martes, 24 de noviembre de 2020

Palabras y café con escritores, Pascual García


El nombre de Pascual García entró en mis registros de manera accidental mientras buscaba en Internet qué se había dicho en cualquier parte de las obras de Rubén Castillo. Encontré críticas suyas en revistas literarias y en artículos de El Noroeste Digital, y me parecieron interesantes y, la verdad, escritas con mucho gusto (sus palabras sobre El verbo se hizo carne son, por abreviar, espectaculares). Volví a cruzarme con su nombre en mis primeras e infructuosas búsquedas de los poemarios de José Cantabella, y me quedó en la mente un regusto dulce tras leer su reseña de Poemas de Amor. Pocos días después, y sin buscarlo, me encontré con Palabras y café con escritores. Demasiadas eran ya las señales que me enviaba Calíope como para seguir contemplando las palabras de Pascual García como algo anecdótico y puramente circunstancial. Por lo tanto, adquirí el ejemplar y lo deposité, siguiendo mi propia norma, en la pila de libros “pendientes de ser leídos en un momento no muy lejano”. La semana pasada no pude resistir ya más la tentación de abrirlo, solo para echarle un vistazo, aunque tenía otras obras que, por orden cronológico de llegada al montoncito (que cada día es más montón), debería haber cogido primero... Y ya no lo pude dejar.

Las diecinueve entrevistas que integran esta obra (otro tanto que se apunta MurciaLibro) son una magnífica oportunidad para deleitarse con las perspectivas sobre la literatura, y sobre la vida en general, de autores relevantes tanto en la literatura regional murciana como, en algunos casos, en el panorama literario nacional. Honestamente, me produce sonrojo no conocer más que unos pocos nombres entre todos sus interlocutores, pero no será cuestión de autoflagelarme (o eso prefiero pensar). Huelga decir, creo, cuál ha sido la entrevista que he leído más veces (si siguen mi blog no será difícil de adivinar. Como pista, creo que calificarlo como un “animal de la palabra” es acertadísimo). Impactante ha sido, además, conocer la vocación literaria tardía del inalcanzable José Cantabella y poder percibir sencillez, humildad y amor en sus respuestas. La entrevista a Manuel Moyano me ha picado francamente la curiosidad, y en algún momento (espero que pronto) me gustaría acercarme a sus páginas. Cito solo dos de ellas para que la longitud de esta entrada no sea excesiva, pero todas las he ido disfrutando sorbo a sorbo, tanto por el contenido de las mismas como por el modo en que las articula.

Sin embargo, lo que a esta humilde (e ignorante, ay) lectora más la ha impresionado de Palabras y café con escritores ha sido el entrevistador. Su amplio y profundo conocimiento de la obra de sus entrevistados, y la amistad que lo une a muchos de ellos. La calidad con la que construye preguntas y da forma a las respuestas, salpimentándolas con sus propias reflexiones (claras, reveladoras, dulces). La modestia y la admiración que destilan sus palabras hacia el objeto de sus pesquisas. Y, sobre todo, el inconmensurable amor y la devoción por la literatura que fluyen de cada una de las 337 páginas que dan cuerpo a la obra.

Gracias, Pascual García, y gracias a Calíope por haberlo puesto en mi camino.

 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

La Voz Oscura, de Rubén Castillo


¿Cómo se lucha contra la niebla? ¿Cómo se enfrenta uno contra algo que no ve?

Esa es una de las muchas preguntas que se hace el protagonista de la novela que terminé anoche: La Voz Oscura, de Rubén Castillo (para variar, dirán ustedes). Nuestro protagonista, Jaime Díez, profesor universitario de Química, es, con toda seguridad, uno de esos personajes a los que se detesta profundamente ya en las primeras páginas de cualquier libro en el que aparezca. Atesora una serie de cualidades nada desdeñables: prepotente, machista, maleducado, carente de cualquier tipo de moral o ética (ajenos al suyo propio, por supuesto). Un dechado de virtudes, en resumen. Pues este buen señor entra en su despacho “un lunes de abril”, preparado para afrontar su rutina académica de dar clase, despreciar a quien se le ponga a tiro, volver a dar clase, comprobar que ha humillado a sus becarias como Dios manda, etc. y descubre que el destino ha osado alterar su agenda con un mensaje de correo electrónico de lo más curioso, seguido de la llamada telefónica de una voz oscura, misteriosa y desagradable. El primer pensamiento que cruza por su cabeza es que se trata de una broma con la gracia más que escasa, pero poco después se da cuenta de su error. La voz oscura y su alter ego electrónico, a través de una serie de instrucciones poco o nada ortodoxas y alguna que otra amenaza, torturarán la mente del personaje hasta límites inconcebibles. El teléfono móvil y su McIntosh se convertirán en sus peores enemigos. El tiempo y su vida, en una incógnita. ¿Quién le está haciendo esto y por qué?

Como podrán ustedes imaginar, la tensión narrativa de esta novela es brutal. Yo diría que es una de las obras donde menos presencia tiene la pluma lírica del autor (y digo menos presencia, no carencia), adquiriendo más relevancia las descripciones precisas y fotográficas, tanto de escenarios terrenos como mentales, que retratan de manera realista y sublime los cauces del miedo, la ansiedad y la angustia: «Y sintió un miedo espantoso, irracional, profundo, el miedo que se siente ante las cosas que nos rodean en la oscuridad y que tienen ojos brillantes, y dientes, y pezuñas. Un miedo que nace en la espalda y se extiende por los brazos y la nuca». Con ello obtiene uno de sus mayores méritos, en mi opinión, en esta obra: conseguir que sintamos esas mismas emociones (es decir, una vez más nos manipula a su antojo) y lograr que empaticemos (quién lo hubiera dicho en las primeras páginas) con el deleznable personaje y compartamos su dolor. El desenlace... Bueno, eso mejor lo omito. No voy a ser yo la única que haya caído a cuatro patas, creo yo.

En definitiva, no sé las horas que habré invertido (divina inversión) en leer la obra, pero se me han convertido en segundos. No sé cuántas cosas he dejado de hacer, cuántas obligaciones he dejado de atender (ay, Dios, espero que no muchas), pero solo quería seguir y averiguar de una maldita vez qué demonios estaba pasando.

