lunes, 19 de octubre de 2026

En lo que preferiría no pensar, de Jente Posthuma

En la vida, ciertas personas terminan, indefectiblemente, convirtiéndose en parte de quienes somos. Construimos nuestra identidad a través de los afectos, de los recuerdos compartidos y de esas complicidades que nos hacen sentir que pertenecemos a un pequeño universo común. Por esa razón, cuando alguien tan esencial desaparece, no solo sentimos su ausencia, sino que nos vemos en la obligación de enfrentarnos a la difícil tarea de descubrir quiénes somos sin esa persona. Y es que hay pérdidas que nos arrebatan mucho más que una presencia; nos obligan a reconstruir la imagen que teníamos de nosotros mismos.

En En lo que preferiría no pensar (Bunker Books, 2023), la neerlandesa Jente Posthuma explora con una sensibilidad extraordinaria ese territorio frágil e íntimo del duelo. La protagonista de esta novela comparte con su hermano gemelo un vínculo que ha marcado su manera de entender la vida y de reconocerse en el mundo. Cuando él desaparece, ella debe enfrentarse al vacío que deja su ausencia y reconstruir, a través de los recuerdos y de las pequeñas historias que los unieron, una identidad que hasta entonces parecía inseparable de la suya. ¿Cómo aprender a vivir cuando perdemos a quien considerábamos una parte imprescindible de nosotros mismos?

Uno de los grandes hallazgos de esta obra es la maravillosa manera de narrar de Posthuma. Su prosa, aparentemente sencilla, posee una profundidad y una personalidad fascinantes. Con una escritura contenida, inteligente y atravesada por una ironía sutil, la autora encuentra la emoción en los detalles cotidianos, en las peculiaridades de sus personajes y en esos pensamientos aparentemente insignificantes que, de pronto, revelan toda la complejidad del ser humano. No necesita recurrir al dramatismo ni a frases grandilocuentes para conmovernos. Su gran talento reside precisamente en lo contrario: en sugerir más de lo que explica, en permitir que los silencios hablen y en combinar el dolor con ese humor inesperado que forma parte de nuestras contradicciones. La memoria aparece fragmentada —fiel reflejo de la vida—, y el duelo se convierte en un proceso repleto de preguntas, incertidumbres y descubrimientos.
Otro mérito de la novela que considero especialmente interesante y valioso es que su protagonista no está construida para resultar necesariamente simpática ni para responder a lo que esperamos de una persona que atraviesa una pérdida. Es compleja, peculiar, a veces difícil de comprender. Sin embargo, la escritura nos invita a acercarnos a ella sin juzgarla, a escuchar sus razonamientos y a descubrir la lógica íntima que se esconde detrás de sus comportamientos. La autora no pretende ofrecernos un personaje perfecto, sino un ser humano que intenta entenderse a sí mismo mientras el mundo parece exigirle que sepa cómo vivir.

Sin embargo, En lo que preferiría no pensar no es solamente una novela sobre la pérdida. Es también una reflexión sobre los vínculos afectivos, la dependencia emocional y la necesidad de aprender a existir más allá de las personas que amamos. Porque reconstruirse no significa olvidar ni dejar de querer, sino descubrir que podemos conservar a alguien en nuestros recuerdos sin quedar atrapados para siempre en su ausencia. Esta novela nos recuerda que crecer también significa aceptar que nuestra identidad puede transformarse, que hay preguntas para las que quizá nunca encontremos respuesta y que seguir adelante no implica traicionar aquello que hemos perdido.

Delicada, inteligente y profundamente humana, En lo que preferiría no pensar encuentra en la sencillez su mayor virtud y en la singular voz de Jente Posthuma su principal fortaleza. Una lectura que nos invita a mirar hacia dentro y que demuestra que, a veces, la literatura alcanza su mayor belleza cuando consigue poner palabras a aquello que apenas sabemos nombrar: el vacío que deja la ausencia y la lenta, difícil y necesaria tarea de volver a encontrarnos. Una lectura que confirma que la literatura alcanza su verdadera grandeza cuando consigue convertir lo más íntimo en algo universal. Y una magnífica oportunidad para descubrir la singular sensibilidad narrativa de Jente Posthuma, una autora que sabe que, a veces, las palabras más sencillas son las que mejor saben nombrar aquello que nos resulta imposible decir. Absolutamente recomendable.

miércoles, 14 de octubre de 2026

No fue un bolero de amor, de Miquel Sanchis

Hay lacras sociales que, por mucho que avancemos como sociedad, siguen proyectando su sombra sobre la vida de miles de mujeres. La violencia machista es una de las más dolorosas, una herida que no siempre deja marcas visibles, pero que va desgastando la autoestima, apagando la voz y robando, poco a poco, la libertad. Detrás de muchas puertas cerradas se esconden historias de miedo, de silencios impuestos, de afectos confundidos con posesión y de mujeres que, en algún momento, llegaron a creer que aquello que las hacía sufrir también era amor. Por eso, la literatura se convierte en una herramienta imprescindible para mirar de frente esta realidad, para poner palabras a lo que tantas veces se calla y para recordarnos que ningún amor verdadero debería exigirnos renunciar a nosotros mismos. Por eso quiero decir gracias, profundas e infinitas, al autor de la novela que acabo de terminar.

