jueves, 22 de octubre de 2020

Ventanas de Papel, de Rubén Castillo Gallego

Dice Care Santos en su artículo “Leer para ser feliz” (publicado en la revista Mujerhoy de 14 de mayo de 2017, y que hace un par de días me leyó mi hija como parte de su tarea de Lengua) que «más de la mitad de los adolescentes actuales considera que leer es un aburrimiento, y la culpa, es de los adultos» y que «a veces no es fácil dar con el libro adecuado. Por eso se necesitan (buenos) mediadores. Tenemos muchos. Profesores y bibliotecarios que lo han entendido, que hacen un gran trabajo. Qué haríamos sin ellos».

Una de estas personas que indudablemente lo han entendido es Rubén Castillo que, aparte de escritor sublime y voracísimo lector, es profesor de secundaria desde hace ya unos cuantos lustros, por lo que sabe bien de lo que habla cuando, en Ventanas de Papel (publicado en 2010 por el Servicio de Publicaciones de la Consejería de Educación, etc. de la Región de Murcia) sugiere a sus colegas docentes un catálogo de 50 obras de literatura juvenil que ayuden a acercar, o a mantener, si ya estuvieran dentro, a los alumnos al gusto por la literatura. La presentación de las propuestas se hace en formato muy agradable, por lo bien estructurado y casi coqueto del diseño. Para cada uno de los títulos seleccionados nos ofrece datos técnicos del libro, unos breves apuntes biográficos sobre el autor, un comentario de la obra (y qué comentario, señores) y una sugerencia de actividades didácticas que, aparte de tratar aspectos literarios y lingüísticos, engloban toda una serie de conocimientos pertenecientes a otras disciplinas (historia, ciencias, ciudadanía-ética-o como demonios se llame ahora, cine...) y un notable contenido en transversalidad compatible con la mayoría de currículos.

No voy a cansarles con temáticas ni títulos, pero sí les tengo que confesar mi maravillado asombro al encontrar entre las obras El Castillo de Otranto de Horace Walpole (uno de mis preferidos dentro de la literatura gótica), El Príncipe Caspian (segundo libro publicado de la serie Las Crónicas de Narnia) de C.S. Lewis, Un Puente hacia Terabithia de Katherine Paterson y, felicidad máxima, Crepúsculo de Stephenie Meyer (que será una de mis novelas favoritas de aquí a la eternidad para perpetua irritación de ciertos conocidos, sesudos literatos. Nuevo argumento para futuros debates que espero con ansia: lo dice el Sr. Castillo, así que amén). Porque son justos y necesarios los quijotes, las celestinas, los lazarillos, las colmenas, los árboles de la ciencia, los santos inocentes y tantos otros de los clásicos; porque si bien es cierto que una de las funciones más importantes de la literatura es enseñar, no es menos verdad que se puede contemporaneizar de manera que, aparte de conocimientos, aporte algo más esencial todavía: felicidad.

P.D. Mi lista de lecturas pendientes ha aumentado en cerca de 35 títulos (y porque algunos ya los había leído). ¿Hasta cuándo se es joven?

miércoles, 21 de octubre de 2020

Palabras en el Tiempo. Miguel Espinosa y La Verdad, de Rubén Castillo Gallego.


«Este libro es [] como un catálogo numismático (donde la riqueza y el brillo fulgen en cada una de las monedas) o como una colección de mariposas (en que la belleza nos sorprende y atrapa desde el sedoso interior de las vitrinas). Esas monedas y esas mariposas son las protagonistas indiscutibles del gozo estético. Nadie tiene por qué recordar –y está bien que así sea– el nombre del coleccionista.»

