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viernes, 27 de noviembre de 2020

El Calendario de Dios, de Rubén Castillo

 

Le había sido otorgado un don casi divino y sólo la templanza, la rectitud, el autocontrol, la sagacidad, la discreción y la inteligencia le serían útiles para modular y conducir ese don.

Desde el principio de los tiempos, la humanidad ha sentido la imperiosa necesidad de conocer el futuro. Así lo atestiguan las figuras de chamanes, oráculos griegos, augures romanos, lectores de posos de té o de café, bolas de cristal, líneas de la mano o cartas del tarot. Gran parte de las sociedades de todas las épocas han considerado “afortunadas” a las personas capaces (al menos, presuntamente) de realizar la proeza de conocer el porvenir. Sin embargo, el protagonista central de la novela que nos ocupa, afirma en la página 147:

«Pero si alguien les diera el poder, el increíble poder, el aterrador poder de conocer todo eso con antelación notarían una angustia terrible a los pocos días.»

Esa zozobra, esa ansiedad son justo las que siente Horacio a la hora de enfrentarse a su quasi-divina dádiva. Horacio, personaje principal de El calendario de Dios, descubrió a una edad temprana que poseía el don de la adivinación a través de los arcanos. Su maestro, Leo, le enseñó la importancia de aquel poder y la cautela con la que debería desenvolverse para manejarlo. Le insistió millones de veces en que intentar cambiar destinos podría conllevar resultados catastróficos. Horacio hizo de aquella enseñanza una de sus máximas de vida, respetándola incluso a costa de ver su alma rota en mil pedazos. Hasta que un buen día la misericordia, la piedad, el dolor ajeno, le hacen romper las reglas a las que siempre se había mantenido fiel. Un compasivo, pero imprudente, gesto pondrá fin a su solitaria y relativamente apacible existencia abocándolo a un vertiginoso torbellino de persecuciones y huidas, traición y angustia. ¿Qué querrían los que intentan darle caza de aquel hombre que podría vislumbrar el calendario de Dios?

Intriga garantizada a través de sus 327 páginas. Ritmo ágil que mantiene enganchadísimo al lector durante toda la obra. Prosa pulcra, afinada, concisa. Acción trepidante mezclada con una magnífica profusión de interesantísimas reflexiones filosóficas, literarias (Horacio es un apasionado de la literatura), incluso sobre fútbol o gastronomía. Impresionante el modo de mostrarnos el pasado del protagonista mediante un delicioso uso del flashback (los cambios no son abruptos, sino que media entre los tiempos una suerte de transición). Un final impactante para una de las narraciones del autor quizá menos líricas (ojo, solo menos) pero más profundas en la que Rubén Castillo nos transmite la soledad, el desarraigo, la incomprensión que sufre su personaje de una manera brillante y maestra. Vamos, como siempre.

Termino esta novela con un doble nudo en la garganta, con la sensación agridulce de haberla disfrutado, pero también de haber llegado al final de un viaje en el que gustosamente me hubiera quedado atrapada hasta el último de mis días (no me quedará más remedio que volver a recorrer sus letras y redescubrirlas). Dice Pablo De Aguilar en Lo que está por venir que “las primeras veces nunca se olvidan”. Gracias, Sr. Castillo, por tantas primeras veces. Gracias por haberme hecho descubrir tantísimas cosas. Gracias, con hasta la última fibra de mi alma lectora.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

La Voz Oscura, de Rubén Castillo


¿Cómo se lucha contra la niebla? ¿Cómo se enfrenta uno contra algo que no ve?

Esa es una de las muchas preguntas que se hace el protagonista de la novela que terminé anoche: La Voz Oscura, de Rubén Castillo (para variar, dirán ustedes). Nuestro protagonista, Jaime Díez, profesor universitario de Química, es, con toda seguridad, uno de esos personajes a los que se detesta profundamente ya en las primeras páginas de cualquier libro en el que aparezca. Atesora una serie de cualidades nada desdeñables: prepotente, machista, maleducado, carente de cualquier tipo de moral o ética (ajenos al suyo propio, por supuesto). Un dechado de virtudes, en resumen. Pues este buen señor entra en su despacho “un lunes de abril”, preparado para afrontar su rutina académica de dar clase, despreciar a quien se le ponga a tiro, volver a dar clase, comprobar que ha humillado a sus becarias como Dios manda, etc. y descubre que el destino ha osado alterar su agenda con un mensaje de correo electrónico de lo más curioso, seguido de la llamada telefónica de una voz oscura, misteriosa y desagradable. El primer pensamiento que cruza por su cabeza es que se trata de una broma con la gracia más que escasa, pero poco después se da cuenta de su error. La voz oscura y su alter ego electrónico, a través de una serie de instrucciones poco o nada ortodoxas y alguna que otra amenaza, torturarán la mente del personaje hasta límites inconcebibles. El teléfono móvil y su McIntosh se convertirán en sus peores enemigos. El tiempo y su vida, en una incógnita. ¿Quién le está haciendo esto y por qué?

Como podrán ustedes imaginar, la tensión narrativa de esta novela es brutal. Yo diría que es una de las obras donde menos presencia tiene la pluma lírica del autor (y digo menos presencia, no carencia), adquiriendo más relevancia las descripciones precisas y fotográficas, tanto de escenarios terrenos como mentales, que retratan de manera realista y sublime los cauces del miedo, la ansiedad y la angustia: «Y sintió un miedo espantoso, irracional, profundo, el miedo que se siente ante las cosas que nos rodean en la oscuridad y que tienen ojos brillantes, y dientes, y pezuñas. Un miedo que nace en la espalda y se extiende por los brazos y la nuca». Con ello obtiene uno de sus mayores méritos, en mi opinión, en esta obra: conseguir que sintamos esas mismas emociones (es decir, una vez más nos manipula a su antojo) y lograr que empaticemos (quién lo hubiera dicho en las primeras páginas) con el deleznable personaje y compartamos su dolor. El desenlace... Bueno, eso mejor lo omito. No voy a ser yo la única que haya caído a cuatro patas, creo yo.

En definitiva, no sé las horas que habré invertido (divina inversión) en leer la obra, pero se me han convertido en segundos. No sé cuántas cosas he dejado de hacer, cuántas obligaciones he dejado de atender (ay, Dios, espero que no muchas), pero solo quería seguir y averiguar de una maldita vez qué demonios estaba pasando.

Algunas de sus frases para mi colección:

“Y el reloj, enfrente, con sus manecillas instaladas en las nueve y 5”

«Las personas que sufren un dolor o una desgracia se preguntan siempre por qué les ha tocado a ellos sufrir, por qué la fatalidad los ha señalado con su dedo huérfano de misericordia»

«Habían sido cuerpos y eran humo»

P. D. Y si no era ya suficientemente tarde cuando acabé la última página, investigando qué se había dicho de la novela me encuentro, pasada la una de la mañana, un regalo que no esperaba encontrar:


Qué afortunada me siento habiendo podido verlo y escucharlo hablar, por fin, de sus obras. Con solo tres horas de sueño, pero feliz. Algún día me gustaría decirle que hay una cosa en la que se equivoca...

