lunes, 28 de diciembre de 2020

Poemas del desamor verdadero, de Pascual García

...porque fuimos ceniza de amor huido

y somos únicamente ceniza

a la espera del viento.


La RAE define el desamor como una falta de amor o de amistad, o como una falta del sentimiento y afecto que inspiran por lo general ciertas cosas. Sin embargo, estas definiciones me parecen insuficientes ante uno de los sentimientos más humanos y más dramáticos, existencialmente hablando, que pueden experimentarse, bien porque el amor se ha acabado, bien porque nunca empezará y solo pertenece al territorio de los sueños.

Pascual García dibuja muy bien los contornos de esa aflicción en las cincuenta y dos composiciones que integran Poemas del desamor verdadero, poemario publicado en el año 2019 y ganador del XV Premio de Poesía Dionisia García. Trazos finos y precisos esbozados por una pluma solvente y cargada de una sabiduría que solo puede derivar, a mi juicio, de un conocimiento profundo y certero de los escenarios emocionales que con tanta maestría plasma el autor sobre el papel.

Tres son los tiempos que se conjugan en los versos de Pascual García en torno a la sombra del desamor. En primer lugar, el pasado remoto de la juventud, el que se inaugura lleno de luz con los amantes “cogidos de la mano, juntos/por las calles sencillas de una ciudad pequeña” mientras gozan de “el purísimo amor de dos criaturas/que creían aún en las palabras”, un ayer de noches interminables, sábanas y pieles incendiadas de deseo, besos de miel y sueños de futuro azucarado. Días pretéritos que se esfumaron “porque los años ganaron la batalla triste de la pasión y del deseo nuevo” hasta alcanzar un pasado más reciente, más cercano, donde solo quedaron las cenizas de aquel amor, y la miel, los sueños y el deseo se tornaron “ruina, niebla y despojos”, convirtiendo el dulce lecho de sexos ardientes e inquietos en “la cama amplia e inhóspita de las noches unánimes”. Soledad, vacío, escarcha y silencios separaron manos, ojos y fuegos dejando dos almas a la deriva de la costumbre, dos glaciares inmunes a las caricias, a la ilusión y a la llamada del placer carnal. Ambos pasados, el dulce y el amargo, se entrelazan en el tercer tiempo, el presente desgarrado desde el que el poeta derrama sus lágrimas de tinta, debatiéndose entre gozar de la caricia de “las manos cálidas y tristes de la memoria” o escapar del “lodazal del tiempo perdido”. Perdido en el laberinto de los recuerdos y los anhelos.

Pascual García vuelve a hilvanar en este poemario imágenes sencillas pero de alta potencia que conectan con la mente del lector de manera casi instantánea (¿quién podría no identificarse con ellas en presente o en pasado?), apoyadas por iteraciones léxicas que refuerzan el tempus fugit (“un día y otro día y otro día”, “huían los años y la esperanza”) y embellecen el cajón semántico de la tristeza. Y nos regala versos de una dureza demoledora, versos que escuecen como vinagre sobre una herida recién abierta.

“¿qué fue del amor que nunca se hizo,

dónde está la carne que no tocamos

y aquellos besos que el amanecer olvidaba?” (p. 89)

 

“Se nos fueron las noches para siempre” (p. 21)


“Yo no fui otra cosa, amor, más que tú

y anduve con tu nombre entre mis labios

mientras amanecía...” (p. 23)


“Fuimos naufragio desde el primer día” (p. 41)


Y muchos otros que leería y leería por el placer macabro que produce el dolor. Porque el desamor es también ese viento frío que se cuela por las rendijas del corazón cuando no hay manera de cerrar la puerta, “por más que nosotros nos empeñemos en un olvido imposible”.


 

domingo, 27 de diciembre de 2020

El orden de la vida, de Pascual García

Irene era, en todo caso, el exceso que no creyó merecer nunca, y Onofre era casi el hombre que Irene no hubiese acertado a encontrar ella sola en otros años y en otra tierra. Y ninguno era lo que hubiese querido ser para el otro.

