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viernes, 15 de septiembre de 2023

Diario de un maldito, de José Antonio Jiménez Barbero

Yo ya he muerto. Y como estoy muerto, no tengo nada que perder.

En general, tratamos de no pensar en ella, pero la muerte, junto con el nacimiento, es el único acontecimiento inevitable para el ser humano. ¿De cuántas formas es posible morir? Si se consultan datos del INE, en España se han detectado hasta 12.000 formas de expirar, algunas tan increíbles como caerse de una silla. Si uno investiga un poco las redes, observará que hay cierta controversia con respecto a cuál es la peor, la más dolorosa, la más dulce, y un punto básico de acuerdo: la parada cardiorrespiratoria definitiva. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando uno se sabe muerto y sin embargo sigue respirando? ¿Qué nefasto suceso provoca que alguien se convierta en una máquina con un único objetivo: hacer "justicia" a cualquier precio? Podríamos preguntarle, por ejemplo, al escritor José Antonio Jiménez Barbero pues, en la novela que acabo de terminar, trata estos asuntos de una manera afilada, implacable, sin piedad (como ya viene siendo habitual, retorciéndole las tripas al lector). 

En Diario de un maldito (MurciaLibro, 2022) se narra en primera persona, y a modo de diario personal, la historia de Raúl Salom, un profesor universitario que decide impedir la agresión a un alumno, totalmente ajeno al jardín donde se mete. Como consecuencia de esa intromisión, de la noche a la mañana pierde todo lo que le ancla al mundo, y se hunde en una profundísima depresión que le lleva a intentar suicidarse en repetidas ocasiones. En una de ellas, de manera completamente fortuita, acaba segando la vida de un drogadicto que pretendía robarle. Esa muerte sacará a la luz una parte oscura de sí mismo que no conocía y que desencadenará una espiral de acciones violentas perpetradas con toda premeditación y alevosía. Se convertirá así en autoproclamado justiciero con la potestad de decidir quién vive y quién muere. Mientras transita esta virulenta senda de destrucción conocerá instantes de bondad, amistad y lealtad, que no serán suficientes para apartarlo del objetivo que, involuntariamente, se ha marcado la cáscara vacía que una vez fuera un hombre. 

Diario de un maldito resulta una aproximación diferente, original, a los parámetros a los que nos tiene habituados la novela negra. El foco de Jiménez Barbero no se centra ni en el esclarecimiento de un crimen ni en ningún arquetipo de investigador/policía. Con la prosa pulida pero asequible que lo caracteriza y el amplio bagaje de conocimientos acerca de la psique humana que atesora, Jiménez Barbero muestra a lector, sin subterfugios, la mutación de un alma del color de lo ordinario a la negrura de lo terrible. De la luz habitual de lo normativo a la noche infinita del dolor salvaje. Una obra para disfrutarla y sufrirla a la vez que dejará en el lector, indefectiblemente, un universo de reflexión y de dudas. Yo no me la perdería. Destacaría también lo acertado de la ilustración, simbólica y potentísima, de la cubierta de la obra, magnífica composición de Diana Escribano. 

sábado, 5 de noviembre de 2022

Unos días en París, de Paco López Mengual

Decía Moslih Eddin Saadi, célebre poeta persa del período medieval, que «un viajero que no observa es un pájaro sin alas». Si aceptásemos como válida tal afirmación, cabría también figurarnos que el tamaño de las alas del ave en cuestión podría ser directamente proporcional a la capacidad de observación y a la perspicacia con la que observa el viajero. Partiendo de tales premisas no sería erróneo, pues, asociar a Paco López Mengual (mercero, escritor y trotamundos) con la imagen del cóndor andino, cuya envergadura alar alcanza los tres metros de longitud (cifra que lo sitúa en el número uno del ránking alado del reino animal). López Mengual viaja, observa y reflexiona, reflexiona y observa, y anota su cosecha del día en las hojas de un cuaderno para que, tiempo después, sus lectores seamos partícipes de la experiencia con todo lujo de detalles.