No fue un bolero de amor (2021), de Miquel Sanchis, nos invita a adentrarnos en uno de esos territorios emocionales donde el amor y el dolor parecen confundirse, donde las palabras adquieren el peso de las heridas y donde lo que se cuenta importa tanto como la manera de contarlo. Porque hay historias que no necesitan levantar la voz para estremecernos; basta con acercarnos a ellas, escuchar lo que tienen que decirnos y permitir que sus silencios nos interpelen. En esta novela, Miquel nos habla de una relación que no comenzó con miedo, sino con ilusión. Todo parece suceder de manera casi imperceptible: pequeños gestos, actitudes que se disfrazan de preocupación, límites que van desapareciendo y una libertad que se estrecha sin que apenas nos demos cuenta. Hasta que un día descubrimos que aquello que parecía amor empieza a convertirse en una prisión. El autor nos acerca a la historia de una mujer que se ve atrapada, poco a poco, en una relación marcada por el maltrato. Ni nombre tiene hasta el final. Lo que inicialmente puede parecer una situación cotidiana va transformándose en una espiral de aislamiento, anulación y sufrimiento. La protagonista se adentra en una realidad cada vez más oscura, en la que el miedo termina por condicionar su existencia y en la que recuperar su propia voz se convierte en una necesidad vital. No fue un bolero de amor no es únicamente una historia sobre el dolor, sino también una invitación a reconocer las señales de las relaciones tóxicas, a comprender cómo puede desarrollarse la violencia de manera gradual y a cuestionar esa peligrosa idealización del amor que, en ocasiones, nos lleva a confundir la dependencia con la entrega y el control con la preocupación. La pregunta que duerme bajo el título es tan sencilla como estremecedora: ¿podrá esa mujer mirar atrás y contar su historia, reivindicando finalmente que aquello que vivió no fue una canción de amor, sino una experiencia que nunca debió sufrir?

Uno de los aspectos más interesantes de la novela radica en su forma narrativa. Sanchis apuesta por una narración en primera persona en la que la protagonista se dirige directamente al un interlocutor cuya voz no leemos, y que podría solaparse con la figura del lector. Esta elección crea una cercanía extraordinaria. No contemplamos los acontecimientos desde una distancia segura, ni recibimos los hechos a través de una voz ajena que nos los explica desde fuera. Nos situamos ante alguien que nos habla, que nos introduce en su mundo y que nos hace partícipes de sus recuerdos, sus emociones y sus reflexiones. La lectura adquiere así una intimidad casi confesional, como si cada página nos acercara un poco más a una experiencia que, por dolorosa que resulte, merece ser comprendida. En una novela que aborda el maltrato, la voz narrativa adquiere una dimensión especial. Hablar puede significar recuperar una parcela de libertad, ordenar los recuerdos, comprender lo sucedido y atreverse a nombrar aquello que durante demasiado tiempo permaneció oculto. Esa forma directa de narrar intensifica la empatía y nos recuerda que detrás de cada historia de maltrato hay una persona, una identidad y una vida que no pueden reducirse al sufrimiento padecido. Además, el título de la novela encierra una poderosa contradicción. Un bolero nos remite a la música, a la pasión, a la nostalgia y a esas historias sentimentales que parecen destinadas a permanecer en la memoria. Sin embargo, aquí la música del amor se quiebra ante una realidad mucho más amarga. ¿Qué sucede cuando una relación deja de ser un lugar seguro? ¿Qué ocurre cuando los gestos que parecían expresar cariño terminan convirtiéndose en instrumentos de control? ¿Cómo se reconstruye una misma cuando el sufrimiento ha ido ocupando el espacio que antes pertenecía a los sueños? El amor no debería exigir miedo, ni aislamiento, ni renuncias que nos despojen de nuestra identidad. Tampoco debería convertir la vida compartida en un territorio donde una persona ejerce poder sobre otra. Por eso, una de las reflexiones más necesarias que suscita esta historia es la importancia de distinguir el amor de la dependencia, la entrega de la anulación y los celos del cuidado. El maltrato no es una manifestación desmedida de la pasión, ni una tragedia romántica que el tiempo pueda embellecer. Es una forma de violencia que debe ser reconocida, denunciada y combatida. Y la literatura, cuando se atreve a explorar estas realidades, contribuye a romper los silencios que las mantienen ocultas. No fue un bolero de amor es una invitación a mirar de frente una realidad dolorosa y a preguntarnos cuántas veces hemos confundido, como sociedad, el sufrimiento con una prueba de amor o la renuncia personal con una forma de entrega. Como mujer, gracias, Miquel.


