viernes, 15 de septiembre de 2023
Diario de un maldito, de José Antonio Jiménez Barbero
sábado, 5 de noviembre de 2022
Unos días en París, de Paco López Mengual
En esta ocasión, después de guiarnos por la capital lusa en Recuerdos de Lisboa, López Mengual vuelve al diario/libro de viajes convirtiéndose en nuestro cicerone particular durante Unos días en París (MurciaLibro, 2016). Durante seis días, del 30 de julio al 4 de agosto de 2006, visita el autor, junto a su familia, los entornos más relevantes de la capital del hexágono: la torre Eiffel, que logra vencer su reticencia inicial; el Louvre y sus miles de joyas; el Arco del Triunfo, Les Invalides, el Musée d'Orsay y los puentes del Sena. Se rinde ante los encantos de la sesión golfa del mítico Moulin Rouge y contempla con sus propios ojos los tesoros que guarda la Shakespeare and Company, la librería más emblemática de todo París. Logra tomarse un café en la icónica Les Deux Magots, tiempo atrás epicentro de la vida cultural parisina (y cuyos precios parecen mantener el espíritu de la calidad artística que un día albergó) y es testigo del significativo mensaje que su mujer deposita en la tumba de Jean Paul Sartre, descubierta por azar en el camposanto de Montparnasse.
Como siempre, los cinco sentidos de López Mengual recorren las calles de la ciudad del amor, de la luz y de los gatos (aunque él no recuerda haberse cruzado con felino alguno durante sus visitas) atentos a la historia (con y sin mayúscula), a la efeméride o al cotilleo de alcoba que le narran las piedras, los árboles, el agua del Sena o los guías argentinos que les acompañan. Lo acompaña también su habitual sentido del humor. Magnífica su retranca al describir el infierno sodomita esculpido en el pórtico central de Notre-Dame o las peculiares misivas que enviaba Napoleón a su esposa para anunciarle su regreso del campo de batalla. Sin embargo, impregna también las páginas de su diario un cierto aroma a melancolía, porque en su viaje el autor no solamente cambia su ubicación espacial, sino también la temporal. Regresa a las meriendas de su infancia rememorando Las maravillas del mundo, una de las cinco obras literarias presentes cuando era niño en la sala de estar de su hogar. Mientras camina y observa, resuenan en su memoria los ecos de las voces de los muchos que se vieron obligados a exiliarse en tierras galas a causa de la Guerra Civil, y los gritos de libertad del mayo francés del 68, de los días de vino y rosas, de los que creyeron que bajo los adoquines dormía la arena de playa. Lectura más que recomendable, sí señor.
martes, 1 de marzo de 2022
La melodía del sueño, de Rafael Quereda
Creo que no me equivoco si afirmo que a la gran mayoría de nosotros nos gustaría dejar en el mundo una huella indeleble de nuestro paso por los días. Que tras nuestra marcha se nos siguiera recordando y lo que un día fuimos no se perdiera en tierras baldías donde no alcanza la memoria. A mí me encantaría que alguien se acordara de mí con afecto por haber puesto alguna vez una sonrisa en su cara, o por haberle regalado algún instante efímero de felicidad. Sin embargo, ciertos deseos de perdurar son bastante más ambiciosos...
Si quieren saber a qué me refiero, podrán descubrirlo entre las páginas de La melodía del sueño, ópera prima de Rafael Quereda, publicada por MurciaLibro en 2019. El inicio de la novela (negra, que no se lo había dicho) ya pica la curiosidad del lector. Nos presenta a un individuo, desahuciado de la vida por una enfermedad terminal, que última la planificación de lo que será su obra maestra, aquella por la que permanecerá en la memoria colectiva por los siglos de los siglos. Pocas páginas después, Madrid (ciudad donde se ambienta la trama) despierta con la aparición de un cadáver al que le faltan los ojos. Para más inri, el sujeto era oftalmólogo. Los globos oculares de la víctima son hallados en la fuente del Ángel Caído del Parque del retiro. César Ramos y Lola Henarejos serán la pareja policial encargada de la investigación del caso pero, antes de encontrar siquiera un indicio, otro cadáver al que le han amputado otro órgano relacionado con los sentidos. Así, hasta cinco cadáveres con mutilaciones estrechamente ligadas a sus profesiones. Y cinco apéndices sensoriales colocados estratégicamente en enclaves emblemáticos de la capital. Mientras la histeria hace mella en el ánimo de la población y nuestros investigadores se devanan los sesos intentando encontrar un hilo del que tirar para detener al asesino, un periodista de un periódico local en declive acierta a bautizarlo como "el asesino de los sentidos" y... Ya está bien, ya no les cuento más. Lean, lean si se han quedado con la intriga.