 

lunes, 16 de noviembre de 2020

Muro de las lamentaciones, de Rubén Castillo


Lo dijo Dante Alighieri y es verdad: casi todos, en medio del camino de la vida, nos encontramos en una selva oscura. Quizá por eso nos aferramos a la esperanza de que al final, exista un horizonte de luz que nos acoja, nos absuelva y nos reconforte. Los protagonistas de estos relatos son seres heridos, cercados por el fracaso, la decepción o el insomnio. Seres que han descubierto con tristeza que los tonos grises han empapado sus calendarios. Seres a quienes la lucidez ha desgarrado y que se acomodan como pueden a la resignación o a las lágrimas. Vivir, en ocasiones, es un ejercicio melancólico. Y todos los muros en que apoyamos la frente se transforman en muros de las lamentaciones.

Esas son las palabras que ilustran la contraportada de Muro de las lamentaciones, colección de catorce cuentos que constituye otro excelente ejemplo del modo excepcional de escribir de Rubén Castillo. Normalmente los grises tienen esa cualidad opaca y anodina que suele hacerlos pasar desapercibidos pero, en esta obra, nos encontramos frente a catorce lamentos compuestos por mil y un matices del gris más evocador, que seducen al lector prácticamente desde la primera línea. Temas y escenarios diversos, una impresionante galería de personajes de lo más variopinto dotados de una potente vida interior brindan al lector multitud de oportunidades de empatizar y/o sentirse identificado con alguna de esas almas perdidas, o rotas por el dolor, o ambas cosas (o con todas, como me ha ocurrido a mí).

Más que de los aspectos formales de los relatos –no estoy hoy yo muy fina ni muy inspirada en ese aspecto. Le echaré la culpa al dentista, y eso que hoy no ha habido anestesia– me gustaría destacar, ante todo, esa capacidad que tiene el autor de sorprender y seguir sorprendiendo, sus finales inesperados disparados a bocajarro. Lean si no “El hombre de los zapatos color corinto” y me cuentan. O “Alucinaciones”. Ese último y el divertido ejercicio metaliterario de “Dos cuentos para que usted los escriba” los he releído con muchísimo cariño porque ya aparecían en Hegel en el tranvía y los he podido gozar con más deleite si cabe (los “zapatos fricativos” del Cuento 1 me siguen alucinando). Los he leído, los he sentido, y he disfrutado la sensación de recordar lo que sentí al leerlos la primera vez. Para mí, y no sé si a ustedes les ocurrirá lo mismo, lo más sagrado, lo más importante de la lectura son las sensaciones del durante y del después. En esta ocasión, ha sido sublime saborear cada cuento, paladearlo y que el cuerpo me pidiera volver a leerlo. A eso hay que añadir el placer de la anticipación sumado a la seguridad de que la historia que viene a continuación se va a disfrutar igual o incluso más que la anterior.

Al principio he pensado que debería elegir alguno de los cuentos que más me han gustado para ponerlos como ejemplo pero, ¿por qué he de elegir? Me niego. Me quedo con todos. ¿Que por qué? Muy sencillo: porque los ha escrito él como solo él sabría escribirlos. Con su prosa intensa, lírica, maestra. Con su lenguaje preciso y brillante. Con su profusión de imágenes poderosas, impactantes y deliciosas (los “zapatos fricativos” siguen dándome vueltas por la mente). Demostrando, una vez más, su excelencia como narrador, como escritor, y como acariciador de mentes lectoras.

Y para mi colección de frases:

Los calendarios carecen de agenda cuando enumeramos pérdidas o contabilizamos reveses (del relato División Keeler)

Aunque permanecí en pie por inercia, en realidad ya estaba muerto por dentro (de Las Lágrimas de Gontard)

Sí, sé que he dicho que no iba a escoger ninguno, y no lo estoy haciendo, pero “Las lágrimas de Gontard” … particularmente doloroso y especialmente intenso. Necesito leerlo una vez más.

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Los días humillados, de Rubén Castillo


¿Me vais a matar?

Este es el eco, implacable y demoledor, que me resuena en la cabeza y en las entrañas tras leer Los días humillados, de Rubén Castillo, editada por Murcialibro allá por diciembre de 2016.

Un empresario vasco secuestrado por ETA, un zulo, dos captores con nombres vasquísimos, un rescate, un tiempo que se agota... ¿Os suena, verdad? (Quini, Ortega Lara, Miguel Ángel Blanco, etc.) La trama de la novela no es entonces difícil de imaginar. Terrenos escabrosos y peligrosos donde no muchos se atreven a entrar y menos todavía salen airosos. El Sr. Castillo lo ha conseguido. Ha logrado conjurar en 101 páginas el miedo, la angustia, la oscuridad, de una de las épocas más negras de nuestra historia reciente: el terrorismo de ETA.

Con un único escenario (el zulo, opresivo, maloliente) y tres personajes (Jose María, la víctima, y Julen y Patxi, los perros guardianes que vigilan su reclusión –dejando aparte a Idoia, siempre ausente pero siempre presente, encarnando por un lado la divinidad para los gudaris, el terror para los demás) el autor persigue como objetivo centrar el conflicto mediante la oposición, dialéctica y psicológica, de ambas perspectivas. Por un lado, y por boca de los secuestradores, nos transmite el alegato propagandístico de la banda terrorista, la historia de su nacimiento y algunos acontecimientos importantes, su repugnante código moral, sus consignas, etc. («No fue un asesinato. Fue una ejecución, Txema. Una ejecución dictaminada por el pueblo», pág. 75) Por el otro, la perspectiva de la víctima, que aglutina la incomprensión, la desesperación, la rebelión, el miedo que consume, de aquellos (vascos y no vascos) que no les bailan el agua y, compartiendo o no ideario nacionalista, no se tragan sus ruedas de molino («Todo lo que representáis. Vosotros sois una inmoralidad», pag. 64. «Nadie debería mostrarse orgulloso de matar», pág. 80). En el vértice de ambas perspectivas se nos muestra claramente el cisma que ETA ha supuesto en la sociedad española, pero más aún en la vasca (mirad si no la historia de la familia de Patxi).

¿Y cómo articula el Sr. Castillo este combate de argumentos? ¿Cómo logra que entremos en la mente de ambas caras de la moneda y queramos comprender? Con un narrador externo prácticamente inexistente (puede que tributario de Espinosa, que nos mostraba los hechos en lugar de relatarlos), se vale del diálogo, magistral y soberbio (que es más bien monólogo por parte de los etarras, porque el secuestrado apenas responde, y porque a fuerza de repetir uno ciertas cosas en voz alta parece que se las cree más) y del intenso, duro pero precioso monólogo interior de la víctima. Aparte, y yo insisto, esa forma que tiene de transmitir las percepciones sensoriales es merecedora de aplauso. Te mete dentro del zulo y no te das cuenta hasta que al salir notas que ya te iba faltando el aire. La tangibilidad de las percepciones sensoriales en la literatura de Rubén Castillo, ya lo estoy viendo...

Una vez más, el coleccionista de mariposas demuestra, con su prosa ágil, su vigor narrativo y su tremenda intensidad dramática, su calidad como escritor en esta novela asfixiante y dura, pero dotada de una verosimilitud impresionante. Demuestra, además, con esta obra, que es un escritor valiente, tanto por abordar un tema tan complejo y lacerante, como por la forma en que lo ha hecho, dando voz explícita a lo que casi nunca nos cuentan sobre ETA.

Matadme, matadme ya. Matadme, por Dios. Matadme. Esas son las palabras de un hombre que se ha rendido. Dignidad arrebatada. Desesperación. 