Esto dice Rubén Castillo en el Pórtico de Palabras en el Tiempo. Miguel Espinosa y La Verdad. Pero el Sr. Castillo me va a permitir que discrepe (a ver qué remedio le queda al pobre hombre): yo sí me quiero acordar –y espero que la memoria se quede de mi lado en la batalla del tiempo– del coleccionista que tan minuciosa y rigurosamente fue sumando palabra tras palabra, artículo tras artículo, opinión tras opinión, para componer este completo y esclarecedor “análisis” de la obra de Miguel Espinosa. En primer lugar, porque gracias a él he conocido al sujeto analizado (simple casualidad, pero es de agradecer su afán de difusión y de despertar el interés por sus letras). En segundo lugar, porque tras haber leído Palabras en el Tiempo me siento algo menos “mermada intelectualmente” (uno no se acerca a este escritor y así, por las buenas, consigue comprender siquiera una millonésima de su complejidad). Y, en tercer lugar, porque me encanta mirar las mariposas (si puede ser en su gracioso vuelo y no en una vitrina, mejor que mejor, pero, dado que las mariposas espinosianas ya no volverán a agitar las alas, se agradece poder contemplarlas al menos en la serena belleza que no les arrebató la muerte).

En las primeras 152 páginas de Palabras en el Tiempo se nos muestra, con un mimo y una meticulosidad dignos de elogio, el rastro “mediático” que fue dejando la figura y la obra de Espinosa desde 1975 a 1991. Trascendió las fronteras murcianas y nacionales y hasta el país de las barras y las estrellas viajó la obra de este autor del que yo nada sabía, en boca de escritores, críticos literarios y profesores que habían percibido su “pasmo” al escribir y su modo de aunar vida y literatura con solo respirar. De entre todos los preciosos datos, testimonios y opiniones que nos regala el Sr. Castillo, sin duda dos se me han antojado especialmente reveladores. El primero, y por razones objetivas, la entrevista a Espinosa por parte de García Martínez publicada en el Suplemento Dominical el 30 de julio del 1978 (pag. 27-39) y los comentarios analíticos posteriores de nuestro coleccionista (pag. 39-43). Entrevista y comentarios permiten al lector, y cito textualmente de la obra «acceder al auténtico núcleo del pensamiento espinosiano» y a mí, particularmente, me responden unas cuantas preguntas que me rondaban la sesera desde que terminé la lectura de Escuela de Mandarines, a la par que me instruyen en otras cuestiones que ni siquiera me había planteado. La segunda de estas revelaciones es una oración que leí, subrayé y (con algunos matices, por supuesto) aplaudí casi al instante, extraída del artículo titulado “Un disenso literario”, firmado por el crítico Santiago Delgado (casualidades, profesor mío de Lengua y Literatura Españolas el primer año de carrera) y publicado en el “Suplemento literario” número 40. Reza así: «Por causa, qué duda cabe, de una insuficiencia literaria mía, sucede que no aprecio ni entiendo la narrativa de Miguel Espinosa». Entiendan que me encontré con esta frase poco después de la primera lectura de La Tríbada Falsaria y, matizando un poco lo del aprecio, me sentí totalmente identificada con la afirmación. Leyendo a Espinosa se siente uno muy insignificante, muy “poco”, y hallé algo de consuelo en no saberme sola en esta cuita. Ahora, tras una segunda lectura, y tras Palabras en el Tiempo, podría parecer que he dado un minúsculo, casi imperceptible, paso hacia delante en una ignota senda del bosque de este enorme bosque, espinoso y espinosiano.

De la pag. 155 hasta casi el final, el Sr. Castillo nos vuelve a ilustrar (muy acertadamente, en mi modesta opinión) con la actualización de algunos de los testimonios vertidos décadas atrás por parte de algunos y algunas que contribuyeron a la difusión nacional e internacional de la figura y las letras del caravaqueño. Es casi divertido apreciar como muchos afrontan el reto de revisar palabras pretéritas con cierto temor, ¡pero con qué arte lo solventan! De entre todos ellos aprecio especialmente el del Sr. Delgado, titulado “La Escritura Intransitiva” (mira que solo recordar de él sus lecturas en voz alta de Carpentier y la Gramática Española de Alarcos Llorach...), y “Desde la altura de un dios”, de Pascual García (otra vez me aparece este nombre y esta magnífica forma de escribir. Parece que el destino esté empeñado en que programe un viaje por sus letras...). A modo de colofón, el coleccionista de mariposas nos obsequia en su Anexo Necesario (pag. 213-220) con algunas de las frases que más le sedujeron en su día (habría que preguntarle a él si en acercamientos posteriores ha subrayado alguna más). Este anexo me place especialmente, ya que, al igual que muchos atesoran abultados volúmenes de fotografías, yo coleccionaría las frases que me han conmovido a lo largo de los años. En muchas coincidimos.