Asesinatos, atracciones complicadas, pasados que vuelven, personajes interesantes, y una banda sonora de gran calidad (el autor tuvo el detalle de listarla en un apéndice) les acompañarán si deciden embarcarse en esta lectura. Ya saben. Si se animan, pasen y lean.
martes, 18 de enero de 2022
Mortales (21 relatos de viaje al otro barrio), de Antonio J. Ruiz Munuera
miércoles, 9 de junio de 2021
Noventa libros y un film, de Manuel Moyano
lunes, 7 de junio de 2021
Los márgenes del tiempo, de Rosario Guarino
Con esta exquisita dedicatoria nos introduce Charo Guarino en Los márgenes del tiempo (MurciaLibro, 2019), su último poemario publicado hasta la fecha. Tras haber gozado de Palimpsesto azul y de Florida Verba, busco en sus líneas la belleza de un alma transmutada en verso, y la encuentro ya en el primer poema, "Ciclo", donde la autora se nos muestra «a orillas del tiempo,/ contando las olas», reflexionando sobre la vida, que es, al fin y al cabo, lo que sucede entre el pasado y el futuro que delimitan los márgenes del tiempo.
El tiempo es, efectivamente, el hilo conductor con el que Guarino hilvana primorosamente este poemario. Pero, como bien nos muestra en cada una de sus piezas, tiempos hay muchos y se perciben de forma muy distinta según las circunstancias del momento en cuestión. Existe el tiempo regular, el cíclico, el que nos reconforta con la certeza de que tras cada ocaso regresará de nuevo el amanecer. Existe el tiempo amable en el que transcurren los recuerdos de la infancia, el que nos permite admirar el lila de la jacaranda y el brillo de la luna a la que cantamos, enamorados y soñadores. Existe el tiempo amargo del desengaño, del desamor, que percibimos como eterno, sobre todo comparado con el instante fugaz y placentero de la caricia o el abrazo anhelados («cuán breve es el instante/ si es de dicha,/ qué eterno cuando duele/ y el consuelo se esconde/ en un bucle perpetuo de desorden», nos dice en "Volver a empezar"). A veces es tiempo huido, otras faro iluminado por la esperanza, otras minutos que flotan entre música y poesía. Y luego está el tiempo más cruel, el más obsceno, el más desgarrador: el tiempo mudo y congelado de la pérdida ("Elegía a Gonzalo") y el tiempo del horror ("El secreto"). Todos estos tiempos distintos confluyen indefectiblemente en nuestros calendarios, dejando nuestro corazón «como un viejo madero/ a la intemperie/ soportando los rigores del clima,/ el azote de las lluvias y el viento» ("Intemperie").
Todo un placer sentir que vuelven a cautivarme sus versos sencillos y hermosos, su música serena y femenina, su candorosa voz poética en constante diálogo con la mitología y sus amados clásicos.
martes, 12 de enero de 2021
Cuaderno de Ibiza y otros poemas, de José Cantabella
martes, 24 de noviembre de 2020
Palabras y café con escritores, Pascual García
El nombre de Pascual García entró en mis registros de manera accidental mientras buscaba en Internet qué se había dicho en cualquier parte de las obras de Rubén Castillo. Encontré críticas suyas en revistas literarias y en artículos de El Noroeste Digital, y me parecieron interesantes y, la verdad, escritas con mucho gusto (sus palabras sobre El verbo se hizo carne son, por abreviar, espectaculares). Volví a cruzarme con su nombre en mis primeras e infructuosas búsquedas de los poemarios de José Cantabella, y me quedó en la mente un regusto dulce tras leer su reseña de Poemas de Amor. Pocos días después, y sin buscarlo, me encontré con Palabras y café con escritores. Demasiadas eran ya las señales que me enviaba Calíope como para seguir contemplando las palabras de Pascual García como algo anecdótico y puramente circunstancial. Por lo tanto, adquirí el ejemplar y lo deposité, siguiendo mi propia norma, en la pila de libros “pendientes de ser leídos en un momento no muy lejano”. La semana pasada no pude resistir ya más la tentación de abrirlo, solo para echarle un vistazo, aunque tenía otras obras que, por orden cronológico de llegada al montoncito (que cada día es más montón), debería haber cogido primero... Y ya no lo pude dejar.
