domingo, 31 de enero de 2021

Un hombre solo, de Pascual García

Amó lo prohibido y castigado fue por ello

porque se pagan todos los errores,

los de la carne y los del alma, todos

con soledad y con desprecio,

y ahora, sentado en una silla en el balcón

de la casa solitaria y oscura

donde fue confinado, piensa en ella

y admite su culpa de hombre ciego

que amó lo prohibido

y entregó su paz a cambio.

Es inevitable comenzar a hablar de la última obra de Pascual García, Un hombre solo (La Fea Burguesía, 2021) con los versos, íntegros, de “Pecado original”, la pieza que, a modo de flecha lacerante, abre este poemario de exquisita factura y esencia intimísima de un autor que nos demuestra, ahora más que nunca, que literatura y vida son para él una misma cosa. Un poemario lleno de dolor, de desgarro, de recuerdos amargos, pero también de valentía, de resiliencia, de lucidez y de la brisa limpia de la esperanza.

Pascual García estructura los sesenta poemas que componen el volumen en tres partes simétricas (de 20 poemas cada una, aunque quizá los de la primera parte sean comparativamente más extensos que los dispuestos en las dos posteriores) que marcarían tres ciclos diferentes en ese calendario de soledades, penumbras y vacíos que nos presenta como una suerte de diario de un hombre que recibe de repente el zarpazo de su soledad sola al entrar en una casa extraña y debe encontrar el camino de vuelta desde el infierno de las sombras hasta la paz que le otorgue la luz.

El primer ciclo aparece bajo el título de “Último anochecer de agosto”. Es la etapa más cruel, más descarnada de su viaje. En ella, el profundo dolor que lo atormenta sofoca cualquier sonido procedente del exterior, sumiéndolo en un silencio feroz solo roto por las notas de Mozart de cuando en cuando. “Le duele el tiempo que ya no suena”, “las horas han perdido su música de siempre”, nos cuenta el poeta en “Diario de un hombre solo” (p.20), y que “las voces que escucha/están en su cabeza solo”. En el mismo poema, uno de los más representativos del ciclo, nos confiesa también que la penumbra y la oscuridad le ganan cada segundo la batalla a la luz: “y la luz se esfuma...”, “come con la tristeza de la luz caída”. Nos habla de soledad, de miedo, de destierro (“Nadie en el cuarto de al lado”, p.22). El tiempo se torna obsesión, como muestran las continuas referencias temporales a las horas, los días (sobre todo a “Los días iguales”, p.36-37), el día o la noche, los meses y los años, las estaciones: “son iguales las horas y los panes/las sábanas de invierno y el otoño” (p.22). “Que no llegaba nunca”, “Compañía”, “Desnudos pero ajenos”, “Un lecho de piedra”, son los títulos de algunos de los poemas que contribuyen a crear y a perpetuar la atmósfera sombría, cruel y dolorosa de este primer ciclo, que se abre con “Pecado original” y nos entrega, quizá, la cifra del sufrimiento del vate: la culpa. No es difícil averiguarlo cuando se comprueba que el término “culpa” aparece ni más ni menos que 20 veces a lo largo del poemario, seguido de “condena” (14 veces), “castigo” (13 veces) y “error”(8 veces). Suerte que la palabra “perdón” aparece 8... Sin embargo, me gustaría destacar también la honestidad y la valentía del poeta en los versos iniciales de “El amor no pasa nunca” (p. 25):

“Tengo el amor de mi mano derecha

porque el amor no pasa nunca, dice

San Pablo, y en la mañana, turgente

me saluda mi sexo solitario

fiel a su cita con mi mano...”

(Honesto, valiente y grandioso, sí señor.)

La segunda etapa en su almanaque de redención la marcan los poemas agrupados bajo el título de “Mediodía en octubre”. Aquí encontramos ya a un hombre distinto, doliente aún pero más consciente de sí mismo, gracias a la reflexión y al diálogo constantes con el pasado, con el presente, con el amor, y consigo mismo.