Nota: puede parecer de lectura fácil, pero tomaos vuestro tiempo. Leedla despacio y empapaos de ella.

 

 

domingo, 1 de noviembre de 2020

Por un país desconocido, Rubén Castillo

40 poemas cortos.
40 puñales.
40 dosis de veneno sin antídoto.
40 sorbos de hiel.
40 gotas de acíbar.
40 ventanas con vistas a un dolor inconmensurable.
40 nudos en la garganta.
40 lágrimas amargas.
40 pozos de negrura.
40 batallas sin cuartel contra el miedo.
40 latidos ausentes.
40 desgarros.
40 descensos al infierno.

Ahora multiplicadlos por dos porque los he tenido que leer dos veces. 

Metáforas bellas y desoladoras (algunas ya conocidas antes de viajar al país desconocido). No puedo fijarme demasiado en la forma porque todo lo que destilan me nubla la vista. ¿Cuánto dolor cabe en unos pocos versos? Tristeza infinita.

Anillo de Moebius, de Rubén Castillo

¿Dónde estaba, pues, la frontera entre la mentira y la verdad, la línea de separación entre la vigilia y el sueño, la membrana invisible que diferenciaba al apoderado del enfermero? No era admisible imaginar que los delirios de la mecánica cuántica pudieran injerirse en la cotidianeidad y poblarla con sus infinitos desdoblamientos, negaciones, nieblas y antítesis, para hacer de una montaña una sima, de un fogonazo negrura, o de un él un no-él.

Esa es una de las preguntas clave que se hace el personaje principal de la obra que nos ocupa: Anillo de Moebius, publicada en octubre de 2014 bajo el sello de la mallorquina Sloper.

Según he podido leer en alguna wiki, una cinta, banda o anillo de Moebius es una cinta de papel cuyos extremos se han unido al girarlos. Se dice que tiene una sola cara y un solo borde. Obtusa de mí, llevo un rato mirando en Google cintas de Moebius y siempre veo dos caras. Parece ser que muchos expertos en psicoanálisis usan este quasi-mágico recurso para explicar que las oposiciones binarias o las alternancias (verdad/apariencia, realidad/ilusión, amor/odio...) no son tales, es decir, no son items diferenciados que existan en ejes separados, sino que forman parte del mismo continuum. ¿Ocurrirá como ellos dicen? Desde luego, lo que está claro es que estas oposiciones o alternancias son el hilo de seda con el que Rubén Castillo hilvana de forma cautivadora la maraña de situaciones, diálogos, monólogos y pensamientos que conforman las poco menos de 180 páginas de la novela.

La sinopsis, en la contraportada del libro, comienza con una aseveración irrefutable: «Yo soy yo y mi circunstancia». Pero, ¿qué pasa cuando esa circunstancia cambia hasta el punto de perder el ancla de tu propia identidad? Que se lo pregunten a Enrique Beltrán, personaje central de la narración, cuya vida se torna anillo de Moebius un lunes al subir a un autobús. Él tan tranquilo pensando en sus cosas cuando, de repente, una chica «estereofónica» comienza a llamarlo por un nombre que no es el suyo mientras le pide disculpas por un etílico conato de infidelidad. A partir de ahí, todo se le vuelve caos. Al principio piensa que es una broma mayúscula, pero hay demasiadas cosas que no encajan. Conforme vayan haciendo descubrimientos, Enrique y los lectores se sentirán cada vez más confusos.

El tiempo de la narración (de diecisiete capítulos y un epílogo) transcurre en cuatro días. Durante esos cuatro días, vividos prácticamente hora a hora, el autor nos hace experimentar y casi sentir en carne propia la sorpresa, la incredulidad, la angustia, el miedo, la duda, de Enrique Beltrán/Julio Díaz, y nos permite asistir, sentados junto a él, a un final que dejará a personaje y lectores ojipláticos y boquiabiertos por igual. Uno de los mejores finales que esta lectora ha tenido la oportunidad de disfrutar.

Como siempre, y creo que no me cansaré de repetirlo, en sus historias no es solo el qué sino el cómo, y su cómo es fascinante. Mediante un lenguaje fluido (coloquial a veces), dinámico y rico, construye una prosa a todas luces perfecta y nítida que mantiene la intriga, la incertidumbre, el desasosiego y la zozobra página tras página, hasta el punto y final de la novela. Sus diálogos son pulidos y certeros. Tiene un modo delicioso de dibujar, entre tanta tensión, tanta pregunta y tanta vacilación, pinceladas de sarcasmo, humor y ciertas notas de sabor ácido en su justa dosis. ¿Y sus metáforas y sus referencias? Ay (de suspiro, de querer retenerlas todas y que no se escape ninguna). Están llenas de ingenio. En ellas se muestra claramente el talento del autor y el equipaje cultural y literario con el que siempre viaja.

«...le llegó a la nariz el primer fascículo de la primavera, en forma de perfume de azahar» (p. 21). Qué forma tan suya de acariciar los sentidos y la piel lectora.

Bendita serendipia.

 

viernes, 30 de octubre de 2020

Galatea de las esferas, de Rubén Castillo

La carne olvida (el olvido de la carne se llama cicatriz), pero la memoria nunca lo hace.

Esa afirmación tan rotunda, tan desgarrada, tan solemne y tan real la hace Enrique Saorín, bedel de instituto de oficio y narrador en primera persona por vocación, en la página 22 de Galatea de las Esferas. Esta obra es y siempre será especial para esta lectora, por muchísimas razones. Una de las principales, que me abrió la puerta a las letras de Rubén Castillo. Bendita serendipia.

La leí por primera vez a principios de mayo de este 2020 lector y pandémico, y escribí esto:

Llevaba tiempo queriendo leer algo de Rubén Castillo Gallego. Las referencias al autor eran francamente buenas y me picaba la curiosidad. Acabo de terminar Galatea de las Esferas, y estoy confusa, impactada. Mi mente es ahora mismo un torbellino de ideas, de emociones, de "quieroynopuedos" que no consigo poner en orden. No todos los días encuentra un lector un tesoro como este. Ilusa de mí, mi intención era escribir una reseña pero, sinceramente, no me siento capaz de reseñar lo sublime.
La obra es, en esencia, la deconstrucción emocional perfecta de una mente torturada por un pasado fugaz que dejó de serlo para convertirse en omnipresente. La sintaxis se acopla al ritmo del monólogo interior del narrador como un guante a la piel de la mano. La riqueza léxica impera en cada una de las páginas. El autor articula, con maestría a raudales, lo anterior combinándolo con el uso de figuras retóricas impresionantes (cito textualmente de mis notas: "metáforas, antítesis, paradojas... que cortan la respiración) logrando una prosa de un dinamismo y una fuerza expresiva que rayan lo adictivo.
En resumen: genialidad en estado puro.
Resultado: paroxismo lector agravado por orgasmo cerebral.

Ahora, más de cinco meses después, casi me sonrojo al leer lo que escribí (he dicho casi, y me reafirmo en todo) y sé que podría estar escribiendo o hablando sobre su Galatea un millón de años y aun así no lo diría todo. Aquella primera vez me impactó su intensidad, su imaginería potente y arrolladora, su habilidad, su estilo narrativo y su capacidad para mantenerte en un ay. Fue, y lo confirmo, una revelación, un orgasmo cerebral. Sentí cierto temor al decidir leerla de nuevo, por si de algún modo se rompía la magia. No podía andar más errada. Ya no es solo orgasmo cerebral. Es puro éxtasis subrayador y sensitivo. Es una tromba de post its de colores en las páginas cada vez que una frase, un párrafo, una reflexión, me han llovido por dentro. Es leer y releer y sentir que me tiembla la memoria, las entrañas o los dedos. Me sigue aturdiendo el hecho de que su prosa traidora tenga el poder de hacerme vibrar.