El fragmento anterior, extraído de la página 41 de la obra que nos ocupa, es uno de los que quizá mejor representa el gris deslavazado de la historia de los dos personajes principales de El orden de la vida, de Pascual García, publicada en 2018 bajo el sello de Malbec. Onofre, un muchacho apocado, gordo, manso, a quien la vida ha sonreído en bien pocas ocasiones, decide cambiar el entorno agreste y serrano de Los Olmos (paisaje literario al que ya nos tiene habituados Pascual García) por la atmósfera pesada, monótona y asfixiante de Las Arenas, donde lo único que brilla es el reflejo del sol sobre el plástico de los invernaderos acompañado por el fétido aroma de la fruta y verdura en descomposición, con el objetivo de ganar algo de dinero y, si es posible, conseguir una mujer, para regresar triunfante y ufano a las calles que lo vieron crecer y ya lo despreciaron cuando apenas levantaba unos pocos palmos del suelo. En el almacén donde lo emplean ve por primera vez a Irene, otra alma truncada y resabiada con la vida. Inmediatamente, la mujer se convierte para Onofre en “la sombra de un milagro con el que solo se permitía soñar unos minutos antes de entrar en el otro sueño, el de su cuerpo descansando del día y del trabajo” (p. 28). Por ella, Onofre accede a romper las hasta entonces sagradas barreras de lo lícito y acepta transportes esporádicos de mercancías ilegales que le reportarán cuantiosos beneficios monetarios con los que seguir construyendo sus castillos en el aire. Y el sueño de Irene, contra todo pronóstico, desemboca en una historia de (des)amor (por llamarlo de algún modo) en la que ambos personajes compartirán un sinsabor tras otro, degustarán hieles en lugar de pieles, se irán hundiendo cada vez más en el lodo de su anodina existencia, e incluso tendrán una hija que se convertirá en el pilar fundamental de la vida de Onofre y que acabará por distanciar aún más a la pareja. Hasta que un día, asediado por el hastío, el infortunio, el vacío y la posibilidad de volver a Los Olmos con el rabo entre las piernas, Onofre decide que la única solución viable es apretar, con el dedo gordo del pie, el gatillo de su propia escopeta, y acabar por fin con todo.

Así, con la muerte como dueña y señora del páramo gris de la existencia, como anestesia contra el dolor para unos y sorbo de acíbar para otros, inicia Pascual García El orden de la vida, una polifonía perfectamente orquestada por la pluma del autor. Por un lado, la voz del narrador nos desgrana una trama turbia de nadas, de nadies, de ceros a la izquierda que acaban pagando el precio de sus decisiones erróneas. Por otro, la voz interior de los personajes, señalada en cursiva, que aporta una profundización psicológica en los caracteres que densifica, tensiona o dramatiza aun más si cabe el trenzado argumental. Y, como colofón, el lamento de Antonia, la madre, en soliloquio, las notas amargas de un corazón que sigue latiendo a pesar de que se le ha muerto el alma.

El orden de la vida vuelto del revés al ritmo de la prolepsis gris ceniza y la analepsis expiatoria (Pascual García nos hace viajar constantemente entre el presente, el pasado y el futuro del pasado dotando al relato de una intensidad tremenda) y bordado por una impresionante riqueza léxica que es ya marca identificativa de las letras del autor. Y un lenguaje profundamente lírico que señala sin duda su vocación de poeta.


Historia triste, literatura hermosa.


lunes, 21 de diciembre de 2020

Aniversario en París, de Pascual García

Déjame que recuerde la ternura,

ciertas palabras y lo que yo quise

que fuéramos entonces para siempre.

