Mostrando entradas con la etiqueta MENOSCUARTO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MENOSCUARTO. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de junio de 2023

Polvo en los zapatos, de Manuel Moyano

Nos guste o no reconocerlo, existe cierta fascinación por "espiar" ciertas vidas ajenas, sobre todo si se trata de personas cuyos poros exudan misterio y magnetismo a partes iguales. Contaba la escritora Mónica Rouanet en una cena que en ocasiones, cuando camina, se queda mirando las ventanas de las viviendas y fantasea con lo que cree que ocurre dentro. ¿Quién no lo ha hecho alguna vez? Imaginad ahora que uno de esos seres magnéticos os abre la ventana y os invita a ser testigos de una parte de su existencia. ¿Aprovechariais la oportunidad? Esta lectora lo ha tenido claro, desde luego, y durante unos días se ha convertido en una voyeuse a tiempo parcial de la vida del autor de la obra que acabo de terminar.

Polvo en los zapatos (Menoscuarto Ediciones, 2023). Así se titula la última obra publicada de Manuel Moyano, una recopilación de artículos de su pluma que aparecieron publicados semanalmente en el diario La Opinión durante dos años, de principios de 2018 a principios de 2020. No podría haber escogido mejor título (gracias, Teresa), porque otra cosa no, pero polvo en los zapatos ha debido el autor acumular un par de toneladas (no me sean mal pensados: diferente polvo, diferentes zapatos). Alejado voluntariamente de la ficción, al menos por el momento, Moyano nos ofrece en esta suerte de diario, con el loable objetivo de «plasmar la belleza y variedad del mundo a través de la escritura», fragmentos de su realidad que abarcan el abanico infinito que se extiende desde la cotidianeidad de sus conversaciones, encuentros, lecturas y otros placeres, hasta la excepcionalidad de transitar caminos sitos en tres continentes distintos, pasando por intimidades que descubren a los ojos lectores la vulnerabilidad del afable semidiós de mirada atenta. Viajes de unos cuantos kilómetros en bicicleta o de otros cuantos miles por Marruecos, Escocia, Polonia, Italia o Tailandia, solo o en compañía de Teresa, su esposa. Su inextinguible pasión por el Bob Dylan de los 70 o por Borges. Umbral, Cela y otras curiosidades literarias. El poso de fascinación que en su infancia dejó Félix Rodríguez de la Fuente (fascinación que compartimos, por cierto). Su acervo de conocimientos con respecto a flora y fauna. La mitificación de territorios que a otros ojos no serían más que simples coordenadas en un mapa. Pesadillas con zombies o la invasión de su casa. La preparación de su obra anterior, La Frontera interior. Muertes de familiares o amigos que le han mordido el alma y he leído con un nudo en la garganta. Y yo seguiría escribiendo, porque hablar de Moyano es fabuloso, pero al final será esta entrada más larga que su propio diario.

Lo importante de Moyano, no me cansaré de repetirlo -a riesgo de resultar cansina- no es solo el qué sino el cómo. Su manera de escribir, su forma de contemplar el mundo. Su mirada inquieta que enfoca tanto lo grande como lo pequeño. Su prosa honesta, clara y sosegada. Sus reflexiones profundas y su habilidad para observar el interior del ser humano. Y esa capacidad pasmosa de ilustrar lo que va narrando mediante referencias literarias y/o cinematográficas. En definitiva, Polvo en los zapatos resulta una absoluta delicia para paladear despacio y con calma. No soy de elegir, lo quiero todo, pero esta frase de la parte final del diario se me ha quedado enganchada en alguna rincón de la mente: «Cada uno afronta como puede nuestra singular suerte, la de criaturas pensantes en el inconcebible universo.» 

martes, 7 de septiembre de 2021

Cuadernos de tierra, de Manuel Moyano

Cuando una madrugada de agosto me alejé de casa caminando por la orilla de cierto río, con intención de llegar hasta su nacimiento en las remotas montañas, no se me pasó por la cabeza que también estaba empezando a escribir un libro.

