miércoles, 26 de abril de 2023

El infinito en un junco, de Irene Vallejo

«El libro es, sobre todo,
un recipiente donde reposa el tiempo.
Una prodigiosa trampa con la que la inteligencia
y la sensibilidad humana
vencieron esa condición efímera, fluyente,
que llevaba la experiencia del vivir
hacia la nada del olvido».
Los libros y la libertad, Emilio Lledó.

Podría escribir un millón de líneas (o más) tratando de explicar qué significan para mí los libros, el relevante papel que desempeñan en mi existencia diaria y bla bla bla... Sin embargo, sé que el resultado sería una parrafada cursi, repetitiva y quasi denunciable. Por lo tanto, me abstendré y solo mencionaré que, en mi mundo, libros, besos, sonrisas, caricias y gestos de amor cohabitan el espacio de lo importante, donde nace, crece y se expande la magia. Los libros me han brindado tantas oportunidades, tantas primeras veces. Algunos han cambiado en mí paradigmas que creía inamovibles y me han abierto los ojos a realidades imposibles a priori. Gracias a ellos me he enamorado (yo, que pensaba que lo de las mariposas en el estómago no era más que una hiperbólica y estúpida invención), he sentido que... Pero bueno, si he dicho que no me iba a poner cursi... Dejémoslo en que son mi hábitat natural, mi fortaleza inexpugnable, mi lugar en el mundo. Algo similar debe de ocurrirle a la zaragozana Irene Vallejo, doctora en Filología Clásica y autora de la obra que acabo de terminar. El extracto que encabeza esta entrada es uno de los seleccionados por la escritora como introducción, y uno de sus primeros aciertos.

No suelo frecuentar mucho el terreno del ensayo, pero El infinito en un junco (Siruela, 2019) –una obra que trata sobre la historia del libro y su evolución a lo largo del tiempo– era demasiada tentación para no abordarlo siquiera. En ella, Irene Vallejo elabora  un análisis crítico sobre la importancia del libro y su papel en la historia de la humanidad, y lo hace con detalle, pasión, un amplio bagaje de conocimientos sobre la Antigüedad y una extraordinaria documentación. La primera parte de El infinito en un junco está dedicada al papel fundamental que la Antigua Grecia desempeñó en la consolidación del libro como vehículo para retener y difundir el conocimiento. De manera especial, de ahí la preciosa metáfora del título, la autora señala el descubrimiento de los rollos de papiro como clave en el avance en la historia del libro. El papiro sustituyó a las rudimentarias las tablillas de arcilla,  pues era un material fino, ligero, flexible y relativamente sencillo de conseguir en Egipto, donde se instalaron el Museo y la Biblioteca de Alejandría, hermosas iniciativas de Alejandro Magno llevadas a la práctica por Ptolomeo (y sus homónimos sucesores) que convirtieron a la ciudad egipcia en el epicentro cultural de Oriente y Occidente, tanto por el número de letras almacenadas como por la presencia en el Museo de numerosos sabios que explotaron al máximo las posibilidades de sus respectivas ciencias. En Europa, donde el papiro era proclive a sufrir numerosos desperfectos por el frío y la humedad, fue sustituido por el pergamino, elaborado con pieles ovinas o bovinas. Conforme el libro fuera ganando entidad y empaque, surgirían las bibliotecas y las librerías (artesanales copisterías en origen), todavía de forma ocasional y marginal, pero con un protagonismo creciente que, en la época romana, a la que está dedicada la segunda parte, adquirirá importantes dimensiones para la difusión de las obras y  de la cultura en general (parece que también dieron un ligero empujoncito a la fama de los autores). Irene Vallejo describe el imparable proceso de democratización del libro con numerosos detalles, historias y anécdotas, desde el nacimiento de las ediciones de bolsillo a la proliferación de librerías, pasando por el auge de los códices, las bibliotecas públicas y la irrupción del bendito papel, facilitador del proceso de producción. El hilo de la narración no es en absoluto lineal. La autora a menudo recurre a las digresiones como ampliación de ciertos temas o para focalizar en historias secundarias, como la de Demetrio de Falero, el primer bibliotecario; o la desaparición de la Biblioteca de Alejandría; los numerosos casos de biblioclastia en la antigüedad, o el prestigio que tuvo en la educación de aquellas épocas el conocimiento de los autores griegos, sobre todo la obra homérica. Asimismo, la autora reflexiona sobre la importancia del libro como objeto cultural y su relación con la tecnología.