“Durante muchos días ha pensado

el hombre en sí mismo, ha discutido

con él y con los espectros que fueron

sus fantasmas nocturnos, pues estuvo

solo y habló en voz alta...” (“Sumario”, p.65)

“Fracaso postergado”, “El poder de las sombras”, “Viene el amor de la memoria”, o “Brindis”, por seleccionar unos cuantos ejemplos, nos narran ya un periodo donde el miedo (que también es débil) le va cediendo paso a la esperanza y al consuelo, y la memoria muta de castigo doloroso a refugio cálido. Porque “había aprendido a estar en calma” (“Un año”, p.74-75) y que quizá toda la culpa no fuera suya (“Absolución”, p.67) y, aunque experimenta aún breves periodos de zozobra donde no percibe “nada salvo un tiempo vacío y homicida” (“El buque fantasma”, p.69), ya no es un extraño en su entorno (“Amanecer”, p.72-73) y ya le pertenece su casa en “La calle de los hombres libres” (p.78).

El tercer ciclo en su metamorfosis de hombre solo y triste en hombre solo y libre lo conforman los poemas auspiciados bajo el epígrafe “Amanece en diciembre”. Son estos versos ya más dulces, más cálidos, testigos de la “Travesía” (p. 96-98) del poeta por los mares de la resiliencia hasta alcanzar las costas de la “Salvación” (p. 94) en el mes de “Diciembre” (p.83-84). El hombre enfoca el futuro, solo pero libre, con mirada sosegada, pues su proceso de aprendizaje le ha valido estar ya “reconciliado con su destino y con su vieja culpa” (“Redención”, p.106), ha alcanzado su propio “perdón puro” y “ha cambiado el frío de las noches/ por las plazas pobladas de la vida” (“Su perdón puro”, p.85) y se ha encontrado a sí mismo en su soledad:

“De repente el hombre encontró su centro

visitó las estancias que ignoraba,

se internó en novedosos aposentos

y visitó lugares apartados.

Fue en esos sitios otro hombre, nuevo...” (“Otros días”, p.86)

El poeta y el hombre celebran ya con más ahínco (en realidad nunca dejaron de hacerlo) el amor y los placeres de la carne (“...pues el amor/ se da a manos llenas y no lo para/ nada, no es una quimera ni vuelve/ su rostro dulce a la carne gozosa”, nos dice en “A manos llenas”, p.91-92). El poemario no podía terminar mejor, y el broche final es del todo amable y optimista, pues el volumen inicia en el silencio más descarnado y acaba con la esperanza del poeta mientras “Silba una canción” (p.113): “es casi primavera y amanece/ y no va solo porque lleva siempre consigo/ una palabra amable y misteriosa”.

Honestamente, todo un alivio para el lector que acabe así, ya que durante la primera parte hemos sufrido junto a Pascual García versos que duelen y desarman (“se sienta solo/ en su sofá de nadie”, p.20; “y estaba el café amargo y las tostadas/ sabían a carbón y a noche”, p.28; “mientras naufraga en un lecho de piedra/ vasto como la mar y solitario”, p.40) y que el poeta crea sin usar más palabras que las necesarias. Una verdadera joya de poemario donde el tiempo, la culpa, el silencio, la luz y la ausencia de ella son los protagonistas, junto a nuestro estimado autor. 

Y para acabar esta entrada tan larga, os dejo uno de los poemas que más ... (a vuestra imaginación lo dejo). Si lo véis desde la versión sencilla para móvil, probablemente no aparezca el vídeo; por eso, aquí os dejo el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=MRY7ChNMTOQ




 

 






sábado, 30 de enero de 2021

Algunos libros que leí despacio. Textos críticos, de Pascual García

... siempre un libro me ha hecho compañía, me ha quitado el sueño, me ha devuelto el sueño, me ha ocupado las horas de ocio, de la desgana, de la espera y de la soledad.