Volvemos, con estos versos, al terreno de la poesía de Pascual García, terreno donde fulge de manera excepcional un autor sensible y, a mis ojos, honesto cuando se trata de emociones y sentimientos. Aniversario en París, la obra que nos ocupa, se compone de veintiocho poemas, que podrían leerse como uno solo pero también ser apreciados en su compleja individualidad, y nos lleva de la mano, junto al poeta y su esposa, a un viaje de aniversario a la ciudad de la luz y el amor por antonomasia. Asistimos junto a ellos a un reencuentro que es al mismo tiempo una despedida, a los últimos instantes de un amor que se fue diluyendo en los días, en los años, en la costumbre. A un armisticio que las agujas del reloj transformarán en clausura, como parece anunciar el poeta al encabezar el poemario con la DESPEDIDA y usando el ENCUENTRO como cierre.

“Este es un viaje para rescatarnos

de todos los días en que no fuimos” (p. 23)

 

“Este es el viaje que nos consolará de todo,

el viaje del amor y de los besos

que no dimos, que se esfumaron raudos” (p.31)


“París nos ha ofrecido un armisticio

y hemos hecho las paces” (p.45)


París se convierte así, en el universo del poeta y de su amada, en un lugar que solo será suyo unos pocos días, un lugar donde no tendrán cabida el hastío, la indiferencia, el deterioro, la erosión o el desamor. En aquella ciudad mágica únicamente existen la felicidad, la hermosura, las almas enamoradas de los primeros momentos. Pero entre sus grandes avenidas, los museos, el champán, la lluvia, los besos y el sexo dulce asomarán indicios claros del irreversible fin:

“Debo decirte que eras muy hermosa

y que yo estaba muy enamorado.” (p.55)

Hasta llegar a la última línea del último poema, el doloroso y “último abrazo de despedida”.

Veintiocho poemas intimísimos, impregnados de una sensibilidad sobrecogedora, que se adentran en el territorio de los sentimientos y las emociones de forma profunda y conmovedora, a través de la maraña de sensaciones, dudas, recuerdos, sufrimientos y deseos expresados por la voz del poeta que provocan sin duda la empatía del lector. Incluso la descripción de los paisajes y el clima, como viene siendo típico en las obras de Pascual, contribuyen a esa atmósfera ambigua, de notas agridulces, que configura el tono predominante del poemario. Versos cuidados, lenguaje nítido pero imágenes y metáforas extremadamente sugerentes para dibujar la cualidad destructora del discurrir del tiempo y el deseo de detener su avance, la lluvia y las lágrimas en silencio por los sueños que no llegaron a ser, el anhelo de pieles en fugaz reencuentro.

Ay, el amor, ese sentimiento hermoso y terrible que provoca que el suelo tiemble bajo tus pies, esa criatura salvaje y caprichosa a la que todas las voluntades le son ajenas, capaz de elevarte hasta el más azul de los cielos o hacerte descender al más oscuro de los infiernos. Qué triste cuando se apaga o pierde la purpurina...

domingo, 20 de diciembre de 2020

Nunca olvidaré tu nombre, de Pascual García

 

Me pregunto qué te ha hecho más daño, si la venganza o el amor.

Habiendo acabado de leer Nunca olvidaré tu nombre, me queda más claro todavía (si es que era posible albergar algún tipo de duda) que Pascual García es un escritor enorme dotado de una pluma increíblemente versátil, que lo mismo nos deleita con sus versos exquisitos, nos ilumina con su ensayo certero o nos deja perplejos con sus relatos. Ahora, por fin, lo conozco en su faceta de novelista y, como siempre me ocurre con él, me queda el poso de una lectura de calidad, completa en todos y cada uno de sus sentidos y que supera con creces mis ya buenas expectativas.