Así comienza Manuel Moyano su última obra publicada, Cuadernos de Tierra (Menoscuarto, 2020), donde nos relata de forma soberbia las rutas a pie que realizó durante un lustro por diversos parajes del sureste español. Movido por un impulso de soltar el lastre de la vida cotidiana y alcanzar, en sus propias palabras, «un estado mental impreciso», Moyano se echa a los caminos portando únicamente alguna muda, un par de mantas, botellas de agua y la cartera (amén de algún cuaderno cuyas anotaciones fueron el germen de esta obra). Remonta y desciende el curso del Segura, sigue también el trazado del Mula o del Vinalopó, o se adentra en pueblos remotos de las sierras de Albacete (alguno de ellos, por su nombre, podría pasar perfectamente por aldea gala). Pernocta al raso en muchas ocasiones; camina bajo soles crueles de agosto, indiferentes al sufrimiento humano; se baña desnudo en ríos, embalses o en acequias; se alimenta en tabernas o bares que el azar le va cruzando en el camino. A cada paso se aleja de su yo burgués y se reencuentra con su yo primitivo. Salvaje y libre. A veces en condiciones tan deplorables que se le confunde con un vagabundo. Por la pura cabezonería de hacerlo.

En Cuadernos de tierra, la pluma perfecta de Moyano nos dibuja paisajes y experiencias sin filtro. Salen directamente de sus ojos o de su piel y llegan a nosotros sin trucos de artificio. Como lo ve, lo describe; como lo siente, lo expresa. Vuelve a deleitarnos con su mirada de ave rapaz y su forma tan característica de observar y contarnos el mundo. La orografía, flora y fauna de los lugares que recorre pasan ante nuestros ojos como en un documental, complementadas con los usos, costumbres y las gentes de las poblaciones que visita.
Saboreamos de su boca el vino con gaseosa y las carnes que a menudo le sirven de combustible. Casi podemos oler su sudor y sentir su dolor de pies.

Sin embargo, en las páginas de Cuadernos de tierra, el autor no se limita a la descripción geográfica, biológica o antropológica. Manuel Moyano es un experto cazador de historias, un maestro de la peripecia narrativa certero y generoso: olfatea las historias interesantes que se le ponen delante, las rumia durante un tiempo y vuelve al origen a buscar las fuentes que le revelen los entresijos de tramas que parecen ficcionales pero no lo son. Encontraremos así, en cursiva, intercaladas entre ruta y ruta,  la historia de un asesino en serie que cruzó Europa sembrando su camino de cadáveres (y guardándose de paso algún souvenir) para ser detenido casi por casualidad en un pueblecito; o la de un ajusticiamento que, al parecer, de justo tuvo poco; o la de una guarida de nazis en costas levantinas. Y todo narrado como solo él podría hacerlo. Una auténtica delicia literaria, para variar. 

lunes, 28 de junio de 2021

El abismo verde, de Manuel Moyano

Volver a las letras de Manuel Moyano tras un par de semanas leyendo otras cosas es algo así como regresar al paraíso de la excelencia literaria (honestamente, he bajado el ritmo de lectura de sus obras porque quiero dosificar y prolongar al máximo el placer de seguir descubriéndolas). El abismo verde (Menoscuarto Ediciones, 2017) ha supuesto, pues, mi retorno al oasis de la "prosa moyaniana" (perdón), a su precisión y perfección de reloj suizo, a su magnífica elección de adjetivos y a su estilo impecable. 

«Dios somete a pruebas implacables a sus emisarios; por eso acabé apartándome de Él.»

Esas son las primeras palabras del Padrecito, protagonista de esta novela de aventuras narrada en primera persona que nos trae inevitablemente a la memoria a los grandes clásicos del género. Conrad, Stevenson, H. R. Haggard, Wells (entre otros) pueblan sus páginas tanto explícita como implícitamente. En El Abismo verde, encontraremos a un sacerdote asediado por dudas teológicas (las primeras palabras de la novela dan buena cuenta de ello), destinado a guiar las almas de los habitantes de un pequeño poblado sito en mitad de la selva amazónica. Objetivo complicado, pues las ovejas que deberá pastorear son un puñado de leñadores mestizos con el cerebro sofrito en alcohol de caña. Nuestro sacerdote descubrirá con horror a qué tipo de actividad de esparcimiento dedican sus ovejitas los sábados por la noche y decidirá emprender por su cuenta una santa cruzada contra el maligno y sus representantes en la tierra. Hasta aquí puedo contar de la trama. Lo demás lo tendrán que averiguar ustedes si así lo desean.