Algunas de sus frases para mi colección:

“Y el reloj, enfrente, con sus manecillas instaladas en las nueve y 5”

«Las personas que sufren un dolor o una desgracia se preguntan siempre por qué les ha tocado a ellos sufrir, por qué la fatalidad los ha señalado con su dedo huérfano de misericordia»

«Habían sido cuerpos y eran humo»

P. D. Y si no era ya suficientemente tarde cuando acabé la última página, investigando qué se había dicho de la novela me encuentro, pasada la una de la mañana, un regalo que no esperaba encontrar:


Qué afortunada me siento habiendo podido verlo y escucharlo hablar, por fin, de sus obras. Con solo tres horas de sueño, pero feliz. Algún día me gustaría decirle que hay una cosa en la que se equivoca...

 

lunes, 16 de noviembre de 2020

Muro de las lamentaciones, de Rubén Castillo


Lo dijo Dante Alighieri y es verdad: casi todos, en medio del camino de la vida, nos encontramos en una selva oscura. Quizá por eso nos aferramos a la esperanza de que al final, exista un horizonte de luz que nos acoja, nos absuelva y nos reconforte. Los protagonistas de estos relatos son seres heridos, cercados por el fracaso, la decepción o el insomnio. Seres que han descubierto con tristeza que los tonos grises han empapado sus calendarios. Seres a quienes la lucidez ha desgarrado y que se acomodan como pueden a la resignación o a las lágrimas. Vivir, en ocasiones, es un ejercicio melancólico. Y todos los muros en que apoyamos la frente se transforman en muros de las lamentaciones.

Esas son las palabras que ilustran la contraportada de Muro de las lamentaciones, colección de catorce cuentos que constituye otro excelente ejemplo del modo excepcional de escribir de Rubén Castillo. Normalmente los grises tienen esa cualidad opaca y anodina que suele hacerlos pasar desapercibidos pero, en esta obra, nos encontramos frente a catorce lamentos compuestos por mil y un matices del gris más evocador, que seducen al lector prácticamente desde la primera línea. Temas y escenarios diversos, una impresionante galería de personajes de lo más variopinto dotados de una potente vida interior brindan al lector multitud de oportunidades de empatizar y/o sentirse identificado con alguna de esas almas perdidas, o rotas por el dolor, o ambas cosas (o con todas, como me ha ocurrido a mí).

Más que de los aspectos formales de los relatos –no estoy hoy yo muy fina ni muy inspirada en ese aspecto. Le echaré la culpa al dentista, y eso que hoy no ha habido anestesia– me gustaría destacar, ante todo, esa capacidad que tiene el autor de sorprender y seguir sorprendiendo, sus finales inesperados disparados a bocajarro. Lean si no “El hombre de los zapatos color corinto” y me cuentan. O “Alucinaciones”. Ese último y el divertido ejercicio metaliterario de “Dos cuentos para que usted los escriba” los he releído con muchísimo cariño porque ya aparecían en Hegel en el tranvía y los he podido gozar con más deleite si cabe (los “zapatos fricativos” del Cuento 1 me siguen alucinando). Los he leído, los he sentido, y he disfrutado la sensación de recordar lo que sentí al leerlos la primera vez. Para mí, y no sé si a ustedes les ocurrirá lo mismo, lo más sagrado, lo más importante de la lectura son las sensaciones del durante y del después. En esta ocasión, ha sido sublime saborear cada cuento, paladearlo y que el cuerpo me pidiera volver a leerlo. A eso hay que añadir el placer de la anticipación sumado a la seguridad de que la historia que viene a continuación se va a disfrutar igual o incluso más que la anterior.

Al principio he pensado que debería elegir alguno de los cuentos que más me han gustado para ponerlos como ejemplo pero, ¿por qué he de elegir? Me niego. Me quedo con todos. ¿Que por qué? Muy sencillo: porque los ha escrito él como solo él sabría escribirlos. Con su prosa intensa, lírica, maestra. Con su lenguaje preciso y brillante. Con su profusión de imágenes poderosas, impactantes y deliciosas (los “zapatos fricativos” siguen dándome vueltas por la mente). Demostrando, una vez más, su excelencia como narrador, como escritor, y como acariciador de mentes lectoras.

Y para mi colección de frases:

Los calendarios carecen de agenda cuando enumeramos pérdidas o contabilizamos reveses (del relato División Keeler)

Aunque permanecí en pie por inercia, en realidad ya estaba muerto por dentro (de Las Lágrimas de Gontard)

Sí, sé que he dicho que no iba a escoger ninguno, y no lo estoy haciendo, pero “Las lágrimas de Gontard” … particularmente doloroso y especialmente intenso. Necesito leerlo una vez más.

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Los días humillados, de Rubén Castillo


¿Me vais a matar?

Este es el eco, implacable y demoledor, que me resuena en la cabeza y en las entrañas tras leer Los días humillados, de Rubén Castillo, editada por Murcialibro allá por diciembre de 2016.

Un empresario vasco secuestrado por ETA, un zulo, dos captores con nombres vasquísimos, un rescate, un tiempo que se agota... ¿Os suena, verdad? (Quini, Ortega Lara, Miguel Ángel Blanco, etc.) La trama de la novela no es entonces difícil de imaginar. Terrenos escabrosos y peligrosos donde no muchos se atreven a entrar y menos todavía salen airosos. El Sr. Castillo lo ha conseguido. Ha logrado conjurar en 101 páginas el miedo, la angustia, la oscuridad, de una de las épocas más negras de nuestra historia reciente: el terrorismo de ETA.