En Nunca olvidaré tu nombre, el lector se encuentra con Aníbal Salinas (que ya debería conocer si ha leído Solo guerras perdidas... pero ay, impaciencia la mía que no he podido esperar a leerlas en orden cronológico), un hombre, un anciano que, a las puertas de la muerte, regresa a Los Olmos, la tierra que le vio nacer, impulsado por dos razones idénticamente tristes e idénticamente desgarradoras. “Había regresado a Los Olmos para ejecutar una venganza y dar término a una antigua y dolorosa historia de amor”. Así de rotundamente nos lo enuncia el narrador en la página 19 de la obra. Vengarse de la persona cuya orden puso fin a la vida de su padre, a pesar de todos los intentos de Aníbal por salvarlo, y cerrar el capítulo de su relación con Elvira, que había quedado en suspenso cuarenta años atrás, al alistarse Aníbal en el bando sublevado cuando estalló la Guerra Civil. Elvira, su amante, una mujer que, por no ser de Aníbal, decidió no ser de nadie más. La que no dejó de esperarlo ni un solo día durante los primeros diez años, la que se convirtió en su viuda sin realmente serlo ni merecerlo. La que, incluso cuarenta años después, provoca en Aníbal ternura y desolación a partes iguales: “Es hermosa como la sensación de haber tocado un sueño con los dedos.” (p. 131). Ambos personajes se convierten, pues, en perfectos símbolos de la funesta época que les había tocado vivir, de las vivencias nefastas que sufrieron en sus carnes todos aquellos que se vieron inmersos en el horror de aquella guerra fratricida. Bendecidos y malditos con un amor que fue al tiempo hermosura y veneno. Impasibles, hastiados, resignados a ellos mismos y a sus circunstancias, a la decrepitud, al tiempo y a las ilusiones perdidas, a la cercanía de la muerte, al vacío de los días, pero capaces aún de emocionarse con el color de unos ojos, con la intensidad de una mirada, con el roce de una piel erosionada por las caricias que no fueron y ya nunca serán. Pascual García embarca a estos personajes en un continuo y melancólico vaivén entre el presente y el pasado lleno de contrastes, de matices y, sobre todo, de un desgarro doloroso, presididos ambos tiempos por una soledad inequívoca, honda y lacerante. “No es que esté solo, es que he nacido para estar solo como si se me hubiera condenado desde el vientre de mi madre.” (p.145)

El autor vuelve a situarnos en un entorno rural, agreste como es Los Olmos (que ya hemos visitado anteriormente en alguno de sus relatos), por lo que la naturaleza tiene presencia propia en la obra: los paisajes de la sierra, el viento arisco que arrastra el aroma del pino y la aliaga, la tierra dura y hosca donde se marchitan los sueños. La historia que cuenta nos llega en dos formas: por un lado mediante la voz del narrador y, por otro, mediante los pensamientos de los personajes, señalados en cursiva a modo de voz en off, lo que dota a la novela de una profundidad y una complejidad que le confieren un atractivo singular. Si añadimos, además, la riqueza de un lenguaje que sugiere tanto como afirma, el resultado no puede ser distinto a excepcional, a lo que ya deberíamos estar acostumbrados cuando de trata de Pascual García. Pero qué bonito es no sentir el peso de la costumbre y seguir abriendo mucho los ojos al leerlo.

Y, para despedirme, un fragmento que se me ha grabado a fuego, un fragmento que refleja a la perfección la tristeza de los amores que se quedan en palabras:

“Palabras sucias y palabras dulces y palabras de fuego. Voy a tener que recordarlas todas y repetirlas como una oración.” (p. 117)

Aunque, en el improbable caso de que fuese posible, lo más sensato hubiera sido olvidarlas.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Trabajan con las manos, de Pascual García

“El hombre que trabaja con sus manos

lleva el alma en la punta de los dedos

y cava zanjas en la tierra seca,

poda los árboles de otoño, sueña

con herramientas y suda las horas

que trascurren tan lentas, tan espesas

como el invierno, el frío y la nostalgia.”