En esta ocasión, después de guiarnos por la capital lusa en Recuerdos de Lisboa, López Mengual vuelve al diario/libro de viajes convirtiéndose en nuestro cicerone particular durante Unos días en París (MurciaLibro, 2016). Durante seis días, del 30 de julio al 4 de agosto de 2006, visita el autor, junto a su familia, los entornos más relevantes de la capital del hexágono: la torre Eiffel, que logra vencer su reticencia inicial; el Louvre y sus miles de joyas; el Arco del Triunfo, Les Invalides, el Musée d'Orsay y los puentes del Sena. Se rinde ante los encantos de la sesión golfa del mítico Moulin Rouge y contempla con sus propios ojos los tesoros que guarda la Shakespeare and Company, la librería más emblemática de todo París. Logra tomarse un café en la icónica Les Deux Magots, tiempo atrás epicentro de la vida cultural parisina (y cuyos precios parecen mantener el espíritu de la calidad artística que un día albergó) y es testigo del significativo mensaje que su mujer deposita en la tumba de Jean Paul Sartre, descubierta por azar en el camposanto de Montparnasse.

Como siempre, los cinco sentidos de López Mengual recorren las calles de la ciudad del amor, de la luz y de los gatos (aunque él no recuerda haberse cruzado con felino alguno durante sus visitas) atentos a la historia (con y sin mayúscula), a la efeméride o al cotilleo de alcoba que le narran las piedras, los árboles, el agua del Sena o los guías argentinos que les acompañan. Lo acompaña también su habitual sentido del humor. Magnífica su retranca al describir el infierno sodomita esculpido en el pórtico central de Notre-Dame o las peculiares misivas que enviaba Napoleón a su esposa para anunciarle su regreso del campo de batalla. Sin embargo, impregna también las páginas de su diario un cierto aroma a melancolía, porque en su viaje el autor no solamente cambia su ubicación espacial, sino también la temporal. Regresa a las meriendas de su infancia rememorando Las maravillas del mundo, una de las cinco obras literarias presentes cuando era niño en la sala de estar de su hogar. Mientras camina y observa, resuenan en su memoria los ecos de las voces de los muchos que se vieron obligados a exiliarse en tierras galas a causa de la Guerra Civil, y los gritos de libertad del mayo francés del 68, de los días de vino y rosas, de los que creyeron que bajo los adoquines dormía la arena de playa. Lectura más que recomendable, sí señor.

martes, 1 de marzo de 2022

La melodía del sueño, de Rafael Quereda

Creo que no me equivoco si afirmo que a la gran mayoría de nosotros nos gustaría dejar en el mundo una huella indeleble de nuestro paso por los días. Que tras nuestra marcha se nos siguiera recordando y lo que un día fuimos no se perdiera en tierras baldías donde no alcanza la memoria. A mí me encantaría que alguien se acordara de mí con afecto por haber puesto alguna vez una sonrisa en su cara, o por haberle regalado algún instante efímero de felicidad. Sin embargo, ciertos deseos de perdurar son bastante más ambiciosos...

Si quieren saber a qué me refiero, podrán descubrirlo entre las páginas de La melodía del sueño, ópera prima de Rafael Quereda, publicada por MurciaLibro en 2019. El inicio de la novela (negra, que no se lo había dicho) ya pica la curiosidad del lector. Nos presenta a un individuo, desahuciado de la vida por una enfermedad terminal, que última la planificación de lo que será su obra maestra, aquella por la que permanecerá en la memoria colectiva por los siglos de los siglos. Pocas páginas después, Madrid (ciudad donde se ambienta la trama) despierta con la aparición de un cadáver al que le faltan los ojos. Para más inri, el sujeto era oftalmólogo. Los globos oculares de la víctima son hallados en la fuente del Ángel Caído del Parque del retiro. César Ramos y Lola Henarejos serán la pareja policial encargada de la investigación del caso pero, antes de encontrar siquiera un indicio, otro cadáver al que le han amputado otro órgano relacionado con los sentidos. Así, hasta cinco cadáveres con mutilaciones estrechamente ligadas a sus profesiones. Y cinco apéndices sensoriales colocados estratégicamente en enclaves emblemáticos de la capital. Mientras la histeria hace mella en el ánimo de la población y nuestros investigadores se devanan los sesos intentando encontrar un hilo del que tirar para detener al asesino, un periodista de un periódico local en declive acierta a bautizarlo como "el asesino de los sentidos" y... Ya está bien, ya no les cuento más. Lean, lean si se han quedado con la intriga.