Con un único escenario (el zulo, opresivo, maloliente) y tres personajes (Jose María, la víctima, y Julen y Patxi, los perros guardianes que vigilan su reclusión –dejando aparte a Idoia, siempre ausente pero siempre presente, encarnando por un lado la divinidad para los gudaris, el terror para los demás) el autor persigue como objetivo centrar el conflicto mediante la oposición, dialéctica y psicológica, de ambas perspectivas. Por un lado, y por boca de los secuestradores, nos transmite el alegato propagandístico de la banda terrorista, la historia de su nacimiento y algunos acontecimientos importantes, su repugnante código moral, sus consignas, etc. («No fue un asesinato. Fue una ejecución, Txema. Una ejecución dictaminada por el pueblo», pág. 75) Por el otro, la perspectiva de la víctima, que aglutina la incomprensión, la desesperación, la rebelión, el miedo que consume, de aquellos (vascos y no vascos) que no les bailan el agua y, compartiendo o no ideario nacionalista, no se tragan sus ruedas de molino («Todo lo que representáis. Vosotros sois una inmoralidad», pag. 64. «Nadie debería mostrarse orgulloso de matar», pág. 80). En el vértice de ambas perspectivas se nos muestra claramente el cisma que ETA ha supuesto en la sociedad española, pero más aún en la vasca (mirad si no la historia de la familia de Patxi).

¿Y cómo articula el Sr. Castillo este combate de argumentos? ¿Cómo logra que entremos en la mente de ambas caras de la moneda y queramos comprender? Con un narrador externo prácticamente inexistente (puede que tributario de Espinosa, que nos mostraba los hechos en lugar de relatarlos), se vale del diálogo, magistral y soberbio (que es más bien monólogo por parte de los etarras, porque el secuestrado apenas responde, y porque a fuerza de repetir uno ciertas cosas en voz alta parece que se las cree más) y del intenso, duro pero precioso monólogo interior de la víctima. Aparte, y yo insisto, esa forma que tiene de transmitir las percepciones sensoriales es merecedora de aplauso. Te mete dentro del zulo y no te das cuenta hasta que al salir notas que ya te iba faltando el aire. La tangibilidad de las percepciones sensoriales en la literatura de Rubén Castillo, ya lo estoy viendo...

Una vez más, el coleccionista de mariposas demuestra, con su prosa ágil, su vigor narrativo y su tremenda intensidad dramática, su calidad como escritor en esta novela asfixiante y dura, pero dotada de una verosimilitud impresionante. Demuestra, además, con esta obra, que es un escritor valiente, tanto por abordar un tema tan complejo y lacerante, como por la forma en que lo ha hecho, dando voz explícita a lo que casi nunca nos cuentan sobre ETA.

Matadme, matadme ya. Matadme, por Dios. Matadme. Esas son las palabras de un hombre que se ha rendido. Dignidad arrebatada. Desesperación. 

Nota: puede parecer de lectura fácil, pero tomaos vuestro tiempo. Leedla despacio y empapaos de ella.

 

 

domingo, 1 de noviembre de 2020

Por un país desconocido, Rubén Castillo

40 poemas cortos.
40 puñales.
40 dosis de veneno sin antídoto.
40 sorbos de hiel.
40 gotas de acíbar.
40 ventanas con vistas a un dolor inconmensurable.
40 nudos en la garganta.
40 lágrimas amargas.
40 pozos de negrura.
40 batallas sin cuartel contra el miedo.
40 latidos ausentes.
40 desgarros.
40 descensos al infierno.

Ahora multiplicadlos por dos porque los he tenido que leer dos veces. 

Metáforas bellas y desoladoras (algunas ya conocidas antes de viajar al país desconocido). No puedo fijarme demasiado en la forma porque todo lo que destilan me nubla la vista. ¿Cuánto dolor cabe en unos pocos versos? Tristeza infinita.

Anillo de Moebius, de Rubén Castillo

¿Dónde estaba, pues, la frontera entre la mentira y la verdad, la línea de separación entre la vigilia y el sueño, la membrana invisible que diferenciaba al apoderado del enfermero? No era admisible imaginar que los delirios de la mecánica cuántica pudieran injerirse en la cotidianeidad y poblarla con sus infinitos desdoblamientos, negaciones, nieblas y antítesis, para hacer de una montaña una sima, de un fogonazo negrura, o de un él un no-él.

Esa es una de las preguntas clave que se hace el personaje principal de la obra que nos ocupa: Anillo de Moebius, publicada en octubre de 2014 bajo el sello de la mallorquina Sloper.

Según he podido leer en alguna wiki, una cinta, banda o anillo de Moebius es una cinta de papel cuyos extremos se han unido al girarlos. Se dice que tiene una sola cara y un solo borde. Obtusa de mí, llevo un rato mirando en Google cintas de Moebius y siempre veo dos caras. Parece ser que muchos expertos en psicoanálisis usan este quasi-mágico recurso para explicar que las oposiciones binarias o las alternancias (verdad/apariencia, realidad/ilusión, amor/odio...) no son tales, es decir, no son items diferenciados que existan en ejes separados, sino que forman parte del mismo continuum. ¿Ocurrirá como ellos dicen? Desde luego, lo que está claro es que estas oposiciones o alternancias son el hilo de seda con el que Rubén Castillo hilvana de forma cautivadora la maraña de situaciones, diálogos, monólogos y pensamientos que conforman las poco menos de 180 páginas de la novela.

La sinopsis, en la contraportada del libro, comienza con una aseveración irrefutable: «Yo soy yo y mi circunstancia». Pero, ¿qué pasa cuando esa circunstancia cambia hasta el punto de perder el ancla de tu propia identidad? Que se lo pregunten a Enrique Beltrán, personaje central de la narración, cuya vida se torna anillo de Moebius un lunes al subir a un autobús. Él tan tranquilo pensando en sus cosas cuando, de repente, una chica «estereofónica» comienza a llamarlo por un nombre que no es el suyo mientras le pide disculpas por un etílico conato de infidelidad. A partir de ahí, todo se le vuelve caos. Al principio piensa que es una broma mayúscula, pero hay demasiadas cosas que no encajan. Conforme vayan haciendo descubrimientos, Enrique y los lectores se sentirán cada vez más confusos.

El tiempo de la narración (de diecisiete capítulos y un epílogo) transcurre en cuatro días. Durante esos cuatro días, vividos prácticamente hora a hora, el autor nos hace experimentar y casi sentir en carne propia la sorpresa, la incredulidad, la angustia, el miedo, la duda, de Enrique Beltrán/Julio Díaz, y nos permite asistir, sentados junto a él, a un final que dejará a personaje y lectores ojipláticos y boquiabiertos por igual. Uno de los mejores finales que esta lectora ha tenido la oportunidad de disfrutar.