Habiendo leído Palabras en el Tiempo, se concluye de forma clara y nítida que Espinosa tuvo valedores por decenas (inclúyase al mismísimo Tierno Galván entre ellos) y admiradores algunos más. Que siendo una persona que quería vivir «clandestino al mundo», cautivó, a pesar de pero gracias al paripé institucional, el intelecto de muchos en la desde mediados de los 70 hasta los 90 con su literatura y con su persona. ¿Por qué entonces es tan poco conocido? ¿Por qué se le ha olvidado? ¿Por qué es tan necesaria la encomiable labor de personas como Rubén Castillo para que los demás lectores podamos siquiera soñar con rozar el verbo de autores como Espinosa? ¿Dónde están las instituciones que tanto le alababan? Personal y honestamente, no voy a declararme adicta a los modos ni a la prosa de Espinosa, al menos no todavía (me percibo ahora lectora en pañales, en la prehistoria del manejo del lenguaje), pero si confieso haber vislumbrado un horizonte que me apetece ir descubriendo sorbo a sorbo. Y no puedo más que reiterar: ¡gracias, Sr. Castillo!


 

domingo, 18 de octubre de 2020

LA TRIBADA FALSARIA, de Miguel Espinosa


Acabo esta obra en la incomodísima situación de no poder afirmar con seguridad y firmeza si me ha gustado o no la novela. ¿He disfrutado leyéndola? Sí (el verbo de Espinosa no es desdeñable) ¿He sentido mientras leía? También. Si voy analizando así, punto por punto, llego a la conclusión de que sí que he disfrutado la lectura, y que lo que no me gusta es la sensación que tengo ahora, una vez acabada. Un millón de preguntas y ninguna respuesta. El libro y yo nos miramos y dudo si volver a leerlo o tratar de digerirlo más adelante. Espinosa no me responde más que con un escueto “allá tú”.Ya dijo Enrique Tierno Galván en la presentación de esta obra, en la Librería Antonio Machado, en Madrid, en enero del 81 (un par de meses antes de que yo viera la luz) que era este un libro “infrecuente”. Y qué razón tenía.

El tiempo y el espacio de la novela están solamente perfilados, que no definidos, al igual que la mayoría de personajes, reducidos a simples voces o incluso a estilos indirectos. El argumento es mínimo: Daniel y Damiana (boticaria de 40 años) son amantes (en secreto) durante 8 años. Damiana conoce a Lucía, una joven lesbiana, con la que inicia una relación sentimental al poco tiempo, para tormento de Daniel que, como buen perro del hortelano, ni come e intenta no dejar comer (pero los dioses no están de su lado y Damiana y Lucía comen hasta hartarse). Entra en escena Juana, ex-amante de Daniel, intentando recuperar su ¿amor? tras haberle confesado este sus cuitas tribádicas.

En cuanto a estructura, en los dos primeros capítulos encontramos a Miguel Espinosa como autor-narrador. Nos presenta los hechos con un disfraz de objetividad del que luego se irá desprendiendo mientras orquesta la narración mediante un juego de voces epistolar casi en su totalidad. Así, el cuerpo de la novela se compone principalmente de las cartas de Juana a Daniel. A través de estas cartas se nos manifiesta no solo el punto de vista de Juana, su amor desgarrado e incondicional por el amante despechado, sino también la perspectiva de Daniel (obsesión, angustia) y el rumbo que van tomando las vidas de Damiana y Lucía. Aparece asimismo en estas misivas una polifonía de pareceres y juicios éticos y morales de un coro de personajes de los que no conocemos prácticamente nada salvo sus opiniones sobre el asunto. Ya al final del libro, se nos presentan ciertos comentarios, unos reiterativos y otros algo más clarificadores, por parte de algunos de esos personajes.