Enamorada de este fragmento: No hace falta optar (ni es humano optar) entre el verano y el invierno: podemos vivir ambos. Con la misma intensidad. Con la misma avaricia. Con el mismo placer. ¿A ti quién te gusta más, Borges o Cortázar?

Enganchada a palabras que solo se pueden articular en los sueños: Se me cambia la piel de nombre de tanto imaginarte.

Dejando aparte la marea de emociones y sensaciones que me provoca leerlo, alguien con conocimiento de causa y poseedor de terminologías académicas debería hacer un análisis de la prosa sensual de Rubén Castillo. Por sensual me refiero al modo en que están presentes los cinco sentidos en sus narraciones (olores, sabores, imágenes, sonidos y tactos dignos de anotar). O sobre sus sinestesias rompedoras. O sobre sus silencios tangibles, plásticos, estruendosos. Quizá algún día...

Copiando a Edward Cullen (me da igual lo que digáis), sus letras son «exactamente mi marca de heroína».


 

lunes, 26 de octubre de 2020

El Globo de Hitler, de Rubén Castillo


Juzgar es un privilegio que no debería estar al alcance de los seres humanos.

A finales de 2007, un millonario estadounidense adquiere en subasta el globo terráqueo que utilizaba Adolf Hitler en su baluarte del Berghof, en Baviera. Ansioso por descubrir cualquier mensaje que el führer pudiera haber legado al mundo, somete el objeto a rigurosos análisis científicos que no arrojan los resultados que anhela. Empecinado en su búsqueda, finalmente halla un pequeño trozo de papel con un mensaje de puño y letra del infame genocida. Desvelar el misterio que encierra el viejo pedazo de celulosa se convertirá ahora en su prioridad y, para ello, contará con el cerebro historiador de Katherine Gordon, ilustre profesora de Oxford, y la experiencia de Walter Irving, antiguo miembro de los green berets. ¿Y si Hitler hubiera pergeñado un complot para ejecución póstuma? El punto de partida de la investigación: todos los posibles implicados en la trama, muertos según la información oficial. Perspectiva, pues, entre poco y nada halagüeña. ¿Lograrán despejar la incógnita? ¿Será necesario reescribir la Historia? Mmm, me temo que tendrán que leer la novela para obtener respuestas.

Ese es mi pequeño resumen de las 384 páginas que conforman El Globo de Hitler, otra muestra más del gran talento literario de Rubén Castillo. Intriga y tensión garantizadas convierten esta novela en un auténtico thriller, narrado de forma casi cinematográfica (contextualiza incluso cada escena con fecha y lugar). Maestra es también la forma en la que construye a los dos personajes principales de la historia, profundizando psicológicamente en ellos bien sea a través del diálogo o de la voz narradora.

En las primeras páginas de la obra me dio la impresión de tener delante a un Rubén Castillo distinto al de obras anteriores, más aséptico en forma y fondo pero, con gran satisfacción, poco después pude comprobar que no era así. Aparte de narrar con dinamismo y verbo certero, el autor nos sigue regalando sintagmas y frases que solo hubiera podido escribir él. Su adjetivo “tibio”, su “pátina de dulzura”, su “cerebro con voluntad de katana” nos sonríen desde las páginas para placer de los que adoramos recorrer sus sendas.

La ironía es un arma que se engrasa con el aceite de la lentitud (pág. 30)

…la vida humana es siempre un diccionario de claudicaciones (pág. 36)

la calma silenciosa de las montañas y los moluscos (pág. 69)

Nadie regala paraísos (pág. 78)

un muchacho ajeno a la dictadura de los peines, vestido con despreocupación agropecuaria (pág. 79)

Son solo algunas frases subrayadas que van de cabeza al álbum de la memoria.

No obstante, y para que puedan apreciar el modo maravilloso, único, intenso, de narrar de este autor, les dejo en el vídeo uno de los fragmentos de la obra. Uno de esos fragmentos que hacen al lector LEER Y SENTIR. Si no aparece directamente al final de la entrada del blog, click en:

https://www.youtube.com/watch?v=l5Eu3PhpYOg


 


 

jueves, 22 de octubre de 2020

Ventanas de Papel, de Rubén Castillo Gallego

Dice Care Santos en su artículo “Leer para ser feliz” (publicado en la revista Mujerhoy de 14 de mayo de 2017, y que hace un par de días me leyó mi hija como parte de su tarea de Lengua) que «más de la mitad de los adolescentes actuales considera que leer es un aburrimiento, y la culpa, es de los adultos» y que «a veces no es fácil dar con el libro adecuado. Por eso se necesitan (buenos) mediadores. Tenemos muchos. Profesores y bibliotecarios que lo han entendido, que hacen un gran trabajo. Qué haríamos sin ellos».

Una de estas personas que indudablemente lo han entendido es Rubén Castillo que, aparte de escritor sublime y voracísimo lector, es profesor de secundaria desde hace ya unos cuantos lustros, por lo que sabe bien de lo que habla cuando, en Ventanas de Papel (publicado en 2010 por el Servicio de Publicaciones de la Consejería de Educación, etc. de la Región de Murcia) sugiere a sus colegas docentes un catálogo de 50 obras de literatura juvenil que ayuden a acercar, o a mantener, si ya estuvieran dentro, a los alumnos al gusto por la literatura. La presentación de las propuestas se hace en formato muy agradable, por lo bien estructurado y casi coqueto del diseño. Para cada uno de los títulos seleccionados nos ofrece datos técnicos del libro, unos breves apuntes biográficos sobre el autor, un comentario de la obra (y qué comentario, señores) y una sugerencia de actividades didácticas que, aparte de tratar aspectos literarios y lingüísticos, engloban toda una serie de conocimientos pertenecientes a otras disciplinas (historia, ciencias, ciudadanía-ética-o como demonios se llame ahora, cine...) y un notable contenido en transversalidad compatible con la mayoría de currículos.

No voy a cansarles con temáticas ni títulos, pero sí les tengo que confesar mi maravillado asombro al encontrar entre las obras El Castillo de Otranto de Horace Walpole (uno de mis preferidos dentro de la literatura gótica), El Príncipe Caspian (segundo libro publicado de la serie Las Crónicas de Narnia) de C.S. Lewis, Un Puente hacia Terabithia de Katherine Paterson y, felicidad máxima, Crepúsculo de Stephenie Meyer (que será una de mis novelas favoritas de aquí a la eternidad para perpetua irritación de ciertos conocidos, sesudos literatos. Nuevo argumento para futuros debates que espero con ansia: lo dice el Sr. Castillo, así que amén). Porque son justos y necesarios los quijotes, las celestinas, los lazarillos, las colmenas, los árboles de la ciencia, los santos inocentes y tantos otros de los clásicos; porque si bien es cierto que una de las funciones más importantes de la literatura es enseñar, no es menos verdad que se puede contemporaneizar de manera que, aparte de conocimientos, aporte algo más esencial todavía: felicidad.