Ese secreto a voces nos confiesa Pascual García en "Leer", la suerte de introducción que hace a su obra Algunos libros que leí despacio. En el prólogo de la misma, el catedrático Francisco Javier Díez de Revenga afirma que "para escribir un libro como este hay que estar dotado de una gran capacidad para saber transmitir la emoción ante la obra literaria, y hay que disponer de un estilo personal, de un idioma propio, claro y preciso, a la hora de escribir lo que estas impresiones han supuesto para el autor". Queda claro que a Pascual García le sobra el talento para transmitir su pasión por la literatura, y que su idioma particular se articula en torno a una combinación de aciertos que resultan, por un lado, en la nitidez y en la asequibilidad y, por otro, en la belleza y en la brillantez más irrefutables.

Pluma de primera independientemente del género en el que se muestre, y lector avezado, sensible e inteligentísimo, Pascual García nos ofrece en Algunos libros que leí despacio 67 textos críticos en los que analiza de forma rigurosa, precisa y didáctica algunas de las obras que han enriquecido su universo literario. Nos regala, y digo bien, nos regala, porque no hay precio que pueda pagarlo, el privilegio de asomarnos con sus ojos a esas 67 ventanas cuyas vistas conforman el paisaje literario del que se ha nutrido como escritor y como persona. Su catálogo es amplio y variado en género, y contempla autores internacionales como Ismail Kadaré, Vargas Llosa o Benedetti, escritores nacionales de la talla de Muñoz Molina, y literatos de nuestra región de distinta proyección en el ámbito de las letras. Dionisia García, Aurora Saura, su estimado Pedro García Montalvo, Antonio Marín Albalate... y muchos otros nombres componen su particular lista de lecturas apreciadas. Comentar los que más poso me han dejado haría esta entrada interminable, pero no puedo sustraerme de mencionar los dos ventanales luminosos en los que nos ilustra con sus soberbias impresiones sobre Las grietas del infierno y Anillo de Moebius, de Rubén Castillo (es mi debilidad, lo sé, y no pienso disculparme por ello) del que afirma: "es un escritor poderoso, dueño de un mundo narrativo propio, donde la palabra cobra una importancia y una dimensión inusuales...". Ay, esos insólitos momentos donde el placer aparece por partida doble.

Además de deleitarnos con la palabra de Pascual y ampliar nuestros horizontes como lectores, Algunos libros que leí despacio nos ofrece la singular oportunidad de aventurarnos y sacar conclusiones acerca de los aspectos que más motivan a nuestro valioso Pascual. Su afición a la poesía y al verbo lírico no será a estas alturas ninguna sorpresa. A esto podríamos sumar su gusto por lo universal, por lo que huye del terruño, por la reflexión serena y sin aspavientos, por la dialéctica que se establece entre lo novedoso y lo clásico, entre lo elegíaco y lo celebratorio. Su interés por asuntos tan trascendentales como la fugacidad del tiempo y el paraíso perdido de la memoria. Pero, por encima de todo y si no ando muy errada, a Pascual le apasiona que le cuenten el mundo tal como es, sin edulcorarlo ni soslayar las tinieblas, por lo que valora enormemente la honestidad, la verdad literaria. 

Sus letras también merecen ser leídas despacio, a sorbitos, ser paladeadas y gozadas con el mayor de los deleites.

miércoles, 27 de enero de 2021

Años fugitivos. Crónica personal de Moratalla, de Pascual García


 ...he preferido yo recordar de un modo fragmentario, desordenado y cercano ese tiempo mágico e indulgente de la infancia y de la adolescencia, no porque esté de acuerdo con aquellos que lo califican de paraíso, sino porque en él se hallan, sin duda, las claves de mi existencia entera, mi estrecha relación con Moratalla, con el barrio del Castillo y con la calle Castellar, donde nací hace ya medio siglo. Uno es, de un modo indefectible, lo que su memoria contiene y lo que alberga su corazón...