En El infinito en un junco, Irene Vallejo ofrece al lector un homenaje –repleto de emoción– a las palabras, al libro y a la cultura en general, narrado de forma elegante y exquisitamente literaria que huye de la árida rigidez, el academicismo y el tono argumentativo que suele caracterizar a las obras de investigación. Además de servirse de anécdotas, citas y referencias que tienden un sólido puente entre el presente del lector y el pasado del relato, incluye también algunas historias personales que añaden al libro un toque de cercanía y de memorialismo. Son tantas las cosas que se quedan fuera de este –ya demasiado largo– intento de pequeño resumen, que tendrán que aventurarse entre sus páginas para disfrutar de la obra en todo su esplendor. Adelante. No se arrepentirán.

domingo, 9 de abril de 2023

Las lágrimas de Kaiu, de Mónica Cueto y David Espada

Leer sobre un lugar en el que nunca hemos estado activa, sin lugar a dudas, nuestra imaginación. Hacerlo sobre un territorio fantástico no solo la activa, sino que la hace volar. Desplazarse mentalmente a un mundo imaginario, contemplar sus fortalezas, sus montañas escarpadas y sus paisajes repletos de color supone, para unos, un mero ejercicio intelectual. Para otros, entre los que me incluyo, es más un acto de amor incondicional, una necesidad imperiosa de confirmar que la magia existe más allá del recóndito enclave –accesible para pocos– donde la protegemos, cual llama olímpica, de la grisura, del tedio, de lo anodino y de lo ordinario. Estas mini-vacaciones he aprovechado para practicar algo de «turismo fantástico» y mis alas me han llevado hasta tierras de Ostrom, legendarium concebido y desarrollado a cuatro manos por Mónica Cueto y David Espada.

Las lágrimas de Kaiu, que vio la luz en 2021, es otro de los ejemplos que demuestran que la autopublicación (en este caso en Amazon) no está reñida con la corrección y la calidad literarias. Esta obra de fantasía épica –juvenil, es decir, para lectores de cualquier edad, insisto– es el inicio de una saga que se promete interesante y cautivadora llena de magia, de intrigas políticas que persiguen el poder y de personajes bien construidos que harán las delicias (y las angustias) de los lectores. Mónica Cueto y David Espada nos sitúan en el territorio de Ostrom, dividido en cinco reinos –Roresland, Reiver, Fivoria, Ashtia y Dekyria– que conviven en una relativa paz y armonía desde hace más de un siglo. En el prólogo, se nos narra la última batalla, acaecida cien años atrás, y se nos presenta a los Guerreros Legendarios, dejando la intriga y las ganas de saber más flotando en el aire. En el primer capítulo de la obra, ya se nos informa de los dos elementos de peso que van a regir el macrocontexto de la la trama. Por un lado, asistimos a un Año del Juicio, enigmático acontecimiento que se repite cada 56 años y que parece consistir en que determinados individuos –los señalados– contraen una misteriosa enfermedad que les depara o bien la muerte o bien la adquisición de unos dones excepcionales de naturaleza esotérica. La facción religiosa, por supuesto, tendrá algo que decir al respecto e intentará, para variar, subyugar a la población por la vía del miedo. Por otro lado, y también ya en el primer capítulo, seremos testigos de la muerte del rey Ulcaraz Cuthrane, soberano del reino de Roresland –el más fuerte, militarmente hablando, de los cinco reinos– que pondrá en riesgo la estabilidad política del territorio de Ostrom ante una inminente guerra de venganza. En este contexto irán apareciendo los personajes clave de la historia: Tae'sha, una joven dekyriana que se ve obligada a huir de su hogar para evitar una más que segura sentencia de muerte; Hargar, un herrero con un pasado misterioso que aborrece todo aquello que huela a militar; y Kardán, ex-miembro de una orden de asesinos cuyo objetivo último es encontrar a La Voz que asesinó a su familia. Los caminos de estos tres protagonistas se cruzarán entre sí y, junto a otros personajes secundarios, deberán hacer frente a la amenaza inminente que se cierne sobre sus vidas.