Moyano vuelve a demostrarnos en El abismo verde su solvencia indiscutible como narrador, atrapando al lector en su telaraña de acción y suspense bien dosificados, salpicados por interesantes reflexiones sobre la fe (religiosa), el pecado, el miedo, el desánimo o el sexo. Maestro es también en la descripción de escenarios y en la creación de atmósferas inquietantes, sin olvidar la minuciosa construcción del perfil psicológico de sus personajes principales. 
En definitiva, Manuel Moyano. No hay mucho más que se pueda añadir salvo que no pierdan la oportunidad y corran a leerlo.

jueves, 20 de mayo de 2021

Teatro de ceniza, Manuel Moyano

Acabar un libro con una gran sonrisa es un acontecimiento de valor incalculable, y así es justamente como he terminado la lectura de Teatro de ceniza, de Manuel Moyano. Circunstancias diversas han provocado que esta semana mi tiempo de lectura se haya reducido de forma drástica pero, afortunadamente, este compendio de microrrelatos ha contribuido (muy agradablemente) a reducir mi desasosiego lector (síndrome de abstinencia o mono lo llaman por ahí). Es la primera vez que me adentro en el microrrelato, y la experiencia ha resultado de lo más gratificante.

Teatro de ceniza (Ed. Menoscuarto, 2011) no es únicamente una colección de microrrelatos. Es también la prueba fehaciente de que Manuel Moyano tiene una extraordinaria capacidad creativa, una forma de narrar IM-PRE-SIO-NAN-TE y una habilidad para la escritura fuera de lo común. La temática de las piezas es amplia y variada: revisita mitos, inventa imperios, expone paradojas teológicas y religiosas, versiona elementos de cuentos tradicionales; propicia que lo irreal, lo insólito, se sienten junto a lo cotidiano a la hora del café; redimensiona el concepto doppelgänger, y nos invita a soñar mientras leemos un libro. En prácticamente todas asoma lo fantástico, lo fabuloso. En ellos, la mente del lector viaja a velocidad vertiginosa entre un escenario geográfico y otro, entre un espacio temporal y otro bien distinto. Sus textos son extraños, inquietantes, y sus finales casi siempre llegan provocando asombro. Tampoco hemos de dejar de lado su sentido del humor, ácido a veces, cruelmente irónico otras.

Y todo ello nos lo cuenta Manuel Moyano de forma magistral, con su lenguaje impecable, con su estilo directo. Con su forma de hacer que el lector perciba claramente que no falta ni sobra una palabra, un punto o una coma. Como un arquitecto de la exactitud. Como un devoto de la precisión. Gran descubrimiento el microrrelato, y mayor descubrimiento aún la pluma de Moyano.

Os dejo aquí uno de los microrrelatos que más me han gustado:

AUTOBÚS

Todos los asientos del autobús estaban libres, pero ella se sentó justo a mi lado. La miré de reojo: no había visto una mujer tan hermosa en toda mi vida. Era indudable que quería algo de mí; sin embargo, no se me ocurría nada que decirle: siempre he sido un poco timorato con el sexo opuesto. Fue ella quien rompió el hielo; me cogió de la mano y, mirándome con aquellos grandes ojos de color turquesa, me preguntó qué hora era. El roce de su piel me hizo enfermar de deseo. Apenas acerté a leer la esfera de mi reloj de pulsera; la voz me temblaba cuando respondí: “Las seis y media”. “Entonces, ya es hora de despertar”, afirmó ella.

lunes, 17 de mayo de 2021

El experimento Wolberg, Manuel Moyano

Dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Sin embargo, no suelo estar yo muy de acuerdo con esa máxima, y mucho menos en lo que a placeres se refiere. Y leer a Manuel Moyano es, lo mire uno por donde lo mire, un verdadero gozo. Por lo tanto, no me hubiese importado lo más mínimo que El experimento Wolberg (Editorial Menoscuarto, 2008) hubiera continuado durante un par de cientos de páginas más, pues ratifica, una vez más, la calidad literaria  con la que este autor agasaja en cada una de sus obras a los lectores.