Así, con claridad meridiana, nos desvela Pascual García, en la página 9 de Años fugitivos. Crónica personal de Moratalla (Gollarín, 2012) el hilo común que hilvana el conjunto de los numerosos textos que integran esta obra. En alguna otra página afirma el escritor que la obra que tenemos entre manos es una recopilación de artículos periodísticos publicados en El Noroeste entre 2007 y 2011, pero yo sé que es algo más, un obsequio de proporciones difícilmente medibles para aquellos lectores que tengan la fortuna de cruzarse con sus páginas. Porque, sinceramente, que un autor nos obsequie, ya no solo con su inmenso talento como escritor y como narrador, sino con uno de sus bienes más preciados, su memoria y, en definitiva, con su esencia más genuina, es un regalo que no sé si alcanzaremos a agradecer en su justa medida.

Asistimos, en Años fugitivos, de la mano del autor y, lo que es más importante, con sus ojos, a sus días de niño y de muchacho en las calles estrechas y empinadas de su Moratalla natal, encuadradas en el hermoso y a la vez hostil paisaje de la sierra que la rodea. Lo acompañamos con gusto en muchas de sus primeras veces (los que me conocen saben de la importancia que para mí tienen las primeras veces): un viaje al cortijo de los abuelos, el cine, a sus primeras experiencias con médicos y practicantes, sus clases en los distintos establecimientos educativos donde cultivó el germen de lo que fue hasta llegar a ser lo que es hoy, a los tempranos inicios de su carrera de escritor, al duelo por la muerte de un amigo. Gozamos con él de su memoria olfativa y gustativa (hasta el punto de que, en ocasiones, hasta las tripas imaginan con nosotros y rugen cual fieras hambrientas). Nos aterimos, indefensos, en su memoria del frío y la penumbra. Conocemos, no sin cierta desazón, las estrecheces de una vida ligada a la tierra y a la escasez de recursos materiales, y admiramos el valor de un chiquillo que hizo del esfuerzo y la constancia su ley, que aceptó estoicamente sus responsabilidades como miembro de la humilde familia donde había venido al mundo y, aun con llagas en las manos y cansancio a espuertas, logró subir los peldaños de la escalera del porvenir diferente con el que siempre había soñado. A todas estas anécdotas, acontecimientos y costumbres de sus primeros años y de la tierra donde vio la luz, resulta extremadamente grato añadir un sinfín de reflexiones, profundas, sinceras, honestas (a riesgo de aventurarse en el terreno de esa incorrección política en la que uno incurre a fuerza de decir verdades como puños) sobre asuntos de lo más trascendental en torno a la condición humana: amor, sexo, el valor del dinero y del trabajo, inmigración, educación, y tantos otros que no es posible enumerarlos sin hacer esta entrada tediosa de más.

En Años fugitivos, y con el estilo pulcro, conciso, elegante y lírico (a veces irónico, sarcástico, cáustico incluso) al que ya nos tiene acostumbrados, Pascual García nos dibuja de manera clara y nítida el contexto social de un pueblo de raigambre sencilla, pura y tosca, el mapa cultural de unas gentes y unos años influidos en gran medida por la sombra penosa y alargada de la guerra, la posguerra y la dictadura en un entorno rural y remoto, marcados por el afán de supervivencia, la religión del trabajo con las manos y un agridulce apego a la tierra y a sus costumbres. Y yo, animal de emociones sin lugar a duda, contemplo cautivada las siluetas de la geografía sentimental que bailan a la luz de sus frases. Forman estas un vendaval de verdad que en ocasiones conmociona al espíritu lector, un torbellino de honestidad que hace saltar los goznes de la contención y de la mesura y desboca la emoción. Para muestra, tres botones:

“Mi madre se desliza por la cocina como un hada buena.” (p.55)

“La casa en la que uno ha nacido y en la que ha pasado la mejor parte de su vida es un almacén sentimental de arpegios que, bien temperados, podrían constituir toda una sinfonía, una armónica pieza de cámara o, en algún caso, un sencillo y elemental pasodoble.” (p. 56)