Como siempre, y creo que no me cansaré de repetirlo, en sus historias no es solo el qué sino el cómo, y su cómo es fascinante. Mediante un lenguaje fluido (coloquial a veces), dinámico y rico, construye una prosa a todas luces perfecta y nítida que mantiene la intriga, la incertidumbre, el desasosiego y la zozobra página tras página, hasta el punto y final de la novela. Sus diálogos son pulidos y certeros. Tiene un modo delicioso de dibujar, entre tanta tensión, tanta pregunta y tanta vacilación, pinceladas de sarcasmo, humor y ciertas notas de sabor ácido en su justa dosis. ¿Y sus metáforas y sus referencias? Ay (de suspiro, de querer retenerlas todas y que no se escape ninguna). Están llenas de ingenio. En ellas se muestra claramente el talento del autor y el equipaje cultural y literario con el que siempre viaja.

«...le llegó a la nariz el primer fascículo de la primavera, en forma de perfume de azahar» (p. 21). Qué forma tan suya de acariciar los sentidos y la piel lectora.

Bendita serendipia.

 

sábado, 31 de octubre de 2020

Buffet Libre, relato dentro de Nocturnos. Historias de sexo y muerte, de Claude Lalumière (traducción: Aurora Carrillo)


 BUFFET LIBRE

O sea, mi pelo está recién teñido; tan negro como me ha sido posible. Además, toda la ropa que llevo es negra: pañuelo, abrigo de cuero (con un corsé de encaje debajo), guantes de cuero, falda, medias de red, y botas de media caña. Luego está mi piel. O sea, para empezar, soy bastante pálida, pero la hago parecer aún más pálida con maquillaje blanco. Para darle glamour, la cubro con purpurina blanca. Hace que prácticamente brille en la oscuridad. El toque final: sombra de ojos blanca enmarcada con delineador negro, y lápiz de labios azul brillante. O sea, estoy impresionante. Maravillosa. Sobrenatural.

O sea, de verdad, ya es hora de echar un polvo. Estoy en Montreal, por el amor de Dios. La ciudad del pecado de la Costa Este y bla, bla, bla...

O sea, esto es jodidamente fantástico. La noche. La música. Los bares. Las chicas guapas. Los chicos sexys. Los hombres, que están más buenos todavía. Es una especie de buffet libre. Pero todavía no me he llevado a nadie a casa. Y tampoco he dejado que nadie me lleve a la suya. A ver, no soy una estrecha. En la Manitoba rural de donde vengo no hay nada que hacer aparte del sexo, aunque no haya mucho donde elegir. Así que lo haces porque, en comparación, es mejor hacerlo que no hacerlo.

Pero esto es abrumador. Casi paralizante, diría yo. Con tanto donde escoger, ¿cómo puedo escoger? Además, la verdad es que, antes de esta noche, no estaba segura de estar lista. A ver, no es que esté completamente segura ahora mismo, pero ya está bien, ¿sabes? Hay tantas oportunidades que aprovechar ahora que vivo sola en la ciudad. No quiero engancharme a nadie todavía. Solo quiero averiguar quién puedo llegar a ser en medio de esta algarabía, ideal y maravillosa, que me rodea. Pero ya estoy empezando a sentirme como una monja o algo así. Así que hoy toca follar.

A veces, claro, cuando salgo, me enrollo con algunos chicos, y chicas. Incluso dejo que me magreen un poco si me gustan de verdad. Pero de momento no he dejado que vayan más allá. Todavía no. Y, en especial, me he mantenido fuera del alcance de los hombres. Ya sabes a los que me refiero. Esos que tienen una mirada de lobo irresistible; esos que parecen moverse como si el espacio a su alrededor les perteneciera, pero sin una pizca de arrogancia; esos con manos fuertes que te harán rendirte a la primera de cambio.

No, de ellos me he mantenido alejada, porque estoy segura de que ahí es exactamente donde soy capaz de perderme y no encontrarme.

~

O sea, casi todo el mundo está en grupitos, riendo, charlando y toda esa mierda. Yo, como siempre, me muevo sola entre toda esta gente. Soy como un espectro, una sombra eterna que acecha la noche de Montreal.

O sea, voy a mi club favorito, BizBiz Bizarre. Está en el Plateau, no muy lejos de donde vivo, y allí la gente suele vestirse como le da la gana, algunos de forma muy original. Pero, ahora mismo, estoy tan espectacular que soy capaz de destacar incluso entre todos ellos.

Pero, por alguna extraña razón, esta noche resulta muy aburrida. La música es como muy de los 90. O sea, Red Hot Chilli Peppers- ¿en serio? No es que haya precisamente una multitud y, además, la mayoría parecen heteros. ¿Qué es esto? ¿Me colado sin querer en alguna fiesta universitaria o algo así?

De repente, tres tíos se ponen a bailar a mi alrededor. No paran de chocar contra mí y de reírse. Son todos jodidamente altos y musculosos. Y esa ropa que llevan, tan ordinaria y tan poco original; obviamente, solo son niños ricos. De los que el día de mañana serán médicos o abogados. Cada vez se ríen más fuerte y de manera más mezquina. Trato de librarme de ellos, pero me están rodeando, y cada vez me acorralan más. Aunque saben que estoy ahí, me ignoran por completo. Cada vez que me rozan con sus cuerpos, puedo notar que están empalmados.

Joder, ya está bien.

Me pongo a gritarles como una loca, a todo pulmón, para que puedan oírme por encima de la música. Parezco una maldita harpía del infierno. Aprovecho el momento de confusión y consigo escapar. No miro atrás.

Al minuto siguiente estoy ya en la calle, corriendo a la máxima velocidad que me permiten mis piernas.

~

O sea, soy idiota. Por lo menos podría haber corrido en dirección a mi casa. Pero no. Estaba como demasiado acojonada. Una jodida víctima indefensa e histérica. Esto no está tan bien como pensaba. De todos modos, mi casa no queda tan lejos.

Mierda. De nuevo sola a casa. Jodidamente sola. Otra vez. Soy una cagueta. Una perdedora. Esta noche no ha sido más que una jodida decepción. O sea, estoy totalmente decepcionada conmigo misma. Sé que no ha sido culpa mía pero joder, esto no es lo que quería.

