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jueves, 9 de diciembre de 2021

Teatro fantasma, de Ismael Orcero

Decía Séneca que la vida es una obra teatral que no importa cuánto haya durado, sino cuán bien haya sido representada. Según Arthur Miller, el potencial de fascinación del teatro radica en el hecho de ser tan accidental como la vida. El autor cuya obra acabo de terminar debe de estar de acuerdo con ambas celebridades, puesto que nos ofrece una pieza teatral excelentemente representada cuya materia prima no es sino la vida misma, sus caras y sus cruces, sus luces y sus sombras.

Al levantarse por primera vez el telón del Teatro fantasma de Ismael Orcero, publicada por Boria Ediciones en mayo de este 2021, el lector ya percibe de entrada un aroma a melancolía, una nostalgia serena de tiempos que fueron y no volverán, que habitan el abismo de la memoria y quizá alguna vieja fotografía o diapositiva. Las páginas de la obra, más que un diario o un compendio de relatos, conforman un lienzo hecho de retazos basados en su propia existencia. En los diferentes actos de su pieza podremos observar fantasmas de vidas anteriores que impregnan las paredes de una vivienda hasta entonces deshabitada, cafeteras de esencia inmortal, plumas estilográficas que son en realidad cetros reales, juegos y promesas de cuando era niño, jornadas en la oficina o currículos en tránsito, a sus padres, a su pareja. Su pasado, su presente y algún atisbo de su futuro. Acontecimientos importantes, pérdidas irreparables, imágenes adheridas a la retina de su memoria. Nostalgia, sí, pero no una nostalgia catastrofista, sino una mirada sosegada y reflexiva que probablemente le ayude a leer su propio yo mientras se escribe. Sin necesidad de rima ni de métrica, a menudo se desprende de sus líneas pura poesía, sobre todo en aquellos fragmentos donde van de la mano amor, dolor y ternura.

Las armas más poderosas de Ismael Orcero en Teatro fantasma son la sencillez (no confundir con simpleza, por favor) y la cotidianidad. Con un estilo llano y asequible, sin que ello suponga merma alguna a la calidad literaria, Ismael Orcero enciende el proyector y por delante de los ojos del lector comienzan a desfilar con toda naturalidad escenas que bien podrían pertenecer a nuestras propias vivencias. Mezcla en ellas melancolía, felicidad en diferido, incertidumbre, ironía, dolor, denuncia social. Y lo articula todo de manera tan sutil y certera que, cuando cae el telón por última vez en su obra, no tenemos más remedio que comenzar a construir nuestro álbum particular, nuestro propio teatro fantasma. Seguiría ahondando en las virtudes de Teatro fantasma, en sus propiedades beneficiosas para el organismo y puede que, incluso en su potencial terapéutico, pero en realidad solo les diré: léanla y sean testigos de primera mano de lo que ocurre cuando se alza el telón. 

viernes, 27 de noviembre de 2020

El Calendario de Dios, de Rubén Castillo

 

Le había sido otorgado un don casi divino y sólo la templanza, la rectitud, el autocontrol, la sagacidad, la discreción y la inteligencia le serían útiles para modular y conducir ese don.

Desde el principio de los tiempos, la humanidad ha sentido la imperiosa necesidad de conocer el futuro. Así lo atestiguan las figuras de chamanes, oráculos griegos, augures romanos, lectores de posos de té o de café, bolas de cristal, líneas de la mano o cartas del tarot. Gran parte de las sociedades de todas las épocas han considerado “afortunadas” a las personas capaces (al menos, presuntamente) de realizar la proeza de conocer el porvenir. Sin embargo, el protagonista central de la novela que nos ocupa, afirma en la página 147:

«Pero si alguien les diera el poder, el increíble poder, el aterrador poder de conocer todo eso con antelación notarían una angustia terrible a los pocos días.»

Esa zozobra, esa ansiedad son justo las que siente Horacio a la hora de enfrentarse a su quasi-divina dádiva. Horacio, personaje principal de El calendario de Dios, descubrió a una edad temprana que poseía el don de la adivinación a través de los arcanos. Su maestro, Leo, le enseñó la importancia de aquel poder y la cautela con la que debería desenvolverse para manejarlo. Le insistió millones de veces en que intentar cambiar destinos podría conllevar resultados catastróficos. Horacio hizo de aquella enseñanza una de sus máximas de vida, respetándola incluso a costa de ver su alma rota en mil pedazos. Hasta que un buen día la misericordia, la piedad, el dolor ajeno, le hacen romper las reglas a las que siempre se había mantenido fiel. Un compasivo, pero imprudente, gesto pondrá fin a su solitaria y relativamente apacible existencia abocándolo a un vertiginoso torbellino de persecuciones y huidas, traición y angustia. ¿Qué querrían los que intentan darle caza de aquel hombre que podría vislumbrar el calendario de Dios?

Intriga garantizada a través de sus 327 páginas. Ritmo ágil que mantiene enganchadísimo al lector durante toda la obra. Prosa pulcra, afinada, concisa. Acción trepidante mezclada con una magnífica profusión de interesantísimas reflexiones filosóficas, literarias (Horacio es un apasionado de la literatura), incluso sobre fútbol o gastronomía. Impresionante el modo de mostrarnos el pasado del protagonista mediante un delicioso uso del flashback (los cambios no son abruptos, sino que media entre los tiempos una suerte de transición). Un final impactante para una de las narraciones del autor quizá menos líricas (ojo, solo menos) pero más profundas en la que Rubén Castillo nos transmite la soledad, el desarraigo, la incomprensión que sufre su personaje de una manera brillante y maestra. Vamos, como siempre.

Termino esta novela con un doble nudo en la garganta, con la sensación agridulce de haberla disfrutado, pero también de haber llegado al final de un viaje en el que gustosamente me hubiera quedado atrapada hasta el último de mis días (no me quedará más remedio que volver a recorrer sus letras y redescubrirlas). Dice Pablo De Aguilar en Lo que está por venir que “las primeras veces nunca se olvidan”. Gracias, Sr. Castillo, por tantas primeras veces. Gracias por haberme hecho descubrir tantísimas cosas. Gracias, con hasta la última fibra de mi alma lectora.

Fuego y Sangre, de George R.R. Martin

Hay libros que nos acompañan durante un tiempo y otros que parecen despertar algo que llevamos en el alma desde siempre. En mi ...