Asesinatos, atracciones complicadas, pasados que vuelven, personajes interesantes, y una banda sonora de gran calidad (el autor tuvo el detalle de listarla en un apéndice) les acompañarán si deciden embarcarse en esta lectura. Ya saben. Si se animan, pasen y lean. 

martes, 18 de enero de 2022

Mortales (21 relatos de viaje al otro barrio), de Antonio J. Ruiz Munuera

La única certeza que tenemos de la vida es que un día u otro (cuanto más tarde, mejor) llegará a su fin. Son muchas las preguntas que nos hacemos al respecto (al menos yo) para las que no hay respuesta, por eso en la mayoría de ocasiones obviamos el tema de la muerte, como si fuera un acontecimiento en el devenir ajeno y no en el propio. Sin embargo, algunas personas miran a los ojos a la ineludible parca y hasta se atreven a fabricar carcajadas con la tela sobrante de su manto de sombra.

Antonio J. Ruiz Munuera es uno de esos autores que ya le gana el pulso a la muerte haciendo más llevaderas todas esas horas en las que no morimos. Acabo de terminar de leer Mortales (21 relatos de viaje al otro barrio), publicada por MurciaLibro a finales de 2019, y la sensación es de sorpresa y de gratitud. Sorpresa, porque no es habitual sonreír (ni reír a mandíbula batiente) cuando se lee acerca de nuestro último viaje. Gratitud, porque esas sonrisas han sido un potente faro para esta lectora en medio de una tempestad de días difíciles. En Mortales, Ruiz Munuera ofrece al lector 21 relatos (y explica bien por qué elige dicha cifra), dispuestos en riguroso orden cronológico –desde la concepción hasta la ausencia nacida del deceso– donde la brevedad, el humor y el ingenio brillan a partes iguales. Personajes variopintos, desde simples legos a siervos del Altísimo, nos ofrecen en sus líneas diferentes perspectivas sobre el tránsito final. Lean y escojan ustedes su(s) favorito(s). Yo ya tengo los míos.

Una vez más, Ruiz Munuera acierta de pleno en su elección del humor como estandarte, provocando un distanciamiento que permite al lector relajarse ante tan escabroso asunto como es la muerte e incluso reflexionar sobre ella sin rendirse a excesivos dramatismos. Lo hace, eso sí, valiéndose de una prosa mimada y trabajada que dota a los relatos de una calidad literaria que iguala a la narrativa. Las ilustraciones, a cargo de una jovencísima Clara Hernández, conectan a la perfección con la sustancia de los relatos, y ponen el broche de oro al conjunto. No esperen más. Pasen y lean (mientras les quede tiempo). 

miércoles, 9 de junio de 2021

Noventa libros y un film, de Manuel Moyano

No considero que la lectura sea un vicio, pero tampoco es una virtud.

Esta cita de Harold Bloom es la elegida como pistoletazo de salida de Noventa libros y un film, de Manuel Moyano, publicada en 2016 bajo el sello de MurciaLibro (que, dicho sea de paso, constituye para mí un sello de calidad literaria). Una compilación de reseñas literarias (publicadas entre 2009 y 2011 en Ababol, suplemento cultural del diario La Verdad), ocho prólogos y, como el propio título indica, una simpática crítica cinematográfica, configuran esta obra ecléctica y llena de matices interesantísimos.

Si bien es cierto que, por mi equilibrio mental, he abandonado toda pretensión de elaborar listas de lectura a raíz de lo que los dioses reseñan, he de reconocer que he disfrutado la lectura de esta obra de una manera ciertamente fisgona. Cuando se admira a un autor como esta lectora admira a Manuel Moyano, tener la oportunidad de recorrer las sendas de sus experiencias literarias con obras ajenas es todo un lujo. Ficción, ensayo, textos científicos, clásicos reeditados, novela, relato, microrrelato; todo bajo su mirada peculiar que capta matices que la mayoría de mortales no osaríamos siquiera intuir. Nombres que se repiten a lo largo de las páginas y nos permiten atisbar sus pasiones en estas lides: Borges, siempre Borges; Lovecraft, Poe, Bukowski, Juan Manuel de Prada. Autores que se me han quedado dando vueltas en la mente: Jon Bilbao, Olgoso, Miguel Ángel Hernández (prometo no apuntarlos en ninguna lista).