Se aprecian en la narración ciertos toques de ironía (a veces pura burla) del autor hacia sus personajes, sobre todo en el modo de describir sus conversaciones y sus preocupaciones. Entiendo esto como crítica hacia la sociedad opaca e hipócrita de aquel entonces. Cómo no, la narración está salpicada de grandes dosis de erotismo, básicamente “fricativo y succionador” (aderezado por el lamento por la “méntula” perdida). Y el uso del lenguaje, no encuentro palabras para describirlo. La obra es todo un desafío a nivel lingüístico (no hablemos ya del intelectual). Solamente el listado, presentado en las primeras páginas, de los “nombres” con los que después se referirá el autor a Damiana y a Lucía es para volverse loca.

Confieso haberme perdido un poco en la dimensión teológica de la novela, puesta de manifiesto en uno de los comentarios del final; no alcanzo a entender esa forma de asemejar a Daniel con Dios y a Damiana con el Diablo (lo de Juana con el arcángel ya ni lo intento). No veo la lucha del bien contra el mal (aparte, claro está, del tema de que a finales de los 70 los homosexuales debían de ser el demonio emplumado con cuernos y rabo; pero, en el caso de las lesbianas, ¿he podido entender que se podía ser lesbiana de puertas para dentro sin considerarse depravación?; ¿estaba, pues, el pecado en afirmarse públicamente “friccionadora y succionadora”?) Todo es luz y oscuridad en esta historia, atrevida y transgresora, de pasiones, inquisiciones y lamentos.

 

sábado, 17 de octubre de 2020

Escuela de Mandarines, de Miguel Espinosa



… cuando el juicio alcanzó las Cosas Últimas, el corazón olvidó las Primeras

 

Hay viajes que comienzan como un capricho entusiasta y devienen travesías repletas de sorpresas y tesoros por descubrir. Mi periplo por las letras de cierto autor de la tierra se ajusta bastante a ese tipo de aventura. Para aquellos que me han preguntado si es que he interrumpido mi proyecto, la respuesta es un NO rotundo. Ni ha acabado ni espero que acabe nunca. El motivo de apartarme momentáneamente del camino (y ni siquiera es así del todo) es que la siguiente parada era Palabras en el Tiempo, obra que versa sobre Miguel Espinosa, autor desconocido para mí hasta hace pocas semanas. Por sentido común (y cierta curiosidad tras leer algunas publicaciones, no voy a negarlo), me embarqué hace ya unos cuantos días (demasiados, pero trabajo, Feria del Libro y alguna que otra cerveza han impedido acortarlos) en la lectura (¡y qué lectura!) de Escuela de Mandarines, del caravaqueño Espinosa. Ahora que lo he terminado no puedo dejar de preguntarme por qué no he sabido antes de él, por qué no se le publicita desde las instituciones, por qué no se le celebra en esta nuestra región como realmente merece.

Cuando abrí el ejemplar (edición de 1974 de LosLibrosDeLa Frontera) y leí las primeras páginas, temí no estar a la altura de semejante obra. Se me mostraba compleja (efectivamente lo es) y esquiva. Cierta persona me aconsejó “dejarme llevar como por un río caudaloso” y que, aunque hubiese cosas que en principio no entendiese, avanzase. Feliz estoy de haber seguido el consejo. Merece la pena cada una de las horas invertidas en la lectura de esta obra inmensa y rica como pocas.