Las diecinueve entrevistas que integran esta obra (otro tanto que se apunta MurciaLibro) son una magnífica oportunidad para deleitarse con las perspectivas sobre la literatura, y sobre la vida en general, de autores relevantes tanto en la literatura regional murciana como, en algunos casos, en el panorama literario nacional. Honestamente, me produce sonrojo no conocer más que unos pocos nombres entre todos sus interlocutores, pero no será cuestión de autoflagelarme (o eso prefiero pensar). Huelga decir, creo, cuál ha sido la entrevista que he leído más veces (si siguen mi blog no será difícil de adivinar. Como pista, creo que calificarlo como un “animal de la palabra” es acertadísimo). Impactante ha sido, además, conocer la vocación literaria tardía del inalcanzable José Cantabella y poder percibir sencillez, humildad y amor en sus respuestas. La entrevista a Manuel Moyano me ha picado francamente la curiosidad, y en algún momento (espero que pronto) me gustaría acercarme a sus páginas. Cito solo dos de ellas para que la longitud de esta entrada no sea excesiva, pero todas las he ido disfrutando sorbo a sorbo, tanto por el contenido de las mismas como por el modo en que las articula.
Sin embargo, lo que a esta humilde (e ignorante, ay) lectora más la ha impresionado de Palabras y café con escritores ha sido el entrevistador. Su amplio y profundo conocimiento de la obra de sus entrevistados, y la amistad que lo une a muchos de ellos. La calidad con la que construye preguntas y da forma a las respuestas, salpimentándolas con sus propias reflexiones (claras, reveladoras, dulces). La modestia y la admiración que destilan sus palabras hacia el objeto de sus pesquisas. Y, sobre todo, el inconmensurable amor y la devoción por la literatura que fluyen de cada una de las 337 páginas que dan cuerpo a la obra.
Gracias, Pascual García, y gracias a Calíope por haberlo puesto en mi camino.
miércoles, 18 de noviembre de 2020
La Voz Oscura, de Rubén Castillo
¿Cómo se lucha contra la niebla? ¿Cómo se enfrenta uno contra algo que no ve?
Esa es una de las muchas preguntas que se hace el protagonista de la novela que terminé anoche: La Voz Oscura, de Rubén Castillo (para variar, dirán ustedes). Nuestro protagonista, Jaime Díez, profesor universitario de Química, es, con toda seguridad, uno de esos personajes a los que se detesta profundamente ya en las primeras páginas de cualquier libro en el que aparezca. Atesora una serie de cualidades nada desdeñables: prepotente, machista, maleducado, carente de cualquier tipo de moral o ética (ajenos al suyo propio, por supuesto). Un dechado de virtudes, en resumen. Pues este buen señor entra en su despacho “un lunes de abril”, preparado para afrontar su rutina académica de dar clase, despreciar a quien se le ponga a tiro, volver a dar clase, comprobar que ha humillado a sus becarias como Dios manda, etc. y descubre que el destino ha osado alterar su agenda con un mensaje de correo electrónico de lo más curioso, seguido de la llamada telefónica de una voz oscura, misteriosa y desagradable. El primer pensamiento que cruza por su cabeza es que se trata de una broma con la gracia más que escasa, pero poco después se da cuenta de su error. La voz oscura y su alter ego electrónico, a través de una serie de instrucciones poco o nada ortodoxas y alguna que otra amenaza, torturarán la mente del personaje hasta límites inconcebibles. El teléfono móvil y su McIntosh se convertirán en sus peores enemigos. El tiempo y su vida, en una incógnita. ¿Quién le está haciendo esto y por qué?
Como podrán ustedes imaginar, la tensión narrativa de esta novela es brutal. Yo diría que es una de las obras donde menos presencia tiene la pluma lírica del autor (y digo menos presencia, no carencia), adquiriendo más relevancia las descripciones precisas y fotográficas, tanto de escenarios terrenos como mentales, que retratan de manera realista y sublime los cauces del miedo, la ansiedad y la angustia: «Y sintió un miedo espantoso, irracional, profundo, el miedo que se siente ante las cosas que nos rodean en la oscuridad y que tienen ojos brillantes, y dientes, y pezuñas. Un miedo que nace en la espalda y se extiende por los brazos y la nuca». Con ello obtiene uno de sus mayores méritos, en mi opinión, en esta obra: conseguir que sintamos esas mismas emociones (es decir, una vez más nos manipula a su antojo) y lograr que empaticemos (quién lo hubiera dicho en las primeras páginas) con el deleznable personaje y compartamos su dolor. El desenlace... Bueno, eso mejor lo omito. No voy a ser yo la única que haya caído a cuatro patas, creo yo.
En definitiva, no sé las horas que habré invertido (divina inversión) en leer la obra, pero se me han convertido en segundos. No sé cuántas cosas he dejado de hacer, cuántas obligaciones he dejado de atender (ay, Dios, espero que no muchas), pero solo quería seguir y averiguar de una maldita vez qué demonios estaba pasando.