Con respecto a sus prólogos, destacaría que, siendo joyas literarias per se, cumplen holgadamente con la función que convencionalmente se les asigna: provocar en el posible lector unas ganas (casi irrreprimibles) de perderse entre las páginas a las que preceden. Me ha emocionado especialmente la lectura de "El hombre de Inawaia", preámbulo de la reedición de Mosaico Papú, de Xavier Vergés (Nausícaä, 2007), pues he creído encontrar en el texto el posible germen que dio lugar al Padre Cuballó de El imperio de Yegorov

Y una casualidad grata que la película comentada sea Tiburón, la que más veces habré visto a lo largo de mi vida. La que volvería a ver una y otra vez sin cansarme. Solo escuchar la musiquilla y ya se me eriza la piel. La diferencia es que, en lugar de desarrollar miedo o aversión al mar, a mí me inspiró una insólita querencia por los escualos que, junto a las medusas y los ofidios, son mis animales favoritos.

P.D. Y me van a disculpar el Sr. Bloom y el Sr. Moyano, pero algo de vicio sí que tiene la literatura.

lunes, 7 de junio de 2021

Los márgenes del tiempo, de Rosario Guarino

A cuanto quedó en los márgenes para la eternidad,
y a cuanto gozó de su instante fugaz.
Mientras tanto, sin embargo, la vida.

Con esta exquisita dedicatoria nos introduce  Charo Guarino en Los márgenes del tiempo (MurciaLibro, 2019), su último poemario publicado hasta la fecha. Tras haber gozado de Palimpsesto azul y de Florida Verba, busco en sus líneas la belleza de un alma transmutada en verso, y la encuentro ya en el primer poema, "Ciclo", donde la autora se nos muestra «a orillas del tiempo,/ contando las olas», reflexionando sobre la vida, que es, al fin y al cabo, lo que sucede entre el pasado y el futuro que delimitan los márgenes del tiempo.

El tiempo es, efectivamente, el hilo conductor con el que Guarino hilvana primorosamente este poemario. Pero, como bien nos muestra en cada una de sus piezas, tiempos hay muchos y se perciben de forma muy distinta según las circunstancias del momento en cuestión. Existe el tiempo regular, el cíclico, el que nos reconforta con la certeza de que tras cada ocaso regresará de nuevo el amanecer. Existe el tiempo amable en el que transcurren los recuerdos de la infancia, el que nos permite admirar el lila de la jacaranda y el brillo de la luna a la que cantamos, enamorados y soñadores. Existe el tiempo amargo del desengaño, del desamor, que percibimos como eterno, sobre todo comparado con el instante fugaz y placentero de la caricia o el abrazo anhelados («cuán breve es el instante/ si es de dicha,/ qué eterno cuando duele/ y el consuelo se esconde/ en un bucle perpetuo de desorden», nos dice en "Volver a empezar"). A veces es tiempo huido, otras faro iluminado por la esperanza, otras minutos que flotan entre música y poesía. Y luego está el tiempo más cruel, el más obsceno, el más desgarrador: el tiempo mudo y congelado de la pérdida ("Elegía a Gonzalo") y el tiempo del horror ("El secreto"). Todos estos tiempos distintos confluyen indefectiblemente en nuestros calendarios, dejando nuestro corazón «como un viejo madero/ a la intemperie/ soportando los rigores del clima,/ el azote de las lluvias y el viento» ("Intemperie").

Todo un placer sentir que vuelven a cautivarme sus versos sencillos y hermosos, su música serena y femenina, su candorosa voz poética en constante diálogo con la mitología y sus amados clásicos. 

martes, 12 de enero de 2021

Cuaderno de Ibiza y otros poemas, de José Cantabella

Entonces,
como si nada, como si todo, 
nacieron los poemas para este Cuaderno,
que a veces te reclaman a gritos,
otras veces, en silencio, 
pero siempre reclamada, 
porque saben que sin ti
no serían.

Con esos versos del poema "Uno" José Cantabella nos revela ya el catalizador de la génesis creadora de su Cuaderno de Ibiza y otros poemas, su último poemario, que vio la luz a finales de 2018 bajo el sello de MurciaLibro. Dedicado por entero a Carmen Cantabella, su esposa, es otra muestra más de la importancia del Amor (así con mayúsculas, como lo escribe él en su dedicatoria) en la vida del poeta.