“Éramos jóvenes, inocentes y pobres, pero qué culpa teníamos nosotros, hijos de un hambre antigua y un empecinado afán de supervivencia.” (p. 63)

En definitiva, se conjugan en esta obra las joyas, de incalculable valor, de la memoria de Pascual García, la inteligencia creadora, su asombrosa habilidad en el manejo del lenguaje, el gusto por lo bien hecho y la exquisita capacidad de conmover al lector. No me queda más, pues, que rendir mi admiración ante su mirada inocente de niño de Moratalla, teñida por los matices de la emoción pero desprovista de cualquier asomo de idealización edulcorante.


sábado, 23 de enero de 2021

Solo guerras perdidas, de Pascual García


Tantas guerras perdidas. La guerra de cada uno de nosotros y la guerra de todos. También lo que yo hago es una guerra, aunque deba recibir un nombre aún más sucio.

Esta es una de las reflexiones más duras y más verdaderas que, ya hacia el final de la obra, escuchamos desde el interior del protagonista de Solo guerras perdidas (Alfaqueque Ediciones, 2010). Su nombre es Aníbal Salinas, y lo conocimos en Nunca olvidaré tu nombre como el personaje que, a las puertas de la muerte, regresa a su tierra natal para cumplir con sus dos últimas misiones en la vida.

En esta ocasión, Aníbal vuelve a su comarca de origen, tiempo antes de su vuelta definitiva en Nunca olvidaré tu nombre, para cumplir con la tarea que se le ha encomendado por parte de sus superiores: aniquilar a los escasos miembros de una resistencia que no supone riesgo pero molesta. Conoce el terreno, a sus habitantes y sus modos de vida, por lo que resulta la apuesta más segura para el éxito de la misión. Conforme los pasos de Aníbal lo van guiando a través de senderos y parajes recónditos de la tierra agreste que fue testigo de su juventud (en las sierras que rodean Los Olmos y Puerto Errado, escenarios tan propios del autor), mientras improvisa estrategias, empuña su astra o hunde la navaja en la carne de sus objetivos, su memoria y su alma llena de nadas caminarán las sendas del pasado de manera errática. Rememorará los viajes junto a su padre que anteriormente le llevaron a contemplar los mismos paisajes y los nombres de mujer que una vez le hicieron suponer que el paraíso era, de algún modo, posible. Las recordará con la mente y con la carne, pues volverá a encontrarse con ellas y las poseerá como ya las poseyó en un ayer ya lejano, y serán estos encuentros sexuales el último reducto de su humanidad perdida y de su alma vaciada por el horror de la guerra.

Dureza absoluta y belleza más absoluta todavía (va por ti, maestro) en una narración tensísima que, gracias a la habilidad de Pascual García, el lector podrá disfrutar con los cinco sentidos: escuchará los muelles de las navajas y la percusión de las armas, percibirá el olor de la sangre entremezclada con el aroma del tomillo y la ajedrea, el tacto de las pieles que se encienden, el frío de fuera y el de dentro. Descripciones bellísimas y minuciosas de los escenarios, de sus características y de sus costumbres más arraigadas. A las reflexiones del narrador de unen las propias de los personajes (marcadas en cursiva, y qué cursiva tan poderosa), reflexiones amargas como la hiel que nos permiten vislumbrar lo verdaderamente importante en la prosa de Pascual García: el universo interior luctuoso, torturado, oscuro como la noche, de los personajes que pueblan sus páginas. 

Sublime en todo. Mayúsculo en general. Carne y alma de poeta. Pascual García. 

"Le parecía mentira tanta belleza en aquel paisaje, tantos hombres emboscados que seguían creyendo en el hombre y, en cambio, él venía a desbaratarlo todo, como un ángel de la muerte. Traía su testamento y su venganza." (p. 79)

Hermoso y amargo.

lunes, 18 de enero de 2021

El secreto de las noches, de Pascual García

Era como si las noches cobijaran el enigma de sus vidas y aquel secreto estuviera todo el rato con ellas...

