío existencial absoluto. Buen ejemplo de ello es el poema que encabeza esta entrada, titulado “Yo soy...”.

Alejandra Pizarnik siente que no encaja en el mundo que la rodea, se siente outsider en su propia piel: “... sino porque una es extranjera/ una es de otra parte,/ ellos se casan,/ procrean,/ veranean,/ tienen horarios,/ no se asustan por la tenebrosa/ ambigüedad del lenguaje” (del poema “Sala de psicopatología”). Es por ello que se refugia en la poesía, y en ella vuelca su soledad, su desesperanza, su desamparo; en ella deja plasmado su interés por el lenguaje, por la naturaleza o por el silencio. Es el único mundo que puede habitar, y lo confiesa abiertamente al lector en sus versos: “Escribes poemas/ porque necesitas/ un lugar/ en donde sea lo que no es”.

Sus poemas, breves en su gran mayoría, nos expulsan forzosamente de nuestra zona de confort al prescindir en la mayoría de ocasiones de signos de puntuación, mayúsculas y demás convenciones literarias. Alejandra experimenta con nuevas formas estéticas de representar lo irrepresentable, o lo que ya se ha representado, pero desde un prisma diferente:

“pensemos en los dos

los dos tú + cielo = mis galopantes sensaciones

biformes bicoloreadas bitremendas bilejanas

lejanas lejanas” (del poema “Cielo”, publicado en La tierra más ajena, 1954)

 

Pizarnik reconoce la imposibilidad, la ineficiencia del lenguaje para representar la totalidad del mundo sensible: “no/ las palabras/ no hacen el amor/ hacen la ausencia/ si digo agua ¿beberé?/ si digo pan ¿comeré?”. Sin embargo, se aferra a ellas como a la tabla de salvación de un náufrago impenitente: “Tal vez las palabras sean lo único que existe/ en el enorme vacío de los siglos/ que nos arañan el alma con sus recuerdos”. Alejandra anhela liberarse de las imposiciones del mundo y del lenguaje, por lo que puebla sus versos de imágenes surrealistas nacidas del inconsciente, de lo onírico y de lo fantástico, por lo que a veces provocan una sensación de hermetismo, incluso claustrofobia, vértigo y perturbación (“vuelan uñas brazos anillos peces/ vienen sonidos azules rojos verdes”). Sus personajes son seres que, en la mayoría de ocasiones, escapan a la lógica de lo real, pues la autora no permite que las reglas de lo convencional gobiernen sus líneas:

“Señor

La jaula se ha vuelto pájaro

y se ha volado”

Sus textos habitan las fronteras entre el silencio, la oscuridad, el erotismo y la muerte. Silencio, ausencia y soledad son sus sempiternos compañeros: “Yo no sé de pájaros,/ no conozco la historia del fuego./ Pero creo que mi soledad debería tener alas”. La noche es el escenario de muchos de sus poemas, y transporta al lector a la atmósfera sombría que evocan sus líneas. Nos sugiere colores oscuros, introspección y sentimiento de ausencia, pero también intimidad, sensualidad y añoranza de lo que hemos perdido o ni siquiera tuvimos nunca (“La noche, de nuevo la noche, la magistral sapiencia de lo oscuro, el cálido roce de la muerte, un instante de éxtasis para mí, heredera de todo jardín prohibido”, extracto de “La palabra del deseo”, publicado en El infierno musical, 1971). Utiliza la experiencia corporal como recurso: colores (los usa con gran valor simbólico), sonidos y sensaciones son elementos muy presentes en los versos de Alejandra, y en muchas ocasiones van impregnados de un gran erotismo. Para ella, el cuerpo no es el arma del pecado, sino el instrumento de comunión con el otro, el cáliz depositario de lo convencionalmente prohibido: “Ella se abandona en la tregua/ originada por la noche. Dentro de/ ella todo hace el amor). La muñeca (como símbolo de su infancia y su fingida orfandad), el viento y las lilas, la locura (como estado que posibilita nuevas formas de percepción), el jardín o el bosque (como lugares donde otra realidad es posible) son elementos recurrentes en sus líneas. También recurre a menudo a los espejos, como espacios alternativos donde a la fuerza nos vemos reflejados y nos obligan a encontrarnos y a traducirnos a nosotros mismos: “Ella es su espejo incendiado, su espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nombres creciendo solos en la noche pálida”; “La que fue devorada por el espejo/ entra en un cofre de cenizas/ y apacigua a las bestias del olvido”.

La poesía de Pizarnik, aunque teñida de negrura y de muerte, es brillante en su propia oscuridad. Leerla es adentrarse en un espacio literario que te toca, que te impregna hasta los huesos y que te deja inevitablemente un poso de su melancolía. A veces, es un golpe duro y seco en el alma, otras veces un desgarro que se prolonga en el tiempo, sobre todo cuando, por motivos que no vienen a cuento, empatizas con el yo poético y comprendes (los diarios ayudan) qué intenta transmitir (o al menos crees comprenderlo). Su intensidad y su sensibilidad se hacen más patentes si cabe cuando llora a su primer “amor” (si es que podemos llamarlo así, no me queda muy claro), cuando le escribe a su R. (le dedicó todo un poemario), aun sabiendo que todo intento iba a ser en vano, versos que hacen estallar el corazón en mil pedazos:

“tú me desatas los ojos

y por favor

que me hables

siempre”

Belleza desgarradora. Asomarse a un pozo negro y tocar el fondo con las yemas de los dedos. Llueve. Y el alma duele.