En un ejercicio extraordinario de ejecución literaria y metaliteraria (me gustaría poder preguntarle a alguien cuánto tardó el autor en escribir la novela), Miguel Espinosa nos presenta en Escuela de Mandarines una ucronía política fácilmente extrapolable a cualquier escenario real (pretérito o presente) donde la estructura de poder someta al pueblo, sumiso y aborregado, perpetuándose así por los siglos de los siglos. ¿Y cuándo no ha ocurrido eso? En sus 72 capítulos (introducción y epílogo aparte) con sus correspondientes anotaciones, se nos narra el viaje del personaje principal, el Eremita, que abandona su tierra de las Primeras Cosas, sus orígenes de inocencia, a su Azenaia, a petición de los demiurgos, para convertirse en el mayor enemigo de la Feliz Gobernación (cuyos máximos exponentes son los mandarines), estructura política y social rígida hasta niveles absurdos, dividida en castas y sustentada por el monopolio del lenguaje, el poder y la historia construidos a tal efecto. En su periplo y posterior llegada a la Ciudad, como reo de dos arquetípicos soldados simplones, encontrará nuestro viajero (a medio camino entre Quijote y Gulliver) dispares y variados personajes que perfilarán los diferentes aspectos de esta sociedad ucrónica configurando, en prosa, verso o drama, historias dentro de la historia que le harán reflexionar a él y, de paso, a nosotros lectores, acrecentando así la importancia de nuestra perspectiva. De entre toda la temática presente en la narración (estructura política, sociedad, disidencia como parte de la estructura...), uno de los aspectos que más ha llamado mi atención es cómo enfoca el autor la teología de la ucronía, adscribiendo diferentes dioses particulares, con sus propios cielos diferenciados, a las diferentes castas (original modo de tratar el ya viejo tópico de la subordinación de la religión a los intereses del poder). Digna de mención asimismo es la forma en la que el autor se burla de la soberbia y, en innumerables ocasiones, vacuidad, de las instituciones académicas (los capítulos sobre becarios y oposiciones son cuanto menos hilarantes).

En cuanto al lenguaje de la obra (advertida estaba también), decir rico es decir poco. No los he buscado todos, pero segura estoy de que el autor inventa sus propios términos o, al menos, acepciones de los mismos. Riqueza y variedad de registros, impresionantes digresiones,vocablos casi imposibles, hipérboles omnipresentes (solo vean el uso del tiempo en la novela), simbolismo y alegorías sin par se combinan para mantener al lector con los ojos y la boca bien abiertos. Añadan a eso un sentido del humor a todas luces inteligentísimo (superlativos en los que pareciera que el autor nos guiña un ojo, caricaturas llenas de ingenio y una extensa lista de tratamientos honoríficos de lo más cómico), y el resultado será una obra superlativamente magnífica.

Ya para terminar, hay obras que piden simplemente ganas; otras demandan atención; otras, emoción y mente abierta; algunas pocas lo exigen todo. Escuela de Mandarines es una de estas últimas. Como contrapartida, devuelve con creces todo lo invertido en ella.

Solo me queda recomendarles, si no es mucho abusar de su buena voluntad, leer otra entrada de blog que allá por 2013 se escribió sobre esta novela, una de los motivos principales por los que decidí leerla: https://rubencastillo.blogspot.com/2013/02/historia-del-eremita.html

 

lunes, 5 de octubre de 2020

Las Hogueras Fosfóricas, de Rubén Castillo


«Cuando se llora ya no quedan palabras y el alma es un incendio»

Llevo todo la tarde pensando en qué iba a escribir en el blog sobre esta novela, y prometo que todavía no lo sé. Mira, yo empiezo, y que sea lo que tenga que ser. Anoche, la primera vez que la leí, fue un torbellino, arrollador e implacable. Salí confusa, dolida, rota, desnuda por dentro. Hoy he dedicado gran parte de mi primer día de vacaciones (¡benditas vacaciones!) a releerla una segunda y una tercera vez. La segunda me ha reconciliado con las páginas; la tercera me ha permitido apreciar los matices.

Aun así, no consigo centrarme e intentar mostrarles (una vez más) la grandeza literaria del autor, su prosa traidora que es poesía, sus versos disfrazados de flechas envenenadas (o a lo mejor es al revés, estoy confusa). Si miran ustedes la fotografía que encabeza esta entrada, verán una innumerable cantidad de marcadores de los colores más chillones que señalan las páginas donde he encontrado una frase que me ha impactado, unas líneas que me han vuelto del revés, unas palabras malditas que me han entrado en los ojos y los han hecho desaguar. No he podido acabar de contarlos, ni falta que me hace. Sé, con seguridad, con certeza, que el mundo sería un lugar mejor si estuviera empapelado con sus letras. Ya les pido perdón de antemano por esta entrada tan poco ortodoxa, pero ahora mismo mi nombre es caos.