El experimento Wolberg nos trae de vuelta la  maravillosa ficción de Moyano, en forma de ocho relatos que, aun concebidos con el mundo real como sustrato, abrazan con entusiasmo la injerencia de lo irreal, de lo excepcional, de lo surrealista, arrojando como resultado composiciones armónicas y  bien proporcionadas. Manuel Moyano refleja en sus relatos la condición humana, sus ansias de fortuna, de gloria, de excelsitud, y la ineluctable miseria que conlleva el fin del sueño, el golpe de realidad. Encontramos entre sus páginas a individuos abocados, de una forma u otra, a la tragedia: hombres corrientes que reciben las dádivas de la diosa Fortuna y a continuación experimentan los más crueles de sus reveses. Protecciones milagrosas que dejan en la boca un regusto amargo, malos augurios convertidos en realidad, abducciones que ponen en riesgo trayectorias políticas, coincidencias insólitas que deparan a ciertos personajes futuros prometedores con resultados nefastos, minutos de gloria sustentados por la más abyecta de las mentiras.

Un catálogo de fatalidades salpimentadas por pinceladas del humor tan característico de Manuel Moyano.Ocho relatos deslumbrantes donde la paradoja y la ironía (ya lo dijo en "Bazar", broche final de La memoria de la especie: «La ironía es el humor de los tristes») se alían para dejar flotando en el ambiente el aroma dulzón de la tristeza junto a la posibilidad de continuar imaginando, obra, sin lugar a dudas, de un narrador a todas luces fabuloso.

martes, 11 de mayo de 2021

La coartada del diablo, Manuel Moyano

Finalizo la lectura de la sexta obra de Manuel Moyano con la gratificante sensación de que este autor no va a dejar de sorprenderme. Tras haber saboreado ya dos colecciones de relatos (los borda) y tres obras de ensayo (agradabilísimas), le toca ahora el turno a su primera novela publicada, La coartada del diablo, que llegó a manos de sus primeros lectores en 2007 con el sello de la palentina Menoscuarto.

En este excelente ejemplo de novela epistolar, el protagonista busca refugio en Manfraque, una minúscula aldea situada en medio de la nada –"un lugar idóneo para experimentar las propiedades terapéuticas del aburrimiento" (p.41)–, con el objetivo de hallar la paz y el sosiego necesarios para sobreponerse a la dramática muerte de su esposa. Allí conocerá a una serie de personajes de lo más peculiar: a Orellana, el prócer megalómano; al atribulado padre Jambrina y sus vacilaciones teológicas; al extraño doctor Paniagua y sus delirios de grandeza; a su casera, la Coronela y al vegetal Porfirio... Sin embargo, el hallazgo que más le sorprende es el de unos seres horripilantes, deformes y de inteligencia escasa: los bubos, humanos afectados, al parecer, por severas mutaciones genéticas. Nuestro protagonista se verá pronto obligado a abandonar sus pretensiones de tranquilidad y contemplación de la naturaleza a la luz de ciertos acontecimientos, cada vez más escabrosos, que rompen la monótona existencia de Manfraque: actos de vandalismo, profanación de tumbas, fenómenos climatológicos adversos, violaciones, asesinatos, suicidios... ¿Quién será el culpable de estos males? Tendrán que leerla y esperar hasta el mismísimo final, ya que es imposible descubrirlo antes. 

La trama es original y sorprendente, y los personajes están magníficamente construidos; tanto las descripciones de estos como las del entorno rural donde se desenvuelven son absolutamente sensacionales (apenas hay que esforzarse para visualizarlos). La elección de la forma epistolar, acertadísima. Pero el modo de narrar, señores (lo lamento, en el idioma que hablo el masculino incluye al femenino), eso sí que es soberbio. Moyano mima el lenguaje, escoge los adjetivos con precisión de cirujano. Ni le falta ni le sobra. Es, sencillamente, perfecto este narrador de lo insólito. Si aún no han probado a leerlo, ¿a qué esperan?




Fuego y Sangre, de George R.R. Martin

Hay libros que nos acompañan durante un tiempo y otros que parecen despertar algo que llevamos en el alma desde siempre. En mi ...