En Las lágrimas de Kaiu encontramos todos los elementos que hacen atractiva una novela de fantasía. Aventuras, magia, lucha, amistad, lealtad y, cómo no, su medida dosis de amor. Los autores manejan bien la tensión y la intriga, relajándola por momentos para que el lector pueda permitirse el lujo de respirar. Le añaden a la trama incluso un punto cómico protagonizado por unas curiosas criaturas fantásticas –los gorgim– cuya interacción provocará más de una sonrisa. Juegan muy bien con los personajes para que, aunque ausentes, nunca dejen de estar presentes. Y provocan, en general, la sensación que me confirma que algo me gusta: las ganas de más.

P.D. Gracias, Miguel, por tu insistencia prolongada en el tiempo (más de un año dándome la tabarra para que la leyera), por conocerme como nadie y por alimentar la llamita de magia que me hace ser quien soy.


domingo, 2 de abril de 2023

Astillas en la piel, de César Pérez Gellida

HORIZONTAL (SIETE LETRAS): Fragmento de superficie irregular, fino, alargado y puntiagudo, que se desprende de la madera, de un hueso, de un mineral, etc., o se forma en ellos, al partirlos o al romperse.

En el ámbito de la Física, los principios de la mecánica de fractura establecen la relación entre propiedades, niveles de tensión, presencia de defectos y mecanismos de propagación de grietas, con el objetivo de hallar hipótesis que expliquen la rotura de un objeto. Según la fuerza aplicada, la temperatura y la tenacidad del material, este se  fisurará en mayor o menor medida, se escindirá en partes, se hará añicos o será, directamente, pulverizado. Prueben ustedes a dejar caer al suelo un cuenco de loza o uno de aquellos míticos vasos de Duralex y podrán comprobar empíricamente cómo aplican esas leyes. Sin embargo, ¿podría alguien decirme qué principios rigen cuando se nos rompe el alma? Ningunos, será su respuesta lógica, puesto que el alma carece de sustancia definida. Será, entonces, cuestión de metafísica, porque el alma es susceptible de hacerse pedazos y, cuando esto sucede, se nos quedan adheridos a la piel ciertos fragmentos que los años no depuran. Invisibles pero latentes, pasan en décimas de segundo de la catalepsia forzosa a una catarsis dolorosa de consecuencias imprevisibles. Y como dice Álvaro Vázquez de Aro, uno de los protagonistas de la novela que acabo de terminar, «hay astillas que conviene no extraer jamás, estén clavadas donde estén».

Astillas en la piel, publicada por Suma de Letras (de Penguin, 2021), es el título y César Pérez Gellida el nombre del autor. Novela negra, sí, pero diferente. El asesinato del inicio es brutal, hay cierta dosis de investigación (lo menos relevante, al fin y al cabo), pero el corte de la lectura es profundamente psicológico. Tras el golpe de efecto inicial, Pérez Gellida sitúa al lector en la localidad vallisoletana de Urueña, en mitad de una cencellada de proporciones quasi-apocalípticas. En tales circunstancias nos presenta a Álvaro, afamado escritor de novela negra y residente en Madrid, que se ha desplazado unos cientos de kilómetros impelido por la súplica de un amigo de adolescencia, Mateo, crucigramista en bancarrota. El argumento será desgranado en dos líneas temporales y alternas en el relato. El personaje de Mateo –un Mateo de 13 años– narrará la línea del pasado, los sucesos que tuvieron lugar entre los años 1993 y 1994 en el Colegio San Nicolás de Bari, donde ambos amigos permanecían internos, y que exigen resarcimiento en la línea temporal del presente, contada por un Álvaro ya adulto que piensa, con este viaje, dar por saldada su deuda con Mateo. Un pasado traumático de abusos dolorosos y vergonzantes que desembocará en la vendetta de un presente trazada durante años y concretada en un plan que saldrá a pedir de boca hasta que el autor decide ponerlo patas arriba y dejar al lector con la boca abierta y los ojos como platos. No les cuento más. Tendrán que leerla si su curiosidad se ha visto de algún modo afectada.