La obra se divide en dos partes. La primera, "Cuadernos de Ibiza", consta de veintiocho textos breves hilados con versos disfrazados de prosa, en donde el autor se despoja de todo para narrarle al lector, con esa mirada suya tan característica, limpia e inocente (aliñada con ciertas pinceladas de pasión erótica) su viaje y estancia en la isla bonita, conectados siempre al desarrollo de una historia de amor que parece que llegó para quedarse. Ambientación ibicenca, sus calles, sus playas y sus cielos como escenario de miradas, besos y caricias que le colman el alma, y que el lector es capaz de sentir como suyos.

La segunda parte, "Otros poemas", es una recopilación de textos en verso o en prosa de temática diversa. Amor, miedo, pintura, literatura ("El milagro del poema" es un ejemplo bellísimo de su estima por las letras) generan toda una serie de sentimientos esculpidos en tinta que merece la pena disfrutar. 

En definitiva, emoción, pureza y elegancia se dan la mano para dibujar los contornos de la intimidad más íntima del poeta. 

Os dejo uno de mis fragmentos preferidos: 

"Todas las noches, desde nuestro balcón vemos cómo la luna mira el castillo con ojos de enamorada, y el otro le devuelve la mirada con gesto idéntico, porque todas las noches la luna quisiera bajar, salvar la muralla para besar el castillo y sellar ya para siempre este pacto de amor que tiene a la isla encantada." (p.40)

martes, 24 de noviembre de 2020

Palabras y café con escritores, Pascual García


El nombre de Pascual García entró en mis registros de manera accidental mientras buscaba en Internet qué se había dicho en cualquier parte de las obras de Rubén Castillo. Encontré críticas suyas en revistas literarias y en artículos de El Noroeste Digital, y me parecieron interesantes y, la verdad, escritas con mucho gusto (sus palabras sobre El verbo se hizo carne son, por abreviar, espectaculares). Volví a cruzarme con su nombre en mis primeras e infructuosas búsquedas de los poemarios de José Cantabella, y me quedó en la mente un regusto dulce tras leer su reseña de Poemas de Amor. Pocos días después, y sin buscarlo, me encontré con Palabras y café con escritores. Demasiadas eran ya las señales que me enviaba Calíope como para seguir contemplando las palabras de Pascual García como algo anecdótico y puramente circunstancial. Por lo tanto, adquirí el ejemplar y lo deposité, siguiendo mi propia norma, en la pila de libros “pendientes de ser leídos en un momento no muy lejano”. La semana pasada no pude resistir ya más la tentación de abrirlo, solo para echarle un vistazo, aunque tenía otras obras que, por orden cronológico de llegada al montoncito (que cada día es más montón), debería haber cogido primero... Y ya no lo pude dejar.

Las diecinueve entrevistas que integran esta obra (otro tanto que se apunta MurciaLibro) son una magnífica oportunidad para deleitarse con las perspectivas sobre la literatura, y sobre la vida en general, de autores relevantes tanto en la literatura regional murciana como, en algunos casos, en el panorama literario nacional. Honestamente, me produce sonrojo no conocer más que unos pocos nombres entre todos sus interlocutores, pero no será cuestión de autoflagelarme (o eso prefiero pensar). Huelga decir, creo, cuál ha sido la entrevista que he leído más veces (si siguen mi blog no será difícil de adivinar. Como pista, creo que calificarlo como un “animal de la palabra” es acertadísimo). Impactante ha sido, además, conocer la vocación literaria tardía del inalcanzable José Cantabella y poder percibir sencillez, humildad y amor en sus respuestas. La entrevista a Manuel Moyano me ha picado francamente la curiosidad, y en algún momento (espero que pronto) me gustaría acercarme a sus páginas. Cito solo dos de ellas para que la longitud de esta entrada no sea excesiva, pero todas las he ido disfrutando sorbo a sorbo, tanto por el contenido de las mismas como por el modo en que las articula.