De repente, noto que se me erizan los pelos de la nuca, y un escalofrío me recorre la columna. Otra vez me encuentro rodeada por un grupo de tíos. Joder, son los mismos gilipollas del club. Me empujan hacia un callejón, y me sitúan detrás de un contenedor de basura, de manera que nadie me pueda ver desde la calle. Sí, un cliché, pero, joder, como asusta.

Me doy cuenta de que no puedo quedarme allí sin hacer nada. Me dispongo a gritar pero, antes de que ningún sonido pueda salir de mi garganta, unas manos ásperas y apestosas me tapan la boca. Trató de darle un mordisco al tío, pero no puedo mover la mandíbula. Este tío es demasiado fuerte para mí.

Mierda. Mierda. Mierda.

Forcejeo, intentando liberarme- esto no me puede estar pasando; no soy una víctima. Me niego a convertirme en víctima. Pero apenas puedo respirar y soy una maldita debilucha.

Mierda. Mierda. Mierda.

Entonces oigo unos gritos ahogados... Noto una brusca ráfaga de viento, como un mini-huracán o algo por el estilo... Seguido de unos golpes secos... Y soy libre.

Debería echar a correr mientras pueda, pero me siento segura. Y la curiosidad vence sin mucha dificultad a la precaución. Miro a mi alrededor.

Los tres tíos están en el suelo, boca arriba. Al menos dos de ellos están como totalmente muertos, con las gargantas desgarradas y las tripas fuera. Hay una figura inclinada sobre el tercer tipo. Un hombre con la cara enterrada en el cuello del tío. Como si estuviera comiendo o algo así.

Debería largarme de aquí pero estoy como totalmente hipnotizada.

No quiero hacer ningún ruido, pero, como si fuera una niñita estúpida, se me escapa un grito.

El hombre se gira para mirarme, y como que lo reconozco totalmente. Pero antes de poder decir nada- ¡zas!- una niebla gris, y ha desaparecido. Como si nunca hubiera estado aquí.

Pero, evidentemente, no he sido yo la que ha abierto en canal los cuerpos de los tres tipos que, por cierto, están aquí a mis pies, con las tripas fuera.

Así que me piro.

~

O sea, ¿hombres? Chicos mayores. ¿Vale? Manteneos alejadas de ellos. Especialmente de mi vecino de enfrente. No sé cómo se llama. No sé nada sobre él. Bueno, eso no es del todo así. Sé dos cosas sobre él. Una, que es demasiado sexy para mi propio bien. O sea, joder. Sus ojos son tan oscuros y tan intensos que mojo las bragas cada vez que me los cruzo. Además, es súper alto. Debe de medir más de dos metros. Tiene el pelo largo, de un granate muy oscuro, adornado por unas pocas canas. Y se mueve como una pantera. En silencio, con seguridad, pero listo para atacar en cualquier momento. Dos, también sé que es capaz de matar y destripar a tres tíos como tres armarios en menos que canta un gallo.

Mierda. Mierda. Mierda.

~

O sea, ha pasado una semana. Y en todo este tiempo no le he visto ni una sola vez. Ni una. Pero sé que está ahí. Básicamente porque escucha música a todas horas, y las paredes de este edificio son una mierda.

Al final va a ser bueno que no traiga nunca nadie a casa porque, como que todo el mundo iba a escuchar la sesión de sexo.

El tipo de enfrente tiene gustos raros. Es como que un minuto está escuchando punk del duro y al minuto siguiente escucha melodías de música de cámara. A menudo se pasa el día escuchando mierda como Anne Murray o Barry Manilow.

Sin embargo, ¿por qué estoy tan asustada?

O sea, me salvó, ¿no? Si hubiera querido, yo hubiera sido su postre. Estoy segura de que mi sabor es mucho mejor que el de esos chicos universitarios. ¿Será que solo le gustan los tíos?

Por, digamos, enésima vez me planto en su puerta, con mi dedo a milímetros del timbre. Pero soy una gallina y salgo corriendo a mi piso. Siempre me pasa lo mismo.

~

O sea, voy al trabajo. Me aburro. Salgo. Me aburro. Me quedo levantada toda la noche. Me aburro. Me emborracho. Me aburro. Me drogo con cualquier cosa que pueda meter en mi boca, mis pulmones, mi nariz, mis venas. Me aburro.

La gente flirtea conmigo. Me aburro. Películas. Por favor- me aburro. Todo es aburrido. Incluso comer es aburrido.

¿Y cuando me masturbo?

¿A que no lo adivináis? Lo hago pensando única y exclusivamente en una cosa: en mi vecino de enfrente, con toda esa sangre goteándole de la cara, mirándome. Sí, mirándome. Repito esa escena en mi mente una y otra vez. Y estoy segura de lo que vi entonces y de lo que sigo viendo en mi mente: que estaba preocupado por mí.

Pero, ¿por qué coño tendría que preocuparse por mí?

Y me corro de manera brutal.

~

O sea, no sigo mucho las noticias. Ni siquiera tengo televisión. Pero alguien se dejó un periódico en la mesa del comedor del trabajo. Y el titular dice, Salvada Mujer en Silla de Ruedas. Agresores Brutalmente Asesinados.

O sea, por supuesto, sé con seguridad que ha sido él. De todas maneras, leo la noticia completa. Menciona otros incidentes supuestamente obra del mismo vigilante homicida: un niño rescatado de una limusina (tres hombres muertos); un anciano salvado de un conductor borracho (solo una muerte esta vez); una pareja de atracadores armados destripados mientras amenazaban a una cajera de un supermercado (pero las cámaras no pudieron captar más que un borrón); una pandilla de adolescentes, que se dedicaban a torturar y matar a los gatos del vecindario, hechos trizas. Según el periódico, mi propio trío de potenciales violadores había sido el primer incidente. Yo nunca lo denuncié pero, claro, encontraron los cuerpos.

Pero ahora, por primera vez, tenían una descripción. La idiota de la silla de ruedas, como que va y lo delata. Su descripción es un poco imprecisa, pero se acerca mucho. ¿Es que quiere que la policía lo encuentre? O sea, la salvó. La gente puede llegar a ser tan jodidamente desagradecida.