Me siento pequeña. Aunque lo intentara, no alcanzaría a transmitirles la sensación de VERDAD (así, con mayúsculas) que destila la tinta impresa. Ni la magnífica dualidad de sus voces narrativas, una que enmarca y otra que destroza. Ni el dinamismo y la complejidad (auténtica, real) de sus diálogos: del lenguaje directo de Marge («Las palabras no muerden. Úsalas», pag. 34) y del subterfugio permanente de Tristam («Rubor de quien le tiene miedo a algunas palabras», pag. 98). Ni la belleza lacerante y desgarradora de sus imágenes, personificaciones y sinestesias que transforman las pantallas (dolidas/ enfurruñadas/ compungidas/ dubitativas/ perplejas/ desconcertadas/ rabiosas/ que laten) en humedades que llegan a los ojos en la noche negra, oscura, cenagosa, tan poderosa que es capaz de aparecer a las cinco de la tarde para escupir palabras que son veneno.

Duda, incertidumbre, caos fosfórico. ¿Personas o barcos que se cruzan en el mar? Barcos ardiendo. Cargamentos de esperanza que salta por la borda cuando el alma se queda a la deriva. ¿Colecciones de miedos? Sí rotundo. Cánones estéticos que te hacen desear romper los espejos a cañonazos. Perennes contradicciones. Teclados fríos que pueden prenderse en llamas. Un baile sensual de dedos y deseos fosfóricos. Nunca los silencios fueron tan sonoras («Suenan dos respiraciones en la noche sobre un fondo de silencio», pag. 90) peticiones de auxilio cuando las luces electrónicas abrazan oscuridades interiores en un juego cuyas reglas mutan de segundo en segundo. Segundos agónicos e interminables (horas, días...) que acuchillan la coraza mentirosa de la invulnerabilidad. Nunca se describió tan bien el color de unos ojos esperando el parpadeo de una luz verde. «No se puede desear a quien no se ha visto» (pag. 35). Mentira. Sí se puede. Sus dedos o su ancla.

Terremotos cuya magnitud no cabría en la escala Richter.


 

domingo, 4 de octubre de 2020

La Cueva de las Profecías, Rubén Castillo


Me encanta que me sorprendan, y este autor lo hace constantemente. Cada obra suya que leo me provoca a leerlo todavía más. La sensación es indescriptible pero inequívocamente agradable.

Anoche pude disfrutar de La Cueva de las Profecías, obra de narrativa juvenil para lectores de cualquier edad. Sus páginas nos cuentan un acontecimiento misterioso e intrigante en la vida de Joaquín, un ¿adolescente? ¿preadolescente? a punto de cumplir doce años al que sus padres comunican la dramática noticia de que van a buscarle un hermanito. Dado que el hermanito parece no querer llegar siguiendo los cauces naturales, sus padres deciden buscar ayuda médica y, durante los días que dure el tratamiento, van a dejarlo en casa de su tía Paloma, mujer peculiar que vive sola en el campo. Pueden ustedes imaginar la reacción del muchacho ante una situación tan “injusta”. Ya que no puede hacer nada para evitarlo, al menos incordiará (¡faltaría más!) y hará sentir culpables a sus ogros progenitores, digo a sus padres. Su maquiavélico plan consiste en mantenerse el mayor tiempo posible alejado de la casa de la tía y lo llevará a cabo yéndose de excursión al monte. Pero, ay, en la primera excursión le sucede algo que lo deja completamente boquiabierto, y cambia su percepción del mundo que le rodea. Un mundo donde el límite entre los sueños y la realidad se difumina de tal modo que hasta asusta. El resto... Léanla, no se lo voy a contar todo yo.