P.D. Mi lista de lecturas pendientes ha aumentado en cerca de 35 títulos (y porque algunos ya los había leído). ¿Hasta cuándo se es joven?

miércoles, 21 de octubre de 2020

Palabras en el Tiempo. Miguel Espinosa y La Verdad, de Rubén Castillo Gallego.


«Este libro es [] como un catálogo numismático (donde la riqueza y el brillo fulgen en cada una de las monedas) o como una colección de mariposas (en que la belleza nos sorprende y atrapa desde el sedoso interior de las vitrinas). Esas monedas y esas mariposas son las protagonistas indiscutibles del gozo estético. Nadie tiene por qué recordar –y está bien que así sea– el nombre del coleccionista.»

Esto dice Rubén Castillo en el Pórtico de Palabras en el Tiempo. Miguel Espinosa y La Verdad. Pero el Sr. Castillo me va a permitir que discrepe (a ver qué remedio le queda al pobre hombre): yo sí me quiero acordar –y espero que la memoria se quede de mi lado en la batalla del tiempo– del coleccionista que tan minuciosa y rigurosamente fue sumando palabra tras palabra, artículo tras artículo, opinión tras opinión, para componer este completo y esclarecedor “análisis” de la obra de Miguel Espinosa. En primer lugar, porque gracias a él he conocido al sujeto analizado (simple casualidad, pero es de agradecer su afán de difusión y de despertar el interés por sus letras). En segundo lugar, porque tras haber leído Palabras en el Tiempo me siento algo menos “mermada intelectualmente” (uno no se acerca a este escritor y así, por las buenas, consigue comprender siquiera una millonésima de su complejidad). Y, en tercer lugar, porque me encanta mirar las mariposas (si puede ser en su gracioso vuelo y no en una vitrina, mejor que mejor, pero, dado que las mariposas espinosianas ya no volverán a agitar las alas, se agradece poder contemplarlas al menos en la serena belleza que no les arrebató la muerte).

En las primeras 152 páginas de Palabras en el Tiempo se nos muestra, con un mimo y una meticulosidad dignos de elogio, el rastro “mediático” que fue dejando la figura y la obra de Espinosa desde 1975 a 1991. Trascendió las fronteras murcianas y nacionales y hasta el país de las barras y las estrellas viajó la obra de este autor del que yo nada sabía, en boca de escritores, críticos literarios y profesores que habían percibido su “pasmo” al escribir y su modo de aunar vida y literatura con solo respirar. De entre todos los preciosos datos, testimonios y opiniones que nos regala el Sr. Castillo, sin duda dos se me han antojado especialmente reveladores. El primero, y por razones objetivas, la entrevista a Espinosa por parte de García Martínez publicada en el Suplemento Dominical el 30 de julio del 1978 (pag. 27-39) y los comentarios analíticos posteriores de nuestro coleccionista (pag. 39-43). Entrevista y comentarios permiten al lector, y cito textualmente de la obra «acceder al auténtico núcleo del pensamiento espinosiano» y a mí, particularmente, me responden unas cuantas preguntas que me rondaban la sesera desde que terminé la lectura de Escuela de Mandarines, a la par que me instruyen en otras cuestiones que ni siquiera me había planteado. La segunda de estas revelaciones es una oración que leí, subrayé y (con algunos matices, por supuesto) aplaudí casi al instante, extraída del artículo titulado “Un disenso literario”, firmado por el crítico Santiago Delgado (casualidades, profesor mío de Lengua y Literatura Españolas el primer año de carrera) y publicado en el “Suplemento literario” número 40. Reza así: «Por causa, qué duda cabe, de una insuficiencia literaria mía, sucede que no aprecio ni entiendo la narrativa de Miguel Espinosa». Entiendan que me encontré con esta frase poco después de la primera lectura de La Tríbada Falsaria y, matizando un poco lo del aprecio, me sentí totalmente identificada con la afirmación. Leyendo a Espinosa se siente uno muy insignificante, muy “poco”, y hallé algo de consuelo en no saberme sola en esta cuita. Ahora, tras una segunda lectura, y tras Palabras en el Tiempo, podría parecer que he dado un minúsculo, casi imperceptible, paso hacia delante en una ignota senda del bosque de este enorme bosque, espinoso y espinosiano.

De la pag. 155 hasta casi el final, el Sr. Castillo nos vuelve a ilustrar (muy acertadamente, en mi modesta opinión) con la actualización de algunos de los testimonios vertidos décadas atrás por parte de algunos y algunas que contribuyeron a la difusión nacional e internacional de la figura y las letras del caravaqueño. Es casi divertido apreciar como muchos afrontan el reto de revisar palabras pretéritas con cierto temor, ¡pero con qué arte lo solventan! De entre todos ellos aprecio especialmente el del Sr. Delgado, titulado “La Escritura Intransitiva” (mira que solo recordar de él sus lecturas en voz alta de Carpentier y la Gramática Española de Alarcos Llorach...), y “Desde la altura de un dios”, de Pascual García (otra vez me aparece este nombre y esta magnífica forma de escribir. Parece que el destino esté empeñado en que programe un viaje por sus letras...). A modo de colofón, el coleccionista de mariposas nos obsequia en su Anexo Necesario (pag. 213-220) con algunas de las frases que más le sedujeron en su día (habría que preguntarle a él si en acercamientos posteriores ha subrayado alguna más). Este anexo me place especialmente, ya que, al igual que muchos atesoran abultados volúmenes de fotografías, yo coleccionaría las frases que me han conmovido a lo largo de los años. En muchas coincidimos.

Habiendo leído Palabras en el Tiempo, se concluye de forma clara y nítida que Espinosa tuvo valedores por decenas (inclúyase al mismísimo Tierno Galván entre ellos) y admiradores algunos más. Que siendo una persona que quería vivir «clandestino al mundo», cautivó, a pesar de pero gracias al paripé institucional, el intelecto de muchos en la desde mediados de los 70 hasta los 90 con su literatura y con su persona. ¿Por qué entonces es tan poco conocido? ¿Por qué se le ha olvidado? ¿Por qué es tan necesaria la encomiable labor de personas como Rubén Castillo para que los demás lectores podamos siquiera soñar con rozar el verbo de autores como Espinosa? ¿Dónde están las instituciones que tanto le alababan? Personal y honestamente, no voy a declararme adicta a los modos ni a la prosa de Espinosa, al menos no todavía (me percibo ahora lectora en pañales, en la prehistoria del manejo del lenguaje), pero si confieso haber vislumbrado un horizonte que me apetece ir descubriendo sorbo a sorbo. Y no puedo más que reiterar: ¡gracias, Sr. Castillo!


 

lunes, 5 de octubre de 2020

Las Hogueras Fosfóricas, de Rubén Castillo


«Cuando se llora ya no quedan palabras y el alma es un incendio»

Llevo todo la tarde pensando en qué iba a escribir en el blog sobre esta novela, y prometo que todavía no lo sé. Mira, yo empiezo, y que sea lo que tenga que ser. Anoche, la primera vez que la leí, fue un torbellino, arrollador e implacable. Salí confusa, dolida, rota, desnuda por dentro. Hoy he dedicado gran parte de mi primer día de vacaciones (¡benditas vacaciones!) a releerla una segunda y una tercera vez. La segunda me ha reconciliado con las páginas; la tercera me ha permitido apreciar los matices.