~

O sea, esta vez estoy tan decidida que ni siquiera dudo. Ni siquiera durante un nanosegundo. Toco el timbre por tercera vez, pero él no abre la puerta. Sé que está dentro. Puedo escuchar la música. (Aunque desearía no escucharla. O sea, The Carpenters, ¿en serio?)

Golpeo la puerta. No voy a dejar que me ignore. Finalmente, la puerta se abre, y ahí está él. Verlo por primera vez desde aquella noche me deja un poco en shock.

“Hola, Jenny.” ¡El tío sabe cómo me llamo! Parece más alto de lo que recordaba. Una puta torre infernal rebosante de poder primigenio. Y sus ojos, hostia puta. Lo que hay ahí dentro es profundidad, y lo demás son tonterías. Me siento como una minúscula mota ante él, apenas merecedora de estar en su presencia. Y estoy jodidamente aterrada. Sobrecogida. ¿Es esto lo que se siente al estar delante de un dios? Y mis bragas, como que están empapadas. Siento un calor intenso ahí abajo. Ganas de él.

Pero, joder, no es ningún dios. No sé ni por qué pensé eso. Entonces, finalmente caigo en la cuenta de cuál es la pregunta obvia; si no es un dios, ¿qué coño es? O sea, he estado tan distraída por la lujuria que no se me ha ocurrido hacerme esa pregunta tan básica. O sea, se ve a leguas que no es una persona normal. A lo mejor es un extraterrestre, o un experimento gubernamental fugado (¿tenemos mierdas de esas raras en Canadá?) o yo qué coño sé.

Como si pudiera leer mi mente, me suelta, “Creo que el término que mejor me describe es vampiro.”

Vale. Vampiro. OK. O sea, que es un loco psicópata. ¿Qué demonios estoy haciendo hablando con él? Pero digamos que si, hipotéticamente, lo fuera en realidad... Entonces debería correr para ponerme a salvo. En cualquiera de los dos casos, es hora de salir por patas- o sea, ya. Lo haría, si no fuera por el hecho de que no puedo moverme. Siento sus ojos sobre mí- como si me estuviera sujetando psíquicamente, impidiendo que me moviera.

Me dice, «Pasa.» Y, como un maldito títere manejado por sus cuerdas, desfilo hacia la oscuridad de su apartamente.

Oigo la puerta cerrarse tras de mí.

~

O sea, la siguiente cosa de la que soy consciente es de que estoy tumbada en un sofá que no me es familiar, relajada como si nada, con un dolor extrañamente agradable en mi muñeca izquierda. Intento levantarme pero, aunque no le veo, siento su mirada, su voluntad, que me mantiene allí, tumbada y en calma. Incluso intento forzarme a entrar en pánico pero, en lugar de eso, una ola de serenidad me invade. Así que me dejo llevar.

Estoy como flotando totalmente en un mar de deliciosa insensibilidad. Es como después de haber tenido un orgasmo brutal. Solo que sin el sudor y el escozor.

No tengo ni idea de cuánto tiempo llevo aquí. La iluminación es tenue pero mis ojos se van acostumbrando poco a poco a ella.

Al menos el tío ha apagado la música. Al final, recupero la suficiente claridad mental como para sentarme y comprobar qué le pasa a mi muñeca. Y como que ahí están, dos minúsculas marcas de mordedura sobre una de mis venas.

«Bienvenida.» Su voz grave resuena como si llegara desde lo más profundo de una húmeda caverna subterránea. Es sexy hasta derretirse.

De nuevo, una parte de mí es consciente de que debería temer por mi propia vida, pero mi cuerpo se niega a obedecer a esos sentimientos.

Esa voz otra vez: «Si quisiera matarte o lastimarte, ¿no crees que ya lo habría hecho? Aunque no me pude resistir a probar un sorbo. Te lo confirmo, estás realmente deliciosa.»

A estas alturas, mis bragas ya debían haberse disuelto.

«Lo siento. No puedo satisfacer tus deseos.» Otra vez leyéndome la mente. Mierda. Y entonces aparece ante mis ojos. Y yo lucho contra una necesidad casi incontrolable de caer de rodillas. No, no así             (bueno, no solamente así), pero sí de adorarle- porque realmente me siento como si estuviera en presencia de un dios.

«Puedo parecer humano, pero no lo soy. Para mí significas lo mismo que para ti significaría una preciada mascota o un animal de granja. Podrías ser una compañía agradable o una preciosa fuente de alimento, pero nunca querría, ni podría, mantener relaciones sexuales contigo.»

Atiné a decir, «Algunas personas, ya sabes, quieren mucho a sus vacas.» Genial. Me acababa de comparar con una vaca. Felicidades. O sea, qué seductora soy.

«No tengo por qué darte explicaciones, pero me diviertes. El sexo es irrelevante: no tengo necesidades sexuales ni reproductivas. Simplemente existo.»

No soy tan estúpida. Sé cosas sobre los vampiros. He visto unas cuantas pelis y eso. «Pero cuando, como lo llamáis, transformáis a alguien en vampiro-» (y en ese mismo instante se me ocurre que ese puede que sea el destino que me tenga reservado; y me doy cuenta de que, aunque pueda sonar friki, ahora me creo que realmente sea un vampiro) «- no es como satisfacer una necesidad reproductiva?»

Él suspira. «Eso es solo folclore. Mito. Ficción. Yo no puedo transformar a un humano en vampiro, lo mismo que tú no puedes transformar a un gato en un ser humano. Lo he intentado. Lo he intentado de todas las maneras posibles, de todas las formas sobre las que he leído o se me han ocurrido. Pero no son más que estupideces.»

«Entonces, ¿cómo se convierte alguien en vampiro? ¿Cómo hacéis para que haya más de vuestra especie?»

De nuevo, un suspiro, pero esta vez profundo y apesadumbrado. «Hasta donde yo sé, no hay otros. Solamente yo. Siempre ha sido solamente yo.»

Ey, conozco esa sensación. Solamente yo es como la historia de mi vida.

Le pregunto, «Tío, ¿como cuántos años tienes?»