En Astillas en la piel, César Pérez Gellida nos ofrece un plato que, en el menú de clasificaciones literarias, se encuadraría en la sección de género negro, pero con matices que lo hacen sustancialmente diferente. Su planteamiento, original. Su narración es sumamente visual y deja clara su maestría en el manejo de la intriga y su habilidad para cocinar una historia compleja de incertidumbre y a ratos locura, con giros argumentales insospechados que podrían aturdir al lector más avezado. Original también su encabezamiento de los capítulos a modo de definición de crucigrama. Una buena lectura, sí señor.








domingo, 26 de marzo de 2023

La esclava instruida, de José María Álvarez

…amar es combatir: si dos se besan

el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puerta,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres:
“déjame ser tu puta”, son palabras
de Eloísa...
(Fragmento de Piedra del sol, de Octavio Paz)

Se afirma en el noveno número de Náyades (revista dirigida por Ricardo Montes que recoge la historia, costumbres y tradiciones de la Región de Murcia) que los comienzos del s. XX regalaron a nuestra región un florecimiento sin precedentes de la literatura erótica, cuya punta de lanza fue sin duda Cartagena. Allí nacería algunas décadas después (concretamente en 1942) el polifacético escritor José María Álvarez quien, dentro de su heterogénea producción, recogería el testigo del erotismo en las letras y lo transformaría, en 1992, en una obra de singular belleza que le valdría el XIV Premio La Sonrisa Vertical (colección de erótica dirigida por Luis G. Berlanga y publicada por Tusquets). No soy consumidora habitual de erotismo en negro sobre blanco, pero agradezco enormemente la recomendación que recibí de esta obra, pues ha traído a mis ojos, como bien diría Borges, «la felicidad y el asombro».

Aviso a navegantes: para acometer ciertas tareas, como la lectura de La esclava instruida (Tusquets, 1992) de Álvarez, es estrictamente necesario despojarse del todo de prejuicios éticos y morales y de postureo buenista. Literatura es literatura, placer es placer y no es momento de descontextualizar, hipercontextualizar, juzgar o criminalizar fechas en un DNI. El narrador de La esclava instruida, como la Eloísa del medioevo francés a su Abelardo, exhorta a su amada Alejandra a volver a su lado y poner fin a la agonía provocada en ambos por la separación. Mientras tanto, le va relatando al lector (y a Alejandra) las remembranzas de una historia de pasión calcinadora y subyugadora que ha durado ya casi cuatro años. No conocemos del narrador ni su nombre ni su edad, aunque lo suponemos en la cincuentena. Sabemos de él que es un acomodado escritor con ciertos visos de celebridad, cosmopolita y amante de las artes y los placeres en general. Un día se da cuenta, al salir ella de la piscina, de que la hija de sus amigos –Alejandra– ya goza de los gloriosos atributos de la pubertad con un tempo de lo más excitante. Ella parece también haberse percatado del placentero potencial que esconde la mirada libidinosa del escritor, y pronto se verán cautivos de un deseo que crece proporcionalmente a su satisfacción. ¿Que es una situación demasiado inverosímil? Puede, pero yo ejerzo mi derecho a acogerme a la suspensión de la incredulidad brechtiana y me la creo, y la disfruto.