Aun así, no consigo centrarme e intentar mostrarles (una vez más) la grandeza literaria del autor, su prosa traidora que es poesía, sus versos disfrazados de flechas envenenadas (o a lo mejor es al revés, estoy confusa). Si miran ustedes la fotografía que encabeza esta entrada, verán una innumerable cantidad de marcadores de los colores más chillones que señalan las páginas donde he encontrado una frase que me ha impactado, unas líneas que me han vuelto del revés, unas palabras malditas que me han entrado en los ojos y los han hecho desaguar. No he podido acabar de contarlos, ni falta que me hace. Sé, con seguridad, con certeza, que el mundo sería un lugar mejor si estuviera empapelado con sus letras. Ya les pido perdón de antemano por esta entrada tan poco ortodoxa, pero ahora mismo mi nombre es caos.

Me siento pequeña. Aunque lo intentara, no alcanzaría a transmitirles la sensación de VERDAD (así, con mayúsculas) que destila la tinta impresa. Ni la magnífica dualidad de sus voces narrativas, una que enmarca y otra que destroza. Ni el dinamismo y la complejidad (auténtica, real) de sus diálogos: del lenguaje directo de Marge («Las palabras no muerden. Úsalas», pag. 34) y del subterfugio permanente de Tristam («Rubor de quien le tiene miedo a algunas palabras», pag. 98). Ni la belleza lacerante y desgarradora de sus imágenes, personificaciones y sinestesias que transforman las pantallas (dolidas/ enfurruñadas/ compungidas/ dubitativas/ perplejas/ desconcertadas/ rabiosas/ que laten) en humedades que llegan a los ojos en la noche negra, oscura, cenagosa, tan poderosa que es capaz de aparecer a las cinco de la tarde para escupir palabras que son veneno.

Duda, incertidumbre, caos fosfórico. ¿Personas o barcos que se cruzan en el mar? Barcos ardiendo. Cargamentos de esperanza que salta por la borda cuando el alma se queda a la deriva. ¿Colecciones de miedos? Sí rotundo. Cánones estéticos que te hacen desear romper los espejos a cañonazos. Perennes contradicciones. Teclados fríos que pueden prenderse en llamas. Un baile sensual de dedos y deseos fosfóricos. Nunca los silencios fueron tan sonoras («Suenan dos respiraciones en la noche sobre un fondo de silencio», pag. 90) peticiones de auxilio cuando las luces electrónicas abrazan oscuridades interiores en un juego cuyas reglas mutan de segundo en segundo. Segundos agónicos e interminables (horas, días...) que acuchillan la coraza mentirosa de la invulnerabilidad. Nunca se describió tan bien el color de unos ojos esperando el parpadeo de una luz verde. «No se puede desear a quien no se ha visto» (pag. 35). Mentira. Sí se puede. Sus dedos o su ancla.

Terremotos cuya magnitud no cabría en la escala Richter.


 

domingo, 4 de octubre de 2020

La Cueva de las Profecías, Rubén Castillo


Me encanta que me sorprendan, y este autor lo hace constantemente. Cada obra suya que leo me provoca a leerlo todavía más. La sensación es indescriptible pero inequívocamente agradable.

Anoche pude disfrutar de La Cueva de las Profecías, obra de narrativa juvenil para lectores de cualquier edad. Sus páginas nos cuentan un acontecimiento misterioso e intrigante en la vida de Joaquín, un ¿adolescente? ¿preadolescente? a punto de cumplir doce años al que sus padres comunican la dramática noticia de que van a buscarle un hermanito. Dado que el hermanito parece no querer llegar siguiendo los cauces naturales, sus padres deciden buscar ayuda médica y, durante los días que dure el tratamiento, van a dejarlo en casa de su tía Paloma, mujer peculiar que vive sola en el campo. Pueden ustedes imaginar la reacción del muchacho ante una situación tan “injusta”. Ya que no puede hacer nada para evitarlo, al menos incordiará (¡faltaría más!) y hará sentir culpables a sus ogros progenitores, digo a sus padres. Su maquiavélico plan consiste en mantenerse el mayor tiempo posible alejado de la casa de la tía y lo llevará a cabo yéndose de excursión al monte. Pero, ay, en la primera excursión le sucede algo que lo deja completamente boquiabierto, y cambia su percepción del mundo que le rodea. Un mundo donde el límite entre los sueños y la realidad se difumina de tal modo que hasta asusta. El resto... Léanla, no se lo voy a contar todo yo.

Factor común en todo lo que hasta ahora he leído del Sr. Castillo, el encanto de la obra reside no solo en el qué, sino también en el cómo. Cierto es que no estamos en La Cueva de las Profecías ante la pluma lírica e intensa de otras lecturas, pero el autor mantiene el nivel literario haciendo la narración atractiva y fresca. Es más que evidente su maestría lingüística, combinando lo bello con lo asequible con un resultado espectacular. Su construcción de los personajes no es menos desdeñable. La verosimilitud del personaje de Joaquín (su tozudez adolescente, el que lo sepa todo, su ironía y su sarcasmo: “La ilusión de mi vida” en la página 13 es una frase que no sé cuántas veces podre oír al cabo de la semana), sus reflexiones interesantes y su evolución en la trama de la novela son encantadoras. La tía Paloma, un personaje dulce y evocador de nostalgias. Otro plus de su autor es la manera que tiene de anticipar y de hacerte querer seguir leyendo a pesar de que tus ojos casi se cierren de sueño (“Lo que no sabía era que...” pag. 33, 46...), y el diálogo que establece con el lector desde la mismísima primera página, y alguna frase que otra que provoca que se te escape una carcajada (“Los mayores eran más raros que un yogur de cebolla”, pág. 19). Las ilustraciones que acompañan al relato, de Mar del Valle, son deliciosas y ayudan a fijar en la mente escenas a la vez que permiten al lector seguir imaginando.

Solo resta mencionar la sonrisa de mi cara ante la ternura de una de las frases de Joaquín en el epílogo: “De mi hermano no podría deciros más que cosas chulas. Es un muñeco, y no para de sonreír y de hacer cosas graciosas con las manos y con los pies”. Lo leo, lo imagino, lo siento.

 

viernes, 2 de octubre de 2020

La Voz de los Otros, Rubén Castillo


 He de reconocer que empecé la lectura de esta colección de artículos con una cierta sensación de miedo e inseguridad. Hacía mucho que no leía (opiniones o reseñas aparte) textos de este tipo, y me inquietaba la idea de no comprender, de no estar a la altura. Afortunadamente no ha sido así, bien porque no estaba tan oxidada como creía, bien porque el autor encarrila su argumentación de forma apetecible y estimulante (me decanto más por esta segunda opción).