 Esas son las primeras líneas de Trabajar con las Manos, poema que, de no ser por la consonante final, daría título a la obra de Pascual García que acabo de terminar. Trabajan con las manos, un hermoso poemario cuyos protagonistas indiscutibles son aquellos que viven, sufren, adoran y trabajan la tierra en busca de sustento, de fe inquebrantable y de armonía con el mundo. Treinta y tres elegantes composiciones que se agrupan en cinco grupos, cada uno de ellos auspiciado por uno de los cinco elementos que bautizan los poemas que inauguran cada una de las secciones: la tierra, que es “fe en la vida y en la sangre y es credo para toda la familia”; el fuego, “que era el espíritu de la cocina todo el invierno hasta la primavera, toda la noche hasta la luz del día”; el aire puro que acaricia “la memoria de una infancia dulce”; el agua, “la sangre que solivianta los campos de cereales”; y la luz, que interrumpe el sueño de los hombres y dispersa las tinieblas inaugurando un nuevo día.

En Trabajan con las manos, Pascual García vuelve a deleitarnos con sus recuerdos de infancia, conectados a la tierra que le vio nacer y crecer y a las personas cuya huella de amor resta indeleble en sus adentros y en los trazos de su prolífica y regia pluma. Son sus versos un himno al aroma de la tierra y sus frutos, a la familia, al amor y a la vida sencillos y sin imposturas, un canto alejado de notas bucólicas e idealistas, una melodía agridulce que surge de las entrañas de la “puerca tierra”, amada y maldita a un tiempo, la que obliga a “sudar como esclavos del sol y de la lluvia”, la que hombres y mujeres “labran juntos y aman juntos con idéntico desprecio” y de la que obtienen difícil recompensa. Hombres y mujeres condenados, desheredados, sin más dios que el fruto de sus fatigas y de sus anhelos. Manos que con esfuerzo cuidan el mundo y, callosas y sumisas, acarician pieles sobre las que, inexorable, discurre el tiempo vaciándolas de vida y de sueños y acercándolas a los negros parajes donde únicamente se salva la memoria.

Un poemario donde el autor, con sus manos y su incuestionable habilidad para moldear climas, paisajes y temperaturas a través de la palabra, nos emociona con escenas sobrias, preñadas de una belleza serena y sencilla. Una obra donde Pascual García comparte con el lector una de sus más preciosas pertenencias, la memoria. 

Me destierro a la memoria,

voy a vivir del recuerdo.

Buscadme, si me os pierdo

En el yermo de la historia. (Miguel de Unamuno)

miércoles, 16 de diciembre de 2020

El lugar de la escritura, de Pascual García

Sucede que, en ocasiones, la vida nos obsequia con guiños amables tales como el aroma de un café recién hecho, un arcoiris después de la tormenta, un abrazo de primavera que rompe el gris del invierno, o la posibilidad de llenarse los ojos con las letras de nuestro Pascual García. El momento justo anterior a sentarse con una de sus obras entre las manos supone una brisa de expectativa gozosa que jamás se ve defraudada y un manantial de sosiego en medio del inestable mar de turbulencias que acompaña a esta lectora estos días.

En El lugar de la escritura vuelvo a leerlo tal y como lo conocí, escribiendo, certero y generoso, sobre las obras de otros autores a los que tiene en gran consideración. Autores y obras de acá, de allá o de más allá todavía que, por un motivo o por otro, han conquistado los ojos y el alma de un lector voraz, experimentado, detallista como pocos y dueño de una exquisita sensibilidad literaria que impregna cada uno de sus comentarios. Dice de él Rubén Castillo (otro de los moradores del Olimpo, cuya sapiencia literaria y su extrema generosidad a la hora de compartirla con los demás en su blog y en sus redes me siguen maravillando día tras día) en la presentación de la obra: “Dicen los papeles que Pascual García es profesor de literatura, y es una gran verdad; pero no porque enseñe esa materia (lo cual hacen muchos, entre la modorra y el funcionariado), sino porque la profesa, porque la vive como una religión, como un bálsamo, como un arbotante para el alma. De ahí que pertenezca a la estirpe, gozosa y reducidísima, de quienes abren, atesoran y beben los libros con unción.” Y no podría ser más cierto. Pascual García es, sin lugar a dudas, en el lugar donde anidan la escritura y la lectura más vocacionales, una figura regia que ilumina y enriquece nuestros conocimientos (pequeñitos en mi caso) en relación a las obras de Miguel Espinosa, de su venerado Pedro García Montalvo, de José Luis Castillo-Puche, Rubén Castillo (no diré nada de los comentarios de Pascual acerca de una de mis obras preferidas para que no me otorguen el puesto de honor en el podium de los cansinos), sobre los Coños de Juan Manuel de Prada, la excelencia de Muñoz Molina, Delibes y otros tantos autores a los que comenta con sabiduría, con aplomo, con agradecimiento y admiración encomiables, como si los contemplase con los ojos de un niño que experimenta por vez primera la belleza de una puesta de sol o una inopinada lluvia de estrellas.