“Y yo caminaría por todos los desiertos de este mundo y aun muerta te seguiría buscando a ti, que fuiste el lugar del amor” (del texto “El sueño de la muerte o el lugar de los cuerpos poéticos”, publicado en Extracción de la piedra de la locura, 1968)

sábado, 27 de febrero de 2021

Diarios, Alejandra Pizarnik


Si no me escribo soy una ausencia. El sexo y la escritura me permiten tener forma de algo.

Este pensamiento tan duro, tan contundente, tan árido, es una constante (enunciado de mil y una forma diferentes) a través de las casi 1100 páginas que ocupan los Diarios (Lumen, 2006) de Alejandra Pizarnik, escritora, traductora y crítica literaria argentina (1936-1972). Fue su hermana la que decidió que una selección de sus textos (no están todos, cómo se nos indica en la introducción a la obra, para preservar la intimidad de ciertas personas) vieran la luz de manera póstuma allá por 2002, y la edición que tenemos entre manos se trata de una nueva selección, mejorada y ampliada.

Ya en las primeras páginas de la obra la escritora nos ofrece su definición perfecta de sí misma: "alejandra-mujer-angustiada" y la motivación que la lleva a escribir incesantemente los diarios: "encontrar el centro de su ser, el yo fugitivo". Encontrar la voz de una mujer que comenzó a coquetear con la idea del suicidio a los 18 años y ya no la abandonó nunca. Son estas páginas, pues, gritos en tinta donde Alejandra explota  las infinitas posibilidades del campo semántico de la angustia con una belleza, una contundencia y una dureza extremas. Dolor, vacío, miedo. Caos y melancolía. Neurosis. Obsesión. Barra libre de haloperidol y benzodiazepinas mientras escribe, furiosa o extática, acerca de fragmentos de obras que va leyendo. César Vallejo (su máxima inspiración en sus inicios, según parece), Proust y el tiempo perdido, Rimbaud, Rilke, Góngora, Quevedo, Dostoieivski, Cervantes, Cortázar, Borges... son nombres que se repiten una y otra vez en sus páginas. Contradicciones permanentes. Un mismo poema puede ser una maravilla inigualable o una catástrofe sin precedente depende del día. El mundo es para ella una fuente inagotable de tristeza y las almas que lo pueblan incontestables posibilidades de agresión. Alejandra, víctima de una sed constante, de agua, de afecto, de sexo,  sueña continuamente con abandonar la poesía y escribir una prosa breve pero hermosa que sea capaz de traducir sus miserias en belleza. Porque para ella belleza y tristeza han de ir de la mano, siempre.

No recuerdo ya bien el motivo por el que comencé a leer sus diarios. Ahora que lo pienso, fue para buscar un texto suyo que una vez leí en alguna red social y con el que me identifiqué plenamente. Mala suerte, no lo he encontrado entre estas páginas, pero sí otros muchos fragmentos que me han hecho, como poco, tragar saliva y tener que enjugarme alguna lágrima. Qué belleza. Qué intensidad. Qué tristeza. He de confesar que salgo de sus páginas habiendo pagado un peaje emocional mucho más alto de lo que esperaba. Muchos de los textos, sobre todo los que giran en torno a sus amores imposibles o no correspondidos (que son más que muchos, y de índole diversa: heterosexuales, homosexuales, físicos, místico-espirituales...) se me han quedado clavados como agujas en la carne del alma.
Tengo hojas y hojas y más hojas del cuaderno llenas de fragmentos anotados. No obstante, solo os puedo dejar unos pocos:

"Era algo que la mordía por dentro, algo fiero y oscuro y grande y tremendo" (p. 34)
"Soy un signo de interrogación rodeado de ojos y de fuego" (p. 40)
"Soy un ser triste vestido por error de euforia"(p. 79)
"Soy un deseo suspendido en el vacío. No sé ni comprendo nada. Solo sé que deseo, deseo, deseo" (p. 185)
"Solo un adherirse a un  ser que no me estima, solo un desgarrarse, un golpear del corazón, solo un no poder más, un reventar a gritos, a llanto, porque no puedo más, porque quiero su mano amiga y no la tengo" (p. 201)
"Alzarse en la noche con un puñal en la mano y devastar el país de los sueños. De aquellos sueños divorciados de la realidad" (p. 215)
"Aunque te revuelques en las cenizas, el florero dará siempre la hora del dolor" (p. 228)
"No invocarlo, no invocarlo. Morderse los dientes, comerse la voz, pero callar, callar como las piedras cuando meditan en la muerte, callar como los árboles cuando se enferman de pájaros. Llorar, callar" (p. 229)

Tengo muchas más, pero ya está bien. Hay lecturas de las que no se sale indemne. Esta es una de ellas.

Danza de dragones (Canción de Hielo y Fuego V), de George R.R. Martin

En el inmenso tablero donde el poder se escribe con fuego y sangre, hay historias que no solo leemos. Vivimos en ellas. Las goza...