La prosaica mecánica de la piel que rige las relaciones sexuales se ve superada con creces en La esclava instruida por la sublime entrega del alma y hasta la última fibra del ser a un propósito último menos mundano: la lucha contra la abyecta mediocridad del mundo contemporáneo y la equiparación de la vida y el sexo a una forma elevada de Arte. Qué manera de ensalzar la hermosura de coños diversos. Qué forma de venerar como estandarte una polla regia. Deliciosas libaciones, suculentas felaciones y orgasmos épicos en perfecta mixtura con la belleza de las líneas de un soneto isabelino. Qué delicia, ahítos en cuerpo y alma tras un polvo de magnitud cósmica, la de conversar sobre el crecimiento personal de Hawkins en La isla del tesoro de Stevenson, la de radiografiar Las Meninas de Velázquez o rememorar antiguas historias de piratas. Entre cuatro paredes (alguna sabrosa escapada fuera de ellas) irán construyendo su sagrado clandestino, su unión   carnal y espiritual ajena al tiempo y al espacio. Ella, a medio camino entre animal sexual hambriento y ángel rilkeiano, fin supremo de la poesía; él, maestro cogido por sorpresa por la intensidad de la emoción, la violencia del deseo y la devastación de las horas sin ella. Amor al fin y al cabo, o al menos uno de sus nombres, atado a sexo libre de tabúes y con la sola exigencia del disfrute. Mirarse y saber que es ahí, que el otro ya es carne de tu carne y sangre de tus venas, sin posibilidad alguna de remisión.
She's all states, and all Princes, I,
Nothing else is ( The Sun Rising, de John Donne). Así de simple como las líneas de Donne que rememora el narrador: «Ella es todos los estados y yo, todos los príncipes. Nada más existe».
Obra estimulante donde las haya que hurga sin tapujos ni misericordia en nuestro órgano sexual más potente: la imaginación.

viernes, 24 de marzo de 2023

En la sangre, de Susana Rodríguez Lezaun

La sangre, además de ser importante a nivel fisiológico, tiene gran relevancia mitológica y simbólicamente hablando. Se la ha relacionado con la vida y el alma, con los cultos solares y la recolección de las cosechas, con la juventud y el deseo de inmortalidad. Su color ha sido fuente de inspiración de numerosas metáforas y su derramamiento causa y consecuencia de innumerables guerras. Obviaremos su génesis, su composición química y las leyes de la física que gobiernan su circulación. Sin embargo, en ocasiones no tendremos más remedio que hacernos alguna pregunta de índole genética: ¿qué contiene nuestra sangre que nos hace como somos? ¿Comparten glóbulo las moléculas de oxígeno con vicios hereditarios? ¿Cohabitan el rojo plaquetas y mezquindades congénitas? No me equivocaría mucho si afirmase que estas y otras cuestiones similares pueblan las noches de insomnio de Marcela Pieldelobo, protagonista de la novela que acabo de terminar.