Se sienta a mi lado y coge mi mano entre las suyas. El hecho de que toda mi mano quepa dentro del hueco que forman sus palmas me hace sentir todavía más pequeña. «Ojalá lo supiera. Mi memoria es poco fiable. A veces, en sueños, pienso que recuerdo el pasado más lejano, hasta antes de la aparición de los humanos. Algunas veces, creo que recuerdo no haber tenido siempre esta forma humana. Recuerdo vagamente que tenía unas revistas, y que leía en ellas sobre mi pasado, pero las perdí todas en un incendio a finales del año 1800. Ese es mi primer recuerdo claro. Un incendio en Londres. Algunos días siento que ese recuerdo empieza también a desvanecerse, pero trato de aferrarme a él con fuerza. Recuerdo que, incluso después del incendio, tenía otros recuerdos anteriores, pero ya han desaparecido por completo. Mi mente no puede almacenar todos los recuerdos de mi existencia, por lo que el pasado se me escapa, se desintegra conforme pasan los años. Me autodenomino vampiro simplemente porque nada satisface mi hambre tanto como la sangre humana, y porque también se me pueden aplicar otros elementos del mito.»

«O sea, huyes de las cruces, no soportas el sol- mierda como esa?»

«Los símbolos religiosos no me afectan. Eso no es más que otra superstición. Sin embargo, soy vulnerable a la luz del sol, aunque mucho menos si hace poco tiempo que he saciado mi hambre.»

¿Por qué diablos me está contando todo esto? Sólo se está burlando de mí. Va a matarme en cuanto me relaje por completo y confíe en él. Únicamente para satisfacer algún ansia perversa y monstruosa.

Se ríe; y entonces recuerdo que puede leerme la mente.

«Lo que te infundió el valor necesario para llamar a mi puerta fue que te preocupaste por mi bienestar. ¿Por qué desconfiar de ti? ¿Por qué desconfías tú de mis motivos?»

Casi le creo. ¿O me está manipulando de alguna forma, hipnotizándome para que confíe en él?

«Oh, y realmente no puedo leerte la mente. Es solo que, como la mayoría de los humanos, transmitís vuestros pensamientos y emociones más abiertamente de lo que pensáis. Tu olor, tu postura, tu cara, tus feromonas... es todo bastante transparente. Pero sí, puedo ejercer cierto control sobre tu voluntad. No sería bueno para ninguno de los dos que empezaras a gritar o hicieras otro tipo de estupidez. Lo cierto es que he ido disminuyendo gradualmente mi control sobre ti. Aunque a regañadientes, estás empezando a aceptar la verdad.»

Suelto la pregunta que me ha estado incordiando desde hace un rato. «O sea, ¿por qué actúas como un héroe y salvas a la gente?»

«Vi cómo te amenazaban aquellos chicos, y me percaté de que eras mi vecina de enfrente. De todos modos, estaba hambriento, así que les ataqué. Me alimenté de ellos. Pero entonces, al rescatarte, sentí algo... algo... bueno. Lo volví a probar, salvando a otras personas. Por desgracia, no me proporcionó el mismo sentimiento de satisfacción como aquella primera vez, cuando te salvé a ti. Así que he dejado de jugar al héroe vampiro. Lo que importa ahora es que estás aquí. Que estamos conectados. ¿No es eso lo que quieres? ¿Lo que ambos queremos?»

Lo que acaba de decir me ha desconcertado un poco, pero me esfuerzo por concentrarme. «Bueno, todo eso es muy bonito y tal, pero ahora la policía puede encontrarte, aunque hayas dejado el rollo ese de vigilante. Ahora saben cómo eres. Tenemos que hacer algo.»

«¿Tenemos?»

Y, así de simple, veo como puede cambiar mi vida.

«Sí. Tenemos. Me quieres cerca, y yo quiero estar cerca de ti. Puede que seas un vampiro de la hostia viejo como el sol y eso, pero no eres muy disimulado que digamos. Puede que deseemos cosas diferentes, pero a lo mejor se nos puede ocurrir un plan que te permita alimentarte, preferiblemente de tipos malos que de todos modos no merecen vivir, y a la vez esconderte de los polis. O sea, necesitas comer, ¿vale? Al mismo tiempo, podrías hacerle algo de bien a la sociedad. Ya estoy involucrada, y lo sabes. Y quiero participar.» Lo que no digo, pero que probablemente ya sabe, es lo mucho que necesito esto.

Algo que nadie de mi familia ni de mi pueblo podría siquiera imaginar. Algo tan fuera de lo común que podría hacerme olvidar todo sobre el lugar de donde vengo. «Ahora...Dime: exactamente, ¿qué clase de poderes tienes? Y debilidades. Tu historia. Tu nombre. Toda esa mierda. Cuéntamelo todo.»

Y, o sea, sus ojos profundos y oscuros se iluminan y dice, «Tienes razón. Tengo que... bueno, tenemos que asegurarnos de que nadie me reconoce.»

Sin preguntar, clava sus dientes en mi ya perforada muñeca.

~

O sea, deja de chuparme la sangre y me sonríe afectuosamente. Le gusto, es evidente. Mierda. ¿Le gusto? ¿Qué soy? ¿Un perrito faldero? Supongo que, para él, es lo que soy. Al menos, es mejor que ser un cerdo en el matadero. O sea, mejor ser su mascota que su próxima comida- obviando el mordisco y sorbo ocasional.

Conforme ese pensamiento cruza mi mente, coge mi otro brazo- el que no ha mordido todavía- y me vuelve a morder. Pero esta vez también me da algo a cambio: durante todo el tiempo que dura la succión siento que me estoy corriendo. No es que sea un gran, salvaje y escandaloso orgasmo, sino más bien una ola continua y suave de un placer profundo. ¡Guau! Según yo, se acerca mucho al sexo.

Sin embargo, no puedo dejar de pensar en las marcas de mordedura en mi piel. O sea, no es que mañana en el trabajo vayan a pasar desapercibidas.

Apartándose de mí, se lame los labios y dice: «No te preocupes, las heridas habrán desaparecido al amanecer.» Entonces sonríe como un chiquillo. «Oh, y ese pequeño extra que te he dado...» O sea, me está mirando lascivamente. ¡Qué hipócrita! Animal de granja, ¡y una mierda! Pero no me voy a quejar.

«Puedo controlarlo. No suelo hacer eso con mis víctimas. Y tú no eres una víctima.» Tengo que reconocer que este tío sabe qué decir para que una se sienta especial.