La noche es el territorio difuso e inmisericorde donde el silencio no tiene cabida. Una vez se apagan las voces y los sonidos del mundo exterior el fragor del estrépito interior invade cada átomo de nuestra existencia mientras el sueño no nos bendice con el olvido transitorio. La noche convoca a nuestros peores enemigos, a nuestros miedos más íntimos y a nuestras sombras más impenitentes. La noche no es más que la huida de la luz y el desvalimiento más absoluto. En El secreto de las noches, Pascual García nos presenta veintiséis radiografías de las entrañas de una noche que se adueña incluso de las horas de luz. 

Un matrimonio atormentado por la pérdida de su hija diez años atrás. El aciago destino de dos amantes clandestinos que ahogan las tardes y el mundo entre besos y alcohol. Una mujer en una bañera deshaciéndose del résped de la ilusión de un amor vespertino dilatado en el tiempo. La muerte, la huida y la locura entre los árboles y el frío. El enigma de una noche de bodas. La dulzura infinita de dormir con la esposa. La ceguera de una madre y el zarpazo de la memoria. El maltrato de una madre alcoholizada. La absoluta soledad de una mujer sin trenes que se le escapen. El infortunio de una mujer barbuda. La locura homicida de una mujer subyugada. La pesadilla de la muerte. El extravío del deseo en la vejez. La soga al cuello. La noche al mediodía en un mundo al revés. Las pesquisas de un inspector. La parca en el fondo de un río. Monotonía conyugal compartida. La enigmática y perturbadora visita de una suegra. La fatalidad de dos cuerpos jóvenes que se aman en el interior de un coche. Un fuego que no cesará jamás. La difusa línea que separa la fe del amor. Una cena inquietante. Caer al vacío en un fin de semana. Un cadáver de mujer en la playa. Descubrir el secreto de las noches. Noches perpetuas que no conceden ni el beneplácito de la duda.

Con su habitual maestría y su verbo lírico, Pascual García nos toca el alma con historias donde lo cotidiano adquiere tintes de mal sueño. Con personajes que configuran una maraña de soledades entremezcladas. Vidas fabricadas con restos de naufragio, condenadas al fracaso y al olvido. Vidas que podrían ser las nuestras.

Y una frase que se me ha quedado dentro: 

"Amamos cuando nos duele lo que podríamos perder."

viernes, 15 de enero de 2021

El arte, las palabras y las horas, de Pascual García


He intentado con esta obra agavillar un puñado de hojas sueltas que, de otro modo, tal vez con justicia, se perderían irremediablemente.

Eso dice Pascual García en "A modo de disculpa", introducción a El arte, las palabras y las horas, publicada por los servicios editoriales de la UMU allá por 2014, y a mí no me queda más remedio que, desde la humildad y la honestidad de un corazón lector, tacharle el "tal vez con justicia", porque hubiera sido, precisamente, una verdadera injusticia si no hubieran llegado a manos de los lectores que las disfrutamos y nos deleitamos con ellas.

El arte, las palabras y las horas es un magnífico compendio de críticas, artículos de catálogos, etc. que se fueron publicando a lo largo de tiempo (veinte años llevaba ya regalándole al mundo sus letras) y que se articulan en torno a tres conceptos, que dan título a la obra.

En primer lugar, disfrutamos en la obra de "El Arte", repleto de verbo exquisito para comentar pinturas y a sus autores murcianos. Ha sido una auténtica experiencia, muy agradable y muy recomendable, buscar en Google pinturas y autores, y después dejame guiar por la mano sabia de Pascual y descubrir, a través de sus ojos y su pluma sublime, las ventanas en las acuarelas de Pedro Serna, las joyas naturales de Pedro Cano, la búsqueda de la luz de Cánovas o los colores del tiempo de Ramón Gaya (podría citarlos a todos, tengo unos seis folios de notas, pero me temo que se iba a hacer demasiado largo).