Algunas de sus frases para mi colección:
“Y el reloj, enfrente, con sus manecillas instaladas en las nueve y 5”
«Las personas que sufren un dolor o una desgracia se preguntan siempre por qué les ha tocado a ellos sufrir, por qué la fatalidad los ha señalado con su dedo huérfano de misericordia»
«Habían sido cuerpos y eran humo»
P. D. Y si no era ya suficientemente tarde cuando acabé la última página, investigando qué se había dicho de la novela me encuentro, pasada la una de la mañana, un regalo que no esperaba encontrar:
Qué afortunada me siento habiendo podido verlo y escucharlo hablar, por fin, de sus obras. Con solo tres horas de sueño, pero
feliz. Algún día me gustaría decirle que hay una cosa en la que se equivoca...
miércoles, 4 de noviembre de 2020
Los días humillados, de Rubén Castillo
¿Me vais a matar?
Este es el eco, implacable y demoledor, que me resuena en la cabeza y en las entrañas tras leer Los días humillados, de Rubén Castillo, editada por Murcialibro allá por diciembre de 2016.
Un empresario vasco secuestrado por ETA, un zulo, dos captores con nombres vasquísimos, un rescate, un tiempo que se agota... ¿Os suena, verdad? (Quini, Ortega Lara, Miguel Ángel Blanco, etc.) La trama de la novela no es entonces difícil de imaginar. Terrenos escabrosos y peligrosos donde no muchos se atreven a entrar y menos todavía salen airosos. El Sr. Castillo lo ha conseguido. Ha logrado conjurar en 101 páginas el miedo, la angustia, la oscuridad, de una de las épocas más negras de nuestra historia reciente: el terrorismo de ETA.
Con un único escenario (el zulo, opresivo, maloliente) y tres personajes (Jose María, la víctima, y Julen y Patxi, los perros guardianes que vigilan su reclusión –dejando aparte a Idoia, siempre ausente pero siempre presente, encarnando por un lado la divinidad para los gudaris, el terror para los demás) el autor persigue como objetivo centrar el conflicto mediante la oposición, dialéctica y psicológica, de ambas perspectivas. Por un lado, y por boca de los secuestradores, nos transmite el alegato propagandístico de la banda terrorista, la historia de su nacimiento y algunos acontecimientos importantes, su repugnante código moral, sus consignas, etc. («No fue un asesinato. Fue una ejecución, Txema. Una ejecución dictaminada por el pueblo», pág. 75) Por el otro, la perspectiva de la víctima, que aglutina la incomprensión, la desesperación, la rebelión, el miedo que consume, de aquellos (vascos y no vascos) que no les bailan el agua y, compartiendo o no ideario nacionalista, no se tragan sus ruedas de molino («Todo lo que representáis. Vosotros sois una inmoralidad», pag. 64. «Nadie debería mostrarse orgulloso de matar», pág. 80). En el vértice de ambas perspectivas se nos muestra claramente el cisma que ETA ha supuesto en la sociedad española, pero más aún en la vasca (mirad si no la historia de la familia de Patxi).
¿Y cómo articula el Sr. Castillo este combate de argumentos? ¿Cómo logra que entremos en la mente de ambas caras de la moneda y queramos comprender? Con un narrador externo prácticamente inexistente (puede que tributario de Espinosa, que nos mostraba los hechos en lugar de relatarlos), se vale del diálogo, magistral y soberbio (que es más bien monólogo por parte de los etarras, porque el secuestrado apenas responde, y porque a fuerza de repetir uno ciertas cosas en voz alta parece que se las cree más) y del intenso, duro pero precioso monólogo interior de la víctima. Aparte, y yo insisto, esa forma que tiene de transmitir las percepciones sensoriales es merecedora de aplauso. Te mete dentro del zulo y no te das cuenta hasta que al salir notas que ya te iba faltando el aire. La tangibilidad de las percepciones sensoriales en la literatura de Rubén Castillo, ya lo estoy viendo...
Una vez más, el coleccionista de mariposas demuestra, con su prosa ágil, su vigor narrativo y su tremenda intensidad dramática, su calidad como escritor en esta novela asfixiante y dura, pero dotada de una verosimilitud impresionante. Demuestra, además, con esta obra, que es un escritor valiente, tanto por abordar un tema tan complejo y lacerante, como por la forma en que lo ha hecho, dando voz explícita a lo que casi nunca nos cuentan sobre ETA.
Matadme, matadme ya. Matadme, por Dios. Matadme. Esas son las palabras de un hombre que se ha rendido. Dignidad arrebatada. Desesperación.
Nota: puede parecer de lectura fácil, pero tomaos vuestro tiempo. Leedla despacio y empapaos de ella.
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