miércoles, 14 de octubre de 2026

No fue un bolero de amor, de Miquel Sanchis

Hay lacras sociales que, por mucho que avancemos como sociedad, siguen proyectando su sombra sobre la vida de miles de mujeres. La violencia machista es una de las más dolorosas, una herida que no siempre deja marcas visibles, pero que va desgastando la autoestima, apagando la voz y robando, poco a poco, la libertad. Detrás de muchas puertas cerradas se esconden historias de miedo, de silencios impuestos, de afectos confundidos con posesión y de mujeres que, en algún momento, llegaron a creer que aquello que las hacía sufrir también era amor. Por eso, la literatura se convierte en una herramienta imprescindible para mirar de frente esta realidad, para poner palabras a lo que tantas veces se calla y para recordarnos que ningún amor verdadero debería exigirnos renunciar a nosotros mismos. Por eso quiero decir gracias, profundas e infinitas, al autor de la novela que acabo de terminar.

No fue un bolero de amor (2021), de Miquel Sanchis, nos invita a adentrarnos en uno de esos territorios emocionales donde el amor y el dolor parecen confundirse, donde las palabras adquieren el peso de las heridas y donde lo que se cuenta importa tanto como la manera de contarlo. Porque hay historias que no necesitan levantar la voz para estremecernos; basta con acercarnos a ellas, escuchar lo que tienen que decirnos y permitir que sus silencios nos interpelen. En esta novela, Miquel nos habla de una relación que no comenzó con miedo, sino con ilusión. Todo parece suceder de manera casi imperceptible: pequeños gestos, actitudes que se disfrazan de preocupación, límites que van desapareciendo y una libertad que se estrecha sin que apenas nos demos cuenta. Hasta que un día descubrimos que aquello que parecía amor empieza a convertirse en una prisión. El autor nos acerca a la historia de una mujer que se ve atrapada, poco a poco, en una relación marcada por el maltrato. Ni nombre tiene hasta el final. Lo que inicialmente puede parecer una situación cotidiana va transformándose en una espiral de aislamiento, anulación y sufrimiento. La protagonista se adentra en una realidad cada vez más oscura, en la que el miedo termina por condicionar su existencia y en la que recuperar su propia voz se convierte en una necesidad vital. No fue un bolero de amor no es únicamente una historia sobre el dolor, sino también una invitación a reconocer las señales de las relaciones tóxicas, a comprender cómo puede desarrollarse la violencia de manera gradual y a cuestionar esa peligrosa idealización del amor que, en ocasiones, nos lleva a confundir la dependencia con la entrega y el control con la preocupación. La pregunta que duerme bajo el título es tan sencilla como estremecedora: ¿podrá esa mujer mirar atrás y contar su historia, reivindicando finalmente que aquello que vivió no fue una canción de amor, sino una experiencia que nunca debió sufrir?

Uno de los aspectos más interesantes de la novela radica en su forma narrativa. Sanchis apuesta por una narración en primera persona en la que la protagonista se dirige directamente al un interlocutor cuya voz no leemos, y que podría solaparse con la figura del lector. Esta elección crea una cercanía extraordinaria. No contemplamos los acontecimientos desde una distancia segura, ni recibimos los hechos a través de una voz ajena que nos los explica desde fuera. Nos situamos ante alguien que nos habla, que nos introduce en su mundo y que nos hace partícipes de sus recuerdos, sus emociones y sus reflexiones. La lectura adquiere así una intimidad casi confesional, como si cada página nos acercara un poco más a una experiencia que, por dolorosa que resulte, merece ser comprendida. En una novela que aborda el maltrato, la voz narrativa adquiere una dimensión especial. Hablar puede significar recuperar una parcela de libertad, ordenar los recuerdos, comprender lo sucedido y atreverse a nombrar aquello que durante demasiado tiempo permaneció oculto. Esa forma directa de narrar intensifica la empatía y nos recuerda que detrás de cada historia de maltrato hay una persona, una identidad y una vida que no pueden reducirse al sufrimiento padecido. Además, el título de la novela encierra una poderosa contradicción. Un bolero nos remite a la música, a la pasión, a la nostalgia y a esas historias sentimentales que parecen destinadas a permanecer en la memoria. Sin embargo, aquí la música del amor se quiebra ante una realidad mucho más amarga. ¿Qué sucede cuando una relación deja de ser un lugar seguro? ¿Qué ocurre cuando los gestos que parecían expresar cariño terminan convirtiéndose en instrumentos de control? ¿Cómo se reconstruye una misma cuando el sufrimiento ha ido ocupando el espacio que antes pertenecía a los sueños? El amor no debería exigir miedo, ni aislamiento, ni renuncias que nos despojen de nuestra identidad. Tampoco debería convertir la vida compartida en un territorio donde una persona ejerce poder sobre otra. Por eso, una de las reflexiones más necesarias que suscita esta historia es la importancia de distinguir el amor de la dependencia, la entrega de la anulación y los celos del cuidado. El maltrato no es una manifestación desmedida de la pasión, ni una tragedia romántica que el tiempo pueda embellecer. Es una forma de violencia que debe ser reconocida, denunciada y combatida. Y la literatura, cuando se atreve a explorar estas realidades, contribuye a romper los silencios que las mantienen ocultas. No fue un bolero de amor es una invitación a mirar de frente una realidad dolorosa y a preguntarnos cuántas veces hemos confundido, como sociedad, el sufrimiento con una prueba de amor o la renuncia personal con una forma de entrega. Como mujer, gracias, Miquel.


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No fue un bolero de amor, de Miquel Sanchis

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