Días raros, semanas raras, meses raros. Esta lectora tiene la cabeza como una montaña rusa, y le cuesta concentrarse. Busco refugio en la fantasía porque el mundo, a veces, se me vuelve un traje demasiado estrecho para el alma. Entre sus páginas, la gravedad de las preocupaciones se disuelve y se difuminan los márgenes de lo imposible; ahora mismo, es el único lugar donde mis cicatrices pueden transformarse en armaduras y mis silencios en magia, y donde puedo volar a lomos de un dragón. Avanzo lenta pero segura por el universo creado por George R. R. Martin en Canción de Hielo y Fuego, y cada día me gusta más.
Hoy os traigo mis impresiones sobre el segundo volumen de la saga, Choque de Reyes (Harper Collins, 2011), en el que George R.R. Martin despliega un tapiz narrativo tan vasto y vibrante que el lector se siente arrastrado, como por una marea oscura, hacia los rincones más sombríos y luminosos de Poniente, y donde el juego de tronos adopta tintes de tragedia griega. En esta segunda entrega, Martin relata la fractura total de los Siete Reinos de Poniente tras la muerte de Robert Baratheon. La trama se divide en cuatro escenarios principales bajo el auspicio de un cometa rojo que surca el cielo. Por un lado, el lector será testigo de la Guerra de los Cinco Reyes: Joffrey, Renly y Stannis Baratheon se disputarán el Trono de Hierro que gobierna los destinos de Poniente, mientras que Robb Stark se autoproclama Rey en el Norte y Balon Greyjoy (de las Islas del Hierro) también aspira al Norte como feudo propio. En Desembarco del Rey, veremos a un Tyrion Lannister que llega a la capital como Mano del Rey en funciones para poner orden en el caos político y preparar la defensa de la ciudad ante el inminente ataque de Stannis. Mientras tanto, al norte del Norte, la Guardia de la Noche inicia una expedición más allá del Muro para investigar la desaparición de exploradores y el auge de los salvajes bajo el mando de Mance Rayder. Jon Snow deberá entonces hacer frente a una drástica pero inevitable decisión que dará a su vida un giro de ciento ochenta grados. Por último, en el Este, Daenerys Targaryen, tras el nacimiento de sus tres dragones, guiará a su mermado pueblo a través del desierto rojo hasta la ciudad de Qarth, donde buscará aliados y barcos que la acerquen a su objetivo de reclamar el Trono de Hierro. En segundo plano, pero con mucha relevancia si se tiene en cuenta todo lo que está por llegar, tanto Arya como Bran Stark sobreviven como pueden mientras su mundo conocido se desmorona, y atraviesan sendos procesos de despertar místico que los convierten en personajes muy pero que muy interesantes.
Choque de Reyes levanta el telón a un mundo totalmente fragmentado y ciego de remate: cinco reyes reclaman coronas, pero ninguno parece comprender que el verdadero enemigo no viste armadura ni porta estandarte. Martin, con su prosa rica en matices, alterna la crudeza de la guerra con la intimidad de los pensamientos más frágiles de sus personajes. Cada capítulo, narrado desde una perspectiva distinta, es una ventana a un alma en conflicto: la ambición de Stannis, la astucia y el maravilloso mundo interior de Tyrion, la inocencia perdida en Sansa, o la determinación de Jon más allá del Muro. George R. R. Martin no se limita a narrar batallas. Más bien las compone como sinfonías de acero, hielo y fuego y conjuga el sonido de las espadas, el crepitar de las llamas y el silencio aterrador del frío con intrigas de todo tipo. La Batalla del Aguasnegras, ardiente clímax de la novela, supone un excelente ejemplo de cómo una tensión narrativa puede sostenerse hasta el último latido. Sin embargo, Choque de Reyes no es solo un cuento de poderes y traiciones, sino también una fuente de donde manan reflexiones profundas. Martin nos muestra, sin duda, la fragilidad de la esperanza en un mundo donde la honestidad y la lealtad son un lujo, la verdad una rara avis, y la justicia, un espejismo que se desvanece entre la niebla. Acabo la novela con la sensación de haber caminado por un territorio sembrado a la vez de belleza y de brutalidad. Me entrego a él y constantemente me obsequia con un pulso distinto al mío, con un latido mágico que siempre trasciende el límite físico de sus páginas.