En la sangre (Harper Collins, 2023) es el significativo título escogido para la sexta novela de Susana Rodríguez Lezaun, segunda entrega de la saga encabezada por la inspectora Pieldelobo e iniciada en Bajo la piel. La trama comienza pocos meses después del desenlace de la primera entrega, con una Marcela Pieldelobo en el punto de mira de sus superiores a causa de sus constantes transgresiones a los límites de la legalidad y su inobservancia de los principios básicos de funcionamiento de la escala jerárquica. Por si ya fuera poca la presión a la que se ve sometida, le asignan –sin posibilidad alguna de réplica– la espinosa misión de arrancar la confesión de culpabilidad del inspector Ribas, el que fuera su antiguo amante y mentor, principal y único sospechoso en un caso de asesinato y tráfico de drogas. Para cumplir su objetivo, tendrá que trasladarse a Bera, una pequeña población a 75km de Pamplona, enclave abertzale y punto de inicio de las rutas que cruzan las mugas para introducir droga en Francia. Sus primeros pasos en la investigación la empujan a rechazar la versión oficial (es Pieldelobo, no podía ser de otra manera) y seguirá indagando a pesar de advertencias y palos varios en las ruedas. En paralelo a las pesquisas de Marcela, Susana Rodríguez Lezaun nos irá mostrando la voz de Elur Amézaga, la chica asesinada supuestamente por Ribas, que irá desgranando poco a poco sus cómos y sus porqués. Esta vez Pieldelobo lo tendrá crudo para apoyarse en el bueno del subinspector Bonachera, enfangado hasta el cuello en el lodazal de las deudas y el vicio y víctima de un intento de chantaje por parte de la misma mano en la sombra que amenaza a Marcela con desvelar cierta información que destruiría su ya maltrecha reputación y, por supuesto, su carrera profesional. La solución vendrá de mano de... Ah, no, de eso nada. Si quieren saber, pues léanla.

Capítulos cortos, manejo soberbio de la tensión dramática y un personaje central de los mejores que he encontrado hasta la fecha. Marcela Pieldelobo es una paradoja con patas que me ha enamorado desde el primer minuto.  Dura como el acero en apariencia, pero al tiempo frágil como el ala de una mariposa que busca refugio durante la tormenta. Arisca y seca para la mayoría, sedienta de amor y ternura en la intimidad. Deseosa de borrar el pasado pero con la maldición de la estirpe taladrándole los días y las noches: «lo llevas en la sangre, Marcela». El inspector de la Foral Damen Andueza será uno de los pocos capaces de permanecer a su lado a pesar de su aparente desapego, de su aspereza, de sus aristas cortantes. Será que me gustan las almas desportilladas porque, sin duda, quiero más Pieldelobo.

jueves, 16 de marzo de 2023

Bajo la piel, de Susana Rodríguez Lezaun

A menudo reflexiono sobre qué es, en general, lo que me hace disfrutar de una novela. En ocasiones es el engranaje argumental, la habilidad del autor o autora para articular con fluidez tramas y subtramas. Otras veces son los personajes, su desarrollo y la forma de conectar con ellos. Cuando hablamos de ciertos autores o autoras, la respuesta es: todo. Me ocurre, por ejemplo, con Susana Rodríguez Lezaun. No exagero si digo que la pamplonica me ha conquistado y se ha ganado a pulso un lugar en mi atestada biblioteca.

Bajo la piel (Harper Collins, 2021) es su quinta novela publicada e inaugura una saga que promete, protagonizada indiscutiblemente por la inspectora Marcela Pieldelobo. Tuve la suerte de escuchar la presentación de la obra de boca de la propia autora gracias, una vez más, a Cartagena Negra, y lo cierto es que dejó huella en mí. Tenía ganas de conocer a la inspectora Pieldelobo, y no me ha defraudado. Treintañera, con un carácter marcadísimo y una mochila a cuestas llena de momentos dolorosos y bocados difíciles de tragar, se hace facilísimo empatizar con ella. Me encandila su testarudez, su temeridad y su absoluta falta de respeto por las normas cuando la situación y el objetivo lo requieren.

En Bajo la piel, Susana Rodríguez Lezaun vuelve a su Pamplona natal como escenario de una investigación compleja y frustrante. Un vehículo despeñado cuyo conductor no aparece. Un bebé abandonado durante la noche en un lugar solitario. Pieldelobo logrará hallar el vínculo que une ambos acontecimientos y, al hacerlo, golpeará sin saberlo un nido de avispas furiosas dispuestas a cualquier cosa con tal de salvar su buen nombre. El método Pieldelobo no se ajusta precisamente a la legalidad, pero suele dar resultados. Sin embargo, en esta ocasión, jugará en su contra. La aparición del cadáver de la conductora del coche siniestrado y las dos muertes posteriores a esta confirmarán sin resquicio de duda las sospechas de la inspectora, que verá sus manos atadas por la cadena de mando al servicio de las altas esferas. Con la Iglesia hemos topado. Mejor dicho, con el Opus Dei. El caso se convertirá pronto en una obsesión para Marcela, una obsesión que estará a punto de quitarle la vida por partida doble.