En La Voz de los Otros, Rubén Castillo regala al lector un agradable paseo por su perspectiva sobre las "pepitas" de oro que fue encontrando en sus primeros 25 años como lector (por aquel entonces, 2006; imaginen cómo habrá crecido su colección de pepitas 14 años después). Pensé en escribir unas cuantas líneas sobre cada uno de los artículos, pero ahora me doy cuenta de que saldría una entrada larga y probablemente farragosa, y no es esa mi intención. Solo les diré que ahora entiendo cómo nunca antes el "fuego sordo" que lacera los días de Horacio Oliveira, personaje central de Rayuela (de Julio Cortázar); que quiero leer Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada; que, a pesar de no ser muy fan de Pérez Reverte, el artículo del autor me ha hecho reflexionar seriamente sobre Territorio Comanche; que he conocido a un Neruda, dibujado con trazo preciso y finísimo, desconocido para la gran mayoría de lectores; que en alguna de estas vidas haré lo posible para leer a Pascual García (ya he leído alguna cosa suya y es impresionante); que me alegra coincidir en su opinión sobre El vuelo de las termitas de Luis Leante y que sea uno de los tesoros de mi biblioteca; y que escuecen los versos de Marta Zafrilla como una esponja empapada en vinagre y puesta encima de la herida recién abierta.

Si me preguntaran cuál es el que más me ha gustado, no sabría muy bien qué responder. Sin embargo, si me preguntaran por qué me ha gustado, la respuesta estaría muy clara: su forma de enfocar el análisis de las obras y su aproximación a los autores exentas de asepsia, transmisoras de su asombrosa pasión por la literatura. Eso, y que me ha permitido conocer fragmentos de ciertas inquietudes e intereses de la pluma que desde no hace mucho provoca terremotos en mi mundo interior.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Verdades Parciales, de Rubén Castillo

 


Hasta ahora nunca había leído (por placer) una colección de artículos periodísticos. Va a ser que al final siempre hay una primera vez para casi todo.

Verdades Parciales (nausícaä, 2003) es una colección que consta de 87 artículos, que vieron la luz entre finales del 96 y septiembre de 2003, de temática variada y verbo inconfundible (una vez leídos unos cuantos le va una cogiendo el pulso). Dejando de lado alguna posible diferencia de opinión (y digo posible porque es complicado valorar con ojos de ahora mismo palabras escritas hace casi una veintena de años) he disfrutado bastante la mayoría de ellos. He aprendido algunas cosas y me he hecho mil veces la misma pregunta: ¿pero dónde estaba yo en aquellos entonces que no me enteré de esto? (mejor ni me contesto, entre los 15 y los 22 no leía mucho el periódico; la verdad es que ahora tampoco...)

En este abanico articulístico podemos encontrar desde asuntos tan trascendentales como reflexiones sobre la enseñanza, la muerte de Santa Teresa de Calcuta, y otros temas que serían susceptibles de cuestionar en cualquier siglo de esta era, pasando por artículos de infinita ternura (véase nacimiento de sus hijos), hasta cuestiones de importancia vital y global donde el escritor hace gala de su alma bondadosa y caritativa (léase su preocupado artículo sobre el estrés laboral de uno de los Iglesias o la acérrima defensa de Los Morancos). No diremos nada de su pasión por algunos personajes de la escena política en aquella etapa.

En definitiva, otra muestra más de su ingenio, de esa capacidad para domar el lenguaje a su antojo, de esa manera de escribir que no te deja levantar la vista de la
página. Imagínense, mi cara seria y concentrada de leer un artículo periodístico y, de repente, una carcajada que se habrá oído hasta en Palencia (si es que de verdad existe).

Otra primera vez.

jueves, 24 de septiembre de 2020

La Mujer de la Mecedora, de Rubén Castillo


A la tía le gustaría cambiar de postura en el sillón, pero no lo dice. Se hizo ayer la firme promesa de irse apagando sin molestar, sin chirridos inoportunos, sin llamar cada cinco minutos a su hermana o a los sobrinos. Sólo quiere seguir en el mismo sillón, trono dispuesto para cobijar a la muerte, mecedora perpetua que mece un cuerpo tibio, pájaro de madera que gime a ras de suelo.

Así da comienzo La Mujer de la Mecedora, y se podría escribir una entrada de blog completamente dedicada a cómo me ha hecho sentir solo este primer párrafo. Suena (sí, suena, lo oigo) a primeras notas de una sinfonía profundamente triste y sublimemente hermosa. Pero no hemos venido a hablar de mi libro, sino de esta obra, pequeña en extensión pero grande en consecuencias.

El argumento de la novela, merecedora del XXXVIII Premio «Ateneo- Ciudad de Valladolid» de Novela Corta, es exiguo: una mujer entrada en la vejez ve su vida apagarse y, con una estoicidad digna de admiración, se resigna a su sino sin rechistar (al menos, de cara a la galería; la procesión va por dentro). Pero... y siempre hay un pero: esa mujer, la tata, la tía, el personaje central de esta narración se apellida Castillo y, antes de que el inexorable robín de los años la postrase en su mecedora, era bibliotecaria, y que el niño de sus ojos se llama Rubén, aunque ya no sea un niño y ya no vaya cogido de su mano. Y ante la posibilidad de tal vínculo emocional, me quito el sombrero por lo natural y realista de la ejecución literaria, por la habilidad y la templanza de la mano que guió la pluma por los páramos desolados de la «esperanza derrotada», de la «Esperanza sin esperanza».

La cadencia, el tempo de marcha fúnebre de esta elegía narrativa, el lirismo tan patente de sus líneas, tanto en la primera persona del monólogo interior como en el narrador en tercera persona, se entrelazan con los recuerdos y la amargura más amarga de uno de los tópicos más universales de la literatura: el tiempo como verdugo implacable, olvidados ya el collige virgo rosas y el carpe diem. Las únicas rosas que quedan ya en pie son fotos ajadas y manidas remembranzas. Su hogar lejano, su adorado sobrino. El refugio de la memoria.

A través de las páginas, tonos y semitonos de color agridulce comparten pentagrama con una extraordinaria riqueza léxica y una imaginería exquisita que acaricia la amígdala y pone patas arriba el sistema límbico («...pájaro que gime a ras de suelo»; «Los ojos le escuecen, peces amargos instalados bajo sus cejas, demonios encendidos que le hacen arder las cuencas profundas, tizones de un carbón combustible que se apaga con el paso del tiempo»). Notas de melancolía quedan prendidas en algún resquicio de mis ojos.

Y mientras acabo de escribir estas líneas, suena la marcha fúnebre en Do menor de la sinfonía nº 3 de Beethoven Op. 55 II (o quizá sea Verdi y yo no lo sepa).

 

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Hegel en el tranvía, de Rubén Castillo.


En mayo de 2008, fecha de la primera edición de esta obra, esta lectora vivía a varios cientos de kilómetros de Murcia, por lo que no pudo ni montar en tranvía ni ser obsequiada con este pequeño gran tesoro. Hoy, más de doce años después, y tras acabar de leerlo por tercera vez (es cortito, ¿eh? De verdad que hago otras cosas), y sin haber puesto pie alguno en el susodicho medio de transporte, debo concluir que viajar en tranvía (o en patinete, o en burro) en compañía de la pluma de este autor es una verdadera delicia.

Hegel en el tranvía no es nada más ni nada menos que una colección de cuentos elaborados con materia prima (literaria, entiéndase) de primera calidad. En los primeros relatos (agrupados bajo el título "Hegel en el tranvía") nos regala una buena dosis de perspectivismo. "Tesis" y "Antítesis" son dos perspectivas divergentes, y "Síntesis" llega para desvelarnos la ¿realidad? de la situación. "Cuento 1" y "Cuento 2" (dentro de "Dos cuentos para que usted los escriba") son verdaderos ejercicios de estilo [atentos al autor entre corchetes]. "Alucinaciones" y "La Sorpresa"… no diré más para no incurrir en redundancia. Onirismo, surrealismo de realidades y ficciones que se enredan en insólitos finales. Y como colofón, la mejor (y de verdad verdadera) "Frase para la Historia".