Sin embargo, lo que a esta humilde (e ignorante, ay) lectora más la ha impresionado de Palabras y café con escritores ha sido el entrevistador. Su amplio y profundo conocimiento de la obra de sus entrevistados, y la amistad que lo une a muchos de ellos. La calidad con la que construye preguntas y da forma a las respuestas, salpimentándolas con sus propias reflexiones (claras, reveladoras, dulces). La modestia y la admiración que destilan sus palabras hacia el objeto de sus pesquisas. Y, sobre todo, el inconmensurable amor y la devoción por la literatura que fluyen de cada una de las 337 páginas que dan cuerpo a la obra.

Gracias, Pascual García, y gracias a Calíope por haberlo puesto en mi camino.

 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

La Voz Oscura, de Rubén Castillo


¿Cómo se lucha contra la niebla? ¿Cómo se enfrenta uno contra algo que no ve?

Esa es una de las muchas preguntas que se hace el protagonista de la novela que terminé anoche: La Voz Oscura, de Rubén Castillo (para variar, dirán ustedes). Nuestro protagonista, Jaime Díez, profesor universitario de Química, es, con toda seguridad, uno de esos personajes a los que se detesta profundamente ya en las primeras páginas de cualquier libro en el que aparezca. Atesora una serie de cualidades nada desdeñables: prepotente, machista, maleducado, carente de cualquier tipo de moral o ética (ajenos al suyo propio, por supuesto). Un dechado de virtudes, en resumen. Pues este buen señor entra en su despacho “un lunes de abril”, preparado para afrontar su rutina académica de dar clase, despreciar a quien se le ponga a tiro, volver a dar clase, comprobar que ha humillado a sus becarias como Dios manda, etc. y descubre que el destino ha osado alterar su agenda con un mensaje de correo electrónico de lo más curioso, seguido de la llamada telefónica de una voz oscura, misteriosa y desagradable. El primer pensamiento que cruza por su cabeza es que se trata de una broma con la gracia más que escasa, pero poco después se da cuenta de su error. La voz oscura y su alter ego electrónico, a través de una serie de instrucciones poco o nada ortodoxas y alguna que otra amenaza, torturarán la mente del personaje hasta límites inconcebibles. El teléfono móvil y su McIntosh se convertirán en sus peores enemigos. El tiempo y su vida, en una incógnita. ¿Quién le está haciendo esto y por qué?

Como podrán ustedes imaginar, la tensión narrativa de esta novela es brutal. Yo diría que es una de las obras donde menos presencia tiene la pluma lírica del autor (y digo menos presencia, no carencia), adquiriendo más relevancia las descripciones precisas y fotográficas, tanto de escenarios terrenos como mentales, que retratan de manera realista y sublime los cauces del miedo, la ansiedad y la angustia: «Y sintió un miedo espantoso, irracional, profundo, el miedo que se siente ante las cosas que nos rodean en la oscuridad y que tienen ojos brillantes, y dientes, y pezuñas. Un miedo que nace en la espalda y se extiende por los brazos y la nuca». Con ello obtiene uno de sus mayores méritos, en mi opinión, en esta obra: conseguir que sintamos esas mismas emociones (es decir, una vez más nos manipula a su antojo) y lograr que empaticemos (quién lo hubiera dicho en las primeras páginas) con el deleznable personaje y compartamos su dolor. El desenlace... Bueno, eso mejor lo omito. No voy a ser yo la única que haya caído a cuatro patas, creo yo.

En definitiva, no sé las horas que habré invertido (divina inversión) en leer la obra, pero se me han convertido en segundos. No sé cuántas cosas he dejado de hacer, cuántas obligaciones he dejado de atender (ay, Dios, espero que no muchas), pero solo quería seguir y averiguar de una maldita vez qué demonios estaba pasando.

Algunas de sus frases para mi colección:

“Y el reloj, enfrente, con sus manecillas instaladas en las nueve y 5”

«Las personas que sufren un dolor o una desgracia se preguntan siempre por qué les ha tocado a ellos sufrir, por qué la fatalidad los ha señalado con su dedo huérfano de misericordia»

«Habían sido cuerpos y eran humo»

P. D. Y si no era ya suficientemente tarde cuando acabé la última página, investigando qué se había dicho de la novela me encuentro, pasada la una de la mañana, un regalo que no esperaba encontrar:


Qué afortunada me siento habiendo podido verlo y escucharlo hablar, por fin, de sus obras. Con solo tres horas de sueño, pero feliz. Algún día me gustaría decirle que hay una cosa en la que se equivoca...