Pasamos después a gozar de "Las Palabras", terreno que domina con indudable maestría, un verdadero e ilustrador obsequio donde el autor expone en una decena de textos la preciosa verdad de que es un hombre modelado a partir del barro de la literatura más hermosa. Puede el lector disfrutar en esta sección de un recorrido por la trayectoria poética de Eloy Sánchez Rosillo, de una disertación sobre la farsa amorosa en Don Quijote, de su experiencia con Cien años de soledad, de un análisis bello y didáctico de las obras de García Montalvo y de la Historia del Eremita (ay, Espinosa).

La tercera columna que sustenta este espléndido monumento es, pues, "Las Horas", donde se tiene la posibilidad de leer a un Pascual García más cercano, más humano y menos, quizá, erudito literario (no mejor, sino distinto) con reflexiones personales sobre elementos variopintos como la primavera ("la estación más cruel"), el adorado invierno de su tierra, sus años universitarios (pisé la misma facultad veinte años después que él, y en un idioma distinto, pero, básicamente, sus recuerdos y los míos no son muy diferentes) o un entretenido paseo por el vapuleo a la institución matrimonial según diversas y paradigmáticas obras literarias.

Un verdadero placer para los ojos lectores (me abstendré por el momento de repetir una vez más lo hermosa que me parece su forma de escribir) poder deleitarnos con un autor que huele "la provocación de los jazmines" y nos deja fragmentos como estos:

"Nosotros somos la primavera y el tiempo, las estaciones todas y la vida. El resto no son más que palabras sin sustancia."

martes, 12 de enero de 2021

Cuaderno de Ibiza y otros poemas, de José Cantabella

Entonces,
como si nada, como si todo, 
nacieron los poemas para este Cuaderno,
que a veces te reclaman a gritos,
otras veces, en silencio, 
pero siempre reclamada, 
porque saben que sin ti
no serían.

Con esos versos del poema "Uno" José Cantabella nos revela ya el catalizador de la génesis creadora de su Cuaderno de Ibiza y otros poemas, su último poemario, que vio la luz a finales de 2018 bajo el sello de MurciaLibro. Dedicado por entero a Carmen Cantabella, su esposa, es otra muestra más de la importancia del Amor (así con mayúsculas, como lo escribe él en su dedicatoria) en la vida del poeta.

La obra se divide en dos partes. La primera, "Cuadernos de Ibiza", consta de veintiocho textos breves hilados con versos disfrazados de prosa, en donde el autor se despoja de todo para narrarle al lector, con esa mirada suya tan característica, limpia e inocente (aliñada con ciertas pinceladas de pasión erótica) su viaje y estancia en la isla bonita, conectados siempre al desarrollo de una historia de amor que parece que llegó para quedarse. Ambientación ibicenca, sus calles, sus playas y sus cielos como escenario de miradas, besos y caricias que le colman el alma, y que el lector es capaz de sentir como suyos.

La segunda parte, "Otros poemas", es una recopilación de textos en verso o en prosa de temática diversa. Amor, miedo, pintura, literatura ("El milagro del poema" es un ejemplo bellísimo de su estima por las letras) generan toda una serie de sentimientos esculpidos en tinta que merece la pena disfrutar. 

En definitiva, emoción, pureza y elegancia se dan la mano para dibujar los contornos de la intimidad más íntima del poeta. 

Os dejo uno de mis fragmentos preferidos: 

"Todas las noches, desde nuestro balcón vemos cómo la luna mira el castillo con ojos de enamorada, y el otro le devuelve la mirada con gesto idéntico, porque todas las noches la luna quisiera bajar, salvar la muralla para besar el castillo y sellar ya para siempre este pacto de amor que tiene a la isla encantada." (p.40)

Festín de Cuervos (Canción de Hielo y Fuego IV), de George R.R. Martin

¿Qué pasa cuando las grandes batallas acaban, caen los que en un momento ostentaron el poder y el aroma de la guerra se disipa e...