Me abre la blusa y sus dientes se acoplan a mi hombro. Y es como la felicidad absoluta. Como estar en el cielo.

~

O sea, ¿me he desmayado otra vez? Estoy jodidamente mareada. El vampiro me sostiene la mano. Es como muy mono.

«O sea, tío, ya puedes ir escupiendo. Ahora somos un equipo, tú y yo. Cuéntamelo todo.» Necesito tanto que se abra a mí. O sea, como que le dejo que me abra las venas y se alimente de mí. Me parece lo justo. «Si vamos a estar juntos en esto tiene que haber como confianza mutua, ¿no?»

Sonríe abiertamente y coge mi brazo, acariciando mi piel con sus afiladas uñas. Me provoca escalofríos. Pero él ya lo sabía. Dice, «Yo también quiero saberlo todo sobre ti.» Y con eso, vuelve a clavar sus dientes en mi hombro. Conforme mi sangre pasa de mis venas a su boca, siento que el peso de mis dudas se disipa. Siento que no es solamente mi sangre, sino mi esencia, la que se escapa hasta él. Esta sensación es jodidamente fantástica. Como el nirvana. Estoy a punto de olvidar quién soy.

Retira su boca de mi piel, y dice, «Tantos meses en este edificio, y nunca has traído amigos a tu casa. No te he oído nunca hablar con nadie por teléfono. Estás tan oportunamente sola.»

Mierda. De repente me pongo a llorar. Llevo en Montreal como tres meses. Y aún no he hecho amigos. Tampoco es que tuviera amigos en mi pueblo. ¿Y mi familia? Que les jodan. Mierda. Me prometí a mi misma que no lloriquearía por estar sola. Es mi elección. No me entristece, no soy ninguna víctima del mundo cruel. No lo soy. No lo soy. Joder. Joder. Joder.

El vampiro me acuna mientras lloro. Esto es jodidamente vergonzoso. Sus dientes perforan con ternura mi garganta, y bebe un poco más de mi sangre.

Haciendo una pausa, dice, «Antes, me preguntaste cómo me llamaba. Si alguna vez tuve nombre, hace ya mucho que lo he olvidado. Esta forma humana se llamaba Randolph. Pero ya es hora de que me deshaga de esta vieja piel y evolucione.»

¿Randolph? La sonoridad del nombre me hace reír, y, o sea, parece que voy drogada. Como si me hubiera fumado un puñado de porros o algo así. Seco lo que queda de mis lágrimas, palpo las pequeñas perforaciones en mi cuello, y continúo riéndome como una idiota.

Con sus fuertes manos sujetándome por los hombros, Randolph vuelve a clavarme los dientes en la garganta. Esta vez no es tan suave, pero está bien. Vuelve a beber de mí. Me está empezando a costar mucho trabajo recordar. O sea, joder, ¿cómo me llamo? Y cosas como esa.

Y todo esto está dejando de ser tan agradable para mí. Como que me están empezando a doler los huesos. Y ya no puedo ver con suficiente claridad. Mi boca está como muy reseca y en carne viva. También siento la piel seca y agrietada.

Lo miro y como que alucino totalmente. Podría jurar que me estoy mirando a mí misma.

¿Quién coño es él? ¿O es ella? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Dónde estoy?

Siento que él/ella me quita la ropa y recorre con sus uñas mi piel arrugada.

Él/Ella se inclina y muerde mi muslo. Y él/ella bebe de mí. Siento como que mi esencia pasa de mi cuerpo al suyo.

~

O sea, me duele todo. Soy tan jodidamente vieja, y estoy tan cansada. ¿Por qué se siente uno tan mal siendo viejo? O sea, todo el mundo se hace mayor. Así es la vida, ¿sabes? Ojalá pudiera recordar mi vida. ¿Tuve hijos? ¿Mis tetas eran bonitas cuando era joven? ¿Conseguí algo en la vida? Nada... no recuerdo nada.

¿Quién es esta chica que está sentada a mi lado? Me suena...pero no soy capaz de recordar quién es... ¿Por qué tiene la boca llena de sangre? ¿Y por qué estamos desnudos?

Se agacha y -¡oh!- me muerde con fuerza en la barriga. Debería doler, pero, en lugar de eso, lo siento como un alivio. Es tan placentero. Como flotar en un mar de puro placer. Liberarme de mí. Liberarme de todo...

~

O sea, adiós Randolph, hola Jenny. Jenny está muerta. Viva Jenny.

O sea, como que despedazo lo que queda de la vieja Jenny y lo reparto en bolsas pequeñas. Entonces, me pongo su ropa. Pero, ¿en serio? Esto no es nada para lo que tengo en mente.

Así que voy a mi nuevo apartamento- el apartamento de Jenny- y, o sea, me arreglo totalmente. Mejoro lo que hay, para entendernos.

Me tiño el pelo lo más negro posible. A continuación: un corsé negro de encaje; guantes de cuero negros; falda negra; medias de red negras; botas negras de media caña. Y luego está mi piel. O sea, para empezar, soy bastante pálida, pero la hago parecer aún más pálida con maquillaje blanco. Para darle glamour, la cubro con purpurina blanca. Hace que mi piel prácticamente brille en la oscuridad. El toque final: sombra de ojos blanca enmarcada con delineador negro, y lápiz de labios rojo brillante. O sea, estoy impresionante. Maravillosa. Sobrenatural.

De camino a los clubs del centro, voy tirando las bolsitas con los restos de Jenny en contenedores públicos, pero evito los que están cerca de casa.

Esto es jodidamente maravilloso. La noche. La música. Los chicos y chicas guapos. Los hombres y mujeres sexis. Es, o sea, como un buffet libre. Es casi abrumador. Tanto donde escoger. Dejo que algunos hombres y mujeres me magreen, que algunos chicos y chicas me besen. Hasta que encuentre a la persona adecuada para esta noche. Esa persona que sepa bien. Entonces, la dejaré que me lleve a su cama, y me tocará a mi besarla.


Festín de Cuervos (Canción de Hielo y Fuego IV), de George R.R. Martin

¿Qué pasa cuando las grandes batallas acaban, caen los que en un momento ostentaron el poder y el aroma de la guerra se disipa e...