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Los días humillados, de Rubén Castillo


¿Me vais a matar?

Este es el eco, implacable y demoledor, que me resuena en la cabeza y en las entrañas tras leer Los días humillados, de Rubén Castillo, editada por Murcialibro allá por diciembre de 2016.

Un empresario vasco secuestrado por ETA, un zulo, dos captores con nombres vasquísimos, un rescate, un tiempo que se agota... ¿Os suena, verdad? (Quini, Ortega Lara, Miguel Ángel Blanco, etc.) La trama de la novela no es entonces difícil de imaginar. Terrenos escabrosos y peligrosos donde no muchos se atreven a entrar y menos todavía salen airosos. El Sr. Castillo lo ha conseguido. Ha logrado conjurar en 101 páginas el miedo, la angustia, la oscuridad, de una de las épocas más negras de nuestra historia reciente: el terrorismo de ETA.

Con un único escenario (el zulo, opresivo, maloliente) y tres personajes (Jose María, la víctima, y Julen y Patxi, los perros guardianes que vigilan su reclusión –dejando aparte a Idoia, siempre ausente pero siempre presente, encarnando por un lado la divinidad para los gudaris, el terror para los demás) el autor persigue como objetivo centrar el conflicto mediante la oposición, dialéctica y psicológica, de ambas perspectivas. Por un lado, y por boca de los secuestradores, nos transmite el alegato propagandístico de la banda terrorista, la historia de su nacimiento y algunos acontecimientos importantes, su repugnante código moral, sus consignas, etc. («No fue un asesinato. Fue una ejecución, Txema. Una ejecución dictaminada por el pueblo», pág. 75) Por el otro, la perspectiva de la víctima, que aglutina la incomprensión, la desesperación, la rebelión, el miedo que consume, de aquellos (vascos y no vascos) que no les bailan el agua y, compartiendo o no ideario nacionalista, no se tragan sus ruedas de molino («Todo lo que representáis. Vosotros sois una inmoralidad», pag. 64. «Nadie debería mostrarse orgulloso de matar», pág. 80). En el vértice de ambas perspectivas se nos muestra claramente el cisma que ETA ha supuesto en la sociedad española, pero más aún en la vasca (mirad si no la historia de la familia de Patxi).

¿Y cómo articula el Sr. Castillo este combate de argumentos? ¿Cómo logra que entremos en la mente de ambas caras de la moneda y queramos comprender? Con un narrador externo prácticamente inexistente (puede que tributario de Espinosa, que nos mostraba los hechos en lugar de relatarlos), se vale del diálogo, magistral y soberbio (que es más bien monólogo por parte de los etarras, porque el secuestrado apenas responde, y porque a fuerza de repetir uno ciertas cosas en voz alta parece que se las cree más) y del intenso, duro pero precioso monólogo interior de la víctima. Aparte, y yo insisto, esa forma que tiene de transmitir las percepciones sensoriales es merecedora de aplauso. Te mete dentro del zulo y no te das cuenta hasta que al salir notas que ya te iba faltando el aire. La tangibilidad de las percepciones sensoriales en la literatura de Rubén Castillo, ya lo estoy viendo...

Una vez más, el coleccionista de mariposas demuestra, con su prosa ágil, su vigor narrativo y su tremenda intensidad dramática, su calidad como escritor en esta novela asfixiante y dura, pero dotada de una verosimilitud impresionante. Demuestra, además, con esta obra, que es un escritor valiente, tanto por abordar un tema tan complejo y lacerante, como por la forma en que lo ha hecho, dando voz explícita a lo que casi nunca nos cuentan sobre ETA.

Matadme, matadme ya. Matadme, por Dios. Matadme. Esas son las palabras de un hombre que se ha rendido. Dignidad arrebatada. Desesperación. 

Nota: puede parecer de lectura fácil, pero tomaos vuestro tiempo. Leedla despacio y empapaos de ella.

 

 

Danza de dragones (Canción de Hielo y Fuego V), de George R.R. Martin

En el inmenso tablero donde el poder se escribe con fuego y sangre, hay historias que no solo leemos. Vivimos en ellas. Las goza...