lunes, 12 de octubre de 2026

Los ojos del cielo (Hijos de Teluria III), de Alberto Guaita Tello

Nunca resulta sencillo despedirnos de un universo que nos ha acompañado durante muchas páginas. Cuesta cerrar la puerta a esos lugares que hemos aprendido a habitar con la imaginación, dejar atrás a unos personajes que, de algún modo, se han convertido en compañeros de viaje y aceptar que una saga llega a su final. Y es que hay historias que no terminan cuando llegamos a la última página: permanecen en nosotros, como una luz que se resiste a apagarse, como el eco de una voz que todavía tiene algo que contarnos. Y esperemos que así sea durante mucho tiempo, porque me resisto a abandonarlos del todo.

Los ojos del cielo ( Ediciones Km 0, 2026), última entrega de la saga Hijos de Teluria, nos invita a regresar a ese universo fantástico que Alberto Guaita Tello ha ido construyendo, un mundo en el que la realidad y lo extraordinario se entrelazan y donde los destinos individuales forman parte de una historia mucho más grande. Tras el camino abierto por Los ojos del mar y continuado en Los ojos del desierto, esta última etapa nos recuerda que las grandes aventuras no solo se miden por los peligros que afrontan sus protagonistas, sino también por todo aquello que están dispuestos a arriesgar, proteger y amar. En Los ojos del cielo, una oscura amenaza se cierne sobre Teluria, sus territorios y la Tierra. Los tenebrosos Duales y su octaedro han irrumpido en estos mundos con la intención de saldar una deuda ancestral y recuperar un poder que podría someterlo todo a su voluntad. A bordo de La Casa de Todos, Etienne y Ciel descubren una inquietante verdad sobre sus orígenes. Tras las huellas del anillo de Turj, emprenden un peligroso recorrido por distintos planetas en busca de los Sagrados Mellizos, en una carrera contrarreloj de la que depende mucho más que su propio destino. Mientras tanto, en la Tierra, Lión y Fanya viajan hasta el lago Nyos para investigar la aterradora criatura que ha emergido de sus aguas. Malaam, por su parte, debe escapar de quienes buscan vengarse de él. Al mismo tiempo, en las profundidades de Teluria, una Fanya rejuvenecida intenta reunirse con Sharduk, mientras La Voz prepara a sus tropas para asaltar el último refugio del general Lucas. Los destinos de tres mundos vuelven a entrelazarse en una lucha marcada por secretos, antiguas heridas y fuerzas capaces de cambiarlo todo. En esta entrega final de la trilogía Hijos de Teluria, Alberto Guaita Tello conduce a sus personajes hacia un desenlace épico en el que las piezas de una historia extraordinaria deberán encajar antes de que la oscuridad lo devore todo.

Del mar al desierto, y ahora bajo la inmensidad del cielo, cada escenario parece guardar sus propios secretos y cada paso nos acerca un poco más al destino de quienes han dado vida a esta historia. La fantasía se convierte así en un territorio para explorar emociones muy humanas: la esperanza frente a la incertidumbre, la fuerza de los vínculos, el peso de las decisiones y esa necesidad de seguir adelante incluso cuando el horizonte parece imposible de alcanzar. ¿Y sabéis qué? Que, en el fondo, las obras que nos emocionan hablan también de nosotros. De nuestras despedidas, de las batallas que libramos en silencio y de la huella que dejan en nuestra vida las personas —reales o imaginarias— con las que hemos compartido un trecho del camino. Llegar al final de una historia es cerrar un libro, sí, pero también abrir un pequeño espacio en la memoria para conservar todo lo que nos ha regalado. Tal vez sea esa la verdadera magia de la literatura: permitirnos abandonar un mundo sin perderlo del todo, porque algo de él se queda para siempre entre nuestras páginas favoritas. Con Los ojos del cielo, Alberto Guaita nos provoca a mirar hacia ese horizonte donde toda despedida guarda un último destello de belleza. Y es que algunas personas, o algunos universos literarios, no desaparecen cuando dejamos de leerlos: siguen brillando dentro de nosotros, como estrellas a las que siempre podemos regresar.

En lo que preferiría no pensar, de Jente Posthuma

En la vida, ciertas personas terminan, indefectiblemente, convirtiéndose en parte de quienes somos. Construimos nuestra identida...