En paralelo a la trama de investigación, y ocupando un lugar importante en el argumento de la novela, se va mostrando el universo privado que habita Marcela Pieldelobo. El traumático suceso que marcó su adolescencia,   el dolor de un matrimonio roto, su decepción y su vergüenza. El tatuaje que cubre su cuerpo, metáfora perfecta de las heridas de su alma. La muerte de su madre. El pasado que vuelve para complicarle más la vida .Los refugios donde encuentra la calma. La profundización en la psicología del personaje no resta centralidad a la trama, sino que nos hace comprender mejor las acciones y reacciones de Marcela.

Susana Rodríguez Lezaun va creciendo como autora con cada nueva publicación. Su prosa es sencilla pero al grano. Su manejo de la tensión y de la intriga, soberbio. Sus personajes desportillados o rotos se quedan con el lector y forman parte de su vida diaria. Podría darles más argumentos, pero resulta que ya me está esperando En la sangre (más Pieldelobo) en la estantería. Ya saben, si les ha picado la curiosidad, háganse con ella y disfruten.

sábado, 25 de febrero de 2023

La hija de la noche, de Laura Gallego García

Leer, para mí, es un acto complejo donde interviene, entre otras cosas, la emoción. Al igual que mi umbral del dolor es tan ínfimo que roza lo subterráneo, mi capacidad de sentir es infinita, y hay momentos en los que necesito un respiro. Entonces busco obras que me garanticen una lectura de bajo coste emocional al tiempo que me permitan seguir disfrutando. La fantasía de la valenciana Laura Gallego suele funcionarme bien en estos casos, y esta vez tampoco me ha decepcionado.

La hija de la noche (Edebé, 2005) es una novela juvenil (recuerden siempre: para jóvenes de todas las edades) donde se combinan fantasía y misterio, ambientada en la Francia rural del siglo XIX. La acción se desarrolla en el tranquilo pueblecito de Beaufort, donde la vida transcurre perezosa, pacífica, entre quehaceres diarios y chismorreos mojados en el té de las reuniones vespertinas. Una mañana, la señora Bonnard, que ostenta el incontestable honor de maledicente suprema, desvela al lector una jugosa noticia. La joven Isabelle ha tenido la osadía de volver al pueblo cinco años después de haber huido del mismo en pos de su amado, un noble lejos del alcance de sus manos de lavandera (ofensa imperdonable, claro está). Por si ya era poco su atrevimiento, su regreso viene acompañado de un sorpresivo cambio de estatus económico: la antigua muerta de hambre ha adquirido un caserón en las afueras de la población. Su palidez, su luto, su extraño criado y su carácter ciertamente asocial espolearán la curiosidad malsana de los vecinos. Al mismo tiempo, comienzan a suceder una serie de acontecimientos extraños en el pueblo: una vaca muerta, un aullido espeluznante... El joven gendarme Max Grillet deberá iniciar una investigación que esclarezca las causas de tan insólitos hechos. ¿Estará preparado para afrontarlos? ¿Estarán relacionados con la llegada de Isabelle? ¿Pueden vivir los murciélagos tropicales en Francia? Ya saben, si quieren respuesta a estas preguntas, tendrán que leerla.

Narrada a buen ritmo en capítulos cortos, La hija de la noche resulta una lectura entretenida. Simple, sin grandes giros ni complicaciones en la trama lineal, engancha desde el principio. Malas lenguas, buenas intenciones, amor y clases sociales son algunos de sus ingredientes. ¿Se animan?

Fuego y Sangre, de George R.R. Martin

Hay libros que nos acompañan durante un tiempo y otros que parecen despertar algo que llevamos en el alma desde siempre. En mi ...