Cuentos que nos muestran la magia de la literatura en su estado más puro, que irradian la luz de un dominio apabullante del estilo, que susurran a gritos su sensibilidad, su originalidad y el alma creativa que los hizo florecer. Añadamos a eso el impresionante bagaje literario del escritor, su sentido del humor, la dulzura de su prosa (si los sintagmas se pudiesen abrazar, los «zapatos fricativos» se llevarían el premio) y voilà… Si hallan la fórmula matemática que sea capaz de dividir el porcentaje de talento y de genialidad por milímetro cuadrado de página, muy probablemente el resultado sea esta joya de tamaño reducido pero valor descomunal.

P. D. Se me han quedado en el tintero muchas cosas que era mi intención decir pero, como me preocupa que esta entrada se haga más larga que la obra en sí, aquí lo dejo. LEED Y SENTID. LEAN Y SIENTAN.

 

lunes, 21 de septiembre de 2020

Las Grietas del Infierno, de Rubén Castillo.


Las Grietas del Infierno cuenta la historia de una denuncia por supuesto acoso sexual de un profesor (de literatura, para más inri; quien alguna vez haya estado enamorada de un profe de literatura que se prepare para desempolvar viejos recuerdos y para sentirse señalada con el más acusador de los índices) a una alumna de bachillerato (nocturno, para más inri también). La temática, espinosa y atemporal. El enfoque narrativo, más que interesante: testimonios, transcripciones de entrevistas, cartas; voces en primera persona que conforman un caleidoscopio de perspectivas de verosimilitud milimétrica. Diferentes puntos de vista iluminados por la hoguera de la caverna platónica configuran la abyecta pendiente de descenso hacia los lodos más inmundos de la condición humana. Verdades como puños (políticamente incorrectas en los tiempos que corren, pero verdades al fin y al cabo), barra libre de hipocresía, los despojos del naufragio cuando amaina la tormenta y queda el rumor sordo del trueno en la lejanía. Ver «el infierno a través de las grietas de esta pesadilla» y quedarte a esperar que te engulla.

¿Y la forma de narrar de este individuo, qué? Brillante, brutal, sin ápice de clemencia, es capaz de borrar de un plumazo una sonrisa pícara para convertirla en asco. De transportarte de la certeza a la duda con un chasquido de dedos. De hacerte reír en una línea y obligarte a disimular una lágrima en la siguiente. Grandioso vapuleo emocional, sin precedentes.

Disculpad estas letras tan caóticas, tan dispersas, pero he de confesar que vuelvo a escribir perpleja, atónita, falta de verbo. Satisfecha pero resacosa. Salgo de esta novela como lo hubiera hecho un buceador tras una sesión de apnea prolongada más allá de lo recomendable. Casi sin oxígeno. Aturdida. Con la mente en un estado de ebullición que va in crescendo. Partida en dos: análisis objetivo contra emoción animal; pensamiento racional contra gritos del corazón y las tripas; cerebro contra Aurora. Fatiga la lucha aunque, en mi fuero interno, sepa quién gana en mí la batalla.

 

sábado, 19 de septiembre de 2020

IMÁGENES PROHIBIDAS DE LA BIBLIA, DE RUBÉN CASTILLO


Comienzo a escribir esta entrada en el blog con pulso titubeante, timorato e inseguro. No sé cuál será el resultado de este amago, de este intento de plasmar sobre el papel (sí, primero a mano y después aquí, ya que el teclado se niega a ayudarme) el castillo de fuegos artificiales que es mi interior ahora mismo.

Ayer por la noche concluí la lectura de la obra sobre la que versa esta entrada y no conseguí esbozar más que un manojo de balbuceos inconexos e insuficientes. Creí (ay, alma cándida) que hoy, más serena, lograría ordenar mis hilos de pensamiento de algún modo coherente, pero no. Escribo todavía a lomos de la bestia, del vórtice incontrolable- ha nacido, crece, se reproduce y espero que nunca muera- que ha hecho estallar en mil pedazos un caparazón cuya existencia desconocía.

Imágenes Prohibidas de la Biblia, un sorprendente e incendiario políptico integrado por siete relatos, extraídos directamente de la Historia Sagrada y versionados de forma magistral por el autor. Adán y Eva descubriendo el erotismo y el goce carnal gracias a la serpiente; la pérdida de la inocencia y el despertar sexual de las hijas de Lot; la felación de desagravio de Nefer; cuando el Creador te tiene reservado un dos por uno; la malevolencia de dos mujeres despechadas; la bestial orgía del pueblo elegido; el excitante y desgarrador (¡crueldad!) rito iniciático de una pareja de recién casados. No se trata solo de la originalidad del planteamiento, ni del modo en el que desafía al concepto de pecado dibujando la lujuria como valor al alza, ni la interesante perspectiva del rol femenino en sus páginas. No es solo el QUÉ, sino el CÓMO.

Es la naturalidad con la que nos guía a través de una narración turbadora donde las haya. Es la sensualidad (sin límites, sin cortapisas) que transmite, y a la que solo hace sombra el estilo del autor: sublime e irreverente, delicado y descarado, soberbio y procaz.

En definitiva, un placer, a todos los niveles y en el sentido más literal. Nunca antes había encontrado palabras, oraciones, párrafos… tan tangibles que hasta tuvieran textura, color y temperatura.

LEER Y SENTIR. NIHIL OBSTAT.

 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Reina María, de Rubén Castillo

"Me llamo Rubén desde aquí, desde lejos, y me gusta decírtelo para que no me oigas, para que mis palabras sean viento y no lleguen nunca hasta tus oídos, y los agiten desde el silencio, para que mis frases queden perdidas al borde de una ventana cualquiera"


Primera etapa del viaje por las letras de Rubén Castillo completada. Terminada la segunda lectura de Reina María, XIV Premio de Novela Corta "Gabriel Sijé" allá por el año 89. 


De carácter intimista, y tejida por las agujas de un lirismo inteligente y una genialidad demoledora, he de reconocer que esta combinación de monólogo y onanismo epistolar me ha sorprendido gratamente. A decir verdad, la primera lectura me ha sorprendido, en la segunda he logrado paladear hasta el último de los paréntesis - "páginas intransitivas e intransitables". A través de sus páginas, Rubén le desgrana a Reina María (su amada, idealizada de forma dantesca- por su mención a Beatriz) fragmentos de su ser, hilos de su pensamiento mostrando, en palabras del mismo personaje, "una geografía cambiante, una geometría que lo mismo se basa en el cubo que en la esfera". GENIAL de genio. Una voz que en ocasiones se solapa a sí misma rompiendo cualquier indicio de linealidad. Narración-hiedra que trepa y se desliza por los pensamientos del lector y se hace dueña y señora de cada uno de sus recovecos. Palabras como lluvia (muy presente en la obra), a veces llovizna y en ocasiones aguacero, contra el cristal de la ventana. Y una pregunta que sigue resonando en mi mente: "¿cuántos kilómetros serán ochocientos?". Y muchas preguntas más que me asaltan y no me dejan tranquila.

Fuego y Sangre, de George R.R. Martin

Hay libros que nos acompañan durante un tiempo y otros que parecen despertar algo que llevamos en el alma desde siempre. En mi ...