Además de brillante escritor y apasionado y generoso lector, resulta tremendamente didáctico y esclarecedor (ay, las haches de Cortázar, cuántos quebraderos de cabeza me habrán procurado). Resumiendo, Pascual García es todo un diamante (y no precisamente en bruto) de incalculable valor. Vuelve a aumentar la lista de mis lecturas pendientes (incluyendo relecturas) para poder disfrutarlas con la nueva luz que me ha regalado él.


 

sábado, 12 de diciembre de 2020

Fábula del tiempo, de Pascual García


 

Las palabras son tiempo en el olvido.

Confieso no ser lectora habitual de poesía (desconozco el motivo), aunque últimamente lo cierto es que algunos versos me atraen bastante. Será que estoy cambiando, o será que algunos autores son atractivos escriban lo que escriban. Este es uno de esos casos y, ya puestos a confesar, diré que lo he leído dos veces en su totalidad, y más de diez veces algunos versos que aún recuerdo mientras escribo estas líneas.

“...Son ceniza y veneno.

Presumen el error

de otro aroma imposible...” (p. 21)

Fábula del tiempo, así se titula el primer y delicioso libro de poemas de Pascual García, publicado en 1999 por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia.

En “El fracaso de la oscuridad”, breve pero bellísima introducción al poemario, se nos presenta a un escritor, “junto a la ventana por donde entra la última luz del Invierno” (p. 11; muy apropiado su invierno con mayúscula), inmerso en la tarea de plasmar sobre el papel “la fábula de un tiempo breve como la vida” (p. 11).

Es, pues, esta obra un precioso bordado donde priman los hilos ocres de la memoria junto al blanco invernal de los paisajes de una tierra sufrida, amada y añorada. Un tapiz de primera calidad donde se entretejen los recuerdos de infancia, los amores de ayer, la melancolía, la certeza de que “nada queda de los días salvo el miedo” (p. 34) y el aroma de los pinos, la nieve y el cierzo de los parajes gélidos de su niñez y su juventud. Versos colmados de belleza y emotividad, especialmente los vinculados al amor del autor por sus padres y por la tierra que le vio nacer, cuya profundidad queda palpablemente manifiesta en el poema “Volver” (p. 35-37), el más largo del poemario, donde fulgen con un brillo particular, a mis ojos, estas líneas:


“Es tarde en la cocina. El viento muerde

en las ventanas y arden los troncos

que mi padre ha cortado con paciencia.

Viene su voz de lejos y huele a fruta

y almendras...”


“... como si el nuevo aire del invierno

acercara las palabras antiguas

y sus labios repitieran fugaces

los menudos deseos incumplidos,

pero también la dicha de tener

tan cerca al niño que criaron, al hombre

que los mira con ternura y respeto.”


“Con doloroso afán

tocan mis pies la tierra que he perdido.”


Un gozo para los ojos lectores, como todo lo que hasta ahora he leído de Pascual García.

Danza de dragones (Canción de Hielo y Fuego V), de George R.R. Martin

En el inmenso tablero donde el poder se escribe con fuego y sangre, hay historias que no solo leemos. Vivimos en ellas. Las goza...