Factor común en todo lo que hasta ahora he leído del Sr. Castillo, el encanto de la obra reside no solo en el qué, sino también en el cómo. Cierto es que no estamos en La Cueva de las Profecías ante la pluma lírica e intensa de otras lecturas, pero el autor mantiene el nivel literario haciendo la narración atractiva y fresca. Es más que evidente su maestría lingüística, combinando lo bello con lo asequible con un resultado espectacular. Su construcción de los personajes no es menos desdeñable. La verosimilitud del personaje de Joaquín (su tozudez adolescente, el que lo sepa todo, su ironía y su sarcasmo: “La ilusión de mi vida” en la página 13 es una frase que no sé cuántas veces podre oír al cabo de la semana), sus reflexiones interesantes y su evolución en la trama de la novela son encantadoras. La tía Paloma, un personaje dulce y evocador de nostalgias. Otro plus de su autor es la manera que tiene de anticipar y de hacerte querer seguir leyendo a pesar de que tus ojos casi se cierren de sueño (“Lo que no sabía era que...” pag. 33, 46...), y el diálogo que establece con el lector desde la mismísima primera página, y alguna frase que otra que provoca que se te escape una carcajada (“Los mayores eran más raros que un yogur de cebolla”, pág. 19). Las ilustraciones que acompañan al relato, de Mar del Valle, son deliciosas y ayudan a fijar en la mente escenas a la vez que permiten al lector seguir imaginando.

Solo resta mencionar la sonrisa de mi cara ante la ternura de una de las frases de Joaquín en el epílogo: “De mi hermano no podría deciros más que cosas chulas. Es un muñeco, y no para de sonreír y de hacer cosas graciosas con las manos y con los pies”. Lo leo, lo imagino, lo siento.

 

viernes, 2 de octubre de 2020

La Voz de los Otros, Rubén Castillo


 He de reconocer que empecé la lectura de esta colección de artículos con una cierta sensación de miedo e inseguridad. Hacía mucho que no leía (opiniones o reseñas aparte) textos de este tipo, y me inquietaba la idea de no comprender, de no estar a la altura. Afortunadamente no ha sido así, bien porque no estaba tan oxidada como creía, bien porque el autor encarrila su argumentación de forma apetecible y estimulante (me decanto más por esta segunda opción).

En La Voz de los Otros, Rubén Castillo regala al lector un agradable paseo por su perspectiva sobre las "pepitas" de oro que fue encontrando en sus primeros 25 años como lector (por aquel entonces, 2006; imaginen cómo habrá crecido su colección de pepitas 14 años después). Pensé en escribir unas cuantas líneas sobre cada uno de los artículos, pero ahora me doy cuenta de que saldría una entrada larga y probablemente farragosa, y no es esa mi intención. Solo les diré que ahora entiendo cómo nunca antes el "fuego sordo" que lacera los días de Horacio Oliveira, personaje central de Rayuela (de Julio Cortázar); que quiero leer Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada; que, a pesar de no ser muy fan de Pérez Reverte, el artículo del autor me ha hecho reflexionar seriamente sobre Territorio Comanche; que he conocido a un Neruda, dibujado con trazo preciso y finísimo, desconocido para la gran mayoría de lectores; que en alguna de estas vidas haré lo posible para leer a Pascual García (ya he leído alguna cosa suya y es impresionante); que me alegra coincidir en su opinión sobre El vuelo de las termitas de Luis Leante y que sea uno de los tesoros de mi biblioteca; y que escuecen los versos de Marta Zafrilla como una esponja empapada en vinagre y puesta encima de la herida recién abierta.

Si me preguntaran cuál es el que más me ha gustado, no sabría muy bien qué responder. Sin embargo, si me preguntaran por qué me ha gustado, la respuesta estaría muy clara: su forma de enfocar el análisis de las obras y su aproximación a los autores exentas de asepsia, transmisoras de su asombrosa pasión por la literatura. Eso, y que me ha permitido conocer fragmentos de ciertas inquietudes e intereses de la pluma que desde no hace mucho provoca terremotos en mi mundo interior.

Danza de dragones (Canción de Hielo y Fuego V), de George R.R. Martin

En el inmenso tablero donde el poder se escribe con fuego y sangre, hay historias que no solo leemos. Vivimos en ellas. Las goza...